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02 febrero 2015

EL NACIMIENTO DE IDENTIDADES QUE RIVALIZAN CON LA ESPAÑOLA por Álvarez Junco

El origen de aquellos nacionalismos periféricos se remontaba a la era romántica, que había redescubierto las diferencias culturales existentes en la Península, como había hecho en tantos otros lugares de Europa. Según escribe Borja de Riquer, fueron las minorías cultas regionales quienes dirigieron aquella “búsqueda de los elementos de etnicidad y de identidad […] de su región”; fue una “invención de la tradición”, semejante a la llevada a cabo por los nacionalismos estatales, siempre que el término “invención” no se tome en sentido literal, como si las lenguas y culturas no castellanas no hubiesen existido previamente en la Península. Las élites de las culturas minoritarias dotadas de suficiente potencia creativa, pero no declaradas oficiales por los Estados, no encontraron otra manera de sobrevivir que contraatacar a los risorgimenti estatales con sus renaixenças o rexurdimentos, puntos de partida de posteriores reivindicaciones de espacios políticos autónomos. Y así como Modesto Lafuente o José Zorrilla teñían de “españoles” ambientes o personajes del pasado de muy dudosa adscripción nacional en su momento, las élites barcelonesas se aplicaron a la creación de unos mitos literarios o históricos que convencieran a los ilerdenses o tortosinos, por ejemplo, de que eran catalanes, y de que la manera correcta de hablar su lengua era la propuesta por Barcelona, centro urbano que abanderaba un proyecto político que competía con el de Madrid.
Aquellos movimientos culturales, sin contenido político al nacer, acabarían por dar paso a los movimientos nacionalistas de épocas posteriores. No es que hubiera una relación causal directa entre el romanticismo y los nacionalismos políticos. Baste recordar que el mismo fenómeno literario se produjo en el Languedoc francés o la británica Gales y no generó automáticamente exigencias de autonomía política. En el caso español, es especialmente elocuente el ejemplo gallego. Si el origen de las tensiones hubiera sido un fenómeno puramente étnico-cultural, elaborado por minorías literarias, el nacionalismo gallego tendría que haber sido tanto o más fuerte que el catalán y el vasco: existía un territorio perfectamente delimitado, una lengua, incluso unos problemas sociales, alrededor de los “foros”, que podían haberse presentado como producto de una situación de opresión colonial; y, desde luego, existió un Rexurdimento literario gallego comparable a la Renaixença catalana. Y, sin embargo, el galleguismo político, aunque nació, fue hasta muy tarde un fenómeno minoritario. A los ingredientes etno-culturales y al romanticismo literario hay que añadir, pues, otros factores[114].
Factores socioeconómicos, para empezar. No un retraso o “fracaso” de la industrialización o de la “revolución burguesa”, como tantas veces se ha dicho. Tampoco inexistencia, en el caso español, de un “proceso de modernización social y económico” —otra manera de decir lo mismo— que acompañara al político, lo cual habría hecho imposible asociar la nacionalización o el españolismo con la modernización. Ni creo que baste con referirse, como hace De Riquer, a una mala red de comunicaciones, en comparación con las francesas, inglesas o alemanas, que imposibilitara el desarrollo de un mercado “nacional”. Si estos datos fueran los decisivos, los nacionalismos estatales fuertes serían un fenómeno exclusivo de los países avanzados. Atraso, malas comunicaciones —peores que las españolas—, y fracaso del proceso industrializador hubo, por ejemplo, en Portugal o en Grecia, y ello no generó una identidad nacional conflictiva ni unos problemas secesionistas. Por el contrario, una retórica nacionalista exagerada sirvió para compensar las frustraciones derivadas del inferior grado de desarrollo económico.
El problema específicamente español no fue tanto que el país estuviera atrasado como que se desarrolló de forma desigual; lo que produjo, naturalmente, un proceso de modernización cultural también desequilibrado. Nicolás Sánchez Albornoz describió la situación española del siglo XIX como “una economía dual”, en la que convivían zonas donde se había producido el despegue industrial, principalmente en la provincia de Barcelona y la ría de Bilbao, con zonas agrarias, sobre todo del interior, de cultivos extensivos y técnicas atrasadas, lo que dio lugar a muy bajos rendimientos, que sólo podían sobrevivir gracias a un extremado proteccionismo aduanero. Las diferencias de desarrollo económico existentes a comienzos del XIX se acentuaron de manera espectacular en el último cuarto de ese siglo. Las dos zonas industriales que se desarrollaron giraban en torno a dos grandes ciudades, únicas que podían competir con la capital política del Estado: Barcelona y Bilbao. Especialmente la primera, no sólo muy rica sino tan poblada como Madrid y bien conectada, al final del siglo, con París, capital cultural de Europa. En el caso bilbaíno, la gran ciudad fue ella misma producto del desarrollo minero y metalúrgico; la región estaba menos poblada y sus comunicaciones eran peores que las del área barcelonesa, pero la concentración de riqueza fue no menos espectacular y existía una conexión relativamente fácil con Londres, el centro financiero mundial, aunque las redes financieras se integraron bien en las madrileñas. La diferencia fundamental, que convirtió al bizcaitarrismo en menos amenazador que el catalanismo durante muchas décadas, fue la carga rural y carlista de sus ideólogos, lo que hizo que los intelectuales vascos de primera magnitud tendieran a distanciarse del nacionalismo e instalarse en Castilla. En el caso gallego, no sólo faltó el desarrollo industrial que hubiera dado importancia y peso a las reivindicaciones de la región, sino que no hubo una ciudad de indiscutible primacía donde las élites intelectuales se reunieran y organizaran su enfrentamiento con Madrid; las élites descontentas, para colmo, tenían una válvula de escape al alcance de la mano, como era la emigración; con lo que el nacionalismo gallego, además de ser minoritario, nació en Madrid o en Buenos Aires.
