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09 diciembre 2014

LOS LIMITES DEL NACIONALISMO ESCOCÉS

La aparición del nacionalismo, en efecto, fue un hecho comparativamente tardío. Eso no
conllevó la desescotización de Escocia. En 1886 se creó la Asociación por la Autonomía Escocesa. La idea de restablecer el Parlamento escocés se planteó, antes de 1914, en distintas ocasiones en la misma Cámara de los Comunes de Londres, si bien sin demasiada consistencia y evidentemente
sin éxito. 
En 1891, se creó la Comunn Gaidhealach, una sociedad cultural para la defensa del gaélico como lengua, y de la música y el folklore gaélicos, que organizaría anualmente, desde entonces, con éxito popular indudable, un gran festival, el MOD, de dichas manifestaciones culturales. El renacimiento escocés del siglo XX, impulsado por MacDiarmid, Gibbon, Muir y otros escritores —a lo que habría que sumar los intentos paralelos de escritores y eruditos locales por recuperar baladas, canciones y
lenguas locales en puntos singulares como las islas Hébridas, Shetland y Orcadas— pudieron no llegar a desplazar al inglés y a la cultura inglesa como lengua y cultura dominantes en Escocia, pero dejaron un legado literario y cultural de ninguna forma desdeñable, y fueron, en cualquier caso, hechos altamente significativos en sí mismos.

El fútbol, por más que MacDiarmid lo detestase, fue un nuevo y poderoso vehículo de los sentimientos nacionales escoceses. Primero, porque, como ya se mencionó, se organizó separadamente a raíz de la creación de la Federación escocesa en 1872, el mismo año en que nació el primero de los grandes clubs del país, el Glasgow Rangers. Segundo, porque en su historia, la rivalidad con Inglaterra fue fundamental. Que el primer partido «internacional» en toda la historia de ese deporte, jugado el 1 de noviembre de 1872, enfrentase a Escocia con Inglaterra, y que ganó Escocia, ya fue harto significativo. Entre 1872 y 1989, escoceses e ingleses se enfrentaron, sólo en el torneo bianual llamado «campeonato internacional doméstico» que solía celebrarse en Londres, en 89 ocasiones, ocasiones que sirvieron desde pronto como afirmación ruidosa de la personalidad de
Escocia, atestiguada por la asistencia a aquellos partidos de miles de aficionados escoceses ataviados con sus trajes característicos entre «mares» de banderas escocesas (azul con una cruz blanca en aspa, la cruz de San Andrés): Inglaterra ganó 43 encuentros;Escocia, 40. Escocia, además, no perdió en competiciones internacionales hasta 1931, en que fue derrotada por Austria en Viena; el Celtic de Glasgow, el otro gran club escocés, creado en 1888, fue el primer equipo británico en ganar, en 1968, la copa europea de clubs, el torneo más prestigioso del continente, hitos adicionales en la historia del orgullo nacional-deportivo del país.
Como ya ha quedado dicho reiteradamente, la identidad escocesa —identidad nacional, si se quiere— era una realidad evidente. Incluso laboristas como Keir Hardie y Ramsay MacDonald tomaron
parte activa en la Asociación por la Autonomía Escocesa antes citada (por lo que pudo pensarse que la llegada de MacDonald al poder en 1924 traería la restauración del parlamento autónomo escocés). Pero ello no tuvo traducción política. Escocia no fue otra Irlanda. Al contrario, por razones sobre todo religiosas, los escoceses vieron con muy pocas simpatías el nacionalismo católico irlandés; Glasgow fue una ciudad más próxima al unionismo del Ulster que al catolicismo del resto de Irlanda, como a su modo revelaba en el fútbol la rivalidad en la ciudad entre los equipos Glasgow Rangers, equipo escocés y presbiteriano, y Celtic, equipo con muchas simpatías entre los emigrantes irlandeses católicos. En todo caso, los intentos por canalizar la identidad escocesa a través de un movimiento nacionalista tardaron muchas décadas en materializarse.

