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17 febrero 2015

Memorias de la conquista de Navarra hacia 1612 y 1712

Durante el siglo XX y todavía hoy, lo relativo a la conquista de Navarra y a su incorporación por Castilla a España ha sido inseparable del debate público acerca de la nación y de la comunidad política navarras: de su identidad más o menos diferenciada con respecto a otras naciones (la española y la vasca), de sus relaciones más o menos preferentes o exclusivas con unos u otros proyectos políticos (España o Euskadi-Euskal Herría), y de su situación dentro de España .

 Quienes escribieron en torno a los dos primeros centenarios, más cerca de los hechos, no atendieron a los mismos temas ni los enfocaron desde la misma perspectiva. Los cuatro cronistas que he seleccionado, dos españoles y dos franceses, que publicaron en torno a 1612 y 1712, probablemente no hubieran comprendido los términos y la virulencia del debate de 1921-1931, pero sus ideas orientaron su desenlace.

1. EL PRIMER CENTENARIO (S. XVII). PRUDENCIO SANDOVAL Y ANDRÉ FAVYN.
 En 1614, fray Prudencio de Sandoval publicó en Pamplona un Catálogo de los obispos que ha tenido la Santa Iglesia de Pamplona [...] con un breve sumario de los reyes que en tiempo de los obispos reynaron en Navarra . Sin relación al primer centenario de la conquista, pero sí imbuido de un sincero ‘navarrismo’, intercaló interesantes reflexiones en esta obra erudita. El cronista real de Felipe III y obispo de Pamplona mandó traducir y retocó un trabajo previo del canónigo pamplonés Francisco de Cruzat (Catalogus episcoporum ecclesiae Pampilonensis, 1573), al que incorporó comentarios hechos con autoridad, anécdotas que reflejan experiencia personal e interesantes valoraciones. A diferencia de los debates del primer siglo tras la conquista, que habían girado en torno a la fidelidad de agramonteses y beamonteses a uno u otro rey, Sandoval ya no juzga comportamientos particulares –como habían hecho Ávalos de la Piscina (c. 1534) o el licenciado Reta (c.1580) –, sino que se eleva a una reflexión general sobre el gobierno pasado y futuro del reino. En esencia, todo su razonamiento gira en torno a una “restauración” de la naturaleza española de Navarra que ha devuelto la salud (el orden y a la paz) a un cuerpo político enfermo desde que fue gobernado por reyes extranjeros, y desarrolla una reflexión política sobre la realeza “natural” y sobre su función como cabeza rectora del cuerpo político que es el reino .

