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09 febrero 2015

Libro de JF Azurmendi (ex-ETA y Ex-EGIN)

¿Qué cuestiones son esas de las que se puede tirar del hilo?
-Aporto datos exclusivos que hay que expurgar. La editorial me dijo que el libro está lleno de pequeñas bombitas o pequeños scoops: cómo empieza el GAL enmarcado en el Plan ZEN (Zona Especial Norte) y cómo lo relatan los periodistas del momento; algo dice. Yo no lo comento pero lo recojo. Por ejemplo también, el debate de la kale borroka en el seno de la izquierda abertzale y cómo se vivió. Las primeras amenazas de ETA e incluso de la izquierda abertzale a los periodistas... La manera de contar para un lector atento sugiere conclusiones, aunque yo no las saque.
El capítulo referido a los terribles años de la Transición lo ha titulado ‘Un muerto cada 60 horas’.
-En la Transición los hechos son tan brutales, tan continuos, los de un lado y los de otro, que hablan por sí solos. Pero sí subrayo que ETA no fue siempre la misma ni igual, y eso se va viendo a través de las etapas, que yo no remarco. El tipo de atentados que había a principios de los 80 contra militares de altísima graduación, gobernadores militares, almirantes... Yo no sé si la gente es consciente de que eso fue así. No me imagino a ningún gobierno europeo soportando como lo hizo el gobierno español, seguramente porque venía con una mala conciencia. No hay guerra en la que murieran tantos militares de tan alta graduación. Eso va cambiando, evolucionado, pero sin decir nada de la teoría los mismos hechos y atentados van poniendo en evidencia esa evolución en ETA. Pese a que en el libro se deja constancia de infinidad de hechos, no aparece todo lo que ocurrido. ¿Ha seguido algún criterio para seleccionar unas cosas y no otras?
-Creo que nada importante falta. Ha habido una pretensión de rigor. Un dirigente de la izquierda aber-tzale me decía el día pasado que es un relato honrado. Creo que a la izquierda abertzale no le ha gustado mucho, porque algunos de sus dirigentes creen que no es el momento de contarlo. Si esperamos a ese momento yo me voy a morir. No he pretendido ni agradar ni desagradar. Esto es algo que la sociedad vasca tiene derecho a conocer y seguramente no va a conocerlo más que fragmentariamente.
Usted sostiene que no es una ETA sino varias a lo largo de toda su existencia. ¿Pero hay algo que haga común a todas ellas? -La pregunta sería si hay algunas señas de identidad que acompañan a todas las etapas de ETA. El independentismo, el marco de referencia, Euskal Herria, y la preocupación por el euskera, que es una particularidad de la generación de ETA. De alguna manera también que es de izquierda, aunque con muchos matices. La ideologización de muchos de los militantes era bastante escasa. Hay contactos con organizaciones de izquierdas como los Tupamaros uruguayos o el MIR chileno... pero eso es antes de los 80. Luego, la ideologización no es tan evidente.
En ETA parece que ha pesado más la sigla que los nombres de sus dirigentes
-Este es un aspecto muy importante para explicar cómo se ha prolongado esta historia en el tiempo. No ha habido transmisión generacional, como sí lo ha habido en el caso del IRA, que permitía que una gente que había conocido el comienzo y otros tiempos dijeran que era el momento de acabar. Cada generación nueva creía que no iba a cometer los errores de los anteriores e iban a descubrir la manera de combatir al enemigo que las anteriores no habían sido capaces de poner en marcha. Tal vez una excepción ha sido Josu Urrutikoetxea. Ha sido un inconveniente enorme.
En su 50 aniversario, ETA dice que es una organización nacida del pueblo y que “se reproduce desde el pueblo sin parar, década tras década”. Pero en el juicio de París, Igor Suberbiola cierra la historias de ETA diciendo que es parte del pasado y no va a existir nunca más.
-A ETA quien la desarma es la sociedad vasca. Llega un momento en que ETA no es desconocedora de que cada vez se le va más gente, de que cada vez es mas cuestionada, de que crece la sospecha de que están infiltrados. Para mí ETA ya se acabó, pese a que escriba comunicados. La pervivencia de ETA la entiendo para garantizar un final ordenado.
