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31 julio 2015

LENGUA Y CLASE II

Ya he aludido a los prejuicios de Friedrich Engels (1820-1895) sobre los «pueblos sin historia» y los «desechos de pueblos», entre los que incluía a los escoceses gaélicos, a los bretones (a los que intencionadamente confundía con los «blancos» de la Vendée), a los vascos y a los eslavos del sur:
iNo hay ningún país europeo que no posea en cualquier rincón una o varias ruinas de pueblos, residuos de una anterior población contenida y sójuzgada por la nación que más tarde se convirtió en portadora del desarrollo histórico. Esos restos de una nación implacablemente pisoteada, por la marcha de la historia, como dice Hegel, esos desechos de pueblos, se convierten cada vez, y siguen siéndolo hasta su total exterminación o desnacionalizacion, en portadores fanáticos de la contrarrevolución, así como toda su existencia en general ya es una protesta contra una gran revolución histórica.
Así pasó en Escocia con los gaélicos, soportes de los Estuardo desde 1640 hasta 1745.
Así en Francia con los bretones, soportes de los Borbones desde 179 hasta 1800.
Así en España con los vascos, soportes de don Carlos.
Así en Austria con los eslavos meridionales paneslavistas, que no son nada más que el desecho étnico de un desarrollo milenario sumamente confuso.(El paneslavismo democratico)
Resulta un tanto sorprendente que uno de los fundadores del materialismo histórico fuera tan beligerante con el nacionalismo de pequeña nación: «La próxima guerra mundial no sólo hará desaparecer del suelo terráqueo clases y dinastías reaccionarias, sino también pueblos reaccionarios enteros.  esto también será un progreso». La extrañeza de los marxistas vascos de los setenta cuando descubrieron esta cita todavía perdura.
Estos prejuicios de casta, como el mismo concepto de «desechos de pueblos», están tomados de Hegel, quien, en su Enzyklopaedie derphilosophischen Wissenschaften (1817-1830), afirmó que:
En la existencia de un pueblo está el final sustancial de ser un Estado y conservarse como tal; un pueblo que no forme un Estado [ ... ] no tiene, propiamente hablando, historia, tal cual existieron los pueblos antes de formar estados y otros siguen existiendo en la actualidad como naciones salvajes.

Lo que Hegel y desde luego Marx y Engels no llegaron a comprender es que si la única manera de que se respete la diferencia nacional de un grupo es construyendo un Estado resulta lógico que esos grupos étnicos intenten proclamar cuanto antes su independencia.(otra cosa es que no nos guste porque no busquen ningun tipo de revolución social) En esta diferencia entre nación con Estado/nación sin Estado reside gran parte del malentendido en torno a los conceptos de «patriotismo constitucional» y «nacionalismo étnico».
Es público y notorio que desde 1848 Marx y Engels mantuvieron que Alsacia y Lorena eran territorios franceses. Pero al menos Engels no fue siempre de la misma opinión, pues tan sólo unos años antes se nos presentaba como un imperialista alemán de lo más típico:
Soy todavía de la opinión de que la reconquista de la margen izquierda del Rin, de lengua alemana, es una cuestión de honor nacional: la germanización de Holanda y Bélgica, que nos han sido arrebatadas, es una necesidad política. ¿ Continuaremos permitiendo que la nacionalidad alemana sea oprimida en esos países mientras en el Este los eslavos están emergiendo cada día más poderosos? [ ... ] Sin duda, habrá otra guerra entre nosotros y Francia y entonces veremos quién merece tener la orilla izquierda del Rin. 

Estas palabras son un indicio de cuán bien fundadas estaban las sospechas del ucraniano Roman Rosdolsky:
¡Qué difícil debió resultar para la práctica de los adictos de la NR [Neue Rheinische Zeitung] separar este «odio revolucionario» contra las nacionalidades ahistóricas, que actuaban reaccionariamente, del simple odio chovinista con que los burgueses alemanes y los nobles húngaros polacos perseguían a esas nacionalidades explotadas y oprimidas por ellos!
En general en Engels se observa una neta indiferencia para atisbar siquiera el significado de la cuestión nacional, a pesar de que reconoce que «ninguna frontera estatal coincide con las fronteras naturales de la nacionalidad, es decir, las de la lengua», pero para añadir a continuación que «el principio de las nacionalidades, lejos de ser un invento bonapartista [de Napoleón III] favorable a la resurrección de Polonia, no es más que un invento ruso concebido para destruirla».
 Me encantaría conocer la opinión de Lenin sobre esta genial afirmación de Engels.
En el propio Karl Marx (1818-1883) tampoco faltan las contradicciones en lo concerniente a la «cuestión nacional». Véanse por ejemplo las citas reproducidas al principio de este capítulo. Si en 1848 afirmaba que los trabajadores no tenían patria, en 1870 defendía que el apátrida era el capital.

