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27 abril 2015

vasco-navarros y la monarquía hispánica (I) por Jose Maria

Las páginas que siguen se centran en la participación de las élites vascas y navarras en las estructuras políticas y económicas de la Monarquía hispánica durante la Edad Moderna. El campo es muy amplio y la cronología extensa, pero no se pretende esbozar una síntesis ni llegar a unas conclusiones. El objeto es sugerir un conjunto de hipótesis que puedan abrir vías para orientar y sistematizar la investigación. En esta materia abundan las historias descriptivas y segmentadas, y se echa de menos un modelo que plantee la coherencia de los elementos dispersos que conocemos por separado, que abra vías para investigar nuevos campos y que los haga converger a explicar procesos complejos de cambio histórico. En estas páginas nos interrogaremos sobre las consecuencias que tuvo aquella dinámica, tanto cara al proceso que llevó de las comunidades medievales a la formación del Estado liberal, como cara a las transformaciones sociales, políticas y culturales que se produjeron en el seno de la sociedad vasca al filo de dicho proceso.Esta historia nos sitúa ante lo que podríamos llamar el “proceso de construcción social del Estado”, una dimensión tan importante como desconocida de la historia política. Más allá de las instituciones y de las doctrinas, la integración de territorios en el ámbito de la Monarquía hispánica se consolidó a través de las relaciones de la corte con las élites locales y provinciales, y, en particular, por medio de la participación de dichas élites en las estructuras políticas y económicas de la Monarquía.

