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07 diciembre 2014

OTRA ESCOCIA: LA ROJA Y OBRERA DEL CLYDE



Un hecho era, con todo, significativo: los arquetipos escoceses fijados por Walter Scott entre 1814 y 1830 seguían siendo, cuando terminaba el siglo XX, óptima materia literaria (para Stevenson y sus lectores, por lo menos). Había, pues, una Escocia «escocesa»: sólo que era parte integrada del imaginario británico y del Reino Unido, y por tanto, de Inglaterra en tanto que columna vertebral del mismo. Escocia no era, sin embargo, el norte de Inglaterra (como el mismo Stevenson repitió, con irritación, en muchas ocasiones): tenía su propio sistema de educación, su propia Iglesia, su propia prensa, regimientos militares separados, tradiciones y festividades distintas, su propia banca y desde 1872 su propia federación de fútbol. La reforma electoral de 1884 introdujo el sufragio universal masculino. En 1885, el gobierno de Londres, presidido entonces por el conservador Lord Salisbury, creó una Secretaría para Escocia, para atender las cuestiones que pudieran derivarse de las competencias específicas de la región (educación, justicia, obras públicas, administración local...).

La Escocia de las últimas décadas del siglo XIX tenía, además, nada o poco que ver ya con la Escocia novelada por Scott y Stevenson. Como consecuencia sobre todo del desarrollo de la industria textil (centrada en Dundee), de la minería del carbón (con los núcleos importantes de Lanark y Renfrew), de la construcción naval, concentrada en los grandes astilleros de la ría del Clyde en Glasgow, y de la industria pesada (fabricación de material ferroviario, factorías de hierro y desde la década de 1860, siderurgia, especialmente notable en Motherwell), la industrialización, proceso que culminó en los años 1896-1914, cambió la estructura demográfica y social del país. Provocó la marginalización de las Tierras Altas, la región idealizada por el mito de Escocia, una región en realidad en declive permanente: el cinturón industrial del centro y sur, y sobre todo, el área de Glasgow, se convirtieron en el motor del desarrollo económico y social escocés.
La población total escocesa pasó de 1.630.000 habitantes en 1800 a 4.600.000 en 1900. Cerca de dos millones de personas vivían en ese año (1900) en el área de Glasgow, esto es, en su ría (el Clyde) y en las ciudades industriales y mineras de su entorno inmediato:
Paisley, Kilmarnock, Motherwell, Airdrie, Coatbridge. El mismo Glasgow, cuya arquitectura y urbanismo experimentaron cambios espectaculares, como antes ocurriera con Edimburgo, llegó al millón de habitantes en 1912. En total, el 50 por 100 de la población escocesa vivía en 1911 en ciudades de más de 50.000 habitantes (Edimburgo, Glasgow, Aberdeen, Dundee, Perth, Dumfries ...).

