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04 julio 2015

El falso argumento de la lengua como causa de la nación. Xabier (IV)

* Doy las gracias a mi director de tesis Emilio Majuelo, tesis de la que forman parte estos articulos que fueron juzgadas por Alvarez junco, Juantxo Madariaga, Josep Maria Fradera, Joseba Aguirreazkuenaga y Xoxe Manoel Nuñez Seixas con Sobresaliente Cum laude.

Pero sigamos con la relación entre lengua y territorio. Uno de los padres de la nación griega, Rhígas Velestinlís (nacido Antónios Kyriazís, Rhígas Pheraíos en katharevousa, 1757-1833), de origen étnico rumano, identificaba Ellás con la totalidad del antiguo Imperio Bizantino, que incluiría los Balcanes, Asia Menor e islas del Mediterráneo, esto es, los territorios habitados no solamente por griegos, sino también por albaneses, valacos, armenios, turcos y otros pueblos, aunque el demótico o romaico (variante coloquial del griego) sería la única lengua empleada en la educación. De la misma manera, los héroes de la sublevación contra los otomanos en 1821, Aléxandros Ypsilántis (1792-1828), por ejemplo, incluían a Serbia y Bulgaria en su Gran Grecia. Está claro que la identidad nacional griega se ha basado mucho más en la religión ortodoxa que en la lengua demótica. Los karamanli, turcófonos cristianos de Asia Menor, fueron siempre considerados griegos. Por el contrario, los musulmanes de Creta, de lengua griega, eran considerados turcos. Ese mismo hecho de que la identidad griega se basara en la religión y no en la lengua o en la «etnia» hizo exclamar al historiador austriaco Jakob Philipp Fallmerayer (1790-1861) que «ni una gota de auténtica y pura sangre griega corre por las venas de la población cristiana de Grecia».

