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05 febrero 2015

Txabi Etxebarrieta,¿Nacionalista o Socialista?

* Al contrario que nuestra tesis, parece que equivocada, en este libro se adelanta lo contrario, Txabi era un socialista heterodoxo (andre gorz), que intentaba aprovecharse del tirón nacionalista.
Queda abierto el debate.



«He bebido té, y Dostoievski se me hace patente en la memoria.»
Javier Echevarrieta Ortiz
El 15 de agosto de 1966, un estudiante bilbaíno de veintiún años anota en su diario:
¿Existe el Bien y el Mal?
Hoy —15-8— miles de personas subirán a Begoña. Ahora, las cuatro de la madrugada, vuelvo de allí. Un auténtico gentío espe­rando entrar en la Basílica. Casi toda gente joven; algunas parejas, matrimonios mayores, cuadrillas de hombres solos y mujeres en grupos de 3 o 4.
Fe popular, sentimientos arraigados, conciencias claras: «Nos confesaremos, padre: somos unos golfos.»
Algunos borrachos, mujericas vendiendo velas, mercantilismo, pero todo aceptado y encajado, nada desentona... siempre ha sido así.
Creen en la Virgen, sin duda, y todos ellos tienen desesperacio­nes y disgustos al hombro; fidelidad en el día 15: la Virgen de Be­goña (Dios está demasiado lejos para dudar siquiera).
Larga tradición para unos, día alegre para los jóvenes: inmensa cantidad de pantalones vaqueros, nikis rojos, gritos fuertes...Mucho kaiku [prenda típica de los montañeros] y canciones vascas... desde el txistu al himno del Atletic [sic]... Las cosas están claras en este sentido.
Numerosísimas cuadrillas alegres de muchachos de 17 años, de 20, de 25.
En medio, el fervoroso que pasa desapercibido. Va solo y pen­sando. Hay un algo morboso en su seguridad, hoy alzada para pedir.
Es clara alienación y al tiempo parece inamovible. ¿Existe el bien y el mal o simplemente situaciones de hecho? ¿Se reduce todo —como módulo ético— a razón de eficacia estadística? ¿Cómo juz­gar esto, en qué vasquismo y religiosidad forman una pieza irrom­pible?
Porque el universo de estas gentes, con su bien y su mal, no for­man [sic] sino el mundo de la buena gente —gentepueblo— con sus deseos, sus pecadillos irreparables por inconscientes...
¿Educación? Sí. ¿Pero existe delimitación entre bien y mal? ¿Dónde trazar la raya?
El estilo es el hombre: Javier Echevarrieta Ortiz, que pasaría a la historia del nacionalismo vasco como Txabi Etxebarrieta —o Txabi, a secas—, se retrata en estas líneas irreme­diables (morirá dos años después, sin tener ocasión de corre­girlas ni de corregirse). Lector apasionado de Los demonios —sus amigos del colegio de los Escolapios lo llamaban cari­ñosamente Stavrogin—, le bastaba una taza de té para sentirse Dostoievski. Samovares bilbaínos, rosquillas azucaradas de las romerías de Begoña... ¿qué me traéis a la memoria? A Proust, la magdalena lo despeñaba, hacia una luminosa infancia anterior a los libros. Echeva­rrieta bebía un sorbo de té y se trasladaba a la Rusia de 1869.
Nunca ha habido todavía un pueblo sin religión, es decir, sin noción del bien y del mal. Cada pueblo tiene su propia noción del
1 Txabi Etxebarrieta, Poesía y otros escritos (1961-1967), edición a cargo de José María Lorenzo Espinosa, Tafalla, Txalaparta, 1996, págs. 171 y 172.
bien y del mal y su propio bien y mal. Cuando entre muchos pue­blos surgen nociones comunes del bien y del mal, esos pueblos mueren y hasta la misma diferencia entre el bien y el mal empieza a borrarse y acaba por desaparecer. Nunca ha podido la razón definir el bien y el mal, ni distinguir siquiera aproximadamente el bien del mal; al contrario, los ha mezclado de manera lamentable.
