Seguridad en el seno de las masas populares
Resolver los problemas sociales fue una prioridad en Raucana, pero no fue menos el trabajo de seguridad interna. Sobre todo cuando múltiples peligros acechaban desde el gobierno y los cuarteles militares. La disciplina entre los pobladores fue esencial en la organización de un sistema de seguridad propia que se estableció bajo normas del bien social y de protección de la familia, en particular de los niños y ancianos.
Se crearon comités de vigilancia interna por sectores de vecinos cuya labor de vigilancia se realizaba las 24 horas del día. Se adiestro a la población en la autodefensa y se extendieron enseñanzas prácticas bastantes efectivas para hacer frente un ataque de la policía, de paramilitares o de cualquier grupo peligroso para la paz y tranquilidad de la población. La movilización rápida y masiva en caso de agresión desde el exterior se convirtió en un acto de defensa compacta y de fuerza. Se seleccionó experimentados pobladores, quienes como responsables de un número determinado de personas, actuaban de jefes militares en cualquier acción de ataque o defensa. Se construyeron gruesas murallas en torno al perímetro de la ciudad y se instalaron torres de control en las principales entradas del pueblo. El 21 de agosto de 1991 un grupo de seguridad de Raucana capturó a 3 agentes del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) que por orden de Vladimiro Montesinos se habían infiltrado entre la población. Estos agentes eran, el capitán de la policía César Basauri García, el capitán del ejercito Luis Vílchez Vera y el suboficial del ejercito Richard Carles Talledo, este ultimo pertenecía al criminal grupo paramilitar “Colina” que tenia su cuartel principal en las instalaciones del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Los agentes, amarrados con los brazos hacia atrás y resguardados por pobladores que se habían cubierto los rostros por seguridad, fueron presentados a los medios de comunicación, y a través de la televisión millones de peruanos fueron testigos de la existencia de Raucana y su ejemplar organización social.
Se estableció un Comité de orden y disciplina interna, que administraba justicia en la vida cotidiana de la población. Se reprimió cualquier intentó de organizar pandillas de delincuentes, como abundan en otras poblaciones pobres de Lima. Se sancionó el robo, maltratos a las mujeres de parte de los maridos, no se admitía la drogadicción, la irresponsabilidad familiar, y otros delitos. Los pobladores que infringían las reglas de conducta interna eran sancionados, y dependiendo de la falta, el castigo podía ser, una cantidad de azotes, el corte (rapado) de los cabellos, doble tarea comunal, paseo público con un cartel acusador pegado al pecho y a la espalda, etc. “El que robaba a un pobre era severamente castigado”, y en algunos casos la sanción sin piedad era la expulsión del pueblo” . (Testimonio de un poblador de Raucana, que desde 1992 reside como refugiado político en un país de Europa). En Raucana, dice en su informe la CVR (70) “como en otros sitios donde el PCP-SL tuvo presencia, se estableció una suerte de código muy simple, rígido y con castigos ejecutados mediante procedimientos sumarísimos.
Este rol sancionador, por un lado, sirvió para engrosar los atestados acusatorios de algunos de los dirigentes, cuando fueron apresados; pero, por otro lado, fue visto por la población como algo muy positivo -por su eficacia- dado el contexto de altísima inseguridad en que tenían que desenvolverse. No solo eso: el éxito del PCP-SL en este sentido tuvo relación directa con la percepción de inoperancia de las instancias públicas que debían prevenir y sancionar los delitos”.
El prestigio de la seguridad interna implantada en Raucana se hizo conocido en los pueblos jóvenes que rodean Lima. Raucana sin delincuentes, sin alcohólicos y sin traficantes de droga, fue una fama que corrió como un reguero de pólvora. Los pueblos jóvenes que sufrían la plaga de la delincuencia común, en lugar de recurrir a la policía o al ejército para resolver este problema, solicitaban ayuda a los pobladores de Raucana. Un ejemplo de esto es narrado por un poblador que fue entrevistado por la CVR. Según este testimonio, una vez los dirigentes de Raucana fueron contactados por teléfono desde el pueblo joven Ceres.
Querían dice este testigo, que le ayudemos a capturar una banda de ladrones que venia asolando a la población. Se aceptó el pedido de colaboración, y se les envió un grupo de seguridad integrada por 10 personas expertos en “cazar ladrones”. Una vez atrapados los malhechores fueron llevados a Raucana donde los hicieron pasar un “callejón oscuro”, les cortaron los cabellos, y con un cartel en la espalda y pecho, como si se trataría de un sándwich los paseaban por las calles .
Este parte testimonial, es apenas un ejemplo de la organización de seguridad que se habían dotado los ciudadanos de Raucana. Sin duda, este tipo de seguridad colectiva, no se parecía en nada al servicio que daban las fuerzas policiales, cuya naturaleza institucional en nada la diferenciaba de las bandas de criminales y de delincuentes comunes.
En Perú, la policía en lugar de ser un elemento de seguridad de la población, es un peligro permanente. Es conocida la convivencia de la policía con la delincuencia común y la corrupción. Muchos delincuentes cometen sus fechorías en combinación con los miembros de la policía.
El crecimiento del narcotráfico, el aumento de las bandas de secuestradores que canjean a sus victimas por una cantidad de dinero, y otras lacras sociales, se ve favorecida con la corrupción en las fuerzas policiales y en el poder judicial.
No solo fue en Raucana donde se encuentran este tipo de hechos testimoniales.
Como narra Simon Strong, en su libro sobre Sendero Luminoso, un elemento que ayudó a la guerrilla fortalecerse en la selva peruana, es cuando “estableció su papel de protección de los campesinos cocaleros”. Dice este periodista inglés, que los drogadictos, las prostitutas, los ladrones y estafadores fueron tratados con sumario rigor. A partir de ello anota el escritor, bajo el nivel de delincuencia, y que por ello la población reclamaba la “presencia del Partido en todas partes, la gente se siente protegida por él y cree más en su justicia que en la policía, que por un poco de dinero libera a los delincuentes y los hace trabajar como soplones. Es ante los comités populares, donde la población se queja de los ladrones”. Según Strong, un abogado de Tingo Maria, se quejaba con razón que Sendero Luminoso le había hecho perder todos sus clientes del campo. Antes, narra el abogado, “venían por los robos y los problemas de las tierras o la familia, pero ya no viene nadie. Tienen su propia forma de justicia, y es lógico, porque la justicia oficial es cara, quita mucho tiempo, es lenta, corrompida e indeficiente.
La policía está mal pagada y pide dinero del agresor y la victima y el resultado es que no pasa prácticamente nada. Sendero Luminoso educa al campesino, le da disciplina, le enseña respeto por el trabajo y le ofrece una justicia eficaz en ausencia de la justicia oficial” (72).
Para Henry Favre, la “Justicia Popular” que implantó Sendero Luminoso, “se mostró verdaderamente despiadada con respecto al robo y al abigeato”.
En suma, dice este antropólogo francés, “los senderistas hacían reinar el orden, un orden igualitario, el del ideal colectivo campesino, bajo el cual parecerían que resurgían antiguas estructuras comunitarias erosionadas…
protegían mucho mas eficazmente que el gobierno a la comunidad”.

1 comentarios:
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