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05 enero 2015

PSUC 36-39 (final)

No obstante, el análisis del perfil de los militantes del PSUC entre marzo 1938 y febrero 1939 está hipotecado por la escasa documentación primaria disponible, aunque ello no impide que realicemos un conjunto de reflexiones que ayudan a dibujar ese perfil. En primer lugar debemos cuestionar las cifras oficiales aportadas desde el propio PSUC que cifraban en unos 90.000 el número de sus militantes. Sin lugar a dudas se trataba de una cifra desorbitada si tenemos presente la evolución que había seguido la militancia del PSUC durante la segunda mitad de 1937. En unos siete meses, desde julio 1937 hasta enero 1938, había incrementado en poco más de dos mil los militantes en la retaguardia, mientras que en el frente no llegaba ni a superar esa cifra. Así, pues, en siete meses, y teniendo una visión optimista, entre el frente y la retaguardia el PSUC habría adquirido un máximo de cinco mil militantes. Si aplicamos esta misma proporción a lo que restaba de 1938 y a los dos primeros meses de 1939, en estos trece últimos meses de la Guerra Civil el PSUC incrementaría su base militante en unos nueve mil doscientos efectivos. Esto supondría que al finalizar el conflicto bélico hablaríamos de unos 69.000 militantes, teniendo presente que se trata de una aproximación al alza. Pero, además, tampoco se debe olvidar que el crecimiento del número de militantes entre julio 1937 y enero 1938 había sido a la baja respecto al período julio 1936-junio 1937. Y si a ello le unimos que la evolución política, social, económica y cultural de la Cataluña republicana durante 1938 y los dos primeros meses de 1939 siguió unos parámetros similares a los del período comprendido entre julio 1937 y enero 1938, y que durante 1938 la negativa evolución del conflicto bélico para los intereses del bando republicano hizo crecer el pesimismo entre una población que cada vez deseaba más la finalización del citado conflicto, la cifra de los 69.000 militantes se nos antoja exagerada. Este último aspecto nos permite reflexionar sobre un segundo elemento: los efectos directos que tuvo entre la militancia del PSUC el inicio del proceso de conversión en un partido comunista. Entre abril y junio 1938 se llevaron a cabo un conjunto de expulsiones de contenido esencialmente ideológico que, presentadas públicamente como actos de indisciplina, inmoralidad, cobardía, deserción o sabotaje, tenían como trasfondo el inicio de la conversión del PSUC en un partido comunista. Se expulsaba a militantes de base, pero también a algunos cuadros locales y comarcales, que no se acoplaban a esa conversión y que, además, no eran capaces de asumir los valores y los principios que requería todo buen militante comunista (disciplina, plena dedicación al partido...)No obstante, a partir de julio 1938 estas expulsiones quedarían paralizadas. Eran los meses de la Batalla del Ebro y de la ofensiva final de las tropas sublevadas sobre Cataluña. La extrema gravedad de la situación militar llevaba al PSUC a concentrar sus objetivos y esfuerzos en la resistencia a la ofensiva de las fuerzas del general Franco. Ahora bien, la marcha atrás ya no era posible.


 Las expulsiones de abril-junio 1938 habían dejado huella y se convertían en un punto de referencia obligado. Aunque cuantitativamente no fueron excesivas, ya que afectaron a un total de treinta y cinco militantes, sí que fueron relevantes en términos cualitativos, porque indicaban que los militantes del PSUC tendrían que adecuarse a los parámetros de una militancia ideológicamente comunista. Parece lógico pensar que, a partir de marzo 1938, las nuevas incorporaciones se llevaron a cabo dedicando notable atención a la pureza ideológica de los nuevos militantes y, en menor medida, también prestando atención a su procedencia social si hacemos caso de las palabras de Joan Comorera que acabamos de reproducir. Así, pues, todo parece indicar que se cumplirían las promesas que había realizado el secretario general del PSUC a la dirección de la IC, durante la estancia del primero en Moscú, cuando aseguró que el PSUC tenía que modificar su composición social (la cual cosa pasaría inexorablemente por el incremento de la presencia obrera) y, especialmente, incrementar y potenciar, en el aspecto ideológico, la presencia comunista en base a la identificación con los principios del marxismo-leninismo-estalinismo. 

