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23 agosto 2015

Apuntes criticos al Independentismo desde el materialismo historico

«Nosotros estamos, indudablemente, por el centralismo democrático. Somos contrarios a la federación... Estamos, en principio, contra la federación, que debilita los vínculos económicos y es una forma inservible para lo que es un solo Estado. ¿Quieres separarte? Bien, vete al infierno, si puedes romper los vínculos económicos, o, mejor dicho, si la opresión y los rozamientos originados por la ‘convivencia’ son tales que corroen y destruyen los lazos económicos. ¿No quieres separarte? Entonces, perdona, pero no resuelvas por mí, no pienses que tienes ‘derecho’ a la ‘federación’.» (Lenin en su carta a Shaumian).

Decimos que este altermundismo, en tanto que «comunismo» sui generis, parte de la evidencia, procedente al parecer del materialismo histórico, de que tanto Euskal Herria, como Galiza, Catalunya, etc, son «naciones», y no fragmentos de una nación, y que, curiosamente, llevan siglos, en algunos casos hasta milenios, con «voluntad» de ejercer una soberanía que poseen «de derecho» pero que, sin embargo, invariablemente, les es negada «de hecho». A España, sin embargo, desde esas mismas coordenadas, no se le reconoce existencia histórica como nación, siendo considerada en esencia como un mero subproducto de la ideología fascista-españolista. Es decir, España se identifica plenamente sin más con el «nacionalismo español», según el altermundismo, y su historia es la historia del «nacionalismo español», cuya trayectoria se resuelve en la represión y sometimiento «imperialista» ejercidos sobre los «pueblos peninsulares» y aún más allá (América, &c.).

Ahora bien, ¿de dónde proceden estas evidencias cuya negación, además, conducen al parecer directamente al fascismo?, ¿es esta concepción, con tales premisas, coherente o compatible lógicamente con el materialismo histórico, según se presume desde la propia consideración altermundista? Veamos.
El materialismo histórico parte, como postulado lógico, ontológico y metodológico frente al idealismo (expresado por Marx en el célebre Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política), del «ser social» como determinante de la «conciencia» (y no al revés), siendo así que esta «conciencia nacional euskaldún», como la catalanista o la galleguista, no se explican por sí mismas si no que requieren, en tanto que fenómenos suyos (y como cualquier otra forma de conciencia), un «ser social» que esté a su base.
Pues bien, ¿son acaso el abertzalismo, como el catalanismo y el galleguismo, formas de conciencia transparentes, y no deformadas, no ideológicas, de la realidad social a la que remiten?, es decir, ¿se encuentran a la base de estas formas de conciencia, en tanto que «ser social» suyo, a «Euskal Herría», a «Catalunya» o a «Galiza» como naciones en efecto ya formadas y en marcha, solo que reprimidas u oprimidas por el «Estado español», según se postula desde el abertzalismo, el catalanismo o el galleguismo?; dicho de otro modo, ¿es la existencia histórica, real, del País Vasco, Cataluña o Galicia como naciones «realmente existentes» lo que determina la evidencia (abertzale, catalanista, galleguista) de su carácter nacional?
Nosotros, desde luego,  negamos que esto sea así: la nada histórica de ese fantástico(nunca historicamente comprobado) ente llamado «Euskal Herría» (lo mismo puede decirse de Galiza o de Catalunya y los Països Catalans) no puede generar la conciencia nacional correspondiente, como tampoco puede brotar de Cataluña o de Galicia al no haberse estas constituido nunca como sociedades políticas soberanas; y es que de la nada, nada sale, siendo así que la formación de esa conciencia nacionalista, que no nacional, hay que explicarla por otras vías.
Pero, además, también negamos, y esto ya lo hacemos ad hominem (siendo este el objetivo fundamental de nuestro artículo), que la afirmación del carácter nacional de estos fragmentos de España pueda proceder del materialismo histórico marxista, un materialismo histórico en el que precisamente dicen moverse tales grupos y facciones «antifascistas».