Este fragmento del discurso de Shatov a Stavrogin (Los demonios, II, 1,6) constituye el punto de partida de las refle­xiones de Echevarrieta en la noche del 15 de agosto de 1966. Sólo teniéndolo en cuenta podremos entender algo de la des­concertada anotación de su diario. Hay en esta, con todo, una innegable voluntad de forma. Como los demás muchachos de su cuadrilla colegial —algunos ya militan en ETA—, quiere ser escritor. Carece todavía de un estilo propio, lo que, en letraheridos de su edad, no es preocupante. La página transcri­ta delata una divertida ensalada de modelos. Dostoievski, por supuesto. Pero también nouveau román: puntillosas enumera­ciones descriptivas, casi cinematográficas. E imperdonables deslices costumbristas, concesiones al realismo garbancero (a qué viene, si no, ese mujericas inimaginable en labios vascos) y a la poesía social (un horrendo gentepueblo que parece roba­do a Gabriel Celaya). No es cosa de ensañarse, sin embargo. Más grave resulta la actitud de pedantón al paño que juzga al pueblo que él mismo crea o supone, y que piensa que sus ideas o sus dudas sobre el bien y el mal son ideas decisivas o dudas universales. Como «el fervoroso que pasa desapercibi­do», Echevarrieta «va solo y pensando» entre la multitud que llena el atrio y la explanada de Begoña. En efecto, hay algo de morboso en su seguridad...
«¿Cómo juzgar esto, en qué vasquismo y religiosidad for­man una pieza irrompible?» Pero ¿por qué juzgar? Es decir, hoy sabemos que el vasquismo se acogía a la religiosidad, y que ambos eran la misma cosa en el gentío que esperaba para entrar en la basílica. También sabemos que, pese a ello, no formaban una pieza irrompible: el vasquismo (o, mejor dicho, el nacionalismo) se separará de la religiosidad —creará su propia religión— cuando Javier Echevarrieta muera, veintidós meses después. Más aún: sabemos que esa religión nacionalis­ta surgirá (o resurgirá) en torno al cadáver de Javier Echeva­rrieta Ortiz, transustanciado en Txabi Etxebarrieta, proto-mártir. Pero, esta noche del 15 de agosto de 1966, Javier Echevarrieta, Stavrogin para los amigos, es un estudiante de veintiún años que no entiende nada de lo que sucede a pocos metros de su casa (vive al pie de las Calzadas de Begoña, allí donde termina o comienza el valle de lágrimas). Y, sin embar­go, juzga:
Mucho kaiku y canciones vascas... desde el txistu al himno del Atletic [sic]... las cosas están claras en este sentido.
No. Las cosas no están ni medianamente claras. Kaikus, canciones vascas, txistus e himno del Athlétic (de la afición el rey / del fútbol español) no son nacionalismo. No cabe dudar que, ante las puertas de la basílica, debe de haber mucho na­cionalista. Precisemos: mucha gente que, en privado, se tiene por tal. Son los mismos que exasperan al grupo fundador de ETA, y, más en concreto, a su ideólogo, José Luis Alvarez Emparanza, Txillardegi, que detesta los kaikus, los txistus, el him­no al Athlétic y todo el folclore de pacotilla que los de Euzko Gaztedi venden como nacionalismo. Para Txillardegi, no hay nación vasca sin euskera, lengua que Echevarrieta desconoce. Entre todos sus versos, solo tres están escritos en algo que re­cuerda lejanamente al vasco. De ellos, apenas es traducible una frase: ... hiriko usaia beti bera da... El olor de la ciudad es siem­pre el mismo. Esto sí que está claro. Quizá lo único claro que tenían los chicos de los Escolapios, estudiantes entonces de
Ciencias Económicas: el entrañable olor de Bilbao, la ciudad castellanohablante y maqueta. Ni uno solo del grupo aprende­rá euskera. ¿Para qué lo necesitaban? ¿Acaso para leer a Txi­llardegi? No. Ellos no leían a Txillardegi. Leían lo que leía Txillar­degi: Sartre, Camus, Unamuno... ¿Para educar al pueblo? El pueblo que creían ver, el que se agolpaba a las puertas de la Andra Mari el 15 de agosto, con kaikus y txistus, sólo hablaba en castellano. El problema no era hablar en su lengua, que la hablaban, sino retirarlo de las puertas de la basílica y lanzarlo contra el franquismo. ¿Cómo hacerlo?