Lo que hubo, por tanto, en España fueron unas “tensiones territoriales”, en frase de Núñez Seixas, generadas por la “falta de correspondencia entre el origen geográfico del poder económico y el del poder político”. Es decir, lo crucial no fue un bajo o escaso desarrollo industrial, sino el hecho de que las zonas desarrolladas fuesen islotes, y unos islotes que además no coincidían con el centro de decisión política. Madrid no era un gran foco industrial, ni tenía la conexión europea que pudiera convertirla en eje de la vida cultural. Las mismas características tenían las áreas geográficas donde se reclutaban las élites políticas, que eran sobre todo Andalucía y Castilla. Ni la capital del Estado, donde los políticos desarrollaban sus tareas, ni el lugar donde se habían formado, eran las áreas más avanzadas económica o culturalmente en el país.
Según quedó establecido en el capítulo anterior, el esfuerzo nacionalizador llevado a cabo por el Estado fue limitado o insuficiente. Sociólogos como Linz o historiadores como Jover, De Riquer, Núñez Seixas o Fusi señalaban el relativo vacío dejado por la poca presión cultural de aquel Estado español del XIX. Una mera comparación entre la implantación de la identidad francesa en las zonas vascas y catalanas que quedaron al norte de la frontera y la debilidad del españolismo en las que quedaron al sur debería ser suficiente para dar la razón a estos autores. Pero también reconocíamos en aquellas páginas que había habido esfuerzos, que el Estado había conseguido, hasta cierto punto, construirse e implantar sus símbolos. Una serie de instituciones estatales se pusieron en marcha, y estuvieron representadas por edificios que daban cobijo y esplendor a todo un aparato político y administrativo muy visible: el palacio real, los de las Cortes y el Senado, las sedes de la Presidencia del Gobierno y los diversos ministerios, etcétera. Todo ello estaba, sin embargo, en Madrid, y era también en la capital donde se situaban la mayoría de los —pocos— monumentos nacionales existentes. Allí residían igualmente las élites profesionales, artísticas o intelectuales que en esos mismos años “inventaban la tradición” en forma de novelas, libros de historia, cuadros, dramas o zarzuelas. La duda no es, por tanto, si existieron o no construcciones culturales de signo nacional a lo largo del XIX, sino hasta dónde se expandieron. Cabe pensar que se limitaron en exceso a la capital del Estado. Lo que fue suficiente para mantener satisfechas a las élites políticas centrales, y lo fue también para dominar las zonas geográficas menos desarrolladas y más cercanas al centro, que sí quedaron dentro del círculo de influencia madrileño, mientras que fue abiertamente insuficiente para atraerse a las áreas más desarrolladas, y en especial a esas dos ciudades que no se dejaban seducir tan fácilmente por una capital que era tan poca cosa, en comparación con los centros europeos con que ellos se trataban.
Porque el Madrid del XIX, hay que reconocerlo, aquella capital de una burocracia centralizada de la que todo, en teoría, dependía, era poca cosa. Fusi recuerda que a principios de siglo, “para alguien como Alcalá Galiano, que venía de una ciudad aseada y floreciente como Cádiz”, Madrid era “una ciudad fea, pobre y sucia, que distaba mucho de ser una verdadera corte”. Unos treinta años más tarde, un catalán tan mesurado y conservador como Balmes vivió un tiempo en Madrid y escribió: “Sin mar, sin un río, en el corazón del desierto, sin industria, sin vida propia, no siendo nada por sí, sino por ser corte, es Madrid una colonia de empleados más bien que un pueblo de importancia”. Y es que hacia 1850 Madrid tenía 250.000 habitantes, la cuarta parte que París, diez veces menos que Londres; y “carecía —sigue Fusi— de todo aquello que ya por entonces definía a la gran ciudad moderna: bulevares, plazas ajardinadas, grandes avenidas, comercio de lujo, casas elegantes, iluminación callejera, monumentos, teatros, ópera, transportes urbanos, estaciones, hoteles, centros bancarios”. Sin embargo, los madrileños estaban muy satisfechos de su ciudad: “de Madrid al cielo”, diría el saber zarzuelero. Y es que la única “cultura creadora” surgida en Madrid, según Ortega, era el “madrileñismo”, el culto a la propia ciudad. Lo que potenció, probablemente, la idea de que eran el centro de un Estado que existía y funcionaba, de una nación fuerte y visible. No parece que fuera ésa la impresión de las élites periféricas; en especial de las barcelonesas, que vivían la febre de l’or y el modernismo artístico y que viajaban con tanta facilidad a París. Cuando tenían que ir a Madrid, en vez de sentir entusiasmo o atracción, se les caía el alma a los pies; y pensar que lo hacían obligados, para implorar medidas políticas vitales para ellos, no suscitaba sino indignación.