Y es que, ¿qué pruebas se ofrecen por parte del altermundismo de la existencia histórica, real, de «Euskal Herría», de «Galiza» o de «Catalunya» como entidades nacionales?, ¿qué instituciones, qué formas de organización productivas, administrativas, judiciales, militares, diplomáticas... se pueden ofrecer desde el materialismo histórico que hablen de la existencia histórica de semejantes «naciones»?, ¿en dónde están las pruebas documentales y monumentales de la existencia de tal entramado institucional, con una trayectoria, un curso, que se pueda relatar históricamente, y cuya referencia sean, respectivamente, Catalunya, Euskal Herria, Galiza... como entidades soberanas?
Para el altermundismo, en efecto, y aquí comienzan nuestras sospechas, es suficiente, como prueba de la existencia nacional, con la propia «voluntad» de serlo; es decir, la mera presencia actual de esa «voluntad» de ser nación entre algunas facciones o grupúsculos de esas regiones, es suficiente según este altermundismo (es la suficiencia de un entimema), para hablar de la realidad histórica nacional de «Euskal Herría», Catalunya o Galiza..., siendo así que estas realidades sociales y culturales se revelan de manera prístina, sin ningún tipo de deformación, a través de la izquierda abertzale, del catalanismo republicano y del nacionalismo gallego como formas de conciencia características suyas. Una realidad, además, de la que no se puede dudar, dicen, sin recaer en el fascismo, cosa que precisamente se hace desde toda otra perspectiva política que actúe contemplando la conservación de España como unidad nacional.

Nos encontramos aquí pues, curiosamente, y siempre según el altermundismo, ante formas de conciencia por lo visto completamente depuradas de cualquier deformación ideológica (abertzalismo, catalanismo y galleguismo) que nos informan, a su vez, de un modo cristalino y transparente, insistimos, de la existencia de sociedades arcádicas (autogestionarias, en equilibrio perfecto tanto social, como medioambiental), surgidas in illo tempore, y que llevan luchando siglos, hasta milenios, intentando restaurar, frente al nacionalismo fascista e imperialista, esa soberanía perdida (autogestionaria y perfecta) que el «Estado español» suplantó (aunque se supone no aniquiló).
Ahora bien, desde la doctrina marxista, y aquí comienzan sus claros desajustes con este altermundismo que se dice representativo suyo, no es, desde luego, la mera «voluntad» de los miembros individuales que componen una sociedad lo que explica su surgimiento o constitución, sino que, más bien, es la sociedad un resultado de la acción productiva de los individuos que la componen pero, justamente, con «independencia de su voluntad»:
 «la estructura social y el Estado brotan del proceso de vida de determinados individuos; pero de estos individuos, no como puedan presentarse ante la imaginación propia y ajena, sino tal y como realmente son; es decir, tal y como actúan y como producen materialmente y, por tanto, tal y como se desarrollan sus actividades bajo determinados límites, premisas y condiciones materiales, independientes de su voluntad» (Marx y Engels, La Ideología alemana, L´eina editorial, pág. 17.)

Precisamente la voluntad individual, invariablemente ideologizada, se mueve generalmente conforme a representaciones deformadas de la realidad social, según la concepción marxista, permaneciendo la conciencia individual, por lo menos en las primeras fases del desarrollo social (en rigor en todas, salvo en la fase final), completamente opaca a la realidad de ese «ser social» que, sin embargo, se forma con el desarrollo de la propia actividad productiva individual (como es sabido, esta perspectiva es lo que ha hecho encuadrar a Marx dentro de la llamada «filosofía de la sospecha», junto a Freud y Nietzsche). Una actividad individual siempre enclasada en grupos (clases) cuya estructura imponen una dinámica que desborda completamente la conciencia individual a la que, sin embargo, a su vez, determina: precisamente es justo al final del desarrollo social (nunca al principio) cuando la conciencia individual se refunde con las condiciones objetivas que determinan la propia acción individual, constituyéndose la conciencia de este modo, y como antesala de la revolución, en «conciencia de clase». Dicho de otro modo, la conciencia individual deja de ser ideológica (deformada), justamente, cuando se convierte en «conciencia de clase», que es el paso previo de la abolición revolucionaria de todas las clases.

