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23 febrero 2015

Memorias de la conquista de Navarra hacia 1612 y 1712 (IV)

En 1720 se publicó en Estrasburgo un pequeño libro, obra juvenil de Jean-Daniel Schoepflin (1694-1771), el gran historiador ilustrado de la región germánica de Alsacia recientemente conquistada e incorporada a Francia por Luis XIV. Diatriba de origine, Fatis et Successione regni Navarrae ad nostra usque tempora no pasa de ser un trabajo académico, editado con ocasión del breve episodio de guerra franco-española de 1719-1720, cuando Luis XV tomó Fuenterrabía y San Sebastián y pareció que también recobraría Navarra. No es sino una síntesis apresurada, a partir de la bibliografía disponible, por un profesor de la Universidad de Estrasburgo que quería hacer méritos ante el regente de Francia, Felipe duque de Orlens. No suscitó apenas atención entonces, aunque un siglo después el síndico Ángel Sagaseta de Ilurdoz y las Cortes de Pamplona de 1828 se tomaran la molestia de traducirlo del latín. Sin embargo, en este libro late una novedad, relacionada con la concepción que el autor tiene de la historia de Alsacia y de su incorporación a Francia. En sus dos principales trabajos reivindica que, pese a su larga pertenencia al Imperio Germánico, pese a su lengua y cultura alemana y a su mayoría protestante, sin embargo Alsacia era originariamente una región francesa. Schoepflin utiliza con respecto a lo ocurrido en Navarra en 1512 el mismo concepto de distractio que utiliza para Alsacia, que ha de traducirse como ‘división’, ‘ruptura’, ‘separación’ con respecto de algo mayor y principal de lo que formaba parte, mejor que el de conquista (de conquiro= ganar, recoger), que implica adquirir algo nuevo, distinto. Nebrija, a quien cita en abundancia, había utilizado un argumento similar dos siglos antes, cuando habló de ‘reintegración’, ‘restitución’, ‘reincorporación’ de Navarra a España. Cuando, en el capítulo segundo, relata la Distractio regni Navarrae sub Johanne Albretano, lo hace en términos favorables a Francia como nación y no exactamente a la dinastía del rey despojado. Schoepflin es muy poco original en el capítulo central de su obra, dedicado a refutar los argumentos que los españoles habían utilizado para conquistar y retener Navarra (Praetextus hujus distractiones refutatus). Se limita a recopilar cuanto habían escrito varios autores franceses entre 1629 y 1659, principalmente Theodore Godefroy, Arnauld Oihenart, Auguste Galland y Pierre Dupuy. Su reconstrucción de esta panoplia de argumentos, para lo que maneja un buen número de autores franceses y españoles, resulta muy eficaz aunque sea escasamente original. Algo parecido ocurre cuando en el último capítulo, utilizando a Auguste Galland, reconstruye la historia de los contactos diplomáticos mantenidos desde 1512, sobre el que añade muy poco. Todo se resume en construir un gran elogio de la casa de Borbón, llamada a reunir Francia y Navarra bajo un “vínculo indisoluble” con Enrique IV. En cualquier caso, concluye Schoepflin, Luis XV había heredado todos los derechos sobre Navarra y era de esperar que, en la próxima paz, pudieran hacerse efectivos:
“Este [Luis XV], bajo el impulso heroico y los consejos del serenísimo Duque de Orleans, ya intentó cumplir los deseos de sus mayores. Se alzó como vengador de sus huesos cuando hace poco mostró con estupor al reino de Navarra los triunfales lirios de Francia, y ya nos manda hacer sobre el futuro las más elevadas previsiones que la paz inmediata mostrará con generosidad. Así sea al fin: Que después de volver a su justo príncipe un reino por tanto tiempo arrebatado, y unidos entre sí los ánimos de franceses y navarros, una paz segura y deseada dure para siempre en ambos reinos, y toda Francia se alce como ejemplo de floreciente reino para las demás gentes de Europa”.

3. LA SOLIDEZ DEL ‘NAVARRISMO ESPAÑOLISTA’ EL ANTIGUO RÉGIMEN.
 La polémica en torno a Amayur de la década de 1920 fue síntoma y motor de profundos cambios ideológicos y políticos en la historia contemporánea de Navarra. En esencia, la división entre “antitreintainuevistas” y “cuarentaiunistas” dejó de ocupar el centro de la vida política navarra tal y como la había focalizado desde el segundo tercio del siglo XIX. Paulatinamente, el enfrentamiento entre quienes reclamaban la reintegración foral plena (volver a la situación previa a la abolición de los fueros del reino de Navarra y de las provincias vascas en 1839) y quienes aceptaban las consecuencias de aquella abolición-confirmación (la ley de modificación de fueros de 1841 para Navarra) dejó de articular el debate. Y su lugar lo ocupó, hasta hoy, la dialéctica entre los nacionalismos vasco y español. En 1932 Navarra se apartó del proceso estatutario vasco pero la reivindicación de –y la resistencia a– una articulación política conjunta de Navarra junto con el País Vasco (en sus diferentes formulaciones) sigue siendo hoy un eje principal del debate público. Víctor Pradera es el mejor representante de la reacción navarrista y antinacionalista de entonces, y la polémica que él promovió y protagonizó modificó el “sentir de los tradicionalistas […] e influyó probablemente también en los hombres de Diario de Navarra que ya en 1931 mostraron serias reservas al Estatuto conjunto [vasco-navarro]”.

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