Buscar este blog

15 junio 2015

De la lingua navarrorum al estado vasco por Xabier

En esta exposición voy a centrarme en el euskara como símbolo. Porque, desgraciadamente, eso es lo que es para la inmensa mayoría de los navarros. Los apegos y rechazos de los que es objeto la lengua vasca en esa provincia se deben más a su valor simbólico que a su valor comunicativo. En Navarra, como en el resto del país, se habla demasiado del euskara y demasiado poco en euskara. Aprovecho la ocasión para denunciar cierta dejación para con la historia de las lenguas por parte de la historiografía académica. Coincido plenamente con Luis Michelena cuando afirmó que «las lenguas no son entidades que los historiadores puedan pasar por alto sin daño para su trabajo». Los publicistas de uno y otro signo, que no ocultan su voluntad política, han ocupado el hueco que los historiadores nunca debieron abandonar. Uno de los objetivos de este artículo es, precisamente, contribuir al acercamiento entre filología e historiografía, dos ciencias que se precisan mutuamente, pero que, por desgracia, en Navarra suelen vivir de espaldas la una a la otra, a pesar de los avances realizados en los últimos años, sobre todo de la mano de Jimeno Jurío y Xabier Erize, autores ambos de los que este trabajo es deudor en gran medida. El «problema navarro» se debe, en parte, a ese desencuentro entre historia y lengua y al distinto interés que ponen en una y otra el navarrismo y el vasquismo. Se podría afirmar que en Navarra nos encontramos ante un conflicto entre dos esencialismos, uno historicista, otro «linguisticista», curiosamente los dos influidos de manera indirecta por el romanticismo alemán (por Savigny el primero, por Humboldt el segundo y por Herder ambos, dicho sea todo resumiendo casi hasta la caricatura). Para comprender el problema de Navarra resulta fundamental una perspectiva diacrónica, de longue durée. Dado que la especialización académica va por otros derroteros, son los divulgadores no académicos los que copan el mercado, dando respuestas a menudo demasiado sencillas a un público ávido de conocimientos, pero al que las tesis doctorales y los artículos científicos se les antoja sencillamente indigeribles. En este trabajo voy a intentar combinar los mejores valores de la academia y de la divulgación al abordar una cuestión que interesa no solo a los especialistas, sino a la población en general.

 A pesar de su exiguo tamaño, Navarra constituye un territorio muy complejo desde los puntos de vista geográfico, sociológico, cultural e identitario. Esa complejidad es evidente también en los planos histórico y lingüístico, algo que no siempre se tiene en cuenta cuando se la compara con otros territorios vascos o españoles. Por un lado, aunque al nacionalismo vasco (y a la literatura pseudohistórica inspirada por él que se ha prodigado en las últimas décadas) le cueste reconocerlo, Navarra cuenta con una mayor continuidad institucional que la comunidad autónoma denominada, por sinécdoque, «País Vasco». Desde que Iñigo Arista estableció los fundamentos del Reino, allá por el año 824, siempre ha existido un gobierno o una corte en Pamplona. En Vitoria, sin embargo, el Parlamento Vasco funciona tan solo desde 1980 (no me refiero ahora a las Juntas Generales de Álava ni a su Diputación Foral). En el debate de la legitimidad histórica, Navarra gana por unos doce siglos a Euskadi. Pero, junto a la continuidad institucional, Navarra posee otra característica, sobre la que el navarrismo (que controla buena parte tanto de la historiografía académica como de la que se presenta como tal) suele pasar de puntillas: una terrible discontinuidad lingüística. En un tercio de Navarra no solo se ha perdido el euskara, sino también su recuerdo. Según los cálculos de Fernando Mikelarena, hasta el siglo XIX, los vascófonos constituyeron la mayor parte de la población de nuestra provincia. En mi opinión, no es en absoluto casual que precisamente el territorio con mayor continuidad institucional sea, junto con Álava, el de mayor discontinuidad lingüística. En seguida intentaré explicarme.

