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22 febrero 2015

Memorias de la conquista de Navarra hacia 1612 y 1712 (III)

2. EL SEGUNDO CENTENARIO (SIGLO XVIII). FRANCISCO ALESÓN Y JOHANNES DANIEL SCHOEPFLIN.

 El segundo centenario de la conquista no pasó tan desapercibido para los navarros como el primero y, en el contexto de la Guerra de Sucesión española, las autoridades del reino tuvieron una magnífica oportunidad de modificar las interpretaciones dominantes hasta entonces. Francisco de Alesón (Viana 1634-Logroño 1715) había sido nombrado segundo cronista oficial del reino con el encargo de revisar y publicar los materiales que había dejado manuscritos su predecesor, el también jesuita José Moret (†1687), para dar continuidad al recién aparecido primer volumen de los Annales del reyno de Navarra (1684). Sin duda, atesoraba una amplia cultura humanística aunque no había demostrado particular afición a la historia y estaba lejos de ser un “anticuario” apasionado por los documentos y las antigüedades. Más político que erudito, tuvo la habilidad de construir la interpretación de la conquista e incorporación más ampliamente aceptada hasta finales del siglo XIX. El Compendio de los cinco tomos de los Annales que se encargó al tercer cronista del reino, el P. Pablo Miguel Elizondo S.J. (1732), y la reedición ilustrada de los Annales que la diputación financió en 1766 hicieron que el relato de Alesón haya sido el más influyente hasta la asimilación de la obra de Boissonnade (1893) con ocasión de la polémica de Amayur. Alesón ordenó, revisó y, en menor medida, completó los textos preparados por José Moret, y con ellos formó los tomos II (1695) y III (1704) de los Annales. Fue una acertada decisión concluir este último con la muerte sin sucesión masculina de Sancho VII, porque la entronización de la casa de Champaña en Navarra en 1234 constituía un interesante precedente del cambio dinástico de 1700, con la llegada de un Borbón al trono de España. Los Tres Estados de Navarra, por diversos motivos, fueron activa y firmemente profranceses en las victorias y en las derrotas de la Guerra de Sucesión, y la victoria de Felipe V proporcionó a los dirigentes navarros la oportunidad de abordar en inmejorables condiciones la memoria de la conquista e incorporación a Castilla de dos siglos atrás. El último tomo de los Annales (1715), el que nos interesa ahora, debió de escribirlo durante los años decisivos de la guerra, cuando el frente bélico barrió por dos veces Navarra (1706-1707 y 1710-1711). No buscó nueva documentación –aunque sí manejó historias parciales y relaciones particulares de sucesos– porque contaba con el apoyo de suficientes crónicas españolas, y leyó detenidamente a los historiadores franceses y a algunos italianos. Sabemos que visitó el archivo de Simancas en tres ocasiones, aunque sin aclarar nada nuevo sobre las famosas bulas de excomunión que tanto llegaron a obsesionarle. Matías de Izcue y Baltasar de Lezáun, que firmaron las presentaciones del tomo V, advirtieron las dificultades del tema. “Tempestad”, “tragedia”, “borrasca” son los términos con que definieron los años de la conquista y el cambio de 1512. Cambio que había fraguado sobre injusticias y sobre el que era preciso refutar mucho de lo que se había escrito en los dos siglos precedentes, por lo que la narración de Alesón tiene, desde su dedicatoria a los Tres Estados, un carácter explícitamente vindicativo de “la honra de nuestros reyes injustamente agraviados”. Y no sólo de la suya: también de la del resto de los navarros, de sus familias y linajes y del reino como tal. La principal rectificación se refiere a la famosa bula de excomunión, que Fernando el Católico había utilizado como justificación principal y que todos los cronistas, incluidos los navarros, habían citado. Sus conjeturas en este punto no fueron originales, y sus visitas a Simancas no aclararon nada. De hecho, Alesón retomó los argumentos del bajonavarro Arnauld Oihenart (1635) y del aragonés Pedro Abarca (1684) para negar la existencia de la excomunión sin añadir nada nuevo. Todo habría sido una infamia orquestada por Fernando el Católico, propagada por sus cronistas y mantenida por ignorancia. Juan de Albret había sido víctima inocente de una calumnia y urgía que resplandeciera la verdad, porque tal mentira manchaba no sólo a los reyes sino también “a los navarros que fielmente los siguieron, o por mejor decir, a todo el reyno”. Alesón invirtió la imagen negativa de Juan III que la historiografía española y navarra había construido unánime, y lo presentó como un mártir a quien finalmente se ha hecho justicia. Juan de Albret sería un príncipe gallardo, hombre de letras, caritativo y devoto, fiel esposo de su mujer. Una de las calumnias más dolorosas es el “cuento viejo [difundido por Garibay] de que alcanzando la reina en el camino al rey su marido, le dijo con augusto coraje: ‘Rey don Juan, rey don Juan. Juan de Labrit fuisteis y Juan de Labrit seréis; porque vos ni vuestros sucesores nunca más gozarán de el reino de Navarra. Que si vos fuerais reina y yo rey, nunca se perdiera Navarra’”.