El que sería considerado como el máximo teórico de la emancipación de la clase trabajadora procedía de una familia rabínica (su padre nació como Hirschel ha-Levi), aunque se convirtió al protestantismo a los seis años de edad. 
¿Cuál es el fundamento secular del judaísmo? La necesidad práctica, el interés egoísta.
¿Cuál es el culto secular practicado por el judío? La usura. ¿Cuál su diossecular? El dinero.
Pues bien, la emancipación de la usura y del dinero, es decir, del judaísmo práctico, real, sería la autoemancipación de nuestra época [ ... ].
La emancipación de los judíos es, en última instancia, la emancipación de la humanidad del judaísmo.(La cuestion judia, en Sobre la religion, ediciones Sígueme).
La judeofobia del converso Karl Marx no era nada original, pues sus ideas son un mero plagio de las de Georg Friedrich Daumier (18001855), representante de la izquierda hegeliana y antisemita consumado.
Tampoco la aportación marxiana a la comprensión del fenómeno nacionalitario en su conjunto resulta imprescindible, el nacionalismo para Marx siempre es secundario y subordinado a lo importante, la revolución. En un principio, debido a su internacionalismo proletario, Marx se oponía a la independencia de Irlanda, pero cambió de postura hacia 1867, cuando interpretó que la separación irlandesa era un medio para acelerar la revolución en Gran Bretaña. Por lo tanto, Irlanda fue un pueblo «sin historia» hasta 1867, cuando Marx cayó en la cuenta de su potencial revolucionario. Así parece deducirse de una carta de Engels a Kautsky, fechada el 7 de febrero de 1882:
 «Hay dos naciones en Europa que tienen no solamente el derecho sino el deber de ser nacionales antes que internacionales: los irlandeses y los polacos. Cuanto más nacionales sean, más internacionales serán» .
 Es decir, según convenga al imparable avance del proletariado hacia el socialismo, unos pueblos tienen derecho a la autodeterminación y otros no. Francamente, resulta mucho más consecuente la postura de una de las grandes oponentes del principio de autodeterminación en general y de la independencia polaca en particular e incluso de la mera unión de los polacos de Polonia, Galitzia y Prusia en un mismo Estado. Me refiero, claro está, a Rosa Luxemburg (1871-1919), quien no dudó en enfrentarse por este asunto a los mismos Marx, Engels y Kautsky.
 Isaiah Berlin es consciente de las contradicciones de Marx en la cuestión nacional cuando afirma:
A pesar de la profundidad y de la originalidad de sus tesis principales, Marx fracasó al dar cuenta del origen y de la naturaleza del nacionalismo y lo subestimó, como subestimó la fuerza de la religión como un factor independiente en la sociedad. Ésta es una de las mayores debilidades de su gran síntesis.


Piden la Amnistia por fuera de I.A. oficial


LENGUA Y CLASE I



Die Arbeiter haben kein Vaterland.

KA1U. MARX y FRIEDRICH ENGELS, 1848.
Und die patriotischen Schreier werden ihnen zum Trost sagen, dafl das Kapital kein Vaterland hat und dafi der Arbeitslohn geregelt ist durch das unpatriotische internationale Gesetz der Nacbfrage und Zufuhr.
KARL MARX, 1870
Todo conflicto lingüístico lleva implícito también un conflicto social.No se puede ser tan
ingenuo como para no caer en la cuenta de que las luchas puramente culturales suelen ser muy minoritarias y no se convierten en movimientos masas hasta que se entremezclan con proyectos de transformación (o de conservación) social. Las lenguas son elementos ideológicos, efecto de las relaciones de poder. Las clases más bajas son en general más resistentes a las innovaciones lingüísticas. A menudo son las únicas que conservan la lengua primitiva de un territorio. También en general en todas las «civilizaciones» (en el sentido etimológico, de civitas, «ciudad»), existe una conciencia de que las poblaciones rurales se han mantenidó más fieles al legado de los antepasados. Todavía en el siglo XIV, a más de setecientos años de la Hégira, el genial Wali al-Din 'Abd Arrahman ibn Khaldun (1332-1406) denominaba árabes sólo a los beduinos. Y hasta el fin del Imperio Otomano sólo los nómadas se denominaban türk. Aplicar tal epíteto a los nobles de Estambul habría sido un insulto.

