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15 diciembre 2014

EL NO NACIONALISMO DEL PARTIDO COMUNISTA EN SUDAFRICA


Como Rusty Bernstejn, y a diferencia de Fischer, los comunistas pudieron vivir el fin del apartheid y la formación de una Sudáfrica multirracial. Se pudo ver la liberación de Mandela en 1991, la transición a la democracia entre ese año y 1994, y la elección del propio Mandela, el hombre que había estado encarcelado entre 1964 y 1991, como presidente del país en 1994.  Los comunistas Fischer y Bernstein —y por supuesto, no sólo ellos— representaron un hecho esencial en la historia de Sudáfrica. Sus vidas recordaban que entre el nacionalismo afrikaner del Partido Nacional, el partido segregacionista que gobernó Sudáfrica entre 1948 y 1991 y el nacionalismo africano del Congreso Nacional Africano de Mandela y Sisulu, del Congreso Panafricanista (PAC,una escisión del anterior encabezada por Robert Sobukwe en 1959) y del movimiento Conciencia Negra creado en 1966 por estudiantes negros bajo el liderazgo de Steve Biko, hubo en Sudáfrica un espacio político no nacionalista, cuyos ideales y aspiraciones fueron no la visión y realización de una Sudáfrica o blanca afrikaner o africanista negra (ni tampoco la visión de una nación zulú del nacionalismo particularista de esa etnia, del «jefe» Buthelezi y el movimiento Inkahta), sino la constitución de Sudáfrica como una democracia multirracial y como una sociedad plural y abierta.

Ése fue precisamente, el espacio que los comunistas ocuparon en la política sudafricana, si bien en el caso de los comunistas, con aspiraciones ulteriores. En ello hubo, sin embargo, una gran paradoja. Sudáfrica terminó por constituirse a partir de 1991-1994 como la democracia pluralista que querían. Pero el partido comunista en buena medida fracasó. El Partido Comunista se subsumió de hecho a partir de 1991 en el Congreso Nacional Africano. Una vez más el Frente Popular nacionalista fagocitaba al partido de vanguardia.
La razón última estuvo, probablemente, en la misma realidad histórica y nacional de Sudáfrica, un «colonialismo de tipo especial», según la expresión acuñada por el ideólogo comunista Michael Harmel en el programa de 1962 del Partido Comunista, entonces en la clandestinidad, titulado «El camino a la libertad sudafricana». Porque Sudáfrica, en efecto, no era ni una colonia británico-holandesa ni una nación africana. Desde 1910 y hasta 1961 fue un Dominio británico, un Estado ampliamente autónomo dentro del Imperio británico. Pero era, al tiempo, una nación afrikaner, esto es, un Estado con fuertes sentimientos de identidad nacional creados y articulados, no por la población británica o por las etnias negras (xhosa, zulú...), sino por el nacionalismo blanco de origen holandés, sobre las ideas de exaltación de la minoría holandesa en la fundación del país desde el siglo XVII, supremacía blanca, religión calvinista y lengua afrikaan. El problema de Sudáfrica era, pues, distinto al problema de muchos otros pueblos africanos. No era ni un problema de descolonización e independencia, puesto que, como Canadá, Nueva Zelanda o Australia, Sudáfrica era desde 1910 un Estado libre; ni un problema de vertebración y construcción nacional, puesto que Sudáfrica era una nación, creada además, lo que no ocurría en el resto de África, por un nacionalismo fuerte (sólo que blanco), una realidad que Mandela, por ejemplo, entendió muy bien: estudió, en la cárcel, muy a fondo la historia de los afrikaners; respetó, una vez en el poder, muchos de los símbolos y monumentos que jalonaban su historia, y sus hitos y nombres más significativos.
El problema de Sudáfrica —un país que en 1948, al implantarse el apartheid, tenía once millones de habitantes: dos millones y medio de blancos, un millón «de color» y ocho millones de negros— fue siempre un problema de integración racial. Al Partido Comunista se le planteaba ante todo el problema de articular a una clase obrera fragmentada por criterios, étnicos y de raza (blanca, negra, india y «de color»), de definir a la población negra y «de color» en términos de clase y no desde perspectivas étnicas y raciales, o si se quiere, el problema de impulsar políticas y lenguajes obreristas y de clase en una sociedad caracterizada por estructuras básicamente raciales.