Una conciencia de clase, por cierto, y esto conviene subrayarlo una y mil veces, en la que no desaparece su sentido nacional (en contraste con lo que muchas veces se ha dicho), sino que lo conserva aunque no al modo burgués:
«Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del poder político, su exaltación a clase nacional, a nación es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía» (Marx y Engels, El Manifiesto Comunista, ed. Endymión, p. 62).
Y es que la «nación», según la concepción marxista, no es un concepto originario, que se forme por la vía de la «voluntad» individual de ser nación, como quiere este altermundismo pseudomarxista (siendo esto, en efecto, una petición de principio parecida a aquella de Moliére de la virtus dormitiva del opio), sino que la nación es un concepto «de clase» y que, como tal, aparece en el devenir histórico como una estructura objetiva bastante tardía, y cuya dinámica envuelve y arrastra a los individuos, insistimos, aún «por encima de su voluntad». En este sentido la nación para el marxismo es, sobre todo, la «nación burguesa» (aunque con vista a su transformación revolucionaria en «nación proletaria»), y es el resultado objetivo de procesos muy complejos que tienen que ver sobre todo con la explotación industrial del medio físico y social, con la «gran industria» capitalista, y todo lo que ello supone (comercio ultramarino, crédito financiero,...).

Precisamente del desarrollo a escala global de la «gran industria», a lomos de la nación burguesa, es de donde proceden las condiciones objetivas, como corolario suyo, para la ulterior constitución del proletariado como clase universal revolucionaria:
«[...] la gran industria universalizó la competencia (la gran industria es la libertad práctica de comercio, y los aranceles proteccionistas no pasan de ser, en ella, un paliativo, un dique defensivo dentro de la libertad comercial), creó los medios de comunicación y el moderno mercado mundial, sometió a su férula el comercio, convirtió todo el capital en capital industrial y engendró, con ello, la rápida circulación (el desarrollo del sistema monetario) y la centralización de los capitales. Por medio de la competencia universal obligó a todos los individuos a poner en tensión sus energías hasta el máximo. Destruyó donde le fue posible la ideología, la religión, la moral, &c., y, donde no pudo hacerlo, las convirtió en una mentira palpable. Creó por vez primera la historia universal, haciendo que toda nación civilizada y todo individuo, dentro de ella, dependiera del mundo entero para la satisfacción de sus necesidades y acabando con el exclusivismo natural y primitivo de naciones aisladas, que hasta ahora existía. Colocó la ciencia de la naturaleza bajo la férula del capital y arrancó a la división del trabajo la última apariencia de un régimen natural. Acabo, en términos generales, con todas las relaciones naturales, en la medida en que era posible hacerlo dentro del trabajo, y redujo todas las relaciones naturales a relaciones basadas en el dinero. Creo, en vez de las ciudades formadas naturalmente, las grandes ciudades industriales modernas, que surgían de la noche a la mañana. Destruyó, donde quiera que penetrase, la artesanía y todas las fases anteriores de la industria. Puso cima al triunfo de la ciudad comercial sobre el campo[...]. La gran industria creaba por doquier, en general, las mismas relaciones entre las clases de la sociedad, destruyendo con ello el carácter propio y peculiar de las distintas nacionalidades. Finalmente, mientras la burguesía de cada nación seguía manteniendo sus intereses nacionales aparte, la gran industria creaba una clase que en todas las naciones se movía por el mismo interés y en la que quedaba ya destruida toda nacionalidad; una clase que se desentendía realmente de todo el viejo mundo y que, al mismo tiempo, se le enfrentaba. La gran industria hacía insoportable al obrero no sólo la relación con el capitalista, sino incluso el mismo trabajo» (Marx y Engels, La Ideología alemana, L´eina editorial, págs. 60-61.)

