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01 abril 2015

El alavés que se enfrentó al imperio inglés

Los filipinos tienen una imagen nefasta de los colonizadores. No les caen bien ni Magallanes ni el vasco Legazpi. De todos menos de uno. De Simón de Anda, el alavés que con un gran coraje se enfrentó a los ingleses en 1762 cuando trataban de quedarse con todo el archipiélago aprovechando la Guerra de los Siete Años. Manila tuvo que rendirse porque el ejército enviado por Jorge III era muy superior. Pero el cerco impuesto por Anda hizo imposible que conquistaran nada más. Se tuvieron que marchar humillados. Un obelisco le recuerda en la ciudad de Bacolor en la que se acuarteló. Una estatua levantada en su honor en una plaza de Manila recordó durante mucho tiempo la hazaña. Un gran cuadro denominado ‘Alegoría de la defensa de de Filipinas por el alavés Simón de Anda y Salazar’ preside una de las salas del Museo de Bellas Artes de Álava. Es una de esas pinturas que cuentan a modo de cómic la historia de un héroe y de una guerra. Un puñado de funcionarios, soldados y religiosos establecieron durante varios siglos, hasta 1898, una intensa relación que aún perdura en forma de obras de arte, ropajes religiosos, cristos, esculturas, muebles, que se conservan en nuestras iglesias. Se denomina el legado filipino y es importantísimo.
El alavés que se enfrentó al imperio inglésCola y Goiti pidió a principios de siglo XX traer los restos de Anda que se conservan en la catedral de Manila, enterrarlos en una capilla de Santa María, y levantar un monumento en Vitoria en su honor. Al menos tiene una calle y se conserva con su original escudo el palacio que mandó construir en Subijana de Álava, un lugar al que, cosas del destino, fue a ser enterrado, al parecer otro de los héroes de la Batalla de Vitoria, el coronel Cadogan, cuando años después de lo de Filipinas, los británicos eran nuestros aliados.
Nació el 28 de octubre de 1709 y falleció en Cavite (Filipinas) en 1776. Estudió para convertirse en dominico en el convento de Santo Domingo, pero terminó como doctor en Jurisprundencia canónica por la Universidad de Alcalá de Henares. Se casó en 1735 con María Cruz Díaz de Montoya (de Mijancas) y se asentó en Madrid donde abrió un bufete adquiriendo fama como jurista. Su buen hacer le valió para trabajar junto al Marqués de la Regalía en una nueva recopilación de las leyes de Indias. El 21 de julio de 1761 tomó posesión del cargo de oidor supernumerario de la Audiencia de Manila.
Un año después una flota británica compuesta de trece buques hizo entrada en la bahía de Manila. Las Filipinas, españolas desde 1565 gracias a otros dos vascos, Urdaneta y López de Legazpi, eran un objetivo estratégico para el incipiente imperio inglés, que aprovechó la declaración de guerra (la de los 7 años) para dar otro zarpazo.
1.500 soldados, 3.000 marinos más 800 fusileros cipayos (tagalos) y 1.400 auxiliares eran un verdadero ejército. Los ingleses exigieron al gobernador-obispo Antonio Manuel Rojo la rendición del archipiélago. De entrada no hay rendición pero tras duros combates, la llegada de tres buques más con más de 350 prisioneros franceses a los que pusieron en la vanguardia del ataque y la pérdida de dos fortalezas que defienden la ciudad, los españoles entienden que hay que capitular. Eran más de 6.800 británicos contra 870 hombres de la guarnición apoyados por algunos nativos. Tras evacuar a mujeres, niños y ancianos y esconder los fondos, el gobernador manda izar la bandera blanca. Simón de Anda es encargado de visitar las distintas provincias para mantenerlas leales a la corona española y sale de noche con un criado y 40 hojas de papel timbrado en una vinta, una pequeña embarcación filipina.
Cayeron sobre la plaza de Manila nada menos que 25.000 balas de cañón, 5.000 bombas y otros muchos proyectiles.Mientras se negocian las condiciones de la rendición las tropas invasoras de dedican al pillaje y a la destrucción. Manila debe costear además el sostenimiento de las tropas. Mientras, Anda se proclama capitán general, gobernador supremo de Filipinas y comienza a sabotear la gestión inglesa, por ejemplo, en la entrega de los fondos económicos que el general Drake exige a los españoles.
