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17 enero 2015

Rosa Luxemburgo dura con el nacionalismo

* Una nueva tendencia marxistoide mezcla de universitario con pasta y abertzalismo etnocentrista se hace fuerte entre los columnistas del diario BERRIA, una de sus fuentes mucho más que el aspero Lenin es Rosa Luxemburgo. A ver que dice Rosa.

De: LA GUERRA, LA CUESTIÓN NACIONAL Y LA
REVOLUCIÓN*

(...) La idea de la lucha de clases capitula ante la idea nacional. Parece como si la armonía de las clases en cada nación sea la premisa y el complemento de la armonía entre las naciones que ha de salir de la guerra con la “Sociedad de Naciones”.
Por el momento pinta nacionalismo. Por todas partes naciones y nacioncitas proclaman sus derechos a la constitución de un Estado. Cadáveres putrefactos surgen de tumbas centenarias, llenos de una nueva vida, y pueblos “sin historia” que nunca habían constituido un estado independiente sienten la imperiosa necesidad de erigir su estado. Polacos, ucranianos, rusos blancos, checos, yugoslavos, diez nuevas naciones en el Cáucaso...
los sionistas construyen ya su guetto de Palestina, de momento en Filadelfia... en el Blockberg nacionalista es hoy la noche de los Walpurgis.
Lleva una escoba, lleva un bastón
Nunca volará quien hoy no voló.
Pero el nacionalismo sólo es una fórmula. El núcleo, el contenido histórico que se esconde detrás de ella es tan variado y ramificado como vacía y estrecha es la fórmula de la “autodeterminación nacional” detrás de la que se oculta.

Como en todo gran período revolucionario es ahora cuando se pasan las más diversas facturas, viejas y nuevas, cuando se ajustan cuentas de todos los conflictos: en una mezcla polícroma de restos anticuados del pasado con las más actuales cuestiones del presente y con problemas del futuro que
apenas han visto la luz. El hundimiento de Austria y de Turquía es la última liquidación todavía del medioevo feudal, una adición al trabajo de Napoleón. En relación, sin embargo, con el hundimiento y con la reducción de Alemania, es la bancarrota del imperialismo más joven y más potente y de sus planes de dominación mundial forjados durante la guerra. Al mismo tiempo representa sólo la bancarrota de un método especial de dominación imperialista: el método de la reacción del este del
Elba y de la dictadura militar, del estado de sitio y de los métodos de exterminio; es el hundimiento de la estrategia Trotha, transferida de los hereros del desierto de Kalahari a Europa. El
hundimiento de Rusia, desde un punto de vista exterior y formal, fijándonos en sus resultados, la formación de nuevos estados nacionales pequeños, y análogamente los hundimientos de Austria y de Turquía, entrañan un problema opuesto: por una parte, capitulación de la política proletaria a escala nacional ante el imperialismo, por otra, contrarrevolución capitalista frente a la toma del poder por el proletariado.
Un Kautsky), en su esquematismo pedante, de maestro de escuela, ve en esto el triunfo de la “democracia”, de la cual el Estado nacional no sería sino simple accesorio y forma de manifestarse. El vacuo formalista pequeño-burgués se olvida, naturalmente, de mirar en el núcleo histórico interno, se olvida, en tanto que experimentado guardián del templo del materialismo histórico, de que “Estado nacional” y “nacionalismo” son en sí cáscaras vacías en las que cada época histórica y las relaciones de clase de cada país vierten su contenido material peculiar.
En los años setenta, los “Estados nacionales” alemán e italiano eran la consigna y el programa del Estado burgués, del dominio de la burguesía, cuya lucha apuntaba contra el pasado feudal medieval, el Estado patriarcal-burocrático y el fraccionamiento de la vida económica. En Polonia, el “Estado nacional” era la consigna tradicional de la oposición aristocrático agraria y pequeño-burguesa enfrentada al moderno desarrollo capitalista, una consigna que apuntaba precisamente a los fenómenos modernos de la vida: tanto contra el liberalismo burgués como contra su antípoda, el movimiento obrero socialista.
En el Balcán, en Bulgaria, Serbia y Rumanía, el nacionalismo, cuya tremenda erupción marcó las dos sangrientas guerras balcánicas como preludio de la guerra mundial, era, por una parte, la expresión del desarrollo capitalista ascendente y del dominio de clase burgués en todos esos países, expresión de los intereses contradictorios, tanto de esas burguesías entre sí como de los que estaban en juego en el choque de sus tendencias de desarrollo contra el imperialismo austriaco. Pero al mismo tiempo, el
nacionalismo en esos estados, aun cuando en su esencia no sea sino expresión de un capitalismo muy joven, todavía en germen, estaba y sigue estando envuelto en toda la atmósfera general de las tendencias imperialistas. En Italia el nacionalismo ya no es, por sus cuatro costados, más que estandarte, con exclusividad, de apetitos puramente imperialistas-colonialistas. Este nacionalismo
de la guerra de Trípoli y de las apetencias albanesas se parece tan poco al nacionalismo italiano de los años cincuenta y sesenta como el señor Sonnino a Giuseppe Garibaldi.
En la Ucrania rusa el nacionalismo no fue hasta la revolución de octubre de 1917 en Petersburgo nada, una insignificancia, una pompa de jabón, una humorada de unas cuantas docenas de profesores y abogados que, por lo demás, en su mayoría ni sabían hablar ucraniano. Después de la revolución bolchevique, se ha convertido en la expresión de un interés muy real de la contrarrevolución pequeño-burguesa, que apunta contra la clase obrera socialista. En la India el nacionalismo es la
expresión de la burguesía indígena ascendente que aspira a explotar autónomamente el país por su cuenta en vez de servir sólo de objeto de la expoliación del capital inglés. Este nacionalismo, por consiguiente, corresponde por su contenido social y por el nivel histórico en que se halla a las luchas de emancipación de los Estados Unidos de América a comienzos del siglo XVIII.
Vemos, pues, que el nacionalismo refleja todo tipo de intereses, matices y situaciones históricas imaginables. Es un arco iris. Es nada y lo es todo; no es sino la cáscara ideológica; todo depende de cuál sea el núcleo determinante.
La momentánea explosión mundial general del nacionalismo esconde, pues, en su interior la más polícroma confusión de intereses especiales y tendencias diversas. Pero a través de todos estos intereses especiales corre marcando la orientación el hilo rojo de un interés general engendrado por la peculiar situación histórica que atravesamos: el interés común enfrentado a la amenazante revolución mundial proletaria.
(...) Estos sentimientos son hoy la esencia última de los delirios nacionalistas en los que aparentemente se ha sumido el mundo capitalista: son el contenido histórico objetivo al que se reduce en realidad el muestrario multicolor de los sedicentes nacionalismos. En todas las pequeñas jóvenes burguesías que aspiran ahora a una existencia independiente alienta no sólo el deseo de alcanzar un dominio de clase sin trabas ni tutelas sino también el de hacerse con la delicia, de la que durante tanto tiempo se han visto privadas, de estrangular con sus propias manos al enemigo mortal, el proletariado revolucionario, función ésta que hasta ahora habían tenido que confiar al tosco aparato estatal de la dominación extranjera. El odio, como el amor, sólo de mala gana se pone en manos de terceros. Las orgías de sangre de Mannerheim, el Gallifet finlandés, muestran hasta qué punto el odio acumulado en la incandescencia del último año anida en el corazón de todas estas “pequeñas naciones” y cómo todos los polacos, lituanos, rumanos, ucranianos, checos, croatas, etc., no esperan sino la posibilidad de destripar de una vez ellos mismos, con medios “nacionales”, al proletariado revolucionario.