La «gran industria», pues, impulsada por la nación burguesa (y la nación burguesa por la industria), es el gran demiurgo del Presente político, según el marxismo, un Presente dominado sí por el capitalismo internacional, pero en el que, a su vez, se ponen las bases de la internacionalización de los interes= es del proletariado (y su constitución como «clase universal»), en cuanto que la dinámica industrial desborda los intereses de la propia nación burguesa (plegados y reducidos al círculo del estado burgués). Una internacionalización, en cualquier caso, que tampoco significa para el marxismo, insistimos, la disolución «en sentido cosmopolita» de la nación, sino que el sentido nacional se conserva con la toma revolucionaria del poder político por parte del proletariado (ulteriormente, una vez consumada la revolución, el Estado caería por sí mismo).

Así pues, según el materialismo histórico, la nación se constituye (y no se destruye) en el contexto de la revolución industrial, siendo el imperialismo, como «fase superior del capitalismo», el modo por el que tiene lugar su expansión global.
En definitiva, según el marxismo, es la gran industria lo que conforma a la nación y no la abstracta, tautológica, y vacía «voluntad» individual (y es que fijar la constitución de la nación en la voluntad de serlo es puro idealismo, poniendo a la realidad a caminar de cabeza).
¿Qué tiene que ver pues la nación, tal como es concebida por el materialismo histórico, con esa «nación» progresista, constituida «originariamente» al margen de la industria capitalista, incluso al margen del Estado, sin más?


Ocurre aquí que el nacionalismo burgues (e incluimos aquí especialmente al abertzalismo), lejos de mantenerse en las coordenadas del materialismo histórico, lo que hace es practicar la confusión, además de bulto, entre «nacionalidad» y «nación», categorías bien distinguidas por el materialismo histórico (etnológica una, política la otra), y que en absoluto cabe confundirlas si es que queremos mantenernos en estas coordenadas:
«La nacionalidad no es todavía la nación, sino una agrupación de tribus afines por su idioma y origen, que viven en el mismo territorio. Las naciones surgen al desaparecer la dispersión feudal, en la época del capitalismo ascensional, sobre la base de la comunidad de vida económica, relacionada, a su vez, con la creación del mercado nacional» (Konstantinov, El Materialismo histórico, ed. Grijalbo, pág. 243.)

Y es que, en la perspectiva marxista y en rigor, ¿cómo interpretar pues el carácter nacional atribuido a tales fragmentos regionales de España?, ¿qué es en fin lo que se quiere decir cuando desde el altermundismo se habla de Euskal Herria, Galiza o Catalunya como naciones?
Pues si queremos movernos en las coordenadas del materialismo histórico aparecen dos opciones, no más: o bien (a) se dice nación en un sentido étnico, concibiendo a Euskal Herría, Galicia... como «nacionalidades»; o bien (b) se dice en un sentido nacional burgués, ligado al capitalismo industrial.
En cualquiera de las dos opciones resulta absurda desde el propio materialismo histórico aplicarlas a los fragmentos de una nación ya constituida:
Por un lado, (a) afirmar el carácter étnico de «Catalunya», «Euskal Herría», &c., (o cualesquiera otro fragmento de España) como si tales regiones estuviesen organizadas tribalmente, con sus jefaturas, relaciones elementales de parentesco determinando los vínculos sociales..., como si constituyesen en fin «sociedades primitivas», resulta tan completamente disparatado que no creemos merezca la pena ser discutido. Por otro lado, (b) concebir tales fragmentos como naciones canónicas, como «naciones burguesas» resultado del modo de producción capitalista y desarrolladas al margen de España, es una concepción completamente anti-histórica por anacrónica: ¿es que Catalunya o Galiza, en tanto que poderes autónomos, suponiendo que alguna vez existieran, hicieron la revolución burguesa y están ahora ya en trance y disposición de realizar la comunista? Algunos incluso fijan la constitución «nacional» de estos fragmentos en época preindustrial, incluso en la prehistoria, ¿ya se produjo entonces ahí, en plena prehistoria, la toma del poder por parte de algo así como el «tercer estado» destruyendo el modo de producción feudal?, ¿acaso no sería algo verdaderamente llamativo por extraordinario el que se produjera una revolución burguesa en el paleolítico superior y que, así, una «nacionalidad» amaneciese ya ab initio como «nación»?, ¿y cómo es que Marx, Engels o Lenin, por ejemplo, no tuvieron en cuenta estas «referencias» tan «notables»?
Así, entre el disparate o el anacronismo, camina la consideración «nacional» de los fragmentos regionales de España, no pudiendo justificar de ningún modo su existencia como «nación» desde el materialismo histórico, por más que emic se convoque por parte del altermundismo esta doctrina para ello.