Las diferencias socioeconómicas, y los desfases culturales derivados de ellas, fueron, pues, importantes como origen del problema nacional finisecular. Pero tampoco bastaron. Siguiendo de nuevo a Núñez Seixas, hay que observar que en Italia había diferencias mayores que en España: “entre Lombardía y Sicilia existían contrastes más profundos que los que había entre Cataluña y Extremadura”. Y aquí entra en juego el papel de las élites y la actividad política del Estado: la intelligentsia norditaliana se convirtió en el adalid del Estado nacionalizador, logró la unidad, enfrentándose con Austria y con el Vaticano, fomentó a continuación guerras coloniales y por fin el Estado italiano entró en las europeas, e incluso se las arregló para presentar su intervención en ellas como una victoria. En España, en cambio, las élites periféricas no fueron las inventoras ni adalides del Estado liberal modernizador, ni éste se embarcó en aventuras internacionales que acabaran en éxito. Como ha explicado Juan Linz, “la crisis de la identidad nacional española […] no hubiera ocurrido si el Estado español hubiese tenido los éxitos internacionales que Francia y si la cultura española hubiera sido tan creativa y dinámica como la de otros países europeos”[122]. Es decir, la debilidad del Estado y la escasa potencia cultural precedieron a la crisis de la nación.
La debilidad del Estado alcanzó su momento crítico en 1898. Porque, pese a todo lo dicho, pese a tantas limitaciones del proceso de construcción del Estado-nación, hay que reconocer, con de Blas y Laborda, que durante el siglo XIX “ninguno de los grandes problemas políticos españoles del momento supuso un serio desafío al Estado”; los carlistas, la verdadera oposición subversiva del siglo, nunca pusieron en duda la identidad nacional o la realidad estatal y hasta después de 1898 la “cuestión catalana” no se convirtió en enfrentamiento político radical. Quizás todo se debiera a la larga existencia de una estructura política que respondía al nombre de “España” y al fuerte impulso recibido por la identidad nacional con aquella guerra contra Napoleón al empezar el siglo, a lo que se añadió la mitificación de la historia y de la cultura llevada a cabo por los liberales —que las élites políticas, al menos, conocían bien— y el éxito internacional del estereotipo andalucista creado por los románticos sobre una identidad española que se suponía eterna. Lo cierto es que el Estado, evitando entrar en tensiones internacionales, había sido capaz de mantenerse en pie sin aparentes problemas. Es cierto que no se hicieron esfuerzos desde instancias oficiales para afianzar la identidad nacional, pero tampoco desde la oposición surgió un movimiento sólido que izase banderas alternativas. Sólo en el último cuarto de siglo, y en aquellas dos metrópolis industriales que superaban a Madrid en desarrollo económico, surgieron élites que se atrevieron a izar esa bandera. Es curioso que, para hacerlo, se utilizasen tantos símbolos y mitos mimetizados de los que habían pertenecido al acervo de la mitología españolista: que el nacionalismo vasco, por ejemplo, se apoyara en la “limpieza de sangre” frente a musulmanes y judíos o en la existencia de una identidad milenaria que había fundado Túbal, nieto de Noé, y que se había afirmado obstinadamente contra sucesivas invasiones; y tanto vasquismo como catalanismo adoptaron muchas de las formas victimistas de la Mater dolorosa que antes había patentado el españolismo. En todo caso, la mayoría de edad de aquellas afirmaciones de identidad alternativa a la española, es decir, el momento en que pasaron de ser minoritarias a ser verdaderos movimientos populares, fue a partir de 1898, a partir de la gran demostración de incompetencia internacional a cargo del Estado.
La fecha de 1898 fue crucial para los nacionalismos que rivalizaban con el español, como lo fue para el español mismo, porque una de las versiones del regeneracionismo consistió en poner las esperanzas de purificación y modernización política en las regiones desarrolladas. Macías Picavea lo había dicho: “Las tristes mesetas centrales donde yacen entregadas e inermes ambas Castillas” iban a conducir a España a la muerte si los “miembros vivos” del cuerpo nacional, Cataluña, Valencia, Asturias, el País Vasco, no se revolvían contra la oligarquía madrileña[125]. Ello obligó, sin embargo, a los “regionalismos” hasta entonces existentes a cambiar radicalmente su orientación política. Las historias nacionales siempre tienen mucho de irónico y hasta podría ser divertido si no condujeran con tanta frecuencia a la tragedia. En el caso ibérico, es verdaderamente propia de prestidigitadores la maniobra gracias a la cual los nacionalismos no estatales lograron superar una situación radicalmente contradictoria, derivada del hecho de que habían nacido vinculados a movimientos antimodernizadores (el carlismo, en ambos casos, pero sobre todo en el vasco), como bastiones de resistencia frente al jacobinismo progresista de las élites españolistas, y desde ahí tuvieron que convertirse en los europeizadores o modernizadores del conjunto. Esta situación les mantuvo maniatados durante largo tiempo, enfrentados con sus propias élites modernizadoras internas, seducidas también por el jacobinismo.