Los trapos sucios en ETA casi siempre se han limpiado en casa hasta que llegó Aralar
-Yo le doy mucha importancia a Aralar. En general, a ETA lo que llamaban las terceras vías le molestaban muchísimo. Cuando nace Elkarri, arremete contra Jonan Fernandez, más que contra el PNV. Lo mismo con Aralar y Patxi Zabaleta. Disidencias en el MLNV no ha dejado de haber en toda su historia. Pero se iban a casa en silencio. Con Aralar, por primera vez salen a la calle, se organizan y logran miles de votos. En la medida en que ETA insista, Aralar crece, en la medida en que ETA desista, Aralar decrece.
¿Qué importancia concede a las medidas que tomó el Gobierno del PP a partir de la tesis del ‘todo es ETA’?
-Ese paso de considerar que todo es ETA es un despropósito judicial pero un éxito desde el punto de vista policial. ETA no valoró lo suficiente que hubiera miles de personas, hasta en los ayuntamientos más pequeños obligados a llevar escolta y eso es algo que no ha ocurrido en ningún lado. La izquierda abertzale no lo supo transmitir a ETA.
¿Cómo han abordado los medios de comunicación a ETA?
-He echado en falta periodistas con suficiente peso como para poder escribir los cosas al margen de los intereses editoriales. El comportamiento de los profesionales de los medios va a ir cambiando con la evolución del conflicto. De alguna manera la prensa cambia, toma partido. Eso es así.
¿Ha sido la de periodista una profesión de riesgo en Euskal Herria?
-Es bueno recordar que Xabier Sánchez Erauskin y yo mismo nos pasamos casi un año durmiendo encima de la rotativa de Egin, porque había habido un intento serio de acabar con nosotros. Esto ni mi mujer lo sabía entonces. Aquí ha habido para todos. Desde el punto de vista judicial, ni te digo. He pasado por todos los tribunales y las audiencias imaginables. En una de ellas hasta por escarnio a la religión, en Hernani. Uno de los despropósitos estratégicos más grandes de ETA ha sido la manera como trató desde siempre a los periodistas. Periódicos y periodistas importantes como los del El País tenían cierto margen en aquel tiempo para hacer cosas que a ella no le hubieran venido mal. Al final se enfadaron con todos. Sí ha sido una profesión de riesgo, pero ha habido cosas francamente deleznables de periodistas en contra de la izquierda abertzale.
¿Hay algún episodio de su larga trayectoria profesional que recuerda sobre el resto?
-De la que siento más orgulloso es de aquella primera página en la que a las diez de la noche tomé la decisión de levantar la primera página y dedicarla íntegra al caso de Joxe Arregi con el titular Hau oso latza izan da. Decidí que si por ese motivo cerraban Egin nadie me lo iba a reprochar.
¿Qué queda por descubrir?
-Los infiltrados. El aparato policial ha dedicado mucho dinero y muchas horas a la infiltración. El IRA llegó a tener un infiltrado en el comité ejecutivo. Cada vez que una persona pasa por la tortura según sus características va a tener una oferta de colaboración que pasa por olvidarse de lo que ha hecho.
“Perder la batalla militar no debe significar perder la batalla política, para que a su vez no signifique perder la guerra ideológica”. Esto lo dijo Eugenio Etxebeste. ¿Lo ha logrado el MLNV?
-En parte sí. La presión social y la inteligencia de algunos ha conseguido que el desastre no sea total.
¿Es importante para ETA la batalla del relato?
-El final ha sido tan atípico que no sé si el relato también no lo va a ser. Yo no sé si el relato es indispensable. No sé si de verdad las víctimas quieren que se cuente todo. Recordar las explicaciones que ha dado ETA para justificar sus atentados no sé si es beneficioso para las familias. Lo que importa en este momento para, de verdad, dar el paso definitivo no es que ETA desaparezca, que en la práctica ya ha desaparecido, sino darle una vía razonable y sensata al tema de los presos.

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