 En torno a dos millones de escoceses habían emigrado a lo largo del siglo XIX a puntos distintos del Imperio como Canadá, Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda, y también a los Estados Unidos. Pero Escocia era también ahora, finales del siglo XIX, región de inmigración. En 1901 su población incluía ya unos 200.000 irlandeses, la mayoría de ellos católicos y residentes en el área de Glasgow y además (datos de 1914), unos 8.000 lituanos, en torno a 4.500 italianos y cerca de 8.000 judíos, estos últimos mayoritariamente establecidos también en Glasgow. En 1900, por usar una fecha convencional, los problemas de Escocia eran los problemas propios de una sociedad industrial: empleo, relaciones laborales, escasez de viviendas, hacinamiento, pobreza e insalubridad urbanas, chabolismo, elevada mortalidad infantil, carencia de servicios y equipamientos sociales (en sanidad, vivienda y educación, principalmente) y desruralización.
 Se entiende que a MacDiarmid, y no sólo a él, le causara irritación la boga que en los años finales del siglo XIX tuvo la literatura de la llamada «escuela del kailyard», la escuela de la «huertecita», la literatura idealizante y sentimental de la vida rural escocesa que impulsaron escritores como J. M. Barries. R. Crockett y otros.
Como en el resto de Gran Bretaña, también en Escocia sindicatos y laborismo dieron forma política al malestar de los trabajadores industriales. En 1886 se creó, por ejemplo, la Federación de Mineros Escoceses (150.000 afiliados en 1892); en 1888 el Partido Laborista Escocés, un partido socialista e independiente, afiliado desde 1889 a la Internacional Socialista. Lo significativo fue, además, que una y otro se integraran en seguida, respectivamente, en la Federación de Mineros de Gran Bretaña y en el Partido Laborista Independiente y que en la creación de ambos, Federación de Mineros Escoceses y Partido Laborista Escocés, la figura clave fuera James Keir Hardie (1856-1915). Las dos circunstancias revelaron el mismo hecho: que los trabajadores escoceses se consideraron desde el primer momento unidos por vínculos de clase y de interés sindical y político a todos los trabajadores británicos.
James k. Hardie
 Hardie, en efecto, nacido en Hólytown (Lanark), en una modestísima familia obrera, y hombre de personalidad singular —puritano, abstemio, reservado, orgulloso, tenaz, enérgico: casi más un misionero evangélico que un ideólogo socialista—, fue igualmente la personalidad fundamental en la creación del laborismo británico, del Partido Laborista Independiente en 1893 y del Comité de Representación Laborista en 1900, el grupo político que en 1906 se constituiría oficialmente como Partido Laborista. Ello prefiguró otro hecho esencial. El laborismo escocés, aun conservando su especificidad, organizaciones y asociaciones propias, iba a ser a lo largo del siglo XX la vanguardia del laborismo británico, al que proporcionaría líderes sindicales y políticos, diputados y ministros, y entre ellos, y también significativamente, su primer primer ministro, Ramsay MacDonald (primer ministro británico en 1924 y luego entre 1929 y 1935), uno de los principales colaboradores de Hardie desde 1894.
El éxito laborista no fue, sin embargo, inmediato. Hardie  mismo fue derrotado en las elecciones parciales de 1888 en Lanark, en las que participó como laborista independiente.
El Partido Laborista Escocés fracasó totalmente en las primeras elecciones a las que concurrió, las elecciones generales de 1892. Antes de la Primera Guerra Mundial, los laboristás habían logrado en Escocia sólo dos diputados en 1906 (del total de 72 diputados que se elegían ya en Escocia) y tres en 1910. La ruptura electoral se produciría tras la guerra: tímidamente todavía en 1918 (laboristas, 7 diputados; liberales, 34; conservadores, 32); decididamente en 1922: laboristas, 29 diputados; liberales, 16; liberal-unionistas, 12; conservadores, 15; comunistas 1.
Las fechas no fueron casuales. Fue la movilización entre 1910 y 1932 de los trabajadores del Clyde, la gran ría portuaria y obrera de Glasgow —uno de los mitos duraderos del movimiento obrero británico del XX: la ría roja del Clyde (red Clydeside) como epicentro de una posible revolución obrera— lo que hizo del laborismo la primera fuerza política de Escocia.

La movilización del Clyde —cuyas causas estaban en la masiva concentración fabril de la zona y en la dureza de las condiciones salariales y comunitarias de los trabajadores— comenzó en 1911, con la huelga que, por razones laborales, ante el despido de varias trabajadoras por reorganización de la plantilla, desencadenaron los obreros (unos 10.000) de la empresa Singer de fabricación de máquinas de coser en Clydebank, huelga que sorprendió a toda la opinión, primero por su propia dimensión, desconocida previamente en Escocia, y segundo por las amplísimas demostraciones de solidaridad que desató entre todos los trabajadores del Clyde. La huelga mostró un hecho evidente. Que el malestar era profundo y extenso: afectaba a la estructura social misma de las comunidades obreras del área; significativamente, miles de mujeres trabajadoras, encuadradas por organizaciones como la Asociación de Mujeres por la Vivienda de Glasgow, la Liga Laborista de Mujeres y la Liga por la Libertad de las Mujeres y por dirigentes como Helen Crawfurd, Agnes Dollan y Mary Barbour, participaron activamente entre 1910 y 1914 en iniciativas de distinto tipo (manifestaciones, mítines, recogida de firmas, huelgas...) en demanda de políticas municipales de vivienda y en demanda del sufragio universal femenino.
                                 