El Partido Comunista de Sudáfrica (CPSA), creado en julio de 1921 por un pequeño grupo de intelectuales blancos (Bill Andrews, David I. Jones, Sidney P. Bunting ... ) vinculados a movimientos laboristas de izquierda y con un muy alto por porcentaje de judíos entre ellos (la comunidad-judía sudafricana fue siempre un centro activo de oposición al nacionalismo blanco afrikaner), fue en efecto el primer partido multirracial en la historia de Sudáfrica. En 1928, por ejemplo, incorporó a su programa el principio del «gobierno de la mayoría» o lo que era lo mismo, la tesis de Sudáfrica como «República negra». Fue también el primer partido en incorporar a militantes y dirigentes de todas las razas del país: J. B. Marks, Johannes Nkosi, Edwin Mofutsanyana y Moses Kotane, negros, y el doctor Yusuf Dadoo, indio, con el tiempo líderes históricos del partido, tuvieron ya un papel relevante en el mismo antes incluso de la Segunda Guerra Mundial. Pero los planteamientos del partido —un partido debilitado hasta la década de 1930 por el faccionalismo interno y el dirigismo de Moscú— chocaron con la compleja realidad racial sudafricana. La movilización de la población negra, que cabe asociar a la creación en 1912 del Congreso Nacional Africano, tuvo más que ver con la defensa de sus derechos fundamentales que con la lucha de clases. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la clase obrera blanca votaba o al Partido Laborista, creado en 1909, o al Partido Nacional de Hertzog, y buena parte de ella compartía la visión segregacionista de Sudáfrica de este último: protagonizó, así, huelgas contra la amenaza que para sus salarios y sus condiciones de trabajo suponía la incorporación creciente (y enseguida, masiva) de trabajadores negros al empleo industrial y minero, como ocurrió en las huelgas mineras de 1907, 1913-1914 y 1922, año éste en que en las huelgas de las minas del Rand, la región en torno a Johannesburgo, que se extendieron de enero a marzo, el eslogan de los mineros blancos fue «trabajadores del mundo uníos, y luchad por una Sudáfrica blanca».
La rigidez ideológica del partido, su insistencia en cuestiones de clase y no de raza, sus abstrusos debates sobre el marxismo, dejaron indiferente a la inmensa mayoría de la población negra: en 1928, los comunistas fueron excluidos del Sindicato de Trabajadores Industriales y Comerciales, el primer gran sindicato negro, creado en 1920. El primer partido comunista sudafricano, el CPSA, nunca pasó de ser un círculo cerrado de unos pocos centenares de militantes: algo menos de 2.000 en 1928, medio centenar en 1935.
El cambio se produciría posteriormente. La labor organizativa de Kotane como secretario general desde 1935; la actividad sindical de los comunistas sobre todo tras la creación en 1941 del Congreso de Sindicatos No-europeos; la activa propaganda del partido contra el fascismo en los años treinta; la aproximación al Congreso Nacional Africano y a otras organizaciones políticas y sociales (como algunos movimientos de defensa de los derechos de los inmigrantes indios), versión sudafricana de la política de «frentes populares» impulsada por Moscú desde 1935, todo ello permitió la recuperación del CPSA. Su decidida apuesta por la entrada de Sudáfrica en la Segunda Guerra Mundial tras el ataque de Hitler a la Unión Soviética en 1941 le ganó simpatías evidentes entre la población de origen británico y en la comunidad judía del país —ambas lógicamente antialemanas, como mostró, por ejemplo, la entrada en el partido a principios de los cuarenta del grupo generacional de revolucionarios blancos de los Bernstein, Slovo y First,Harmel y Fischer.

Sólo entre 1941 y 1943 la afiliación al CPSA se multiplicó por cuatro; en 1944, Hilda Watts
(Hilda Bernstein, si se recuerda) fue elegida concejal para el ayuntamiento de Johannesburgo, la primera vez que un comunista resultaba elegido para un cargo público en unas elecciones sudafricanas. Los comunistas tuvieron un papel muy activo en los múltiples movimientos sociales que agitaron —por muy distintos motivos— los poblados obreros (negros) improvisados surgidos en el cinturón de Johannesburgo, en el Rand, entre 1939 y 1945 en torno a la industria minera (en 1946, por ejemplo, la minería del oro empleaba a Unos 370.000 trabajadores, de ellos 325.000 negros), poblados como Soweto, Orlando o Alexandra: como Presidente del Sindicato de Obreros Mineros Africanos, J. B. Marks, fue uno de los principales líderes de la gran huelga minera de 1946.
En ese contexto, el triunfo del Partido Nacional en las elecciones de 1948 y la implantación del régimen de apartheid a partir de ese año, y la ilegalización del propio partido en 1950, obligaron al CPSA a tomar decisiones estratégicas y tácticas dramáticas que determinaron para siempre su historia política. Forzado a la clandestinidad, el CPSA —que adoptaría en adelante el nuevo nombre de Partido Comunista Sudafricano (SACP)— optó, bajo el liderazgo de Joe Slovo y Ruth First, por la táctica del “entrismo”, no ya en los sindicatos, sino en organizaciones civicopolíticas  semitoleradas, como el propio Congreso Nacional Africano (ANC) —dirigido desde principios de los años cincuenta por Mandela, Sisulu, G. Mbeki y Oliver Tambo, todos ellos muy proclives a la colaboración con los comunistas— o como el Congreso Indio Sudafricano, cuyo presidente desde 1950, Yusuf Dadoo, sería también en cierto momento presidente nacional del Partido Comunista.