En Lituania ha existido siempre una minoría de lengua polaca, que funcionaba como elite dirigente. Por lo tanto, la diferencia entre lituanos y polacos no era en un principio «étnica» sino de clase. «Gente Lithuanus, natione Polonus», era la expresión al uso. En estonio, en el siglo xix se empleaba la misma palabra (saks) para «noble» y para «alemán». Los ministros locales y los clérigos tendían a interpretar esa palabra con el segundo sentido, cuando entre los campesinos el principal era el primero. Los estoniohablantes hasta 1860 se autodenominaban sin más maarahvas, «gentes del campo». Prácticamente hasta 1859, esto es, hasta que se realizó la unión de dos de los tres principados de habla rumana, Valaquia y Moldavia, ruman tuvo tres sentidos: político (habitante de Valaquia), nacional (incluyendo también a moldavos y transilvanos) y social (siervo de la gleba). Y hasta 1861 no consiguen los rumanos del tercer principado, Transilvania, la igualdad con las tres «naciones» de la Dieta (húngaros, sajones y szeklers o sículos). Cuando el obispo uniata Ion Inochentie Micu, en la Dieta de Transilvania, osa en 1737 hablar de nación valaca se le responde que los valacos no son una natio sino sólo una plebs. Esta palmaria identidad entre nacionalidad y condición social puede aplicarse también a la relación que mantenían los terratenientes polacos, alemanes y húngaros de una parte y los campesinos ucranianos, bielorrusos, letones y eslovacos de otra. El lector avezado ya habrá advertido que esta división jerárquica se corresponde exactamente con la división que Engels, estableció entre «naciones históricas» y «pueblos sin historia».


Al hablar de lenguas y clases sociales vienen a la mente las sugerentes palabras de Benedict Anderson respecto a la magiarización de la nobleza húngara formada en latín (cuya primera lengua era a menudo el alemán) a partir de 1840 como una estrategia de oposición al proceso de centralización del poder emprendido por José II, a fin de evitar su marginación política:

se decidió que todos los hablantes de húngaro fueran húngaros (como sólo los privilegiados habían sido anteriormente) y que cada húngaro hablara magiar (cómo hasta entonces sólo algunos magiares solían hacer).
Estas lineas, que son aplicables a otros muchos procesos de construcción nacional en Europa, aducen que la lengua hablada por un, grupo humano es a menudo fruto de una opción histórica, esto es, algo convencional, no inherente ala propia esencia de la nación. De hecho, los magiares (megyer) eran sólo una de las siete tribus húngaras de tiempos de la conquista (finales del siglo IX). Desde el siglo XIII se produce una identificación ocasional entre magyar y Hungarica natio, pero en general «magiar» y «húngaro» eran percibidos como dos realidades bien distintas.
Como expuso hace ya cien años Otto Bauer, era imposible, que surgiera una nación húngara moderna que englobara a nobles y plebeyos antes de la abolición de la servidumbre por José II en 1785. Pero hay que constatar que a partir de entonces la magiarizaçión fue rapidísima. En 1792 el magiar ya era la lengua de instrucción de todas las escuelas de Hungría y en 1844 desplazaba definitivamente al latín como lengua de Estado. En 1861 el Comité sobre las Nacionalidades del Parlamento Húngaro afirmaba que en la Transleithania sólo había una nación, la húngara, y que, por lo tanto, rumanos, eslovacos, croatas, etcétera, no tenían derecho a la existencia como tales. Es decir, los húngaros, que hasta la víspera habían sido oprimidos en sus derechos lingüísticos por los alemanes se convirtieron de la noche a la mañana en opresores de los derechos lingüísticos de los demás pueblos. A pesar de todo, todavía en 1900 los mágiares (incluyendo los judíos asimilados) constituían tan sólo el 45,4% la población de la parte húngara del Imperio.

