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10 abril 2015

La contribución navarra a la construcción de la monarquía española en el siglo XVIII

Imagen de portada del libro Volver a la "hora navarra"«Si tuviera dos vasallos como Goyeneche,
pondría muy brevemente a España en estado de no depender
de los extranjeros, antes reduciría a éstos
a depender de España.» Felipe V


La aplicación del concepto sociológico de red (network) al campo de la Historia ha comenzado a dar sus frutos apenas hace unas décadas. Hoy sabemos algo que ya intuyera el medievalista Georges Duby por los años sesenta: que los agentes sociales, más allá de las estrictas fronteras estamentales, establecen entre sí relaciones de mutuo interés y apoyo, basadas en la pertenencia a una misma familia, a una misma localidad o comarca o un mismo país. También, como no podía ser menos, fundamentadas en relaciones de afinidad y amistad. En todas ellas subyace un componente de confianza y seguridad, indispensable para la forja y afianzamiento de la red resultante. Este descubrimiento historiográfico ha venido acompañado por el paralelo desarrollo de la historia de la familia o las familias. A pesar de la evidencia de su importancia social y económica a partir de la propia experiencia personal, el tema tampoco ha comenzado su desarrollo hasta fechas relativamente recientes, no obstante el importante papel de las mismas en el Antiguo Régimen, oscurecido tras el desarrollo adquirido por el estudio de los estados y el rechazo de la historia prosopográfica tradicional. Afortunadamente, hoy los avances en dicho campo han sido notables, permitiendo articular auténticas monografías de carácter general sobre la historia de la familia y otras, aunque solo de manera incipiente, sobre la historia social y política a partir de la reconstrucción de familias. Un simple vistazo a la bibliografía publicada a partir de los setenta bastaría para ratificarlo. No puede resultarnos, pues, extraño que fuesen los sociólogos y antropólogos quienes viniesen a suscitar el interés de los historiadores sobre el tema. Por eso, entre nosotros, y sin salir del ámbito modernista, los trabajos de Julio Caro Baroja, patriarca de la antropología hispana, han gozado de un considerable reconocimiento. Basta con recordar sus estudios sobre los moriscos, los inquisidores o las formas de vida religiosas, obligados puntos de referencia durante años. Y, en un apartado más constreñido en el espacio, los dedicados a los navarros, sus paisanos.

La hora navarra en el siglo XVIII (personas, familias, negocios e ideas), publicado por primera vez en el año 1969, viene constituyendo a su vez un recordatorio obligado para todos aquellos que trabajan sobre la historia del viejo reino, sobre todo en su «dorado» siglo XVIII; pero también para quienes, desde metodologías más sofisticadas y actuales, se han acercado al estudio de las redes y de las familias, yendo más allá de la mera historia prosopográfica. Que las familias, determinadas familias, han influido a lo largo de la Historia en la toma de decisiones o en determinados proyectos a nivel nacional es algo evidente. Que ellas mismas se han beneficiado de la solidaridad establecida entre sus miembros y de las mejoras alcanzadas por algunos de ellos es, igualmente, algo incontestable. Sacar a luz la historia de esos apellidos y de sus logros se ha convertido en una empresa atractiva para un cada vez más importante número de historiadores. El libro editado por Rafael Torres Sánchez es una buena muestra de cuanto afirmamos. Desde el brillante prólogo que nos brinda, el autor del mismo lo presenta como heredero de la citada obra de Caro Baroja sobre Navarra (el título del estudio en que aparece como editor, Volver a la «hora navarra», al igual que el susodicho prólogo —«Nuevos retos de la “hora navarra”»— son particularmente significativos a este respecto), aunque eso sí, con claros propósitos de renovación de la obra del maestro. De esta forma, tras recordarnos las aportaciones de Caro Baroja en su Hora, Torres Sánchez nos muestra igualmente las carencias de la misma (visión propia de un antropólogo, mejora acumulativa de la familia como producto de sus estrategias, causas de su actuación, etc.). Ello le permite presentarnos la obra de la que es editor como un desarrollo y, en cierta medida, una «superación» de la del escritor navarro, a partir de las aportaciones que ha ido realizando la historiografía en los años siguientes a la publicación de su libro. El trabajo, pues, se para a considerar, a partir de los casos particulares estudiados en él, aspectos poco o nada tenidos en cuenta por Caro Baroja, como la inserción de la familia objeto de estudio en los acontecimientos estatales (el subtítulo es a este fin muy claro: «La contribución navarra a la construcción de la monarquía española en el siglo XVIII»), con el consiguiente beneficio y promoción a favor de la misma; la rivalidad en el seno del grupo familiar y su influencia en el éxito de una determinada rama del mismo, o, simplemente, el papel desempeñado por los vínculos de amistad en la promoción de determinados apellidos. Como todas las obras de carácter colectivo, Volver a la «hora navarra es un compendio de varios trabajos monográficos, de calidad e interés variable. En este caso, intervienen ocho autores concretamente, en su mayoría de lo que podríamos llamar «nueva generación», expertos en los temas abordados.


