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28 agosto 2015

Apuntes criticos al Independentismo desde el materialismo historico II

* os envío la segunda parte, que había guardado esperando alguna respuesta epistolar, con esta provocación teorica doy por certificado el bajo nivel intelectual de los supuestos "comunistas" abertzales que solo alcanzan a insultar.

«El pequeño-burgués ‘enfurecido’ por los horrores del capitalismo es, como el anarquismo, un fenómeno social propio de todos los países capitalistas. Son del dominio público la inconstancia de estas veleidades revolucionarias, su esterilidad y la facilidad con que se transforman rápidamente en sumisión, en apatía, en fantasías, incluso en un entusiasmo ‘furioso’ por tal o cual corriente burguesa ‘de moda’». (Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil en el comunismo, pág. 40.)
Además, la «revolución» independentista, entendida aplicada a España como descomposición, tampoco es compatible con la praxis revolucionaria comunista, en cuanto que esta, en ningún momento, para la transformación del estado burgués contempla su descomposición previa. Es más, al contrario, la revolución comunista supone la conservación de la unidad del estado para transformarlo de burgués, vía dictadura del proletariado, en socialista. El comunismo es un desarrollo de las contradicciones surgidas en el seno del capitalismo y que no supone en ningún momento la fragmentación disolvente del Estado, sino, insistimos, su transformación revolucionaria pero conservando la unidad. Precisamente la in-dependencia del estado socialista, frente al capitalismo, quedaría mermada si se da «un paso atrás» fragmentario:
«los marxistas no propugnarán en ningún caso el principio federal ni la descentralización. El Estado centralizado grande supone un progreso histórico inmenso, que va del fraccionamiento medieval a la futura unidad socialista de todo el mundo, y no hay ni puede haber más camino hacia el socialismo que el que pasa por tal Estado (indisolublemente ligado con el capitalismo)» (Lenin, Notas críticas sobre el problema nacional, Editorial Progreso, pág. 34.)

Sin embargo, desde esa concepción independentista, impostoramente marxista, pero en realidad idealista, la «conciencia de clase» se identifica, como atributo suyo esencial, con esa «conciencia nacional» fragmentaria (conciencia nacional vasca, catalana, gallega...) por la que la unidad nacional de España desaparece para convertirse en una indefinida, desde el punto de vista unitario, «España plural». Es más, la revolución independentista (con la realización de ese «otro mundo posible»), pasa por la supuesta rehabilitación de esos «pueblos originarios» (que ni siquiera tienen que ver con la etnología prehistórica real, sino que son inventos literarios del romanticismo del siglo XIX), que lo que consigue realmente, no es la internacionalización del proletariado (sobre la base de la nación burguesa industrializada), sino su división contrarrevolucionaria.

Es decir, la «justicia» política abertzale supone, según tal perspectiva, re-situar los límites del Estado sobre los quicios de la cultura, redefiniendo a esta de un modo etno-lingüístico. Así, lejos de fomentar la unidad de acción internacional del proletariado, lo que se produce es más bien su división, promovida en torno a compartimentos «culturales» estanco igual que en las Ex-republicas soviéticas. La «cultura» se convierte así en esa unidad sustancial, autosuficiente, adornada con toda clase de atributos folklórico-literarios, a través de lo que llamaríamos con Adorno la «jerga de la autenticidad» (practicada por el falangismo), y que promueve, en contra del propósito último comunista, la división contrarrevolucionaria de la clase proletaria:
«Tal es la exigencia incondicional del marxismo. Toda prédica que propugne separar a los obreros de una nación de los obreros de otra, toda invectiva contra el «asimilismo» marxista, todo intento de oponer en las cuestiones relativas al proletariado una cultura nacional en bloque a otra cultura nacional supuestamente indivisa, &c., es nacionalismo burgués contra el que se debe llevar a cabo una lucha implacable» (Lenin, Notas críticas sobre el problema nacional, Editorial Progreso, pág. 20.)
En definitiva el secesionismo al que conduce la supuesta «liberación» indepe, apelando a la idealista «autodeterminación», es incompatible con el comunismo de Marx, en cuanto que la supuesta restitución anticapitalista de esos «pueblos originarios» lo que hace es, sencillamente, disolver la unidad de acción del proletariado en su lucha contra el capitalismo en su fase superior imperialista:
«El proletariado no puede apoyar ningún afianzamiento del nacionalismo; por el contrario, apoya todo lo que contribuye a borrar las diferencias nacionales y a derribar las barreras nacionales, todo lo que sirve para estrechar más y más los vínculos entre las naciones, todo lo que conduce a la fusión de las naciones. Obrar de otro modo equivaldría a pasarse al lado del elemento pequeñoburgués reaccionario y nacionalista» (Lenin, Notas críticas sobre el problema nacional, Editorial Progreso, pág. 23.)
Lo que late pues, tras este altermundismo «imagine» es más bien el anarquismo, y no el materialismo histórico y que busca, a la postre, la disolución del campo político en favor de una reaparición (virtual) de la sociedad etnológica (etnicismo, indigenismo...). Así lo afirmará Bakunin con toda claridad:
«¡Abajo con las fronteras artificiales erigidas por la fuerza por los congresos despóticos de acuerdo con las supuestas necesidades históricas, geográficas y estratégicas!. Entre las naciones no tendría que haber más barrera que las que respondieran a la Naturaleza, a la justicia y a las establecidas con un sentido democrático por la voluntad soberana del pueblo mismo sobre la base de sus cualidades nacionales» (Bakunin, Aufruf an die Slawen, apud. Horace B. Davis, pág. 60.)