Aunque de ninguna manera puede reducirse a una lucha de emanpación nacional, la rebelión husita fue, entre otras cosas, un conflicto entre la aristocracia de lengua alemana y las clases bajas de lengua checa. Durante las reformas de José II los nobles bohemios expresaban su indignación contra las mismas usando la lengua checa en las habitaciones del castillo imperial, a pesar de que la mayoría de ellos tenía un deficiente conocimiento de ese idioma. Algunos autores elaboraron desde 1860 la teoría de las «individuales político-históricas» que justificaba la alianza de la nobleza con la pequeña burguesía checa frente a la burocracia y la gran burguesía alemanas. Éste es el caldo de cultivo del «federalismo» de las tierras de la Corona defendido por Palacky.


El conflicto lingüístico entre hablantes de finés y de sueco también encubría un conflicto de clase, pues el sueco era la única lengua de Finlandia que se precisaba para el ascenso social, con lo que los finlandeses de lengua materna finesa resultaban discriminados. Si los primeros nacionalistas checos estaban germanizados, los primeros patriotas fineses estaban suecizados. Elias Lonnrot (1802-1884), Johan Ludvig Runeberg (1804-1877) y Johan Vilhelm Snellmañ (1806-1881), principales ideólogos del nacionalismo cultural finlandés, hablaban y escribían mejor el sueco que el finés. El poeta Jaakko Juteini (nacido Jacob Juden, 1781-1855) fue el primero que utilizó el finés para todos sus escritos. El siguiente paso lo dio el «fenómano» Adolf Ivar Arwidsson (1791-1858), al considerar el sueco como una lengua extranjera en Finlandia. Hablantes de sueco y de finés terminaron uniéndose ante un enemigo común. La rusificación forzosa desde 1880 hizo que se fundieran la reivindicación lingüística con la lucha por la autonomía.

Aunque tampoco pueda reducirse solamente a eso, en Bélgica el conflicto lingüístico entre valones y flamencos tiene también un componente social.

 En Flandes los estamentos modestos pero cultos veían en la promoción de la lengua un vehículo de ascensión social para poder competir con ventaja con los francófonos. La industrialización fue casi paralela a la línea lingüística, favoreciendo a los valones y creando un fuerte victimismo entre los hablantes de neerlandés, que eran la mayoría de la población, aunque desempeñaban los trabajos menos cualificados. Por ejemplo, hacia 1848 el 41,9% de los flamencos eran analfabetos frente el 34,8% de los valones. Fue en las clases intermedias donde surgió el nacionalismo flamenco. El libro clásico de Destrée y Vandervelde sobre el socialismo en Bélgica (1903) ni siquiera menciona la cuestión flamenca, prueba de que el movimiento obrero todavía se encontraba al margen del conflicto. En la medida en que los flamencos fueron ascendiendo socialmente y obteniendo logros para su lengua hasta alcanzar el bilingüismo oficial (1898) se produjo la reacción de los valones, que consideraban que se estaba cediendo demasiado a las presiones de los flamignants.


Incluso en la parte vascófona de Vasconia ha existido tradicionalmente una clara división entre una mayoría campesina de habla vasca (navarrus llegó a significar tanto «campesino» como «vascohablante») y una minoría privilegiada que se expresaba en romance, al menos en sus actividades públicas. La opción por el castellano y a menudo el olvido del vascuence fueron durante siglos inexcusables vehículos de ascenso social en el país. Existe, sin embargo, una diferencia palmaria entre Lituania, por ejemplo, y Vasconia: mientras en la primera la minoría dirigente de habla polaca terminó identificándose con esa nación eslava, en la segunda algunos castellanohablantes se apropiaron de ciertos símbolos identificativos de los vascohablantes para crear una nación en la que la lengua privativa ha sido de facto desplazada a un mero papel de comparsa.


Ya he aludido a los prejuicios de Friedrich Engels (1820-1895) sobre los «pueblos sin historia» y los «desechos de pueblos», entre los que incluía a los escoceses gaélicos, a los bretones (a los que intencionadamente confundía con los «blancos» de la Vendée), a los vascos y a los eslavos del sur:


29 julio 2015

LA V Asamblea de Txabi nunca fue comunista

    Txillardegi tuvo problemas en los 70 con asociaciones vascas
    de emigrantes por sus declaraciones racistas.
  • Extraido de Txabi Etxebarrieta de Lorenzo Espinosa 

… no había demasidas contradicciones de fondo entre el nacionalismo revolucionario, teorizado por Krutwig en Branka (N de EHS: Revista de Txillardegi) y abrazado por Etxebarrieta en escritos posteriores, con el frente nacional txillardegiano (N de EHS:Txillardegi fundador de ETA representante de la linea culturalista y anticomunista, expulsado en la V asamblea).
 Puede decirse que en ninguna parte la ETA de la V Asamblea se manifestó «comunista», ni «marxista-leninista», a pesar de que muchos de sus miembros pudieran serlo. Los puntos aprobados y elevados por Txabi a ideología oficial de ETA, podían haber sido suscritos en su mayor parte por los del Grupo Socialista (grupo de Txillardegi), que además no renunciaba en absoluto al activismo armado, sino a la fotocopia del guerrillerismo tercermundista.