Gabriel Moral Zabala, que, tras salir de la cárcel y apar­tarse del nacionalismo, se había matriculado en Ciencias Eco­nómicas, recordaba bien aquellos años de mediados de los se­senta. En la facultad bilbaína, manifestarse como nacionalista equivalía a ponerse en ridículo. Entre los estudiantes domina­ba un antifranquismo izquierdista radical que veía en el abertzalismo una supervivencia cavernícola, y los estudiantes de ETA te­nían un buen pretexto —la clandestinidad extrema que exige la «lucha armada»— para no tomar la palabra en público con frecuencia. En opinión de Moral Zabala, aquello no pasaba de un juego de equívocos un tanto aburrido. El, que conoció bien a Javier Echevarrieta Ortiz y al hermano mayor de este, José Antonio, mentor político del grupo de los Escolapios, aseguraba que ninguno de los dos se tomaba en serio lo del nacionalismo. Por lo menos, no hacían causa común con los escasos militantes o simpatizantes del PNV que hablaban al­guna vez en las asambleas y a los cuales el propio Gabriel Mo­ral ponía en serios bretes cuando les replicaba en euskera. Los de ETA despreciaban a los nacionalistas «oficiales» tanto o más que los estudiantes izquierdistas. Para ellos, los mode­los a seguir no estaban en el PNV ni en los sindicatos abertzales, sino en la izquierda o, más exactamente, en la «nueva iz­quierda» (y de ahí sus lecturas de Sartre, de André Gorz y de otros críticos de lo que, por entonces, se llamaba neocapitalismo).  un viejo amigo de mi infancia, que lo fue también de Javier Echevarrieta, me contó una conversación con este último. Fue también a me­diados de los sesenta. Hablaban de nacionalismo, por supues­to. Mi amigo y algún otro de los presentes sostenían que se trataba de una ideología reaccionaria. Javier Echevarrieta asintió, pero añadió seguidamente que solo el nacionalismo podría levantar a los vascos contra el régimen de Franco. Al margen de la credibilidad que me merece el narrador de la anécdota —absoluta—, la semblanza de Echevarrieta como izquierdista que intenta valerse del nacionalismo para provo­car el estallido revolucionario casa perfectamente con la opi­nión que siempre tuvo —de él y de su hermano— Gabriel Moral Zabala. Y por algo a Javier le llamaban Stavrogin.
El equívoco, sin duda, existió. De los etarras del colegio de Escolapios, solo ha sobrevivido Patxo Unzueta. A su parecer, los de la primera genera­ción de ETA —Txillardegi y sus compañeros del grupo Ekin— eran nacionalistas de una pieza, aunque heterodoxos respecto del PNV. Echevarrieta y su grupo, por el contrario, lo fueron por oportunismo izquierdista, sin que ello exonere de oportunismo a Txillardegi y los suyos: tampoco ellos des­deñaban valerse de los jóvenes aprendices de revolucionarios para su proyecto nacionalista particular. En disculpa de Txi­llardegi, hay que decir que este, al menos, nunca ocultó lo que verdaderamente pensaba.
La relación entre Txillardegi y Echevarrieta recuerda la que se estableció, en 1916, entre el líder nacionalista irlandés Patrick Pearse y el socialista James Connolly. En este tipo de alianzas, siempre salen ganando los nacionalistas. Por cierto, el pacto Pearse-Connolly prefiguró otros que iban a produ­cirse en la Europa de entreguerras, siempre según la misma fórmula —nacionalistas y socialistas o sindicalistas revolucio­narios—, y que dieron origen a los diversos partidos fascistas. El neofascismo no llegó a cuajar del todo en la ETA de los años sesenta, pero llevaba camino de hacerlo. Si algo lo impi­dió, fue la crisis en que entró la organización tras la muerte de Echevarrieta.
Mario Onaindía, compañero intimo de aquel durante el  período de clandestinidad absoluta que precedió a su muerte, contaba, a este respecto, una anécdota verdaderamente chus­ca. Tras ser condenado a la pena capital en el consejo de gue­rra de diciembre de 1970, en Burgos, y días antes de que su sentencia fuese conmutada por la de cadena perpetua, Onain­día sacó de la biblioteca de la cárcel las obras de José Antonio Primo de Rivera y las llevó a su celda. Quería satisfacer una última curiosidad: saber cómo pensaban aquellos que le iban a matar. A medida que leía, se llenaba de espanto: entre la ideología de Falange y la de ETA apenas había otra diferencia que el marco nacional en que unos y otros pretendían aplicar­las. Algo muy parecido solía observar Gabriel Aresti de su poemario de 1964, Harri eta Herri [«Piedra y Pueblo»], en el que, siguiendo los modelos de la poesía social —Otero y Celaya— intentó lograr una síntesis de nacionalismo y socialismo. «Me salió un libro falangista», comentaba medio en broma, medio en serio. 