La muerte sin descendencia de Sancho VII “el Encerrado” (1234) produjo una alteración gravísima, porque desde entonces fueron de distintas naturalezas la cabeza (rey) y el cuerpo político (reino). Todos los males y problemas radicaban en que los “humores” de franceses y españoles eran incompatibles, por lo que el gobierno de reyes extranjeros y ministros extraños causaba rechazo . Esta extranjería, y no la rivalidad de agramonteses y beamonteses, habría sido la verdadera enfermedad política de Navarra. Porque Sandoval considera que los navarros son “españoles” en el mismo sentido en el que lo eran todos los peninsulares habitantes de las tierras al sur de los Pirineos, la Hispania de los romanos. Desde esta perspectiva, el gobierno de Juan de Albret y Catalina de Foix se tiñe de valores negativos, que contrastan con los positivos que asocia al de su vencedor y sustituto, porque con Fernando el Católico se habría producido la “restauración” de la realeza natural española . Sandoval expresa su simpatía hacia el malogrado Carlos de Aragón, el Príncipe de Viana cuya fama de santidad estaba viva todavía a finales del siglo XVI, porque hubiera sido el unificador de España ; Fernando el Católico, su hermanastro, simplemente, habría suplido su falta. Sandoval, que añoraba la magnificencia de la corte donde había residido algunos años, debió de consolarse con el ‘descubrimiento’ de las grandezas históricas de aquel pequeño reino donde murió, y sintonizó con los círculos eruditos que empezaban a reivindicar más abiertamente las grandezas de su historia nacional. En este sentido se puede hablar de su navarrización. Sandoval se llena de alegría con el descubrimiento, con ocasión de su visita pastoral al monasterio de Leyre en 1613, de un arcosolio donde los monjes habían ocultado los restos de los antiguos reyes allí enterrados, como reacción defensiva y de temor tras la conquista castellana. Y lo interpreta como un símbolo premonitorio del restablecimiento de la grandeza del reino y de su dignidad perdidas un siglo antes. Quizás este castellano sea el mejor testigo de la nostalgia navarrista de principios del siglo XVII por las pasadas grandezas del reino y de su monarquía propia, como cuando recuerda que algunos todavía “lloran [a] sus reyes pasados, Theobaldos, Carlos, Phebos, &c” . Es consciente de la “postración” que vive el reino, que se agudiza cuando se rememora sus pasadas glorias (mayor extensión, origen de otras casas reales, precedencia sobre otros reyes, etc.),pero no la relaciona con la conquista.
El orgullo de proclamar que, en 1505, cuatro infantas navarras hermanas estaban casadas con otros tantos reyes, “los mayores de la Cristiandad”, se mezcla con la evocación de la desaparecida dinastía natural, sobre todo cuando se cifra ésta en tres providenciales caídas de sendos caballos, que habrían frustrado la sucesión de la realeza navarra. Al contrario, todas estas reflexiones le sirven para valorar muy positivamente la incorporación a Castilla en términos políticos y también económicos. Lo hace inmediatamente después de tratar de las guerras de bandos, como para reforzar su argumentación con el contraste más adecuado. Navarra no podía ser gobernada por reyes propios porque carecían de la fuerza necesaria para mantener la paz y el orden. Y unos reyes poderosos pero lejanos, como los de Francia, tampoco eran adecuados porque, como franceses, eran de distinto “humor”. La “restauración” de una realeza española con Fernando el Católico le parece la mejor solución y la más favorable al interés particular de los navarros:
“Ciento y un años han corrido hasta este día: diga Navarra ¿cuándo más quieta?, ¿cuándo más rica?, ¿cuándo más tenida?, ¿cuándo más estimada? ¿Cuándo en Francia tuvo hijos primados, perlados, presidentes, oidores, gobernadores, capitanes y, finalmente, capaces de la grandeza de España y de su Monarquía, que de cuatro partes del mundo la reconocen en las tres? ¿Cuándo las tablas de Pamplona, con que los reyes pasados se sustentaban, fueron como son, tablas de los caballeros, hidalgos, hombres valerosos, dignos de honra y premio? Nunca los reyes de Francia que reinaron en Navarra dieron de estas tablas o mesa real las migajas que de ella caían. El de España, más de lo que tienen, [da] a los mismos naturales. De suerte que lo que era sustento de reyes, después que Navarra se abrazó con Castilla, es alimento de los naturales. Los que lloran sus reyes pasados, Theobaldos, Carlos, Phebos, &c, no han considerado lo que bien mirado digo y la experiencia que convence muestra”.

El hecho de que navarros y castellanos fueran “capaces en ambos reinos de unos mismos honores, oficios y beneficios y preeminencias” abría muchas posibilidades para todos.
En 1614, los navarros habían comprobado que se habían cumplido las promesas del duque de Alba a la ciudad de Pamplona en agosto de 1512. La nómina de altos cargos en la Iglesia (Bartolomé Carranza, primado en Toledo; Francisco de Navarra, arzobispo de Valencia, etc.), en la administración (Pedro de Navarra, presidente del Consejo de Ordenes; Martín de Gaztelu, secretario de Carlos I y de Felipe II, etc.) o en la milicia (Simón de Itúrbide; Luis de Villar, castellano de Gante, etc.) le parecía deslumbrante y, por ende, estimulante. Poco después, otro relevante polígrafo ‘navarrista’, Juan de Sada, que debió de frecuentar el círculo erudito de la pequeña corte episcopal de Pamplona por esos mismos años, publicó una relación muy completa de los éxitos de sus connacionales al servicio de la Monarquía de España, expresando idéntica satisfacción por todo lo logrado.
Además, junto a esta, existía otra nómina menor pero que incluía a todas las familias de la nobleza acomodada: la lista de los “acostamientos” que se pagaban con cargo a los ingresos de las “tablas” (las rentas aduaneras del rey). Aunque de escasa cuantía, su pago sí que encerraba, además de ventajas sociales y políticas, un simbolismo que el obispo Sandoval interpreta de un modo muy atractivo. Los caballeros navarros no se alimentaban ya, como bajo los reyes franceses del siglo XIII-XIV, de las migajas que caían de su mesa (“table”), al modo de perrillos o de pordioseros, sino que, con los reyes españoles, participaban abiertamente en ella como los hijos, con una dignidad recobrada. Cuando Enrique de Borbón, “le roi de Navarre”, llegó al trono de Francia en 1589, se confeccionaron de inmediato cuatro grandes ‘historias de Navarra’, dos de ellas de un marcado carácter confesional-calvinista y desde una perspectiva particularista bearnesa, y otras dos desde posiciones realistas, católicas y francesas. No son pocas las diferencias, pero predominan los argumentos comunes a todas ellas. La más extensa, preparada por André Favyn, se publicó en París en 1612.

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