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24 julio 2015

El falso argumento de la lengua como causa de la nación. Xabier (VI y última)

viene de:
http://euskalherriasozialista.blogspot.com.es/2015/07/el-falso-argumento-de-la-lengua-como_49.html

   El caso más llamativo es el de los judios, Stalin  clasificó a los judios como nación desde 1928. En 1970 en la URSS había 2.150.707 judios rabanitas y 4571 caraítas. La lengua materna del 82% de los caraitas y el 79.5% de los rabanitas era el ruso. Sólo el 17,7% de los rabanitas hablaba yiddish y sólo el 12,8% de los caraítas hablaba karaim (lengua túrquica con elementos hebreos).
Ya se ha hecho alusión a la pérdida de una lengua. Supongamos que partimos de la premisa de que una nación queda definida por el territorio que posee una lengua propia. Supongamos también de que hay constancia de que la lengua considerada «nacional» se hablaba antiguamente en zonas donde ya no se habla. ¿Hasta cuándo hay que retroceder en el tiempo para asignar a una nacionalidad unos territorios concretos? No se trata de una pregunta retórica. Algunos nacionalistas vascos reclaman para sí territorios donde no se habla vascuence desde hace siglos. Uno de los inspiradores de la primera ETA, Federico Krutwig (1921-1998), anexionaba a Vasconia una amplísima área, de Burdeos a Zaragoza y de Santander a Lleida, en la que, según él, se había hablado euskara en los últimos dos mil años. Pero Krutwig no está solo en sus divagaciones. Y por lo menos es de suponer que en la mayor parte de su Gran Vasconia se habló algo parecido al vascuence. Un nacionalista gallego radical, Manuel Zebral, reivindica la reconstitución de lo que él llama Franja Occidental de la Península Pirenaica o Portugaliza, con las Gallaecia, Lusitania y Vettonia de la época romana, cuando todavía no se hablaba en absoluto gallego. Pero los que más lejos han llegado en sus elucubraciones fueron los llamados «cananitas», que reivindicaban para Israel el área en el que se supone que se hablaba hebreo hace nada menos que cuatro mil años, es decir, el territorio entre el Nilo y el Éufrates.
Al lado de Krutwig, Zebral y los «cananitas» casi parece asumible la propuesta de François (Francés) Fontan (1929-1979), fundador del Partido Nacionalista Occitano, de considerar como territorio constituyente de una nación aquel en el que una lengua dada se hablaba hacia el año 1700. ¿Por qué precisamente el año 1700? Porque es entonces cuando se acelera el declive de la lengua occitana. Pero las lenguas son objetos mutables y la fecha que más conviene a un nacionalismo puede ser la que menos convenga a otro y así ad nauseam. Si seguimos a Fontan, la nación catalana se extiende por lo menos hasta Monzón, pues en el siglo XVII el catalán se pierde en gran parte de Aragón. Apercibiéndose de paradojas semejantes otro conocido autor etnista, el también occitano Guy Héraud (1920-2003), corresponsal de Fontan y que influirá también en los primeros años de ETA, consideraba exagerado hacer retroceder la historia de Europa hasta 1700 y se contentaba con detenerse hacia el año 1900. Claro que según se elija el año 1880 o el 1920 media Navarra pertenecería a la nación vasca o a la española ya que por esas fechas se acelera el proceso de pérdida del euskara en esa provincia.

Aunque no puedo evitar regocijarme con las paradojas históricas —y los nacionalismos dan mucho juego para ello— no quisiera dar la impresión de que estoy defendiendo la idea de que las naciones son algo que se pueda inventar  poco menos que con una varita mágica. Toda conciencia nacional necesita de un lento proceso de elaboración que dura generaciones. Y la posesión de una lengua diferenciada es un elemento que favorece ostensiblemente la «invención de la tradición» de la que hablan Hobsbawm y Ranger.

 En la historia moderna de Europa no hay un nacionalismo que se haya desentendido más de las reivindicaciones culturales que el padano. La Lega Nord de Umberto Bossi llegó a convertirse en una fuerza de masas basándose en un victimismo atroz, presentando a la Lombardía y las demás regiones septentrionales de Italia como explotadas fiscalmente por Roma y el Mezzogiorno. Sin embargo, también el nacionalismo padano empezó reivindicando el uso de las lenguas (o dialectos, según se prefiera) lombarda y véneta. La Liga Veneta en concreto surge de la Societá Filologica Veneta en 1980. Al constituirse la Lega Nord en 1990, agrupando a partidos semejantes de las regiones septentrionales, Bossi decidió debilitar el mensaje étnico-cultural de la Lega Lombarda, el más importante de esos partidos, y sustituirlo por un antagonismo Norte/Sur. Aunque quizá carezcamos de perspectiva histórica para afirmarlo con rotundidad parecen existir indicios que nos permiten suponer que enterritorios de «etnicidad» dudosa, esto es, sin una lengua claramente definida (el Véneto, por ejemplo, y en general la Padania) las organizaciones etnistas han abandonado sus reivindicaciones originarias a favor de otras de tipo territorial o político o puramente fiscal. En cambio en Cerdeña/Sardinia y Friul/Friül ha ocurrido el fenómeno contrario: las reivindicaciones de tipo etnista han sucedido a las políticas y territoriales. Aunque tanto Cerdeña como Friul poseen una lengua propia, éstas no habían recibido la atención primordial de sus movimientos respectivos hasta la década de los sesenta del siglo XX. Podemos concluir diciendo que no resulta nada fácil crear a partir de cero una identidad nacional y que para ello se precisa de un apoyo cultural o lingüístico.

