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05 mayo 2015

Vasco-navarros y la monarquía hispánica (III) por Jose Maria

Felipe III
 Don Juan de Idiáquez, por ejemplo, tuvo fama de protector y benefactor de un amplio círculo de familias notables. Así, estuvo rodeado en la corte por sus fieles Juan de Insausti, su criado y secretario del rey, Domingo de Echeberri, secretario de Felipe III y Felipe IV, o Juan de Amézqueta, secretario de Cámara y Estado de Castilla, del Consejo de Felipe III. Por ello fue objeto de estima y de servicios, como expresaba en 1608 uno de sus deudos, Juan de Amézqueta, al dejar en su testamento a su mujer e hijo de corta edad bajo el amparo de aquél: “por el amor que me ha tenido y por lo que siempre ha amparado y ampara a los de la Provincia de Guipúzcoa”. Desde estas posiciones se promocionaba a amigos y allegados en cargos provinciales al servicio del rey. Así, por ejemplo, en 1590, Esteban de Garibay consiguió del nuevo corregidor de Vizcaya la vara de teniente de corregidor en Las Encartaciones de Vizcaya para el pariente de un allegado suyo: “a ruego mío dio la vara de su teniente de Las Encartaciones al doctor Martín Ochoa de Celaa, yerno del pagador Francisco de Bolibar,de quien en esta obra se ha hablado otras veces”.Igualmente, determinados testimonios relacionan a estos personajes de la corte con la obtención de cargos como los de superintendente de fábricas y plantíos de Guipúzcoa, superintendente de las fábricas de Cantabria, o tenedor de los bastimentos y astilleros de S.M., etc. que, como veremos, estuvieron relacionados con ventajosos negocios particulares que prosperaron al arrimo de la Corona. Aunque establecidos en la corte, personajes como los Idiáquez no se desarraigaron de la villa y provincia, sino al contrario. En ellas mantuvieron su palacio, bienes y capital simbólico, ostentaron cargos honórificos como secretarios de las Juntas Generales y de la Diputación de Guipúzcoa, y, sobre todo, gozaron de estrechas relaciones clientelares a través de fieles mediadores, como muestra la vinculación entre don Juan de Idiáquez y su criatura y administrador en San Sebastián, Domingo de Echeberri. Por todo ello, estos personajes disfrutaron de gran prestigio en el país. La descripción del modo en que se recibió en San Sebastián la noticia de la enfermedad mortal de don Juan de Idiaquez,en 1614,ilustra la adhesión de las élites de la villa a su benefactor:
”En esta villa hemos tenido noticia, con propio, que el Sr.D.Juan de Idiaquez está enfermo de un grave tavardillo (…),y por ser su vida tan importante a estos Reynos en general, y a esta Provincia en particular, como tan antiguo y continuo bienhechor suyo, en ella ansi en sus parroquiales como en los combentos se hacen oraciones,procesiones y muchos sacrificios por su salud”. La historia de estos personajes tiene unas dimensiones que van más allá de sus trayectorias particulares y que habría que explorar. Su emergencia supuso una renovación importante de las élites locales y provinciales.

 A finales de la Edad Media y durante el siglo XVI,se produjo el desbancamiento político de los antiguos “parientes mayores”y del orden que éstos articulaban,a favor de las nuevas familias que se elevaron entonces sobre la base del servicio a la Corona y del nuevo orden político de las villas y de la Monarquía.Así lo explicaba Domingo de Echeberri a Olivares, hacia 1620: “porque la verdad y lo que conviene que se conozca es que cada tiempo cria sus parientes mayores y que la diferencia de los tiempos pasados a estos es que aquellos crio dentro de la misma Provincia y en daños de ella, y que este los cria fuera en Beneficios públicos y Unibersidades y en honor de S.M. y Caveça”. De todos modos, parece que no se trató tanto de una sustitución radical como de una síntesis parcial. De los antiguos linajes, da la impresión que mantuvieron mejores posiciones e influencia aquellos que se reciclaron entroncando con las familias de las nuevas élites y participando en los nuevos círculos de poder al servicio de la Corona. Así, por ejemplo, en San Sebastián, los entronques de los Berastegui –descendientes de parientes mayores rurales– con los Engómez y Montaot, principales comerciantes de la villa, a finales de la Edad Media, o de los Butrón-Múxica con los Idiáquez en el siglo XVI. Paralelamente, la Monarquía se convirtió en un motor importante de empresas particulares y de economías regionales. En los siglos XVI y XVII,una parte de las élites del país orientaron sus negocios e inversiones hacia las nuevas necesidades de la Corona, especialmente hacia la economía de guerra y el abastecimiento del Imperio colonial. Para  hombres de negocios de Guipúzcoa y Vizcaya se abrieron posibilidades especiales a partir de la segunda mitad del siglo XVI,cuando la Corona entró en un largo periodo de guerras con las principales potencias europeas y se vio confrontada a las necesidades de la guerra naval y de la defensa de los convoyes de plata de la carrera de Indias. Desde el último tercio del siglo XVI se desarrollaron actividades nuevas o se reorientaron viejas economías,especialmente la construcción naval para la Marina y la flota de Indias, las exportaciones de hierro a Sevilla y América, el corso, las carreras en la Armada real y la flota de Indias, y el comercio colonial. La construcción naval guipuzcoana,de gran tradición desde la Edad Media,se reorientó de una forma muy significativa desde la segunda mitad del siglo XVI.