No es extraño, por lo mismo, encontrar muchos puntos de coincidencia, entre esta «ideología oficial» y los pasos previos, las acciones militares en proceso ascendente, el aprovechamiento de la legalidad, la lucha en la vida cultural etc. Es decir, el pensamiento político definido también por los de Txillardegi, en sus informes o en Branka(Revista de txillardegi). Además, la ponencia ideológica, que resumió los trabajos teóricos de la V Asamblea, hablaba de «guerra revolucionaria», dentro de una estrategia general de oposición popular y obrera al Estado, en la que la organización se constituía en brazo armado del pueblo, pero no desatendía, insistimos, en absoluto los frentes culturales, económicos, políticos etc.

y de hecho, el texto escrito por Txabi sobre «ideología» no avanzaba más en este punto. Quedaba sin explicarse cómo y cuándo se iba a dar el paso de un grupo armado de apoyo a un ejército popular. En este sentido, la V Asamblea lo que hizo fue poner el esqueleto ideológico, analizar los contenidos históricos del nacionalismo revolucionario (nunca marxismo-leninismo) el porqué, para qué y cómo aplicados al caso vasco. Y ahí es donde el socialismo (N de EHS: Socialismo humanista lo llamaba el para contraponerlo a su odiado marxismo leninismo, casualmente así tambien se denomina "socialista humanista" el lider de ETA Mikel Antza hijo de otro componente del grupo de Txillardegi) de Txillardegi veía dogmatismo marxista en quienes aplicaban soluciones ajenas a casos propios y a cambio pedía seguir avanzando en la estrategia política.

Ni en la incomprensión del grupo marxista, ni en el desánimo del socialista estaba la solución. Txillardegi, quizá aquejado del síndrome del corredor de fondo, acusó la soledad en el esfuerzo y estimó que era imposible reordenar una vez más el rumbo. En cuanto a sus adversarios dentro de la organización estimaron, tal vez un tanto superficialmente, que practicaba un exceso de culturalismo, o que resultaba demasiado prudente para aquellos «tiempos de revolución».

Txabi fundador con Krutwig
del nacionalismo revoluciorio
Es posible que la presencia del exiliado de Bruselas, en la segunda sesión de la V Asamblea, hubiera servido para modificar algunas de sus conclusiones. Quizá también habiendo tenido ocasión de presentar un grupo más numeroso, los socialistas hubieran aumentado las posibilidades de acercamiento. Seguramente una reunión, una entrevista, antes o después de la asamblea, entre Txabi Etxebarrieta y Txillardegi hubiera servido, para una negociación de posiciones, para impedir la ruptura. O para evitar el drástico rechazo de la mayoría durante la asamblea, a todos los puntos «socialistas» y, luego, la precipitada y enfadada dimisión de los miembros del Grupo(NdeEHS según ellos por el triunfo del sector marxista leninista, aunque aquí aclara Espinosa que no lo eran).


Pero esto es algo que nunca podremos saber, porque en cualquier caso los hechos sucedieron de otra manera. Como consecuencia de ello, la baja del Grupo Socialista es uno de los puntos oscuros, sin justificar del todo por ambas partes, de la transcendental reunión de Gaztelu-Getaria. Tras su salida, sólo Julen Madariaga quedaba de aquel reducido grupo de estudiantes, que un día de 1952 decidieron hacer «algo», para sacar al nacionalismo y a la cultura vasca del precipicio peneuvista. 