La lucha contra el apartheid, la lucha por la democracia política y los derechos civiles de la población africana y de las minorías no blancas del país, constituyó en adelante el objetivo esencial y definitorio de la línea del partido, como mostraría ante todo, por volver a un ejemplo anterior, la Carta de la Libertad de 1955, obra, como se indicó, de Rusty Bernstein, y como plasmaría el documento «El camino a la libertad sudafricana» preparado por Michael Harmel y aprobado por el SACP en 1962, en la clandestinidad.
La colaboración ANC-SACP, que haría que en algún momento los comunistas adquirieran evidente predominio en la dirección del ANC —como reiteradamente denunciaría la propaganda del régimen racista sudafricano—, fue muchas veces problemática. Provocó, por ejemplo, que en 1959 disidentes nacionalistas africanistas, encabezados por el carismático Robert Sobukwe, abandonasen el ANC y creasen el Congreso Panafricanista (PAC), un partido anticomunista, africanista, que equiparaba liberación nacional con nacionalismo negro, opuesto por ello a la colaboración con blancos, indios y organizaciones «de color», que tendría considerable apoyo en poblados como Soweto y Orlando.
Sobukwe y su racista "nacionalismo negro".
                                          
ANC y SACP, en cualquier caso, estuvieron juntos detrás de varias de las más importantes iniciativas de desafio al apartheid: en la llamada Campaña de Desafío de marchas, mítines y protestas de 1952; en la reunión de 1955 del Congreso del Pueblo, la asamblea de la oposición que aprobó, como ya se ha indicado varias veces, la Carta de la Libertad; en la creación en 1961 del Umkhonto we Sizwe (La lanza de la nación), la organización militar que practicaría hasta su desarticulación por la policía dos años después formas de violencia (explosiones, sabotajes, disparos...)
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De los diez procesados en el Juicio de Rivonia de 1964 —el juicio en el que por la fuerza moral y majestuosa autoridad de su personalidad, Mandela emergió como el gran líder de su pueblo—, Bernstein, Govan Mbeki, Ahmed Kathrada, Raymond Mhlaba, Elias Motsoaledi, Denis Goldberg y Jimmy Kantor, y el principal abogado defensor, Bram Fischer, pertenecían al SACP.
Tras su legalización en 1990, los comunistas —entonces con cerca de 10.000 afiliados— continuaron cooperando con el ANC (y de hecho, y como se indicó, no reaparecieron como partido independiente, sino que se integraron en el ANC. Ciertamente, las circunstancias no les favorecieron. La caída de la Unión Soviética y en la Europa del Este en 1989-1991 fue un considerable revés para la significación y el prestigio del SACP). Su principal dirigente, Joe Slovo, judío lituano emigrado a Sudáfrica con 8 años en 1934 y que había permanecido en el exilio entre 1963 y 1990, su mujer, Ruth Fist, también dirigente del partido fue asesinada en 1982 por la policia sudafricana, estuvo junto a Mandela en todas las largas, dificiles y comlejas negociaciones con el gobierno sudafricano que entre 1991 y 1994 propiciaron el fin del Apartheid (más de 16000 personas murieron en esos cuatro años de negociaciones, el mismo secretario general del SACP, Chris Hani fue asesinado en 1993).
                                    

Slovo con 68 años, fue incluso ministro de vivienda en el gobierno de Unidad Nacional que Mandela formó en el 94. El SACP fue siempre un partido duro y decididamente pro-soviético; a Slovo mismo se le conocía como “el general KGB”. Y sin embargo, la influencia comunista habia sido,el factor esencial, o uno de ellos, en que el Congreso Nacional Africano abandonase el nacionalismo africano en pro del no nacionalismo y de una Sudafrica multirracial.
En la primera Sudáfrica post-apartheid no ocurrio lo que se temio: la sutitución de un nacionalismo, el blanco africaner, por otro, el africano del ANC. Ello se debio en parte a la influencia comunista en el ANC.



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