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02 julio 2015

El falso argumento de la lengua como causa de la nación. Xabier (II)

Si en algún lugar se ha dado una identificación entre lengua y territorio ése es, en efecto, Alemania. Diutischemi lande, esto es, Deutschland, se documenta en el Annolied, hacia el año 1085, con el sentido, es evidente, de «tierra donde se habla la lengua del pueblo». Sin embargo, sólo se empieza a declinar como nombre propio a partir de finales del siglo XVI. La difusión del nombre alemán de Alemania debe mucho a la Reforma. A pesar de la antigüedad de la palabra, «La expresión Deutschland y el adjetivo deutsch no tuvieron ninguna significación jurídica y constitucional antes de que, en 1815, el Congreso de Viena creara la Confederación Germánica (Deutscher Bund)Federación de Estados alemanes».Se trata, por lo tanto, de un término que sólo en el siglo XIX se dotó de contenido político (que diran los etnocentristas vascos!!). Por otra parte es significativa la oposición ontológica entre Deutschland (el país donde se habla alemán) y Welschland (el país donde se habla una lengua extranjera, es decir todos los demás), que se mantiene hasta pleno siglo XX.
Recordemos también que el Deutschland über alles, escrito por Hoffmann von Fallersieben en 1848, continúa siendo el himno nacional alemán y que en una estrofa,  suprimida en la versión oficial, mantiene que Alemania se extiende «desde el Maas (Meuse) hasta el Memel, desde el Etsch (Adigio) hasta el Belt». Otro prototipo de nacionalista alemán anterior a Francfort es Ernst Moritz Arndt (1769-1860). A él se atribuye la letra del Lied des deutschen Vaterland (1813) según el cual Alemania también se extiende hasta donde resuene la lengua alemana. El caso es que sólo diez años antes Arndt había defendido una Europa constituida por estados con «fronteras naturales». Entre los criterios para establecer estas fronteras figuraba, en primer lugar, el acceso libre al mar de cada Estado y sólo en segundo lugar las divisiones lingüísticas.
Resultado de imagen de Ernst Moritz Arndt


 Cualquiera que contemple un mapa lingüístico de Europa de principios del siglo XIX, infinitamente más complicado que el actual, se apercibirá de inmediato de que resultaba imposible constituir países homogéneos, como no fuera en islas diminutas. En realidad las ideas de Hoffmann von Fallersieben (y las de Arndt en 1813) constituyen sólo una de las varias tradiciones del nacionalismo alemán. Otros autores concebían a Alemania como la continuación del Santo Imperio Romano de la Nación Alemana, no como un conjunto de territorios con una lengua común. El alemán comparte con los demás nacionalismos europeos el peso del historicismo. Así se explica que hasta la creación del II Reich (1871-1918), e incluso más tarde, la conveniencia de integrar o no a Austria en Alemania enfrentara a los partidarios de una Gran Alemania (Grofideutschland, que incluiría importantes minorías de lengua no germana) con los partidarios de una Pequeña Alemania (Kleindeutschland, del que de todos modos se suponía que reuniría también a los checos de Bohemia y a los polacos de Prusia). Incluso en pleno furor racista del III Reich (1933-1945), el filósofo austriaco Othmar Spann (1878-1950) seguía reivindicando la herencia del Sacro Imperio, es decir el I Reich (800-1806).
Sacro Imperio Germanico

La moderna división administrativa de Bélgica se ha realizado en función de criterios lingüísticos. En realidad «Flandes» (Vlaanderen) es un nombre geográfico e histórico, no lingüístico, que abarca territorios de los actuales Países Bajos, Bélgica y Francia, incluyendo zonas de habla francesa. Por eso es habitual hablar de un «Flandes valón» —contrapuesto en Francia al «Flandes marítimo»—, es decir, aquella parte del antiguo condado en la que se habla la variante valona de la lengua de oil. La utilización de la palabra «Flandes» en el sentido de «parte de Bélgica donde se habla neerlandés», incluyendo las provincias de Limburgo y Amberes y el distrito de Lovaina en Brabante (el de Nivelles quedó para Valonia y el de Bruselas bilingüe) y, por tanto, la oposición entre «flamenco» y «valón», no se remontan más allá de 1830. En cuanto a Waionie, se trata de un neologismo, creado al parecer por François-Joseph Grandgagnage en 1844 para referirse a las zonas belgas de habla francesa. A pesar de su cuestionable origen (en Bélgica además del valón se hablan otros tres dialectos franceses —el picardo, el lorenés y el champañés— y el valón es hablado no sólo en Bélgica sino también en Francia y en Luxemburgo), el concepto de «Valonia», como el de «Flandes», ha triunfado de manera absoluta. Bruselas ha quedado como una isla francófona en territorio flamenco, motivo de disputa permanente entre dos nacionalismos.
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En Vasconia también se produce aparentemente una identidad total entre lengua y territorio

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