Esta apasionada apología de Juan III encerraba una enseñanza para los navarros de principios del XVIII. Su muerte en 1516 como rey cristiano (y no cismático) se debió a la pena por la pérdida del trono, por la prisión del Mariscal y de sus “fieles” navarros, y también por la ruina entera del reino29. Pero en su sacrificio y en su aceptación de la injusticia, similares a los de Cristo, radicó una novedad espléndida. Así, Alesón pudo proponer una interpretación a lo ocurrido en 1512 radicalmente diferente: una sentencia del cielo había reparado con creces la antigua injusticia mediante la plena restauración dinástica de un rey ‘natural’ en la persona de Felipe V. Con todo, Alesón no reniega de lo ocurrido en estos dos siglos, aunque en algún momento manifieste añoranza de una Navarra grande e independiente precisamente bajo los reyes Juan y Catalina. La unión a Castilla y la reunificación de España las valora muy positivamente, en buena medida porque las entiende como providenciales. Felipe V es la “última sentencia, ordenada sin duda por su alta Providencia a la mayor concordia y perfecta unión de todos los reinos de España”. Y aunque no pretende volver a la situación previa, sí que quiere reescribir lo sucedido en lo que se refiere al espinoso asunto de la “fidelidad”, que había sido motivo de discusión durante dos siglos. La unanimidad con que los navarros habían respaldado a Felipe V en la Guerra de Sucesión debía borrar para siempre la antigua división de agramonteses y beamonteses; y su decisivo apoyo al victorioso Felipe V debía borrar el recuerdo del abandono con que facilitaron la derrota de Juan III dos siglos antes. Alesón –y los diputados del reino que encargaron y revisaron su obra– mitigó y reinterpretó la fractura banderiza para presentar un reino fiel y unido a su rey (Felipe V) frente al usurpador (Carlos de Habsburgo). Tal imagen se sostenía como una realidad evidente a principios del XVIII, pero tenía un fundamento histórico frágil. El frente unido de todos los navarros tras de su rey legítimo contra un usurpador se produjo en 1712 y se proyectó retrospectivamente a 1512, como para redimir la antigua división y defección de los navarros. Además, a principios del siglo XVIII la fidelidad de Navarra brillaba frente al oscurecimiento de la lealtad de Aragón, Valencia y Cataluña, cuya traición a Felipe V ocasionó la pérdida de sus fueros.