Los Veintiocho bolcheviques de China

Los veintiocho bolcheviques fueron un grupo de militantes del Partido Comunista de China (PCCh) que dominaron la dirección del partido desde 1930 hasta la Larga Marchaen 1934. El líder del grupo fue Wang Ming. Bajo el nombre de veintiocho bolcheviques se han agrupado tradicionalmente a todos aquellos militantes del PCCh que habían estudiado en Moscú, en la Universidad Sun Yat-sen de Moscú, establecida en la Unión Soviética para formar a jóvenes chinos en el marco de la cooperación entre el régimen soviético y los dos partidos reformistas chinos de la primera mitad del siglo XX: el propio PCCh y el Partido Nacionalista Chino o Kuomintang, inicialmente aliado con los comunistas hasta la ruptura en 1927.


La denominación de veintiocho bolcheviques procede en realidad de una confusión histórica. No es posible identificar a veintiocho personas concretas como miembros de este grupo, y los intentos de atribución de identidades varían según las fuentes. Tampoco este nombre designa a un cuerpo organizado de líderes trabajando conjuntamente, sino a un grupo difusamente caracterizado por su apego a la ortodoxia comunista soviética.
El historiador chino Wang Yunsheng1 atribuye el origen de la expresión a una reunión de estudiantes de la Universidad Sun Yat-sen de Moscú en el verano de 1929. En esa reunión habrían participado veintiocho estudiantes, muchos de los cuales decidieron allí unirse oficialmente al Partido Comunista de China. Sin embargo, la identificación de esta reunión con todos los dirigentes comunistas chinos de formación soviética sería errónea, pues no todos los participantes en la misma se unirían al partido. Paradójicamente, Wang Ming, considerado el líder del grupo, ni siquiera estuvo presente.

Debido a la formación soviética de estos jóvenes chinos, la Unión Soviética apoyó a Wang Ming y sus colaboradores para dirigir el Partido Comunista de China, que había sido fundado con apoyo soviético en 1921, y dependía para su organización y financiación de la Komintern, la organización internacional de apoyo a movimientos comunistas financiada desde Moscú.
El asesor de la Komintern Pável Mif apoyó la subida al poder como secretario general del partido de Wang Ming, en detrimento del anterior líder Li Lisan. El relevo de poder se produjo durante la IV Sesión Plenaria del VI Congreso Nacional del Partido Comunista de China, en 1930.
A pesar de las reticencias de otros miembros del Partido Comunista de China, el apoyo soviético sería crucial en el ascenso al poder de Wang Ming y sus más cercanos colaboradores, agrupados bajo ese impreciso nombre de veintiocho bolcheviques.
En noviembre de 1931, Wang Ming se trasladó a Moscú, donde sería el representante del PCCh ante la Komintern, no volvería a China sino hasta 1937. La dirección del partido en China pasaba entonces a otro de los veintiocho bolcheviques: el joven dirigente Bo Gu, de 24 años.
Los reveses militares sufridos por el PCCh tras la ruptura de la colaboración con el Kuomintang y las campañas anticomunistas del nuevo hombre fuerte de ese partido, Chiang Kai-shek desde 1927, llevaría a los dirigentes del partido a establecerse en la provincia sureña de Jiangxi, donde Mao Zedong había establecido una zona controlada por el Partido Comunista, llegando a fundar la República Soviética de China como embrión del nuevo estado chino que los comunistas deseaban establecer.
El acoso del ejército de la República de China, dominado por el Kuomintang y por la figura de Chiang Kai-shek, llevaría finalmente a los líderes del partido a abandonar la zona de Jiangxi, dando comienzo a la Larga Marcha. Durante esta expedición la autoridad de Bo Gu y del asesor de la Komintern, el alemán Otto Braun sería cuestionada por las bases del partido. Algunos miembros del grupo, en particular Zhang Wentian y Wang Jiaxiang, pasarían a apoyar a Mao Zedong, especialmente a partir de la histórica Reunión de Zunyi en 1935, donde por vez primera se debatió si a los Veintiocho bolcheviques les correspondía realmente liderar al PCCh.
La paulatina, pero indetenible, subida al poder de Mao tras la Reunión de Zunyi marcaba el final del liderazgo político efectivo de los veintiocho bolcheviques y de su cohesión como grupo. Algunos de los jóvenes líderes llegados de la URSS apoyarían decididamente a Mao, mientras otros se limitaban a acatar su autoridad para evitar pugnas internas; en adelante, la Comintern se resignaba a dejar la dirección del PCCh en manos de líderes que carecían del adoctrinamiento ortodoxo soviético. En el fondo la Reunión de Zunyi suponía el inicio del distanciamiento entre los comunistas chinos y los soviéticos que culminaría en una hostilidad abierta muchos años después, cuando, ya después de la victoria comunista en la Guerra Civil China, se produjo la Ruptura Sino-Soviética.
El líder del grupo, Wang Ming, acabaría viviendo en el exilio en Moscú, enfrentado abiertamente al régimen de la República Popular China de Mao Zedong. Durante la época de la Revolución Cultural, momento de máxima tensión entre China y la Unión Soviética, el papel histórico de los veintiocho bolcheviques sería atacado con dureza, acusados de dogmáticos, ser muy influidos por la URSS, y de tener muy poco conocimiento sobre las circunstancias políticas reales de China.
Debido al origen accidental del nombre, es imposible establecer una lista definitiva de identidades. Los siguientes 29 nombres suelen aparecer en la mayoría de las menciones a los veintiocho bolcheviques: Wang Ming, junto con su esposa Mèng Qìngshù (孟慶樹), Bo GuZhang WentianWang JiaxiangYang Shangkun, Chén Chānghào (陳昌浩), junto con su esposa Dù Zuòxiáng (杜作祥), Shěn Zémín (沈澤民) y su esposa Zhāng Qínqiū (張琴秋), Hé Kèquán (何克全), también llamado Kǎi Fēng (凱豐), Xià Xī (夏曦), Hé Zǐshù (何子述), Shèng Zhōngliàng (盛忠亮), Wáng Bǎolǐ (王寳禮), Wáng Shèngróng (王盛榮), Wáng Yúnchéng (王雲程), Zhū Āgēn (朱阿根), Zhū Zìshùn (朱自舜, mujer), Sūn Jìmín (孫濟民), Sòng Pánmín (宋盤民), Chén Yuándào (陳原道), Lǐ Zhúshēng (李竹聲), Lǐ Yuánjié (李元杰), Wāng Shèngdí (汪盛荻), Xiāo Tèfǔ (肖特甫), Yīn Jiàn (殷鋻), Yuán Jiāyōng (袁家鏞) y Xú Yǐxīn (徐以新). Este último sería una figura destacada, pero cuya vinculación con el comunismo chino no sería total. Por esa razón, algunos historiadores han utilizado la denominación "veintiocho bolcheviques y medio" para estas 29 personas.

