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14 abril 2015

Galeano para los pobres

Coartadas


Se dijo, se dice: las revoluciones sociales, atacadas por los poderosos de adentro y los imperialistas de afuera, no pueden darse el lujo de la libertad.

Sin embargo, fue en los primeros tiempos de la revolución rusa, en pleno acoso enemigo, años de guerra civil y de invasión extranjera, cuando más libremente floreció su energía creadora.

Después, en tiempos mejores, cuando ya los comunistas controlaban el país, la dictadura burocrática impuso su verdad única y condenó la diversidad como herejía imperdonable.

Marc Chagall y Wassily Kandinsky, pintores, se marcharon y nunca más volvieron.

Vladimir Maiakovsky, poeta, se disparó un balazo al corazón.

Sergei Esenin, también poeta, se ahorcó.

Isaac Babel, narrador, fue fusilado.

Vsevolod Meyerhold, que había hecho la revolución en sus desnudos escenarios del teatro, también fue fusilado.

Y fusilados fueron Nikolai Bujarin, Grigori Zinoviev y Lev Kamenev, jefes revolucionarios de la primera hora, mientras León Trotski, fundador del Ejército Rojo, caía asesinado en el exilio.

De los revolucionarios de la primera hora, nadie quedó. Fueron todos purgados: enterrados, encerrados o desterrados. Y fueron borrados de las fotos heroicas y suprimidos de los libros históricos.

La revolución elevó al trono al más mediocre de sus jefes.

Stalin sacrificó a los que le hacían sombra, a los que decían no, a los que no decían sí, a los peligrosos de hoy y a los peligrosos de mañana, por lo que hiciste o por lo que harás, por castigo o por las dudas.

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