Es más bien el idealismo anarquista (tipo absoluto bakunista o tipo federalista prodhoniano), confundido con el materialismo histórico, lo que alimenta estas concepciones (y es que bajo el «izquierdismo» todos los gatos son pardos). De este modo, al modo idealista ahora sí, se regresa en este punto a ideas sustancialistas, relacionadas con el «autós» griego (auto-determinación, auto-nomía, autogestión) para justificar, vía causa sui, una doctrina que, en buena medida, no es que difiera sin más del marxismo es que se opone frontalmente a él. Un idealismo que se torna muchas veces en sustancialista –es precisamente la «ideología alemana»– regresando a la idea clásica de sustancia («aquello que no necesita de otra cosa para existir»), alineada a la cultura como unidad social originaria (a veces a la raza), para proyectarla sobre el campo político y reconstituirlo (es la «Europa de los pueblos»), derribando imaginariamente las fronteras actuales, desde categorías etno-lingüísticas (por lo demás completamente oscuras y confusas) que hablan de una correspondencia biunívoca entre cultura y estado (una correspondencia que procede del Idealismo clásico –Fichte, Herder–, antagónico al marxismo).

En definitiva, la tesis de la «España plurinacional» es una tesis idealista, incompatible con el materialismo histórico, al basar la condición nacional de lo que no son sino fragmentos regionales simplemente en la «voluntad» de ser nación. Una voluntad, por cierto, procedente de sectores sociales actuales bien reaccionarios (completamente refractarios al socialismo comunista), llegando a formar grupúsculos y facciones (algunas ocupando magistraturas de gobierno en municipios, autonomías, &c..) que no han tenido ningún empacho en apelar, con frecuencia, a categorías como la raza, el adn, el rh, &c. o, directamente a Dios y al «Sagrado Corazón de Jesús», para justificar sus programas políticos facciosos.

16 comentarios:

Anónimo dijo...

Tiro en la cabeza, ratas españolistas

Anónimo dijo...

que profundidad de analisis, estoy seguro que no eres comunista sino un nazi de esos abertzales que ni saben que son nazis.

felder dijo...

lo que realmente nunca ha existido es la libertad dentro de los sistemas comunistas, por eso os producen gangrena los identitarismos de resistencia nacionales, por que gracias a su lucha contra la tirania comunista caisteis como un castillo de naipes hace 2 decadas.

Anónimo dijo...

Te faltó escribir Gora Hitler. Ya que tu nazionalismo en nada se diferencia del suyo.

Anónimo dijo...

Y a ti otro basura chovinista

Gotzon Landeta dijo...