   Los serbios consideran a Kosovo la cuna de su nación, donde fueron derrotados por los turcos en 1389, poniendo fin a su existencia como Estado. A los nacionalistas no suelen importarles en demasía los datos históricos, pero ahí van algunos. Por ejemplo, que Kosovo había sido conquistado por los serbios a los bizantinos en 1186, por lo que sólo estuvo en sus manos durante doscientos años. O que el gran emperador serbio Stefan Duan (1331-1355) se proclamaba en un principio «Emperador de los serbios y de los griegos», título que con el tiempo sustituyó por el de «Emperador y autócrata de serbios, griegos, búlgaros y albaneses». O que en el ejército cristiano de la batalla de Kosovo no solamente había serbios, sino también albaneses, croatas, búlgaros y húngaros. O que, curiosamente, el máximo responsable de la mitificación de la batalla de Kosovo no fuera un serbio, sino un croata, Mavro Orbin, autor de la crónica II regno degli Siavi (1601). El análisis del registro de la propiedad de la tierra de los otomanos en 1455 muestra que todavía entonces la gran mayoría de la población era serbia. La presencia mayoritaria de albaneses en Kosovo data del siglo XVII, debido en gran parte a la emigración constante y masiva de serbios, acelerada desde 1690, y a la mayor tasa de natalidad de los albaneses, mayoritariamente musulmanes . Hoy los serbios de Kosovo (rebautizado Dardania por el recientemente fallecido Ibrahim Rugoya) son menos del 10% de la población y tal vez hayan perdido su patria originaria para siempre. Pero los albaneses más extremistas no se conforman con eso. En la actualidad el Ejército Nacional Albanés/Armata Kombtare Shqiptare (AKSh), con el inapreciable apoyo económico y logístico de Estados Unidos, reivindica también la parte de Macedonia poblada por albaneses (a la que denominan Ilirida, esto es, parte del Epiro griego (llamada Çameria en albanés), los valles de Presevo/Presheve, Bujanovac/Bujanoc y Medvedja/Medvegje, en la Serbia estricta y el sudoeste de Montenegro (Malesia). Si la AKSh llegara a conseguir sus objetivos Macedonia dejaría de existir como Estado, pues sólo sería cuestión de tiempo que Bulgaria, Serbia e incluso Grecia intentaran anexionarse el resto de su territorio.

En algunos casos los «derechos históricos» son incluso más discutibles que los que los serbios dicen tener sobre Kosovo/Dardania. Los italianos de Fiume (hoy Rijeka en Croacia) pretendían descender de colonos romanos y comerciantes venecianos, pero en realidad la mayor parte de ellos eran inmigrantes recientes atraídos por la política de italianización emprendida por Hungría en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial para frenar el nacionalismo croata. En 1861, antes de las campañas húngaras mencionadas, sólo 691 italianos vivían en Fiume. Para 1910 eran ya 24.212, a los que había que añadir los eslavos con apellidos italianos, a los que Gabriele D'Annunzio (1863-1938) y sus secuaces tenían por tales. Éstos son los datos. Por supuesto no pretendo convencer a los fascistas italianos, que todavía en 1992 defendían la modificación de las fronteras de Italia con la antigua Yugoslavia y la restitución de las propiedades de los 350.000 italianos que abandonaron Istria tras la Segunda Guerra Mundial.
Una vez un territorio se convierte en patrimonio de una nacionalidad es una constante en la historia de Europa que las minorías que no se dejan asimilar sean expulsadas. Al fracasar la Megáli Idéa se produjo un masivo intercambio de poblaciones entre Grecia y Turquía. Entre 1923 y 1930 un millón y medio «griegos» (es decir, ortodoxos) fueron expulsados de Anatolia y otros tantos «turcos» (es decir, musulmanes), de Grecia. A decir de Bernard Lewis, una de las máximas autoridades mundiales en la historia de Turquía, en realidad, ese intercambio demográfico «no fue una repatriación en absoluto, sino dos deportaciones al exilio —de turcos cristianos a Grecia y de griegos musulmanes a Turquía».  Además de Grecia, entre 1925 y 1940, de 10.000 a 12.000 turcos emigraron cada año de Bulgaria a Turquía. Entre agosto de 1950 y noviembre de 1951 otros 140.000 turcos fueron forzados a abandonar Bulgaria.

Stalin deportó a Siberia a cientos de miles de alemanes, carelios, chechenos y tártaros, entre otros, a los que acusaba de haber colaborado con nazis. Por citar sólo otro ejemplo más, cuyo recuerdo no suele ser  cómodo para los vencedores en la Segunda Guerra Mundial, hasta 15 millones de alemanes fueron desplazados a partir de 1945 de las antiguas provincias de Prusia oriental, Pomerania y Silesia, hoy pertenecientes a Polonia y Rusia, y de otros territorios como los Sudetes. Varias decenas de miles murieron en las deportaciones.(Rovan, historia de Alemania) Hoy Polonia y Quequia son mucho más homogéneas que hace setenta años. La límpieza etnica no la inventó precisamente Milosevic.


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