En todas estas “jóvenes” naciones que, como si fueran blancos e inocentes corderillos, retozan en la pradera de la historia mundial, brilla ya la terrible mirada del feroz tigre que espera al primer amago de “bolchevismo” para proceder a un “ajuste de cuentas”. Detrás de todos los idílicos banquetes y de
las fervorosas fiestas de confraternización que se celebran enViena, en Praga, en Agram, en Varsovia, se abren ya las fosas a cielo abierto de Mannerheim que los guardias rojos mismos tuvieron que cavarse, se perfilan como sombras confusas las horcas de Jarkov, a cuya elección los Lubinsk y los Holubovitch invitaron a los “libertadores” alemanes en Ucrania.
Y la misma idea de base domina todo el programa democrático de paz de Wilson. La “Sociedad de Naciones”, en la atmósfera de embriaguez por la victoria que reina en el imperialismo anglo americano y en la atmósfera que ha creado para terror de la escena mundial el espectro del bolchevismo, sólo puede ser una cosa: una alianza burguesa mundial para la represión del proletariado. La primera víctima todavía humeante que el sumo sacerdote Wilson llevará ante sus augures del Arca de la alianza de la “Sociedad de Naciones” será la Rusia bolchevique sobre la que se lanzarán las “naciones autodeterminadas” todas juntas, vencedoras y vencidas. (...)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Lenin estaba se enfrento en varias ocasiones a Rosa por estar en contra del derecho de autodeterminacion

Anónimo dijo...

si lenin fue más sibilino, le dijo a rosa, hay que estar a favor del derecho de autodeterminacion aunque la patria socialista no le dara la independencia a nadie, todo esta subordinado a la lucha de clases...

Anónimo dijo...

no decia eso para nada (cual es la patria socialista?). pero a lo vuestro

Anónimo dijo...

La urss