Mediante amenazas los ingleses consiguen que el gobernador general Rojo y otros altos funcionarios les cedan formalmente la colonia. Incluso ordenan a Simón de Anda a que regrese a Manila. La respuesta de este es que ya no lo reconoce como gobernador sino como prisionero de guerra de los ingleses. Le comunica además que él se considera la única autoridad legítima y derramará hasta la última gota de su sangre en defensa de los dominios de Carlos III.
«Ni antes ni después de la rendición de esta plaza tuvo ni tiene V. S. I. facultades para entregar al enemigo el dominio de éstas islas; antes por no ser Señor de ellas, sino un mero administrador; después, porque ni aun este débil título le queda ni aun el de la libertad; y el enemigo, como que entró por asalto y á discreción, solo tiene derecho á lo que le dió el saqueo; lo demás es violento, mal entregado y contra derecho de guerra.... de ninguna manera cumpliré tan injusto como violento tratado; si el rey británico quiere dominar este país, saben sus jefes que ha de ser ganado primero con las armas según derecho de guerra, pero entregarlo por temor pánico como niños, siendo yo Gobernador, sería vileza y traición, que ni permitiré y corresponde á mi lealtad».
Ante la provocación los ingleses tratan con argucias de romper la lealtad de los nativos hacia Anda. Incluso ponen precio a su cabeza y mandan un destacamento a buscarlo. Pero la red de la resistencia crece y los españoles bajo el mando de Anda y de su segundo, el minero asturiano José Pedro Busto, pasan al contrataque, organizan una fuerza militar importante e inician el bloqueo de la capital. Incluso logran importantes victorias contra los ingleses.
Los enfrentamientos continúan y la resistencia a los ingleses forma ya un gran ejército. Cuando Anda propone la rendición inglesa y comienzan a negociar, llegan noticias de que la guerra ha terminado (Paz de París, 1763) y que los súbditos del rey Jorge deben salir de Manila. Lo hacen el 10 de abril de 1964 y Anda entra a caballo en la capital filipina como un verdadero héroe. Sin embargo, no es nombrado gobernador . Carlos III en agradecimiento le designa ministro del Consejo de Castilla.
Ministro del consejo de Castilla. Tomó posesión de ese cargo en 1767.
Un par de años después tras escribir un memorial crítico sobre la gestión administrativa y los abusos en la colonia, Anda es nombrado gobernador y vuelve al archipiélago. En esta segunda etapa de su gobierno aplicó la orden de expulsión de los jesuitas, lo que le llevó a actuar contra el gobernador anterior acusándoles de connivencia con la orden de San Ignacio. También mandó fortalecer las defensas de Manila frente a los ataques de piratas, reorganizó una armada y gobernó con celo y competencia cumpliendo las instrucciones para mejorar la administración.
Desde Filipinas envió al rey un elefante que había recibido del sultán de Carnate. El animal llegó a Cádiz el 22 de julio de 1773 y fue llevado a la Granja de San Ildefonso. El elefante forma parte del escudo de los Anda que se puede ver en Subijana.
El alavés tenía una visión clara de cómo debía ser llevada la administración en la colonia y en 1768 escribió lo siguiente: “Son indispensables pobladores , porque en doscientos años que están para cumplirse desde la conquista, se reducen todos los españoles al cortísimo número de Manila sin que haya uno en provincias”.
Después de su fallecimiento, Juan Francisco de Anda, otro alavés que fue nombrado oidor de la Audiencia de Manila envió en 1777 al Real Gabinete de Historia Natural objetos pertenecientes a la fauna marina, caracoles, conchas y otras especies, relacionadas todas ellas con la malacología.
En 1769 introduce en la península las conocidas como bellotas de "Bongas", utilizadas por los chinos en tintorería con las cuales se hicieron experiencias en las Reales Fábricas de Tejidos de Guadalajara, Valencia y Talavera. Sustituye con éxito a la Caesalpinia coriaria y también a la agalla de Alepo

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