 El grueso de los capítulos, además de la referencia geográfica, tiene también como punto común el análisis de determinadas familias que participaron activamente en los negocios, particularmente en el ámbito estatal. El primero, consagrado a la presencia de los vascos en Madrid, y el último, a la participación en el comercio directo con Perú, son los que abordan de manera más tangencial el tema de la familia, centrándose más en la comunidad «nacional». En algunos de ellos, así en los de Alberto Angulo y Juana Marín, el referente navarro a su vez aparece difuminado dentro el vasco o de otras regiones próximas, señal inequívoca de las relaciones que de facto se establecían entre miembros de comunidades vecinas (así sucede también, aunque en menor escala, con los riojanos); pero, además, gracias a la existencia de una comunidad de intereses. El protagonismo vasco más que navarro, a través de la «conquista» de la capital, se pone de manifiesto en el capítulo de Alberto Angulo. Hace particular referencia para ello a dos instrumentos fundamentales, si bien de distinto origen: la llegada de los Borbones al trono hispano y las ventajas que se derivaron a favor de cuantos le otorgaron su apoyo (Madrid, como los vasco-navarros en general, no lo olvidemos, se mantuvieron fieles a la causa de la Casa de Anjou).

Nuevo Baztán
Nuevo Baztan fundado por el lobby navarro en Madrid
 En segundo lugar, la creación de agrupaciones de mutua protección y defensa en diferentes ciudades españolas, en este caso, la madrileña Real Congregación de San Ignacio después de varios pasos previos, y la influencia que esa ejerció en la promoción (recordemos la formación del llamado «partido vizcaíno») y aceptación social del grupo vasco. El segundo capítulo, de larguísimo título, lo firma Álvaro Aragón. Trata de los esfuerzos de algunos navarros por participar en todo el suelo peninsular con plenitud de derechos en las actividades económicas, y gozar así de los privilegios que les confería la llamada «hidalguía universal», categoría otorgada a los nacidos en territorio vasco. A tal efecto se utilizarán alianzas, así como numerosos recursos legales, algunos discutidos ya a lo largo del siglo XVII, y determinadas obras (como la del presbítero navarro Martín de Vizcay, publicada en 1621, en defensa de los derechos de los navarros en Castilla). El estudio de varios casos de apellidos navarros y sus dificultades para participar oficialmente en la Carrera de Indias, ilustra acerca de los problemas con que se toparon y los esfuerzos que hubieron de realizar algunos miembros de la comunidad para alcanzar el debido reconocimiento en España, incluido el propio País Vasco. Utilizando documentación privada, que mezcla con la procedente de archivos públicos, Gaspar Castellano vuelve a otro ejemplo procedente del fecundo valle de Baztán, para ofrecernos un ejemplo de promoción social con repercusiones en el conjunto de la familia. Se trata en este caso de tres biografías de futuros obispos procedentes de dicho lugar (Martín de Elizacoechea, Lorenzo de Irigoyen y Luis de Ozta). Los estrategias familiares priorizando a aquellos miembros con más posibilidades, al igual que las profesiones más convenientes, el seguimiento de los elegidos con vistas a verificar su aprovechamiento o el papel conferido a la educación, que caracterizó a muchas familias triunfadoras en la sociedad del Antiguo Régimen, aparecen aquí reflejados de manera convincente. Dentro de la línea de investigación iniciada hace algunos años con notable éxito por Agustín González Enciso, el mismo autor nos ofrece aquí, tras algunas precisiones conceptuales, el ejemplo de la industria de armamento de Eugui, hasta el presente bastante desconocido y el de otras empresas de fundición para municiones