La actual Navarra coincide aproximadamente con el territorio de los vascones protohistóricos. Sin embargo, como Luis Michelena sentenció hace ya mucho tiempo, ni todos los vascones eran vascófonos, ni todos los vascófonos eran vascones. Hemos encontrado huellas de una lengua parecida al vascuence en Aquitania, lejos del actual Zazpiak-Bat, pero no existe la menor prueba de que en la actual Ribera el euskara haya sido jamás una lengua mayoritaria. Porque en Navarra existen únicamente dos comarcas históricas: la Montaña, grosso modo la zona que ha sido de lengua vasca (es decir, euskal herria en su sentido etimológico), y la Ribera, en la que en los últimos mil años el romance, en sus diversas variantes, ha sido siempre el idioma mayoritario (es decir, erdal herria, también en su sentido etimológico). La «Zona Media» es una denominación del siglo XIX y se corresponde más o menos con el territorio que en un origen fue vascófono, pero que ulteriormente se castellanizó.
 Los navarros aparecen en la historia a principios del siglo IX, en época de Carlomagno. Y ahora, unos matices. He señalado que el Reino de Pamplona fue fundado por Iñigo Arista y eso no es totalmente cierto. Iñigo no fue más que uno entre los muchos caudillos que aparecieron en los primeros siglos de la llamada Reconquista. El verdadero organizador del Reino de Pamplona fue Sancho Garcés, a principios del siglo X. Como intentaré demostrar, la creación del reino tuvo una importancia decisiva en el destino de la lengua vasca. El territorio que controlaban los Arista estaba centrado en la Comarca de Pamplona, que por entonces estaba enclavada en plena zona vascófona, salvedad hecha de la propia capital (en la que, desde que tenemos noticias, existió una minoría de lengua romance). Sancho, en cambio, pertenecía a la familia de los Jimeno y, al parecer, el núcleo de esa dinastía no estaba originalmente en Pamplona, sino en Sangüesa (y en Leire), en una zona, si no «romanceada» por completo, en vías de rápido «romanceamiento». Es decir, para el siglo X, encontramos en Navarra por lo menos dos de las tres zonas lingüísticas actuales, utilizando de modo anacrónico la terminología impuesta por la Ley Foral del Vascuence (1986): la zona vascófona, en torno a Pamplona, y la zona mixta, en torno a Sangüesa. En tiempos de Sancho, el Reino se extendía hasta una línea marcada por Cárcar, Peralta, Falces, Carcastillo, Caparroso, Peña y Sos, es decir, unos veinte kilómetros al sur del límite histórico del vascuence, pero la tercera zona lingüística a la que aludía, la no vascófona, no cobrará importancia significativa hasta los siglos XI y XII. Como veremos a continuación, las fronteras del Reino se expandieron entonces hasta Cortes, unos sesenta kilómetros más al sur, hasta situarse a unos ochenta kilómetros del límite lingüístico.

En 1076, tras la muerte sin hijos del rey Sancho el de Peñalén, el reino de Pamplona se unió con el de Aragón y así permaneció durante dos generaciones, hasta 1134(Adopto, con matices, la hipótesis que el escritor Aingeru Epaltza me transmitió oralmente hace ya muchos años. Epaltza me hizo caer en la cuenta de la importancia de los años de unión con Aragón (1076-1134) para la ulterior historia del euskara en Navarra.). Ese año, los nobles pamploneses decidieron separarse de Aragón y nombraron rey a García Ramírez el Restaurador. Pero los límites de 1134 no eran los de 1076. En las décadas anteriores a la separación de Aragón y Pamplona, Alfonso el Batallador había arrebatado la Ribera Tudelana a los musulmanes. Como García era tenente de Tudela, la Ribera quedó para Pamplona, y no para Aragón. Es decir, en el siglo XII, se incorporaron a la Corona territorios que nada tenían de vascos y se perdieron para siempre otros que sí lo eran: Álava, Guipúzcoa y el Duranguesado. Sea casual o no, en el mismo siglo en el que el Reino de Pamplona trucó su nombre por el de Navarra también cambió significativamente su composición étnica. Durante el siglo posterior a la unión de Pamplona y Tudela, tenemos indicios que nos permiten suponer que los tudelanos no se sentían navarros( José María Jimeno Jurío, «La voz “euskera” ¿invento moderno?», Fontes Linguae Vasconum, XXVIII, número 72, 1996, p. 327.). Xabier Erize, en una obra que merece mucho más atención de la que se le suele dispensar, nos ha hecho caer en la cuenta de que de las 55 poblaciones que en la Edad Media estaban representadas en las Cortes del Reino, 35 estaban en la Ribera, fuera del reino originario de Pamplona( Nafarroako euskararen historia soziolinguistikoa (1863-1936). Desde el punto de vista institucional, el Reino de Navarra no era un estado vasco. Por supuesto que no.
Salvo en el Imperio Romano, en la historia no ha existido nunca una unidad política que reuniera la totalidad de las siete provincias vascas actuales. Sancho el Mayor (1004-1035), por ejemplo, a pesar de que hay quien lo ha considerado como el Salomón vasco, no reinó ni en Labort, ni en Sola (aunque entre 1032 y 1035 reivindicó Gascuña, que incluía entre sus feudos ambos vizcondados), ni en los actuales valles bajonavarros de Mixa y Ostabares, ni siquiera en la Ribera Tudelana, que, como se ha dicho, no fue conquistada hasta ocho décadas después de su muerte, y sí, en cambio, en una amplia franja que nadie, espero, considerará vasca, desde Astorga hasta la Ribagorza. Sancho nunca se tituló Rey de Vasconia, ni siquiera Rey de Navarra, sino Rey de los Pamploneses e incluso, en alguna ocasión discutida, Rey de las Españas.