Estimad@s compañer@s, esto es lo que pasa cuando te quedas solo con los 3 primeros referentes ideologicos (marx, engels, lenin), dejas de lado a los demas (stalin, dimitrov...) y rellenas ese vacio leyendo a supuestos "comunistas" españoles, quienes aplicando un analisis erroneo del materialismo historico, acaban haciendole el juego a la burguesia española y su ideal imperialista.

Esta vez se vuelve a caer en el topico más usado por los antimarxistas españoles a la hora de negar la identidad nacional de las diferentes regiones: de que "las naciones se crean con el capitalismo", argumento que viene del erroneo analisis de la cuestion nacional y su tergiversacion, con el que argumentan que los sentimientos nacionales de cada regoin de España son fomentados por la burguesia local y solamente estan ligados a ella.

En contra parte a ello, y bajo el amparo de una supuesta "defensa" del internacionalismo proletariado, estos reaccionarios ensalzan la figura del "pueblo español" (mejor decir "pueblo" que "nacion", porque si no se oleria el tufillo...), pueblo que tras un analisis matarialista e historico se comprueba que no existe. Y es que para esta gente, la poblacion de un terriorio donde las diferentes regiones se han unido y se ha creado el posterior estado mediante el uso de la violencia (conquistas militares), donde conviven varias lenguas, si bien se intenta imponer solo una, y donde la "cultura española" es un producto artificial basado en la cultura castellana con trozitos de las demas culturas en un intento de homogenizar todo el estado,para ellos, esta poblacion se puede costituir como "pueblo".

Y es que una vez que se ha desmontado su tesis y se ha dejado al descubierto su actitud reaccionaria españolista, propia de la burguesia imperialista española, no saben mas que responder con su ultima pataleta: negar la opresion en las diferentes regiones del estado, (desprestigiar el sentimiento nacional con el "si llevan tanto tiempo pidiendolo porque no lo han conseguido") con el que demuestran su mas absoluto catecismo.

Por todo esto y más que no me da tiempo a responder, una vez más, nos encontramos ante la personificacion de lo mas chovinista y reaccionario de la burguesia imperialista española, esta vez, envuelto y disfrazado de un supuesto analisis "marxista". Estos son la verdadera lacra del estado, los elementos mas nocivos e intoxicadores de esta capa, quienes tanto han ayudado en desprestigiar el movimiento comunista en las diferentes regiones y cuyo unico interes es el de estar al servicio del capital español.

Anónimo dijo...

Yo no hablo cómo un nazi letón/lituano/estonio cómo Felder. Patriotismo revolucionario, si. Nazionalismo felderista, jamás.

felder dijo...

yo no veo ninguna coincidencia importante. la alemania de hitler tenia su estado, y su accion militar/criminal era de caracter identitario-expansionista, todo lo contrario al humilde identitarismo de resistencia de la nacion sin estado. tratar por el mismo rasero a quien ataca el nido y a quien lo defiende....

si buscas coincidencias de hitler con alguien....la clave la tienes en el pacto molotov/von ribbentrop.

Anónimo dijo...

coincidiendo con el comunismo la verdad es que nunca habia pensado que los españoles tambien tienen razones como nosotros para defender su estado y nacion como nosotros los vascos.Quizas sea verdad y no seamos una nación, tendre que estudiarlo más, venimos de un franquismo genocida que lo mediatiza todo.
Gracias por hacerme pensar-

Anónimo dijo...

...calad en vuestra cabeza, la boina del muerto, de siglos atrás, levantad murallas, defenderla con fusiles...desuníos, desuníos, viva el egoísmo social, cementerio de la Humanidad.

Pablo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...

el nivel politico ideologico es este, los paradigmas se repiten no solo en la derecha capitalista sino en la izquierda, no hay nivel para contestar al articulo...

Anónimo dijo...

Yo le daba con material y seria historico . Payasadas, Euskalerria existe,es un pais de contrabando. Biba Vasconia.

Gotzon Landeta dijo...

catetismo*