Sin embargo, el inicio de la conversión del PSUC en un partido comunista sacó a la luz, nuevamente, las diferencias estructurales que existían entre este partido y el PCE. Mientras el partido catalán tenía que llevar a cabo cierta purificación de su militancia, el PCE no se veía obligado a ello, cuando la composición social de los dos partidos era relativamente similar. La llave de esta diferencia era la IC. A Moscú no le preocupaba que en el PCE hubiera militantes que no fuesen, mayoritariamente, obreros en el aspecto social ni/o, especialmente, comunistas en el aspecto ideológico, porque el PCE había nacido al calor de la IC, había vivido, durante sus más de quince años de existencia, siguiendo las orientaciones de Moscú y desde el ascenso de Iosif Stalin se había convertido en un partido comunista estalinista. En otras palabras, el PCE era una organización que ofrecía todo tipo de garantías y confianzas a Moscú. En cambio, el PSUC estaba lejos de merecer la confianza y las garantías que generaba el PCE entre las autoridades de la IC, ya que el PSUC ni aún era aún un partido comunista, ni tenía el beneficio de largos años de identificación y fidelidad a la IC. Por ello, si quería dar sensación de fidelidad y de garantías a los dirigentes de la IC, tenía que desprenderse de sus características como partido marxista de tipo nuevo, entre las cuales estaba en parte la diversidad social y, muy especialmente, la ideológica de sus militantes. 

Un tercer aspecto que merece tenerse en consideración es la presencia de militantes del PCE dentro del PSUC. El avance de las tropas del general Franco sobre buena parte de la España republicana había traído consigo que un número significativo de militantes del PCE se refugiasen en Cataluña. Una vez que éstos estaban en tierras catalanas, buena parte pasaba a militar en el PSUC. Así lo reconoció el hombre fuerte que tenía la IC en España desde julio 1937, el italiano Palmiro Togliatti, quién constató que de los miembros del PCE refugiados en Cataluña, tan sólo aquellos que trabajaban en el aparato del Comité Central del PCE y en los ministerios creaban células directamente ligadas al PCE, mientras que el resto ingresaban en el PSUC. La presencia de ese sector procedente del PCE jugó un papel de primer orden en el devenir del PSUC, ya que supuso la presencia de un colectivo que, en un buen número, ideológicamente era comunista, la cuál cosa tenía que facilitar la tarea de la purificación ideológica de la militancia del PSUC. Finalmente, también debemos resaltar la incidencia negativa que ejerció en el crecimiento de la base militante del PSUC la desmoralización de la mayoría de los intelectuales catalanes durante 1938 y los dos primeros meses de 1939, cuando éstos habían jugado un papel importante en la tarea de hacer atractivo el PSUC entre la población catalana. A pesar de la desmoralización de este colectivo, tal y como lo demuestran sus diarios íntimos, entre marzo 1938 y enero 1939 el PSUC continuó intentando atraérselos, consciente del prestigio que tenían entre buena parte de la sociedad catalana. Para ello siguió utilizando como una de sus plataformas más importantes L'Esquella de la Torratxa, a la que se añadió una nueva publicación, el semanario Mirador, sustituto de las ya difuntas Papitu y Mirador. Este era el estado de la cuestión de los militantes del PSUC en febrero 1939, cuando la totalidad del territorio catalán quedó bajo control de las fuerzas del general Franco. La llegada del exilio no haría más que confirmar y acentuar esta dinámica sobre la militancia del partido catalán. 
Montmeló, 24 de abril 

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