Al nuevo nacionalismo le faltaba echar raíces en las multi­tudes «alienadas», según Echevarrieta, por el catolicismo y, según Txillardegi, por el vasquismo de kaiku, chistu y Athlé­tic. Mediada la década de los sesenta, la transferencia de sa­cralidad sólo se había consumado en un grupo de intelectua­les nacionalistas nacidos en los años veinte, niños de la guerra que, en su rechazo del nacionalcatolicismo y su pariente dís­colo, el abertzalecatolicismo, habían ido a parar, por distintas vías, al nacionalismo social. El nacionalismo «burgués», el del PNV, parecía cada vez más resignado a una paciente espera de que la evolución gradual del régimen desembocase en una situación, si no democrática, al menos lo suficientemente per­misiva como para poder organizarse en plataformas comunes con fuerzas como los monárquicos juanistas, que eran enton­ces los que más inclinados parecían a entenderse con el que hiciera falta, dentro y fuera del franquismo.

6 comentarios:

Julio gomez dijo...

Soy un ex-antifranquista que tuve el placer de conocer a txabi, mira el tipo era un persona excepcional, y como jovenes que eramos, ibamos evolucionando con el tiempo, para la epoca que hablamos 64 68, Txabi era un marxista no dogmatico pero yo no lo definiria como comunista, más bien era un abertzale socialista, con mucha influencia como decis de los neomarxistas como Gorz y el rollo 68.
Su hermano si era nacionalista a saco pero él estaba al principio muy a favor del sector de Patxi iturrio y los que luego formaron ETA berri.
Muy lejos de los que le han encubrado no era racista, ni sabia euskera y le encantaba toda la musica española.
Pero sobre todo era buena persona.

felder dijo...

entiendo que sea necesario para algunos revisitar la historia para redimirse por haber militado en un movimiento que no era el suyo, el abertzale.

podeis llegar tranquilamente a la conclusion de que aqui por lo que se ha luchado ha sido por el marxismo. no pasa nada, el papel lo aguanta todo, y si eso os hace felices...



Anónimo dijo...

justo dice lo contrario.

Anónimo dijo...

el señor felder pretende sicoanalizar a los comunistas y gentes de izquierda que rechazan la deriva del mlnv, te podemos recomendar a ti algún buen siquiatra a ver si te ayuda

Anónimo dijo...

La gente de la LKI que proviene de ETA VI, siempre afirma con seguridad que Txabi era trosko.

Anónimo dijo...

Pues yo siempre he creido y por todo lo que he leido, pensaba que txabi era un abertzale sozialista nada de trotsko ni chovi