de artillería, vinculadas a familias navarras (Aldaz, Loperena, Arizcun y Mendinueta, Asura e Iturbieta), cuyas relaciones entre sí o con otras familias importantes de la región (así los Goyeneche) no son inusuales, propiciando la formación de un verdadero lobby navarro. Su ascenso constituye un ejemplo de la inserción nacional de los navarros, según habíamos apuntado más arriba. Pero si los súbditos de este reino destacan en la industria de armamento, no lo hacen menos en la provisión de víveres a la Armada, que con tanto empeño y éxito se esforzaron los Borbones en ampliar y mejorar, hasta convertir España en una potencia marítima. El trabajo de Rafael Torres, miembro cualificado del citado grupo de investigación, revisa en una primera parte las características y evolución de este suministro, para ocuparse después en la segunda de lo que él mismo llama «la entrada de los navarros en el negocio» (Goyeneche, Arizcun, Garro, Aragorri) y las vicisitudes del desarrollo del mismo a raíz de los sucesivos cambios ministeriales del período borbónico.
Sebastián de Eslava.jpg
Nacido en Eneriz
 Otro ámbito donde no pudieron por menos que destacar los navarros (junto a otros de procedencia distinta), en este caso bajo el genérico de «cantábricos», es el comercio hispanoamericano. Se trata de un tema conocido. Juana Marín analiza aquí con rigor la participación de dicho grupo heterogéneo en la actividad mercantil durante un período de grandes cambios (crecimiento comercial sin precedentes, decretos liberalizadores de 1765 y 1778 y crisis finisecular), en el ámbito de la ciudad de Santafé. La incursión a través de este grupo de comerciantes le vale a la autora del capítulo para conocer las relaciones de esos con las instituciones locales, particularmente la del cabildo municipal, así como las establecidas por los miembros del grupo entre sí. Los dos últimos trabajos incluidos en el texto tienen también como escenario el comercio hispanoamericano. El de Ainara Vázquez, utilizando documentación epistolar, nos reconstruye las redes familiares y amistosas del virrey Sebastián de Eslava, natural de Enériz, ascendido hasta dicho cargo gracias a su servicio durante años en el ejército, pero también gracias a las redes relacionales que supo tejer a su alrededor. Finalmente, el estudio de Xavier Lamikiz, sin detallar demasiado las trayectorias personales, se dirige a mostrar la participación navarra (un total de 50 comerciantes) en el comercio entre la península y el Perú durante el período que va desde 1739, fecha en que se establece el sistema de registros sueltos en sustitución del sistema de galeones con tierra firme, hasta el comienzo de la crisis financiera y mercantil finisecular en 1796. Aquel cambio les permite incorporarse a uno de los comercios más lucrativos con el Nuevo Mundo. El estudio explica someramente los procesos de incorporación al negocio, apoyándose para ello en el conocimiento de miembros destacados en él y en diferentes fórmulas de solidaridad. En resumidas cuentas, más allá de los casos concretos que analiza, el libro sirve como modelo para otro tipo de estudios historiográficos, referidos a grupos varios, tomando como base el componente local, familiar y de red. La labor historiográfica que se realiza en la Universidad de Navarra desde hace años, en torno al estudio de la presencia y participación de los navarros en la Monarquía Hispánica, es digna de resaltarse. El antecedente más directo de este libro fue el editado en su día por Agustín González Enciso, de título Navarros en la Monarquía española en el siglo XVIII (Pamplona, 2007), línea de investigación que, como puede comprobarse por el trabajo que reseñamos, continúa siendo aún fecunda.

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