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24 febrero 2015

Memorias de la conquista de Navarra hacia 1612 y 1712 (V y última)

Ahora bien, Ignacio Olábarri y Juan Mª Sánchez-Prieto se preguntan, con razón, cómo los argumentos de Pradera pudieron obrar un cambio ideológico tan fundamental. Porque, entre 1875 y 1918, ese ‘navarrismo’ parecía haberse eclipsado y se había impuesto “un acuerdo progresivamente más amplio entre las elites intelectuales y políticas navarras sobre la común identidad o raíz vasca de los cuatro (o de los siete) territorios”(frase del historiador Olabarri). Pero lo que leemos en Sandoval y Alesón, y la herencia historiográfica navarra de los siglos XVI-XVIII en general, quizás ayude algún día a comprender la orientación de los sustratos previos del ‘navarrismo’, y a valorar la importancia de su inercia todavía en el XX. La síntesis de Alesón sobre la conquista-incorporación de Navarra (1715), actualizada por Yanguas en los años 1830, quizás siguió siendo la más influyente y la que finalmente se impuso, aunque reescrita en los nuevos términos de nación propios del siglo XX. Los navarros del Antiguo Régimen, muy probablemente, pensaban como Sandoval en 1614: que Dios les había hecho ‘españoles’ con una naturaleza distinta e incompatible con la de los ‘franceses’. Por entonces, el mito de Sobrarbe como origen del reino (un rey elegido por sus iguales bajo condiciones: “leyes antes que reyes”), que habían compartido polémicamente con los aragoneses, empezó a combinarse con el mito de Túbal como origen de la nación navarra. Moret desarrolló plenamente la tesis de que los navarros eran los herederos de los vascones de las fuentes greco-romanas, y de que el reino de Navarra era la estructura política de su resistencia inmemorial ante los extranjeros que habían pretendido dominarla. Ahora bien, en aquellos momentos, los descendientes de Túbal, los vascones, eran considerados no ajenos sino los primitivos y más puros españoles. Todos los males de Navarra, que se habían debido a la falta de reyes ‘naturales’ desde la muerte de Sancho VII, se conjuraron definitivamente por la incorporación a Castilla, que aseguraba el restablecimiento de la paz y el orden bajo una Monarquía española poderosa.

Sandoval, Alesón y unánimemente la historiografía navarra de los siglos XVI-XVIII, no habían planteado en ningún momento el restablecimiento de la independencia del reino bajo un rey propio, que es lo que late en el fondo de la propuesta nacionalista vasca en la polémica de Amayur. En buena medida, porque consideraban que el cambio de 1512 respondió a un designio providencial sobre el que los hombres nada debían hacer. El mismo Dios constituyó naciones distintas y hacía reinar a unos reyes y no a otros, y pasaba el imperio de unas familias a otras mediante sentencias inapelables. Pero estas reflexiones providencialistas, sin valor ya en el siglo XIX, estaban sustentadas también sobre una experiencia política perfectamente activa como referencia. Cuando los navarros llegaron al periodo revolucionario estaban convencidos de que el cambio de 1512 no sólo no había roto sus articulación colectiva (como reino, como nación y como iglesia) sino que la había perfeccionado: había preservado a Navarra del contagio calvinista, había asegurado la justicia y la paz como nunca antes, había abierto a sus naturales posibilidades desconocidas, etc. Sandoval compara explícitamente el periodo de gobierno de reyes franceses en Navarra y el de gobierno de reyes españoles, con gran ventaja para este último; y Alesón llega a afirmar que los fueros e instituciones el reino era mejor respetados y más plenos después que antes de la incorporación a España. Estas y otras consideraciones históricas que no podemos desgranar, rumiadas durante décadas, debieron de calar profundamente y de proporcionar a los dirigentes navarros una referencia de España más positiva (y más negativa de Francia), por ejemplo, que a los dirigentes catalanes. Sus argumentos tenían la fuerza de experiencias políticas vivas (si bien no exentas de zozobras y riesgos) y no de meras consideraciones abstractas de cultura, lengua, historia o dinastía. A diferencia de los navarros, los cronistas franceses como Favyn o Schoepflin se limitaron al plano del derecho. Pudieron demostrar que los reyes de España eran unos usurpadores, que la bula de excomunión no era válida o que no existía, y que el de Francia tenía toda la legitimidad para recuperar el trono en un futuro más o menos inmediato y para unir Navarra a Francia. Pero, en este caso, el derecho no veía acompañado de argumentos políticos inmediatos que fueran convincentes para los navarros, que debieron de sentir alivio al comparar la represión de los católicos que impulsó Juana III en los años 1560 frente a la protección que les brindaba Felipe II. O, más sencillamente, que a largo plazo no vieron que el gobierno de un rey español supusiera la ruina material de su país o que les impusiera el gobierno tiránico que se les pronosticaba desde Francia. Muy al contrario, a finales del siglo XVII era evidente que los bajonavarros envidiaban la suerte de sus hermanos que aunque infieles (adúlteros en brazos de un usurpador, como afirman sus Etats Généraux dirigiéndose a Luis XIV en 1672) habían experimentado con hechos las consecuencias positivas de formar parte de la Monarquía de España.
En esencia, los cronistas navarros de los siglos XVI-XVIII, siempre que compararon su situación con la anterior a 1512, consideraron que habían salido ganando con su incorporación a la Monarquía de España (pacificación, protección militar, ascenso de sus naturales, desarrollo institucional, pervivencia de los fueros, etc.). Esta experiencia no aseguraba el futuro pero debió de suponer un precedente de enorme influencia. El ‘navarrismo’ de Sandoval y de Alesón no consistía en volver a un dinastía propia y a un reino independiente sino, como era propio del Antiguo Régimen, en hacer valer su patrimonio histórico-jurídico diferencial con respecto a los otros miembros de la Monarquía. Cuando la lealtad a Felipe V en la Guerra de Sucesión les aseguró el mantenimiento de sus fueros e instituciones, que habían perdido sus ‘hermanos mayores’ de la Corona de Aragón, los navarros debieron de sentirse más que orgullosos.

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