Al hablar de irredentismo griego hay que referirse al concepto de Megáli Idéa («Gran Idea»), acuñado por Ióánnis Kóléttis (1773-1847), un valaco helenizado que llegó a ser Primer ministro de Grecia. Siguiendo a Rhígas y a Ypsilántis, Kóléttis propugnó la reconstrucción del Imperio Bizantino con capital en Constantinopla. Téngase en cuenta que Atenas era «a comienzos de la década de 1840 poco más que una aldea polvorienta». La derrota del ejército griego frente a los turcos en 1922 y la consiguiente pérdida de Esmirna puso fin a la presencia griega en Asia Menor, que había durado tres milenios. Así pereció la Megáli Idéa de Kóléttis, que había condicionado la política del Estado griego durante el primer siglo de su existencia. En Grecia la identificación entre lengua y territorio vino, por lo tanto, impuesta por los acontecimientos. Desde 1922 el nacionalismo griego tuvo que resignarse a imperar sobre aquellos territorios en los que el demótico era la lengua de la mayoría de la población. El sueño de Rhígas Velestinlís de reunir en un mismo estado a albaneses, búlgaros, serbios, rumanos, armenios y turcos se había demostrado que era impracticable.
Tras el abandono de la Megali Idea, la énósis ha sido el objetivo final del irredentismo griego, esto es, la anexión de Chipre. La actividad de los irredentistas de Nicosia agrupados en torno a la Organización Nacional de la Lucha Chipriota/Ethnikí Orgánósis Kypríón Agónistón (EOKA, creada en 1953) llevó en último término a la intervención de Ankara y, de facto, a la partición (taksim, en turco) de la isla (1974), nunca reconocida por la comunidad internacional. Tras la taksim, 200.000 turcochipriotas se desplazaron al norte de la línea verde que divide la isla, zona controlada por Ankara, mientras los grecochipriotas quedaron al sur.  el partido fascista griego Amanecer Dorado, , sigue predicando la énósis.
Para el paradigma de los patriotas europeos, Giuseppe Mazzini (1805-1872), la lengua no desempeñaba un papel determinante en su concepción de nación. En un artículo escrito con motivo de la anexión de Saboya por Francia en 1860 éste sostuvo que «la lengua no es sino uno de los caracteres que marcan la existencia de una nacionalidad». Para desesperación de los patriotas italianos, el hecho de que en Saboya se hablara francés (aunque la lengua autóctona era en realidad el arpitano o francoprovenzal) fue aducido como excusa para justificar su incorporación al II Imperio Francés. Según Mazzini, Dios asignó por límites a Italia «las dos cosas más sublimes que colocó en Europa, símbolo de la Fuerza eterna y del Movimiento eterno, los Alpes y el Mar», es decir, incluía para Italia territorios de lengua arpitana, pero también sarda, retorromance, eslovena, croata, occitana y alemana, entre otras (sin embargo reivindicaba Córcega a pesar de pertenecer a Francia desde 1768 porque en la isla se habla un dialecto italiano). Así sostenía con aplomo que del medio millón de habitantes del Trentino «sólo 100.000 son de estirpe teutónica, no compactos, y pueden ser fácilmente italianizados».
Sigamos un momento con Mazzini. Desde luego, y a pesar de que dedicó cientos de páginas a la cuestión, no parece que tuviera una idea sencilla sobre qué significaba nación o patria. En 1848, a pesar de que decía no conferir ninguna importancia al idioma, definía «patria» como «la comunión fraternal de hombres libres que hablan la misma lengua y que creen en una fe social, que pretenden promover una obra religiosa de mejora moral y edificar en esta fracción de territorio un templo a Dios y a la Verdad eterna». Pero en 1859 sostenía que «la Patria es antes que cualquier otra cosa la conciencia de la Patria [...]. La Patria es la fe en la Patria», sin referirse a la lengua en absoluto. Desde luego, tuviera lo que tuviera en la cabeza, ello no fue obstáculo para reivindicar Túnez —donde, desde luego no se hablaba ningún dialecto italiano— para Italia en 1871
En el caso italiano una de las disociaciones más flagrantes entre lengua y territorio se produce en el Tirol. Napoleón rompió la unidad tirolesa creando el departamento de Alto Adigio (1810-1813), arrebatándolo a Austria y agregándolo al Reino de Italia. Pero, tras el fracaso napoleónico la población de la parte de lengua italiana del Tirol (Trentino) siguió contribuyendo como el que más en la defensa de Austria contra las incursiones del nacionalismo italiano, en 1848, 1859 y 1866. Los propios patriotas italianos no se ponían de acuerdo sobre los límites territoriales de Italia. Por ejemplo, Niccok Tommasseo (1802-1874) pretendía incorporar el Friul, de lengua retorromance, y el Trentino italianófono, pero dejando el Tirol de lengua alemana para Austria. Durante la Primera Guerra Mundial, los católicos y los socialistas eran partidarios de anexionarse sólo hasta Salomo, coincidiendo con los límites lingüísticos, frente a los que pretendían llegar hasta el «sacro confine del Brennero», el límite de los Alpes y, por tanto, de la península itálica. Finalmente fueron éstos los que triunfaron. Los lingüistas Ettore Tolomei y Carlo Battisti recurrieron a la toponimia para justificar la anexión del Tirol meridional: según ellos los nombres célticos, réticos, latinos y ladinos probaban que la presencia germánica era muy reciente y que, por lo tanto, este territorio debía pertenecer a Italia. En 1923, durante el fascismo, se impuso la italianización de los topónimos y apellidos alemanes y ladinos, por medio de invenciones del propio Tolomei. Incluso se prohibió la palabra Tirol sustituida por Alto Adige, el nombre del departamento creado por Napoleón. A diferencia del valle de Aosta, donde con la Liberación se restauró la primitiva toponimia francesa (aunque no la francoprovenzal), en el Tirol del sur estos neologismos fueron oficializados a partir de 1945. Cabe recordar que el Estado italiano no sólo se incorporó territorios donde se hablaban otras lenguas, sino que regiones de habla italiana (el Ticino en Suiza, Córcega y los valles de Tenda y Briga en Francia, San Marino y el Vaticano, además de las minorías italonófonas de Malta, Mónaco, Eslovenia y Croacia) quedaron fuera de la madre patria.
En 1848 el gobierno prusiano concedió la autonomía a Posnania, donde convivían personas de lengua alemana y polaca. Ya se ha insistido en el hecho de que el nacionalismo polaco era en su origen territorial e historicista. Lo que reivindicaba era la reconstrucción del antiguo Reino de Polonia, así que no cuestionaba la integridad de la región. Posteriormente el Parlamento de Francfort la dividiría según criterios lingüísticos, pero «El asunto de Posnania fue único. La idea de utilizar el idioma como la base para tomar decisiones sobre las fronteras nacionales no se planteó en ninguna otra parte durante 1848, y no se volvería a plantear hasta después de la Primera Guerra Mundial». Y aun entonces muchos polacohablantes protestantes (masurianos y Wasserpolacleen) optarían por Alemania.


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