El nacionalismo español, por su parte, evolucionó en sentido exactamente inverso: desde sus orígenes laico-progresistas hasta el nacional-catolicismo. Como observan con penetración Ucelay y De Riquer, en todos los casos hubo una reacción contra la tendencia ideológica inicial: “en el caso español, la base liberal originaria que llevaba a un ‘nacionalismo institucional’ fue rechazada por el nuevo ‘nacionalismo identitario’ nacido del conflicto colonial. En el caso de los nacionalismos periféricos de Cataluña, el País Vasco y Galicia, la tendencia fue, al contrario, hacia el alejamiento respecto del movimiento fundacional, muy conservador, que trataba de monopolizar la nueva causa”. De ahí muchos de los problemas internos que estos movimientos han tenido que sufrir más tarde, como la dramática opción de los nacionalistas vascos al estallar la Guerra Civil de 1936, momento en que casi tuvieron que echar a cara o cruz su decisión de apoyar a Franco o a la República: de hecho, se escindieron, y mientras los dirigentes del PNV optaban por la República, las bases carlistas de Álava y Navarra ofrecían a los sublevados mayor número de voluntarios que ningún otro rincón de España.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Desde mi respeto al sujeto que se ha documentado y ha escrito este ensayo. Yo también estoy documentado y cualquier intento de vanalizar la causa de los pueblos no es más que un intento estéril de un imperio, el castellano-español, de conservar su estatus dominante. Porque aquí hay una cuestión irrefutable; las identidades son las que brotan del suelo, de la tierra y de la sociedad que vive sobre ella. La española por todo esto, nunca podrá ser una identidad, solo un satélite, un canal de televisión, ondas venidas de lejos y que con intencionalidad buscan acaparar los medios. Y por cierto, fueron las clases burguesas, por lo menos en Euskal Herria, las que abrazaron los vientos latinos que venían de las cortes de los reinos. Y las clases populares las que luchaban por conservar su identidad, su lengua, sus costumbres y muchas veces hasta su honor.

Anónimo dijo...

pues muy documentado no estas si no sabes quien es el sujeto, alvarez junco es un historiador impoluto y muy respetuoso con las nacionalidades.
De todas formas te animo a que aportes al debate tus documentaciones para poder opinar con conocimiento de causa.

Anónimo dijo...

gracias por el libro, lo empece a leer y esta interesante.