La situación creada por la Primera Guerra Mundial—reconversión de la ría a la producción de suministros de guerra, pleno empleo en astilleros y factorías de armamento y munición,movilización militar de miles de trabajadores jóvenes, altísima inmigración obrera temporal, incorporación masiva al trabajo de mujeres y trabajadores no especializados, escasez y carestía de viviendas, elevada inflación— generalizó la agitación. Miles de trabajadores metalúrgicos permanecieron en huelga durante varias semanas, ya en febrero de 1915, en demanda de mejoras salariales. Unos 200.000 inquilinos, familias trabajadoras de barrios obreros de Glasgow como Govan, Ibrox, Shettleston y Parkhead, sostendrían a lo largo de 1915, de nuevo con al apoyo activo y manifiesto de todas las organizaciones femeninas, socialistas y sindicales de la ría, una huelga de alquileres, rehusando pagar sus rentas ante la subida de los precios de alquiler decidida por los propietarios, hasta que el gobierno de Londres, presidido ya por el líder del partido liberal Lloyd George (que dirigió el país entre diciembre de 1916 y octubre de 1922), prohibió la subida de rentas en las zonas dedicadas a la producción de armamento —por razones patrióticas, y temeroso de que la agitación del Clyde pudiera derivar en activismo sedicioso contra la guerra—, y congeló los alquileres de las viviendas mientras durase la guerra. Paralelamente, desde principios de 1916, la aprobación por el gobierno de una Ley sobre Armamento de Guerra que limitaba los derechos sindicales de los trabajadores de las industrias del sector, y la autorización a las empresas de fabricación de munición para contratar libremente para trabajos previamente reservados a obreros cualificados a trabajadores no especializados y a mujeres a fin de aumentar la producción, desencadenó una situación laboral de agitación y confrontación permanente (huelgas parciales, sabotajes industriales, multas, detenciones y deportaciones de dirigentes, cierre de locales obreros...), dirigido y canalizado en adelante, pues se prolongó hasta el final de la guerra, por el Comité de Trabajadores del Clyde, un tipo de representación espontánea integrado por trabajadores de base y enlaces sindicales en el que el miedo conservador quiso ver la versión escocesa y británica de los soviets rusos.