28 julio 2015

Fotos de EL EJERCITO POPULAR de MONGOLIA




Ernst Thälmann

El mito sudista como paradigma del mal

Resultado de imagen de negros sudistasMientras que en los Estados Unidos comienzan cuatro años de conmemoraciones de batallas y acontecimientos relacionados con la Guerra de Secesión, un debate sorprendente toma gran amplitud: el papel jugado por los negros en las tropas confederadas. 

Todo empezó en el otoño de 2010. El Museo de la Confederación en Richmond, que vendía en su tienda soldados de plomo sudistas de raza negra, los tuvo que retirar de la venta. Su director, John Coski explicó claramente el motivo: la presencia de estas figuras en el museo había sido la causa de muchas presiones y amenazas efectuadas tanto en su contra así como a su personal. Unas semanas más tarde, se propuso un nuevo libro de texto en algunas escuelas de Virginia, que provocó la ira de los defensores de la corrección política y una fuerte campaña de intimidación dirigida a su editor para poner fin a la propagación de la obra. ¿Cuál fue el crimen de Joy Masoff, su autora? Ella se había atrevido a escribir que varios miles de soldados negros se pusieron el uniforme gris. 

¡Y eso no es todo! En las últimas semanas, el alcalde de la pequeña ciudad de Monroe, Carolina del Norte, ha prohibido a una asociación para la defensa del patrimonio histórico sudista erigir un monumento conmemorativo. ¿Fue sobre la base de que podría perturbar la paz racial de la ciudad? No, en absoluto… De hecho, lo único que el monumento quería testimoniar era la muerte, en las filas de los soldados confederados, ¡de diez negros nativos de Monroe! 

Numerosos ejemplos tan sorprendentes como esos podrían seguir siendo mencionados. Ellos muestran que la Guerra de Secesión americana no se analiza en términos históricos, sino en términos ideológicos, incluso cuasi-religiosos. La “verdad revelada”, que no es posible discutir, es simple: los ejércitos de la Unión compuestos por demócratas filántropos emprendieron contra los sudistas una guerra justa, con el único propósito de liberar a los esclavos torturados por amos racistas e intolerantes. 