En la Edad Moderna, el intercambio entre las élites de un reino y la Corona constituyó la clave de bóveda del sistema político. Los patriciados locales y provinciales se hallaban vinculados a la Monarquía por un flujo constante de intercambios: favores políticos, cargos, honores, pensiones les eran distribuidos a cambio de una lealtad y servicio que debía asegurar la gobernabilidad del país. Además de esta relación común, válida para la generalidad de las élites de los diferentes territorios de la Monarquía, la observación de las élites vascas a lo largo de la Edad Moderna muestra con especial fuerza otro fenómeno paralelo: las posibilidades de enriquecimiento y de ascenso social que ofrecieron los nuevos espacios económicos y políticos que se fueron abriendo a medida que se desarrollaba y consolidaba la Monarquía hispánica. Estas oportunidades estuvieron relacionadas, en particular, con la construcción del Estado burocrático, financiero y militar, con la economía de guerra de la Corona y con la posesión de un imperio colonial. Por estos cauces, a lo largo de la Edad Moderna la Monarquía hispánica se convirtió en un ámbito de actuación privilegiado para las élites vascas y navarras. El servicio al rey, las carreras en la corte y en la alta Administración, las dignidades eclesiásticas y los cargos en el Ejército y la Armada, así como los negocios industriales y financieros con la Corona y el comercio colonial, constituyeron fuentes de riqueza y de elevación de primera magnitud. Esta participación fue un motor principal de la emergencia y renovación de las élites vascas durante la Edad Moderna. Pero, cuando hablamos de procesos sociales, políticos y culturales, nos interrogamos también sobre los efectos de aquella dinámica en el seno de la sociedad vasca. ¿Qué consecuencias tuvo para aquella sociedad la participación de sus élites dirigentes en los espacios económicos,políticos y culturales de la Monarquía? ¿No fue ésta una vía de penetración de nuevas ideas, valores y modos de vida? ¿No fue éste un motor principal de transformaciones en el seno de aquella sociedad,al menos en un grado comparable a lo que se produjo en el conjunto de los estados europeos occidentales? Por otra parte,¿qué resistencias al cambio provocaron estas transformaciones? Porque esta historia fue diferencial, no general. Mientras que el horizonte de aquellas élites transcendía el círculo de la villa o de la aldea,y se forjaba en el mundo de la relativa modernidad de cada época,el horizonte vital de la inmensa mayoría de la población continuaba siendo el de la comunidad local y su cultura tradicional. Nos interrogaremos sobre los cambios,resistencias y fracturas que se produjeron en este proceso. Evidentemente, cuestiones tan complejas tienen implicaciones que no es posible abordar aquí. En estas páginas nos limitaremos a considerar las principales,observándolas en la larga duración, con el objeto de plantear la coherencia y globalidad de un proceso histórico cuyos elementos se hallan todavía demasiado dispersos y disociados. Esta empresa choca con algunas dificultades, no tanto de orden político o ideológico, como conceptuales y metodológicas. Una de ellas tiene que ver con el concepto de “espacio” como “marco” de historia y, de un modo más general, con las limitaciones que conlleva inevitablemente toda compartimentación, incluso la más legítima y necesaria. Uno de los problemas tradicionales de la historia local y regional ha sido el “endogenismo”, creer que lo local es puramente endógeno y que lo estatal, nacional o general es exógeno. En la historiografía vasca, este rasgo común ha tenido desarrollos específicos que requerirían un tratamiento aparte. De un modo más general, se ha tendido a considerar los espacios o territorios como instancias separadas: “la comunidad local”, “la Provincia”, “el Estado”, “la Corte”, “América”. Para superar el riesgo de compartimentación, no basta con decir que estos espacios se relacionan entre sí, que interactúan, atribuyéndoles una autoría que sólo puede ser alegórica, ya que, en realidad, los actores históricos siempre son hombres y mujeres de carne y hueso. Estas limitaciones del concepto de “espacio” se superan mediante los análisis de red, esto es, mediante el estudio de los actores que actúan relacionadamente –y quizás simultáneamente– en esos diversos espacios o ámbitos. De hecho, la historiografía más reciente está explorando las redes de poder que relacionaban a las élites dirigentes de diferentes instancias, como muestran, por ejemplo, los estudios sobre patronazgo y clientelismo entre la Corte y las provincias. Este seguimiento de los actores y de sus redes sociales permite superar –y relacionar desde dentro– los compartimentos estancos propios de los marcos espaciales, institucionales o socio-profesionales habituales. Es el medio más adecuado para aprehender la relación no sólo entre espacios y sectores de actividad distantes, sino también entre dinámicas que desde fuera no parecen relacionadas, y que habitualmente disociamos, con el fin de hallar la coherencia interna y un significado más global de procesos complejos de cambio histórico.
1. LOS SIGLOS XVI Y XVII
La presencia de vascos en la corte a lo largo de estos siglos fue desigual. Durante los reinados de Carlos V, Felipe II y Felipe III destacó en ella un nutrido grupo de “vizcaínos” como consejeros, secretarios y contadores, tales como los guipuzcoanos Idiáquez, Garibay,Aróstegui,Amézqueta, Echeberri, Ipeñarrieta,Araiz, etc..A partir de los años 1620 y hasta la llegada de los Borbones, su presencia parece eclipsarse, probablemente en relación con el fenómeno de los valimientos, en la medida en que los validos llegaban al gobierno con sus propias clientelas. Por último, la elevación en la corte llegaría a su apogeo en el siglo XVIII. La historia del siglo XVI es todavía mal conocida. Caro Baroja escribió algo sobre los “hombres de pluma”vascos en la corte,pero poco se sabe sobre ellos,más allá de estas pinceladas y de informaciones biográficas sobre algunos personajes. En cuanto a las implicaciones ideológicas, hay elementos para pensar que esta dinámica conllevó la formulación de una ideología solariega que publicitaba la calidad particular de los “vizcaínos”, y que sirvió para sustentar las carreras de aquellos personajes en la sociedad cortesana y, por extensión, el lugar que debía corresponder a los hidalgos vascos en la Monarquía hispánica. Según Jon Juaristi, estos vascos de la corte patrocinaron la idea de que eran los “primeros españoles”, descendientes de Túbal, que no habían sido conquistados, sino que guardaban el idioma y las esencias de los primeros pobladores, siendo nobles y limpios de sangre desde los orígenes. Estas ideas habrían servido a aquella “clase escriba vizcaína” para conquistar posiciones en la corte,desplazando a los judeo-conversos que ocupaban hasta entonces aquellos cargos, y para rivalizar con los otros “cántabros tinteros”, los hidalgos montañeses, que seguían una dinámica paralela.




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