 El Partido Nacional de Escocia se creó en 1928, el Partido Escocés en 1932 y el Partido Nacional Escocés (SNP), fusión de los anteriores y el verdadero partido nacionalista del país, en 1934. El SNP no tuvo impacto alguno hasta que en 1945 Robert Mc Intyre ganó la elección parcial por Motherwell y no contó —literalmente— en la política escocesa hasta la victoria de Winnie Ewing en 1965 en Hamilton, también en otra elección parcial.
Políticos escoceses como Campbell Bannerman, Balfour, Bonar Law, MacDonald, Douglas-Home Willie Whitelaw o John Smith desempeñaron un papel principal en la historia británica del siglo XX. Desde 1907, los diputados escoceses en la Cámara de los Comunes constituyeron un organismo casi permanente el Comité Escocés, para debatir temas escoceses previamente a las reuniones plenarias del Parlamento. En 1928, la Secretaría para Escocia fue elevada a Secretaría de Estado con rango ministerial en el gobierno de Londres; en 1939 se fijó su sede en Edimburgo y se le confirieron formalmente competencias en Asuntos Internos, Sanidad, Agricultura y Educación. Escocia gozó de una autonomía de hecho durante los años de la Segunda Guerra Mundial, en los que Churchill, primer ministro entre 1940 y 1945, nombró Secretario de Estado para Escocia a Tom Johnston, un veterano y enérgico laborista de las luchas del Clyde: Johnston, que dispuso de un Consejo Escocés como órgano asesor, creó en 1943 la Junta Hidroeléctrica de Escocia del Norte y el Consejo Escocés de Desarrollo e Industria, dos entes públicos que crearon un considerable número de empleos. La creación, ya en la posguerra, del «Estado del bienestar», por iniciativa del gobierno laborista de Attlee (19451951), que estableció el Servicio Nacional de Sanidad (1948), la seguridad social, y nacionalizó sectores fundamentales de la economía británica (minas, ferrocarriles, siderurgia, electricidad, astilleros), muchos de ellos con importante presencia en Escocia, reforzó la dependencia de la economía y la sociedad escocesas respecto del intervencionismo del Estado británico.

En 1947 se creó el Festival de Edimburgo, el más conocido festival británico de las artes (música,
ópera, teatro, cine, exposiciones de arte), un acontecimiento cultural de primera magnitud desde entonces, y un muy importante instrumento para la promoción turística de la ciudad y de Escocia. En 1948 se formó la Conferencia Económica Escocesa, un organismo institucional, administrativo y empresarial para el desarrollo económico del país. Como se volvió a poner de manifiesto en la Segunda Guerra Mundial —en la que murieron unos 40.000 soldados escoceses; 75.000, en la guerra mundial de 19141918—, en 1945 todavía patriotismo escocés y patriotismo británico eran complementarios.
En suma, cuando comenzaba la segunda mitad del siglo XX, por un lado Escocia se encontraba relativamente satisfecha con su posición política dentro del sistema británico; y por otro, los partidos nacionales británicos parecían entender, representar y promover de forma satisfactoria o suficiente los intereses de la sociedad y de los electores escoceses.
Todo ello explicaría el escaso éxito político del nacionalismo escocés (además de que el SNP careció, por lo general, de liderazgo capacitado y eficaz, y de que mantuvo una calculada, y a la postre no rentable, ambigüedad sobre sus objetivos últimos: o autonomía o independencia). En efecto, incluso tras la victoria de W. Ewing en 1965, los resultados electorales del SNP fueron o decididamente mediocres o simplemente discretos: 1 diputado en 1970 (laboristas, 44; conservadores, 23); 7 en febrero de 1974 (laboristas, 40; conservadores, 21); 11 en octubre de ese mismo año en que -hubo nuevas elecciones (laboristas, 41; conservadores, 16); 2 en 1979 (laboristas, 44; conservadores, 22); 2 en 1983 (laboristas, 41; conservadores, 21; liberal-demócratas, 7); 3 en 1987 (laboristas, 50; conservadores, 10; liberal-demócratas, 9); 3 en 1992 (laboristás, 49; conservadores, 11; liberal-demócratas, 9); 6 en 1997 (laboristas, 56; liberal-demócratas, 10; conservadores, ninguno).