Lenin en El Estado y la Revolución se ocupará ampliamente de mantener las distancias entre el comunismo y el anarquismo en este sentido, a través de la reivindicación comunista del centralismo. Así, dirá Lenin:
«Engels, como Marx, defiende, desde el punto de vista del proletariado y de la revolución proletaria, el centralismo democrático, la república única e indivisa. Considera la república federativa, bien como excepción y como obstáculo para el desarrollo, o bien como transición de la monarquía a la república centralizada, como «un paso adelante» en determinadas circunstancias especiales. Y entre esas circunstancias especiales se destaca la cuestión nacional... Hasta en Inglaterra, donde las condiciones geográficas, la comunidad de idioma y la historia de muchos siglos parece que debían haber «liquidado» la cuestión nacional en las distintas pequeñas divisiones territoriales del país, incluso aquí tiene en cuenta Engels el hecho evidente de que la cuestión nacional no ha sido superada aún, razón por la cual reconoce que la república federativa representa «un paso adelante». Se sobreentiende que en esto no hay ni sombra de renuncia a la crítica de los defectos de la república federativa, ni a la propaganda, ni a la lucha más decididas en pro de una república unitaria, de una república democrática centralizada.»

E insiste Lenin, más abajo, tomando distancia explícitamente respecto de Bakunin y Prodhon:
«Marx discrepa de Proudhon y de Bakunin precisamente en la cuestión del federalismo (para no hablar siquiera de la dictadura del proletariado). El federalismo es una derivación de principio de las concepciones pequeñoburguesas del anarquismo. Marx es centralista. En los pasajes suyos citados más arriba no se contiene la menor desviación del centralismo. ¡Sólo quienes se hallen poseídos de la fe supersticiosa del filisteo en el Estado pueden confundir la destrucción de la máquina del Estado burgués con la destrucción del centralismo! Y bien, si el proletariado y los campesinos pobres toman en sus manos el poder del Estado, se organizan de un modo absolutamente libre en comunas y unifican la acción de todas las comunas para dirigir los golpes contra el capital, para aplastar la resistencia de los capitalistas, para entregar a toda la nación, a toda la sociedad, la propiedad privada sobre los ferrocarriles, las fábricas, la tierra, &c., ¿acaso esto no será el centralismo? ¿Acaso esto no será el más consecuente centralismo democrático, y además un centralismo proletario?».
E, incluso, critica esta misma confusión («bastardeamiento») entre anarquismo y comunismo, practicada según Lenin por la «renegada» socialdemocracia, un «bastardeamiento» en el que, sin duda, creemos nosotros, recaería nuestro abertzalismo «revolucionario»:
«El oportunista se ha desacostumbrado hasta tal punto de pensar en revolucionario y de reflexionar acerca de la revolución, que atribuye a Marx el «federalismo», confundiéndole con Proudhon, el fundador del anarquismo. Y Kautsky y Plejánov, que pretenden pasar por marxistas ortodoxos y defender la doctrina del marxismo revolucionario, ¡guardan silencio acerca de esto! Aquí encontramos una de las raíces de ese extraordinario bastardeamiento de las ideas acerca de la diferencia entre marxismo y anarquismo, bastardeamiento característico tanto de los kautskianos como de los oportunistas y del que habremos de hablar todavía.»
Concluye Lenin, por fin, terminantemente sobre este asunto:
«El federalismo es una derivación de principio de las concepciones pequeñoburguesas del anarquismo. Marx es centralista. En los pasajes suyos citados más arriba no se aparta lo más mínimo del centralismo.»{




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