Miguel de Oquendo.jpg
Oquendo, giputxi Capitan general de los tercios.
Hasta entonces, esta industria proveía barcos, generalmente de pequeño y mediano calado, para el comercio en el Atlántico, la caza de la ballena y la pesca de bacalao en Terranova, y para el comercio de cabotaje, pero, desde la segunda mitad del siglo XVI, una parte muy importante de la producción se orientó hacia la fabricación de grandes barcos para la Corona y para los grandes mercaderes que comerciaban con las Indias. A partir de la Pragmática Real de 1563, la industria naval guipuzcoana comenzó a recibir regularmente los pedidos para la Armada y la carrera de Indias, de tal modo que esta industria conoció una expansión notable, mientras que otros sectores de actividad tradicionales se sumían en la crisis de finales del siglo XVI y primer tercio del XVII. Expresión notable de este periodo de crecimiento fue la importante actividad constructora en los astilleros del puerto del Pasaje y de las riberas del Oria, que se especializaron en la construcción de naves para las flotas reales y la carrera de Indias, y la actividad de grandes constructores guipuzcoanos como Miguel de Oquendo, Agustín de Ojeda, Domingo de Goizueta,Antonio de Lajust, Onofre de Isasti, Juanes y Martín de Amézqueta, Francisco de Beroiz, Miguel de Aristeguieta, Ignacio de Soroa, Santiago de Tellería, Pedro de Aróstegui, o Felipe y Simón de Zelarain. Esta élite naviera estuvo compuesta por hombres de negocios con capitales provenientes del gran comercio, sobre todo de Indias, que muchas veces se hallaban relacionados directa o indirectamente con cargos en la Armada y al servicio del rey,lo que les situaba en posición ventajosa para conseguir asientos con la Corona. La industria de la construcción naval alimentó amplios sectores de la economía local y comarcal a través de los arriendos de astilleros, de la comercialización de la madera y del hierro,de la actividad de abundantes oficios y de la producción de otras industrias relacionadas con ella, como la armera y la ancorera. En muchas ocasiones, negocios y cargos al servicio del rey fueron unidos. Así, por ejemplo, el cargo de tenedor de bastimentos y mayordomo de la Artillería y Municiones de S. M. en la plaza de San Sebastián estuvoa lo largo del siglo XVI en manos de la parentela donostiarra Laborda-Ercilla-Beroiz,familias de importantes comerciantes y de constructores navales. Ignacio de Soroa, uno de los más destacados constructores navales guipuzcoanos del siglo XVII para la Armada y la flota de Indias, fue maestro de fábricas reales. Así mismo, otro tipo de actividades y de carreras relacionadas con las necesidades de la guerra naval y de la flota de Indias se desarrollaron con fuerza en las últimas décadas del siglo XVI y a lo largo del siglo XVII, desde actividades corsarias lucrativas hasta carreras de generales y almirantes de la Marina real. En estos cargos y actividades prosperaron sagas familiares, muchas veces relacionadas con la construcción naval y el comercio colonial. Para aquellas élites polivalentes, estos cargos fueron ocasión de negocios particulares y de enriquecimiento.

América ofreció pronto la posibilidad de hacer fortuna en poco tiempo. Vascos y navarros estuvieron presentes desde la conquista como maestres de naos, pilotos, soldados y clérigos,pero fue sobre todo en el siglo XVII cuando comenzaron a destacar en el comercio colonial. Parece que este enriquecimiento, sobre todo en la segunda mitad del siglo XVII, permitió la capitalización que estaría en la base de la elevación de nuevas familias poderosas en “la hora del XVIII”. Entre otras cosas,el comercio con las Indias permitió reorientar las salidas del hierro, principal exportación de estos territorios. Desde los tiempos de la conquista, los hierros vascos gozaron de especial protección por parte de la Corona, que les reservó el mercado peninsular y americano, prohibió la exportación de vena al extranjero y les concedió un régimen arancelario privilegiado.A medida que avanzaba el siglo XVI y se establecían las bases del imperio colonial, Sevilla se convirtió en el mercado más importante del hierro vasco, que se dirigía en buena parte hacia las Indias. Los ferrones del valle de Oyarzun, del valle del Deba, de Elorrio, etc. que orientaron su hierro hacia este mercado fueron los que mejor sortearon la crisis siderúrgica de finales del siglo XVI, mientras que muchos otros se arruinaban. Se trataba de familias, como los Alzola de Elgoibar, los Zuaznábar de Oyarzun, los Oquendo, Arriola o Lajust de San Sebastián, los Ubillos de Zumaya, los Bengolea de Lequeitio, los Arespacochaga de Elorrio, etc., que pasaron a liderar un tráfico activo en el que participaban en la producción de las ferrerías, como propietarios y mediante arriendos y adelantos, disponían de barcos de gran tonelaje para el transporte, poseían tienda o almacén en Sevilla o Cádiz, y a través de su red familiar, con bases en América, hacían llegar su hierro a las Indias.



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