El nacionalismo influyó de manera sólo lateral en la dinámica de la vida escocesa entre 1945 y 2000. Como toda la sociedd británica, Escocia (5,1 millones de habitantes en 1950 y también en 2000) experimentó cambios sustanciales desde la década de 1950: por un lado, desaparición del Imperio y reducción drástica del empleo militar (previamente decisivo en la historia escocesa de los siglos XIX y XX) y nacionalización de industrias tradicionales, ya no competitivas, en declive y dependientes del Estado (construcción naval, minería del carbón y siderurgia); por otro, nueva realidad social, asociada a automóviles, electrodomésticos,televisión, grandes centros comerciales, industrias de consumo de masas, publicidad inundatoria, terciarización de la economía (crecimiento de bancos, transportes, turismo, aeropuertos, comunicaciones, comercio...), expansión de la educación superior,
disminución de las tasas de natalidad y mortalidad, crecimiento de las ciudades y de las clases medias, industrias de la moda, ampliación y diversificación del gasto familiar y de las formas del ocio y entretenimiento.
Precisamente, la coincidencia del declive de la vieja Escocia industrial, tras el cierre en los años sesenta de los grandes astilleros del Clyde, de las minas de carbón y de algunas grandes plantas siderúrgicas, con el descubrimiento, hacia 1970, de petróleo en el mar del Norte replanteó la cuestión de la autonomía: la percepción de que Escocia, por carecer de autogobierno, podía perder los beneficios del petróleo, dio considerable impulso a las demandas a favor del restablecimiento de una Asamblea o Parlamento escocés propio, como pieza institucional central de la autonomía política. Merced a la intensa campaña que promovió en defensa de los derechos de Escocia a la explotación del petróleo («es el petróleo de Escocia»), el SNP logró los mayores éxitos políticos en su historia: primero, con la victoria de Margo MacDonald en 1973 en una elección parcial en el distrito de Govan; en seguida, en las dos elecciones generales de 1974, en las que el voto nacionalista, previamente inferior al 10 por100, llegó hasta el 30 por 100 del voto escocés, aunque, debido al sistema electoral británico —distritos uninominales sin representación proporcional—, el número de diputados nacionalistas electos siguiera siendo exiguo: siete en las elecciones de febrero, nueve en
las de octubre, del total de 68 diputados escoceses.
 El partido conservador, dirigido entonces por Edward Heath (primer ministro del país entre 1970 y 1974), aceptó en 1968 la idea de un futuro Parlamento escocés. El Partido Laborista —que gobernó con Harold Wilson como primer ministro en 1964-1970 y 19741976, y con James Callaghan en 1976-1979— asumió las conclusiones que la Real Comisión sobre la Constitución presidida por el
aristócrata liberal escocés Lord Kilbrandon hizo públicas en 1973, y que recomendaban la «devolución» del autogobierno a las «nacionalidades históricas» de Gran Bretaña.
El plebiscito que, como consecuencia y convocado por el gobierno laborista de Callaghan tuvo lugar el 1 de marzo de 1979 de cara a la posible concesión de autonomía a dichas nacionalidades —esto es, Escocia y Gales— y a la creación de Asambleas o Parlamentos autónomos en las mismas, reveló sin embargo la verdadera realidad política de los sentimientos de identidad nacionalistas. La autonomía, la «devolución» —devolución o transferencia de poderes a Escocia y Gales, según la fórmula británica—, fue ampliamente derrotada: en Escocia, el caso que interesa a estas líneas, sólo votó a favor el 33 por 100 del electorado (y en Gales, el 12 por 100). El resultado fue un formidable revés para el nacionalismo escocés, una derrota histórica que abriría una grave crisis en el SNP que quedaría claramente reflejada en el retroceso electoral que, como mostraban los resultados citados más arriba, el partido sufriría en los años ochenta y primeros años de la década de los noventa. En esos años, en los que Gran Bretaña estaría gobernada por el Partido Conservador (Margaret Thatcher, 1979-1990; John Major, 1990-1997), la idea de un futuro Parlamento para Escocia fue tanto o más un proyecto de la oposición laborista que una exigencia del nacionalismo.

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