Buscar este blog

30 abril 2015

vasco-navarros y la monarquía hispánica (II) por Jose Maria

La competencia a lo largo de los siglos XVI y XVII entre “vizcaínos” y “montañeses” por espacios de poder en la corte y en las colonias, o por el control de fuentes de riqueza al servicio de la Corona, como la construcción naval o el transporte marítimo, dieron lugar a una producción de tratados o escritos propagandísticos que pugnaban por la primacía de unos u otros10. Más allá de la anécdota, esta cuestión se inscribe en un proceso de mayor calado. A lo largo de estos siglos, aquella dinámica al servicio del rey estuvo muy relacionada con prácticas literarias y elaboración de discursos que tuvieron un gran significado para la construcción de una identidad y la escritura de determinada historia provincial y local. Aunque este proceso de “producción de sentido”es aún muy poco conocido, podemos recordar algunos de sus principales hitos. Desde el siglo XVI, autores como el bachiller Zaldibia, Esteban de Garibay,el licenciado Poza, Baltasar de Echave, o Lope Martínez de Isasti, cuyas familias o ellos mismos en persona participaban en este fenómeno, escribieron sobre la historia del país y contribuyeron a formular una ideología –el “cantabrismo vizcaíno”– que impuso en la Monarquía hispánica la idea de una calidad particular de los vascos. En el siglo XVII, en un momento en que parece que los vascos pierden pie en la corte, surgen críticas como las expresadas en el cruce de panfletos entre el “buho gallego” y el “tordo vizcaíno”, que parecen corresponder a la pugna de redes de paisanaje por espacios de poder. La historia de estas familias está por hacer, pero sabemos que la vía del servicio al rey fue el motor del ascenso de grupos familiares que se reproducían en la burocracia real a través de sus vínculos de parentesco y que, gracias a sus relaciones cortesanas, situaban a otros familiares como militares, marinos y eclesiásticos. De este modo, sus redes familiares se extendían a diversos ámbitos de gobierno, así como a negocios públicos y privados relacionados con ellos. Entre los linajes de burócratas establecidos sobre la base del parentesco destacaron, por ejemplo, la saga familiar de los Araiz, con al menos seis miembros, entre padres, hijos y parientes, que se sucedieron a lo largo el siglo XVI como contadores en la real Hacienda; o las familias de Juan de Amézqueta y sus hijos Antonio y Pedro; Martín Arano de Valencegui y su hijo Martín de Valencegui; Juan Pérez de Ercilla y su nieto Miguel de Ercilla; o los miembros de otras familias guipuzcoanas como los Echeberri, Gamboa, Berástegui,Arriola,Aliri, etc.. El paradigma de esta dinámica fue la saga de los Idiáquez, que representa el ejemplo de las familias que consiguieron posiciones de gobierno especialmente relevantes, muy por encima de las simples secretarías y contadurías.

Idiaquez, martillo de herejes en Flandes, peleo con el Frances
Enrique IV de Navarra que era protestante.
  Alonso de Idiáquez yYurramendi (Tolosa,1487) fue secretario de Carlos V entre 1520 y 1549 y consejero de Estado, participó en la conquista de Túnez en 1535, fue comendador de Estremera y obtuvo del rey, sucesivamente, los hábitos de Calatrava, Alcántara y Santiago. Desde estas posiciones, patrocinó y situó en la Corte a una serie de familiares. Su hijo Juan de Idiáquez y Olazábal (Madrid,1540-Segovia,1614) fue secretario de Estado con Felipe II y Felipe III, presidente del Consejo de Órdenes, embajador de España en Génova y Venecia, comendador mayor de León, caballero de la orden de Santiago, y secretario de las Juntas Generales y de la Diputación de Guipúzcoa. A su vez,Juan de Idiáquez y Olazábal promocionó poderosamente a varios parientes. En 1578 repartió la secretaría de asuntos exteriores,que hasta entonces se había concentrado en sus manos,entre su sobrino Martín de Idiáquez e Isasi,que sería secretario de Estado en 1587, y su primo Francisco de Idiáquez y Arceaga, que sería secretario del Consejo de Italia. Por otro lado, su sobrino Antonio de Idiáquez y Manrique (Madrid,1573-1615) fue obispo de Segovia en 1612. Por último,el hijo de don Juan, Alonso de Idiáquez y Butrón de Múxica (San Sebastián,1565-Milán, 1618) destacó en la milicia sirviendo a Felipe III en las guerras de Flandes y de Italia, fue virrey de Navarra y capitán general de Guipúzcoa, maestre de campo general de Milán,consejero de Guerra,comendador mayor de León,como su padre,ostentó los títulos de conde de Aramayona y duque de Ciudad Real, y fue secretario de las Juntas Generales y de la Diputación de Guipúzcoa. Este fenómeno cortesano tuvo un importante significado para la articulación política y social de las comunidades locales y provinciales. Hombres como don Juan de Idiáquez se convirtieron en la cúspide de la trama clientelar entre la provincia y la Corona. Su prestigio fue inmenso y se vieron continuamente solicitados para defender o conseguir privilegios y favores, ya fuera por la provincia, para evitar agravios u obtener determinadas prerrogativas, o por una o varias villas, para lograr sus intereses frente otras. Así, por ejemplo, fueron solicitados en 1583 para mediar en el conflicto entre las villas que pugnaban a favor o en contra del voto fogueral; en 1608 y 1609, a propósito de las pretensiones de exención jurisdiccional del valle de Legazpia; en 1614 y 1615, por la villa de San Sebastián, para impedir la exención del puerto del Pasaje y la segregación de las casas de Urnieta. Por sus posiciones en la corte y su cercanía al rey, estos personajes ejercieron cierta función de “centralidad” con respecto a unas provincias en vías de formación que no eran aún sino un agregado heterogéneo, y muchas veces contradictorio, de comunidades locales que configuraban un “espacio político policéntrico formado por agregación”. En efecto, no sólo recibían peticiones unitarias de la provincia o de determinada villa, sino, muchas veces, peticiones opuestas de villas o de facciones enfrentadas que solicitaban su mediación, lo que les confería una importante capacidad de arbitraje. Así lo revelan, por ejemplo, los conflictos en torno a los intentos de exención jurisdiccional del valle de Lepazpia con respecto a la villa de Segura en 1608 y 1609. Las dos partes opuestas habían buscado y conseguido apoyos poderosos en la corte pero, al final, ante la tensión creada, la provincia de Guipúzcoa sometió la resolución del conflicto al arbitraje de don Juan de Idiáquez, a cuyo juicio se plegaron las partes implicadas y sus respectivos valedores en la corte. Esta “pax cortesana”conseguida mediante arbitrajes es un elemento poco conocido, pero sin duda importante, de la articulación política no institucional favorecida por la corte como centro de redes de poder. Las posiciones en la corte fueron una fuente de influencia cuyo papel en los procesos de articulación política conocemos todavía mal. En cualquier caso, a través de sus relaciones clientelares,aquellos personajes obtuvieron cargos en la corte y en las provincias para sus allegados y deudos, contribuyendo de este modo poderosamente a la configuración de la trama de familias dominantes en las provincias.

No hay comentarios: