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17 febrero 2015

Memorias de la conquista de Navarra hacia 1612 y 1712 (II)

Favyn era un humanista polígrafo, abogado del Parlamento de París y católico, que escribió para ilustrar al joven Luis XIII y darlo a conocer como roi de Navarre. En definitiva, la realeza de Francia procedía también de García Jiménez, “príncipe francés primer rey de Navarra, el primero que enarboló el estandarte de la cruz en los Pirineos y echó a los moros africanos de España, de la que Navarra es el más antiguo reino cristiano”. Con un riguroso criterio dinástico, expone las vidas de los 37 reyes que van de García Jiménez a Luis XIII, aunque Navarra no es sino una excusa porque realmente escribe una historia de Francia (en particular desde la llegada de la dinastía de Champaña en el siglo XIII). La tesis central es la misma que en las historias mencionadas, particularmente en la de Gabriel Chappuys (1596): Navarra es parte de Francia desde sus orígenes, y Luis XIII debe trabajar para ‘reunirla’. Su libro ha de servir para instrucción del joven rey y de exhortación a recuperar esta porción de su herencia, al igual que Alejandro Magno se había sentido movido a la conquista de Persia gracias a la lectura de libros de historia: “La consideración de tales empresas os servirá de glorioso propósito para lograr el triunfo de la conquista de vuestra propia herencia paterna”. De nuevo, Navarra como argumento o como ocasión para referirse a un todo que la comprende y da sentido que no es otro que Francia, con cuya historia se confunde hasta desaparecer. Favyn –como antes Chappuys- presta particular atención a las bulas de Julio II, de las que sospecha que pudieron no ser auténticas, aunque también reconoce que habían sido decisivas para que los navarros se rebelasen contra sus reyes, decidiendo la conquista. Pero el tema central es la contraposición de las formas de gobierno de Francia y de España, un tópico común en la publicística francesa del momento. Juan de Albret -de Catalina apenas dice nada- era un buen rey, culto y justo, que trató por igual a agramonteses y beamonteses, aunque los primeros todo lo que libaban lo convertían en miel, como las abejas, y los segundos en hiel. Lo importante es que Juan III gobernaba al “modo francés, todo lo contrario del español”. Por eso, los navarros se dolían de una dominación injusta bajo Castilla y esperaban la liberación y el retorno del rey legítimo, porque no son de carácter español. En 1512 abandonaron a su rey ganados por los beamonteses, o por el oro de Castilla, o por la amenaza de las bulas de excomunión, pero un siglo después su corazón seguía siendo fiel a sus descendientes. La unión a Castilla de 1515 pretendió, según Favyn, que no se gobernasen con libertad, al modo de los aragoneses, que tenían su Justicia Mayor que, como los éforos en la Esparta clásica, limitaba el poder regio. Por ello, toda la nobleza navarra, incluido el conde de Lerín, ansiaba sacudirse la “tiranía española”, y hubieran podido conseguirlo en 1516. El tono con que pinta las consecuencias de la subsiguiente represión no pueden ser más oscuros: el coronel Villalba pretendió arrasarlo todo y deportar a los navarros a Andalucía, y el reino, que antes había florecido bajo el gobierno de un buen rey, quedó convertido en un erial de pasto. Este argumento debe leerse en su contexto, porque es coetáneo a la expulsión de los moriscos iniciada en 1609. Ahora bien, la “liberación” de Navarra no la entiende Favyn sólo como recuperación de una herencia particular sino, más ampliamente, como restauración de la seguridad de Francia frente a España:
“Esto rompe el corazón de los navarros y les hace desear un liberador de la tiranía española; y entre sus males e infortunios, todavía tienen uno que todo hombre de buen juicio estimaría el más cruel: que no osarán a quejarse, las lágrimas prohibidas a sus ojos y el nombre de Francia en la boca. Accidente deplorable que el más antiguo reino de la Cristiandad de España haya sido así miserablemente convertido en provincia, sus castillos arrasados, sus villas desmanteladas, y sus pobres habitantes sometidos a una dominación extranjera del todo insoportable. Son vuestros súbditos, gran Príncipe, que os tienden las manos, los ojos con abundantes lágrimas, el corazón embargado y la boca cerrada, para no osar declararos la justa queja, que habla por sí misma, para implorar vuestro brazo generoso. Porque como vos habéis recuperado vuestro reino de Francia, dominado por las facciones de España, a punta de espada, por esta misma vigilancia que os es natural les liberéis de la dominación española”.

Pero este sentimiento no es específicamente “navarrista”, ni exclusivamente dinasticista. Si le importa recordar todos los contactos diplomáticos, las reclamaciones planteadas a lo largo del XVI, es para que quede constancia de las promesas incumplidas por los españoles, mentirosos e indignos de confianza, y para demostrar que no cabía alegar prescripción de derechos de los Albret-Borbón. Favyn fue el primero que escribió sobre los escrúpulos de conciencia de Carlos V, un argumento que desarrollaron con fruición los franceses del segundo tercio del XVII, en particular Auguste Galland (1646). Lo introdujo con ocasión de la prisión de Felipe de Hesse, príncipe imperial a quien Carlos V despojó de sus bienes por rebelde. Su confesor franciscano habría tranquilizado al Emperador sobre el escrúpulo de tener que “devolver al papa las plazas usurpadas a la Iglesia, el ducado de Milán al rey [de Francia], y el reino de Navarra a nuestro Enrique de Albret”. Porque si se devolvieran a sus legítimos soberanos, argumentaba el franciscano, se daría medio a sus enemigos para hacerle la guerra: “Su confesor aseguró su conciencia, en perjuicio de la ciencia, con estas palabras: In obscuris, melior est causa possidentis quam petentis. Que en asuntos dudosos es mejor tener que reclamar. En cualquier caso, Favyn no entiende un reino de Navarra diferenciado del de Francia y, cuando Antonio de Borbón pretendió tomar posesión de la herencia de su suegro por la fuerza en 1555, Enrique II de Francia le habría frenado con este argumento: “lo mismo que no hay sino un solo sol en el mundo, sin que otro planeta tenga luz aparte, de igual modo Francia no podía sufrir sino un rey”. Favyn es un acendrado defensor de la catolicidad y de la unidad de Francia, de la que Navarra forma parte indisociable desde siempre y para siempre.

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