Sin embargo, una de las consecuencias del movimiento Black Power de los años 70 fue la creación en las universidades estadounidenses de muchas cátedras de estudios afroamericanos, algunos de cuyos titulares han participado recientemente en amplios estudios sobre el comportamiento de los negros en el Sur, esclavos o libres. 

Lo que nos dicen es apasionante y socava muchos esquemas. 

Así, John David Smith, profesor de la Universidad de Carolina del Norte y Charlotte señala: “Las causas de la guerra civil no fueron, como ahora se cree, la esclavitud y la supremacía blanca, sino el no-respeto por parte del Estado federal de los derechos de los Estados federados.” Earl James, conservador del museo de Raleigh, donde está a cargo de las colecciones de historia local y afro-americanas, por su parte, aunque es negro, afirma que es absurdo decir que ningún afro-americano se opuso a los ejércitos de la Unión y afirma que “debido a una relación especial entre la tierra y su gente, el patriotismo sudista se había desarrollado entre los esclavos de las plantaciones.” Otro historiador negro, Roland Young, dice no estar sorprendido por todo esto. Él explica que la mayoría de los negros “en el sur, si no todos, apoyaron a su nación. De esta manera, demostraron que era posible separar el rechazo a la esclavitud y el amor a su patria.” 

Ed Smith, un académico que ha trabajado mucho sobre el tema, por su parte considera que es imposible juzgar con ojos contemporáneos la realidad de la sociedad sudista de la primera mitad del siglo XIX y la complejidad de los vínculos que unían a blancos y negros y que les hizo solidarios frente a los invasores del norte. 

Sin embargo, la negación de la participación de tropas negras en los ejércitos del Sur no es nueva. El historiador Ed Bearrs la data a partir de 1910. En cuanto a Erwin Jordan, otro experto en la materia, sostiene que la reescritura de la historia comenzó desde la derrota de los confederados, y explica que “Durante mis investigaciones, he encontrado muchas listas de prisioneros negros redactadas por oficiales nordistas. Nos damos cuenta de que estos afro-americanos dijeron que eran soldados de la Confederación y que en una segunda fase, esos términos fueron tachados y reemplazados por siervos, criados, etc. “ 

De hecho, hubo cerca de 65.000 negros que sirvieron en las filas de la Confederación y 13.000 de ellos participaron en uno o más combates. Las unidades birraciales eran frecuentes y sólo al final de la guerra se organizaron regimientos monocromáticos. El historiador Ervin Jordan también señaló que si el Sur hubiera ganado la guerra, se habría dispuesto del ejército de color más grande del mundo y que esto, sin duda, habría cambiado totalmente el futuro de los EE.UU. no permitiendo con ello la aparición de la segregación y del racismo contemporáneo. 

Este racismo estuvo también totalmente ausente de las filas de los veteranos confederados, como lo demuestran dos ejemplos. En 1913, durante el 50 º aniversario de la Batalla de Gettysburg, una reunión de veteranos de la Unión y la Confederación se organizó. Los iniciadores – del norte – de la ceremonia habían planeado tiendas de campaña para los soldados negros de la Unión, pero no había podido preparar para los del Sur. Sin embargo, muchos confederados negros aparecieron en el lugar y compartieron las tiendas de sus hermanos de combate blancos, mientras que los nordistas, a su vez, practicaron en su campamento la segregación racial… También, en 1914, cuando un monumento en honor de los soldados confederados muertos en acción fue erigido en el cementerio militar de Arlington, el escultor se encargó de representar a varios soldados de la Confederación negros mezclados con sus compañeros blancos. 

Esto fue hace casi un centenar de años atrás, en una época en que la policía del pensamiento no existía, o apenas. Ahora nos imponen lo que debemos pensar, incluso si ello es contrario a la mera verdad histórica. 

¡Los soldados negros del Sur tratados mejor que los del Norte! 

Los soldados negros de la Confederación recibían exactamente la misma paga que los soldados blancos, o sea 11 dólares mensuales. 

En las tropas de la Unión, un soldado afroamericano ganaba 10 dólares al mes, de los que se realizaba una deducción de 3 dólares para pagar por su uniforme y equipo, lo que hacía que al final solo ganase 7 dólares. Los soldados del norte de ascendencia europea recibían por su parte 13 dólares cada mes y ninguna deducción se hizo en su salario. 

Además, los especialistas negros estaban pagados generosamente por el ejército del Sur y, a veces, ganaban salarios más altos que el sueldo de un oficial sudista.