La asociación Nabarralde se creó oficialmente en octubre de 2001 con el objetivo de «recuperar» la conciencia navarra en lo que sus miembros denominan «Navarra Entera» (Nabarra o Nafarroa Osoa), cuyos límites son más amplios que los de la Vasconia actual ya que incluyen territorios que en algún momento pertenecieron al Reino de Pamplona, como la Rioja, la Bureba, el norte de Aragón e incluso Gascuña, que, como se ha dicho,nunca formó parte del Reino de manera efectiva. El libro emblemático de esa asociación es La Navarra marítima, de Tomás Urzainqui (Pamiela, Pamplona, 1998), con varios miles de ejemplares vendidos, que marcó el inicio de la nueva moda navarrocéntrica que nos invade. Urzainqui se desmarcaría posteriormente de la asociación. Otro libro importante de la colección es Navarra, el Estado Vasco, de Mikel Sorauren (Pamiela, Pamplona, 1999).
 Santi Leoné (Euskal Herri imajinario baten alde, Elkarlanean, Donostia, 2008) y Xabier Zabaltza (Gu, nafarrok, Alberdania, Irun, 2007) han criticado los supuestos ideológicos de Nabarralde, así como el empleo meramente testimonial de la lengua vasca en sus publicaciones y su defensa de postulados políticos actuales recurriendo a su peculiar interpretación de la historia.
Curiosamente, el primer nacionalismo vasco era consciente de la falta de precedentes históricos de un estado vasco unitario. El fundador del Partido Nacionalista, Sabino Arana (1865-1903), sabía perfectamente que Euzkadi no había existido nunca. Según él, lo que había existido era cada uno de sus siete territorios, a los que, significativamente, denominaba «estados». Su Euzkadi sería la futura federación o confederación (Sabino no distinguía muy bien entre ambos conceptos) de los supuestos siete estados vascos que han existido a lo largo de la historia. En cambio, Anacleto Ortueta (1877-1959), uno de los fundadores de Acción Nacionalista Vasca, muy influido por la visión historiográfica de Arturo Campión (1854-1937), pensó que el Reino de Navarra fue el estado de todos los vascos.  Como suele ocurrir, en las posiciones históricas de Arana y de Ortueta se dejan traslucir sus posturas políticas: el nacionalismo del PNV era (con)federalista; el de ANV, por el contrario, unitarista. Los dos, en un ejercicio de wishful thinking bastante típico, desplazaron al pasado lo que deseaban para el futuro. Podemos concluir que ANV, vía los Estornes Lasa, Federico Krutwig y Nabarralde, ha impuesto su visión navarro-céntrica de la historia al conjunto del nacionalismo vasco, incluida ETA. Obvia señalar que la sustitución del «bizkaitarrismo» originario por el «nabarrismo» de nuevo cuño se ha mostrado compatible con la ambigüedad en torno al modelo organizativo del futuro estado vasco. Hoy la polémica entre confederalismo, federalismo y unitarismo no parece interesar a nadie y, menos aún, a los próceres de las diversas fuerzas abertzales. Y es que la Gran Navarra no deja de ser un sucedáneo del Gran Euskadi que ha fracasado en su intento subrepticio de atraer a los navarros hacia la causa nacionalista vasca. Pero volvamos  al tema de la lengua. Como íbamos diciendo, en Navarra, la pérdida del euskara, casi imperceptible al principio, más rápida después, se documenta por lo menos desde el siglo X, en las comarcas que estaban en contacto con Aragón, Castilla y al-Andalus, así como con la Ribera, que enseguida sería incorporada al Reino (curiosamente, el vascuence se mantuvo en la Rioja Alta varios siglos más).

2 comentarios:

Anónimo dijo...

en la rioja alta hubo levantamientos populares porque las autoridades castellanas prohibieron la celebracion de juicios en EUSKERA en los siglos XI y XII. parece que ese tipo de detallitos se os olvida nombrarlos, como si la perdida del euskera hubiese sido algo "natural"

felder dijo...

tarde o temprano, por el motivo que sea, el comunismo siempre converge con el unionismo.
abertzalismo entendido como libertarismo nacional y comunismo, son irreconciliables, porque el comunismo siempre acaba siendo de obediencia del estado dominante (madre).

la prueba sois vosotros.