Alesón, que personifica en Pedro “Navarro” y en Pedro de Navarra los vaivenes de la fidelidad del país, se muestra comprensivo con actitudes que parecen contradictorias. Pedro Bereterra o “Navarro”, el famoso “condottiero” hecho conde de Oliveto, recobra el protagonismo que castellanos y franceses siempre le habían reconocido, y que los navarros le habían escatimado. Y Pedro de Navarra, el Mariscal exiliado en 1512, derrotado en 1516 y muerto en la cárcel de Simancas en 1522, reaparece canonizado como quintaesencia de la fidelidad y del heroísmo porque se negó a jurar al Emperador, sacrificando libertad, hacienda y honores por su rey natural. Alesón no condena a Pedro “Navarro” porque sirviese primero a Fernando el Católico y luego a Luis XII y a Francisco I de Francia; y tampoco recrimina a Pedro de Navarra, el hijo heredero homónimo del Mariscal, porque jurase la fidelidad que su padre había negado hasta la muerte. Todos habrían actuado en conciencia y eran igualmente dignos de honor. Aunque resulte más aleccionadora para sus propósitos la rendición de Fuenterrabía en 1524, Alesón también ensalza la resistencia de Maya de 1522. Nadie había considerado digna de memoria la colaboración con los franceses en el secuestro de Fuenterrabía (1521-1524), y sin embargo a Alesón le permitió honrar el retorno de los agramonteses al servicio del Emperador y su abandono del partido de los Albret desde 1524. Y lo mismo que aplaude la rendición ensalza la valentía de quienes resistieron en el castillo de Maya: “de tantos nobles caballeros cuyas vidas merecían ser inmortales”. Por esto, significativamente, Alesón no dio relevancia a los perdones de 1523 y 1524, que permitieron la reintegración de los exiliados en sus posesiones, oficios y honores. Donde no había habido ofensa no era necesario el perdón: los navarros que resistieron la conquista hasta 1524 y decidieron luego pasar al servicio de Carlos I actuaron tan honrosamente y sin demérito de su fidelidad como quienes habían optado desde el principio por Fernando el Católico. Alesón organizó el relato de la guerra suavizando aristas, pero también acogió buena parte de lo más dramático que había escrito la publicística francesa sobre la ruina de Navarra bajo el gobierno español. Aunque Fernando el Católico aparezca como un usurpador, se alaba su habilidad como pacificador, su confirmación de los fueros, incluso la “dulzura” de su gobierno. Es el cardenal Cisneros quien carga con todos los reproches, porque le achaca la introducción de los primeros cambios en la forma de gobierno, y le acusa de gobernar despóticamente derribando castillos y murallas. Compara la postración de Navarra con la del reino de Nápoles también conquistado, y la suerte de su rey Fadrique, despojado del trono, con la de Juan de Albret. Y aunque no se llevase a cabo, se hace eco de un presunto proyecto de despoblar por completo el reino, que se habría estudiado en el Consejo de Castilla a la vez que el derribo de las fortalezas. Probablemente, todo esto le sirve para evidenciar los cambios posteriores.
Junto con la rehabilitación conjunta de agramonteses y beamonteses, Alesón hace un esfuerzo por redimir también la Baja Navarra desgajada. La familia Jaso, en la que nació San Francisco de Javier, originaria de estas Tierras de Ultrapuertos, recobra su dignidad manchada hasta entonces por el estigma de ser “franceses” en una tierra de herejes. Enrique de Albret y la Basse-Navarre reaparecen en escena con un protagonismo y una valoración positiva de la que habían carecido hasta entonces. En definitiva, late en Alesón una novedosa afirmación de la navarridad de la porción norpirenaica del reino abandonada por Carlos I en 1530: “A la verdad ellos eran y siempre fueron y aun son verdaderos navarros por su naturaleza, aunque algunos ineptamente hayan querido discurrir lo contrario”. Incluso dedica más espacio y vigor a exponer esto último que a desgranar las ventajas de la incorporación a Castilla.
El relato de Alesón, por ultimo, trasluce una satisfacción plena sobre el gobierno del reino a principios del siglo XVIII. La abolición de los fueros de Aragón y Valencia (1707), y muy pronto los de Cataluña, supuso una alteración impensable: el pequeño reino conquistado mantenía sus fueros e instituciones mientras que desaparecían en aquellos otros estados hereditarios que siempre habían sido vistos desde Navarra como modelos a imitar, y con añoranza si no con envidia. La unión a Castilla zanjó la guerra civil y, sobre todo, aseguró el pleno respeto de sus fueros mejor que antes de 1512, por lo que podía decirse, con mayor fundamento que nunca, que había sido una “feliz unión”.

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