Terminada la guerra, 40.000 trabajadores del metal y de los astilleros del Clyde, que contaron además con la solidaridad de los 36.000 mineros de las cuencas cercanas (Lanark, Stirling), fueron a la huelga a partir del 31 de enero de 1919 en demanda de la jornada de 40 horas semanales; la intervención policial para disolver la manifestación (de unas 60.000 personas) que, para respaldar el comienzo de la huelga, se había concentrado en el centro mismo de Glasgow (George Square), provocó los incidentes de orden público más graves y violentos que por motivos laborales se habían producido nunca en Escocia. El gobierno envió, en los días siguientes, unos 10.000 soldados para restablecer la tranquilidad en la ciudad.
Willie Gallagher
La movilización de los trabajadores del Clyde —que se prolongaría hasta la década de 1930, si bien sin la intensidad anterior e integrada posteriormente en hechos como la huelga general británica de 1926, el movimiento de los trabajadores en paro de los años treinta y el activismo radical contra el fascismo de esa misma década— hizo, como quedó dicho, del Partido Laborista la primera fuerza política de Escocia. El movimiento del Clyde se había politizado pronto. El mismo Partido Laborista logró en 1914 un total de 19 concejales en el ayuntamiento de Glasgow. En mayor o menor medida, grupos y grupúsculos de significación socialista y marxista (el Partido Laborista Independiente, el Partido Laborista Socialista, el Partido Socialista Británico...) canalizaron la protesta desde el primer momento: el número de publicaciones de propaganda (periódicos efímeros, panfletos, folletos, semanarios...) y de iniciativas paralelas (seminarios de marxismo para trabajadores, escuelas socialistas dominicales, mítines y movilizaciones contra la guerra) que impulsaron y promovieron fue ingente.
 Todos los líderes que emergieron de las luchas del Clyde —Arthur Mac Manus, John Maclean, John Wheatley, James Maxton, Emanuel Shinwell, David Kirkwood, Willie Gallagher. .. )- militaban en la izquierda del laborismo; algunos, y más significadamente que nadie Willie Gallagher, bascularían hacia el Partido Comunista de Gran Bretaña cuando éste se creara el 1 de agosto de 1920 (de hecho, tres de los cuatro únicos diputados que el Partido Comunista británico obtuvo a todo lo largo del siglo XX en las elecciones británicas fueron elegidos en Escocia: Walter Newbold por Motherwell en 1922; Willie Gallagher por Fife-Oeste en 1935 y 1945).
Maclena fue impreso en sello sovietico
John Maclean (1879-1923) fue en buena medida la encarnación del espíritu del Clyde rojo». Nacido en Glasgow, maestro, divulgador y propagandista del ideario marxista;-militante desde 1903 de la Federación Socialdemócrata y luego (1911) del Partido Socialista Británico, pacifista y contrario al servicio militar, encarcelado y procesado por lo menos en cinco ocasiones a partir de 1915 por su participación en las luchas del Clyde y en mítines contra la guerra, Maclean vio en el Clyde, tras el ejemplo de la revolución soviética de 1917 que recibió con entusiasmo (ejerció incluso como cónsul soviético en Glasgow), la posibilidad de una revolución marxista escocesa.
No se unió al Partido Comunista de Gran Bretaña en 1920: en 1921 creó, como alternativa, el Partido Republicano de los Trabajadores Escoceses, con la idea de crear una república comunista de Escocia, sobre la base de un hipotético «comunismo celta». El Partido fue un total fracaso: pero más de 20.000 personas se concentraron en las calles de Glasgow para saludar el paso del cortejo fúnebre de Maclean tras su muerte, con 44 años, el 30 de noviembrede 1923.

Los laboristas emergieron como primer partido escocés en las elecciones de 1922, en las
que obtuvieron 29 diputados (por 16 los liberales, si se recuerda, 12 los liberal-unionistas,
15 los conservadores, y uno, Newbold, los comunistas). En Glasgow, lograron 10 de los 15
escaños que correspondían a la ciudad y su entorno, cuatro de ellos para líderes del Clyde
(Kirkwood, Shinwell, Maxton y Wheatley): unas 250.000 personas acudieron a la estación
de Glasgow a despedir a sus diputados cuando éstos marcharon a Londres para incorporarse al Parlamento. El acto tenía un extraordinario valor histórico. Era el fin de la supremacía liberal en Escocia, que había comenzado, como se indicó, en 1832, y el comienzo de la larga hegemonía del laborismo, el partido, en efecto, más votado en Escocia en diecisiete de las veinte elecciones generales celebradas en Gran Bretaña entre 1922 y 1999. La imagen del Clyde como epicentro
de la revolución británica pudo ser un mito, como pondría de manifiesto de forma inmediata
la moderación del primer gobierno laborista en la historia, el gobierno minoritario de Ramsay MacDonald de enero a noviembre de 1924, y como luego argumentaría la historiografía especializada. Pero reveló, no obstante, una realidad difícilmente discutible a la vista de la historia electoral escocesa desde 1922: que el laborismo, y no el nacionalismo, fue la manifestación del particularismo político de Escocia en el siglo XX.

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