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16 agosto 2015

Historia de la V Asamblea

* Ante la idealización, cuando no manipulación de los orígenes de la actual ETA nos vemos en la obligación moral de trazar una linea de demarcación con cualquier junta letras nacional chovinista que sagazmente pretenda desde enfoques supuestamente marxistas-leninistas arrimar el ascua a su sardina (del cantábrico claro). La verdad es revolucionaria (la diga quien la diga).

Entre el 7 y el 11 de diciembre de 1966 se reúne en la casa cural de Gaztelu (Guipuzcoa) la V Asamblea Nacional (Biltzar Nagusia) de ETA. En ella se producirá la primera escisión importante de la organización. La ruptura —de la que surgirán dos organizaciones independientes: la que conservará las siglas ETA y la que pronto pasará a autodenominarse ETA-BERRI, es consecuencia de la reacción de una parte de los militantes contra lo que consideran desviacionismo de la Oficina Política que dirige de hecho la organización desde algunos meses antes(1). A su vez, como pronto se pondrá de manifiesto, la tendencia que resulta mayoritaria en la asamblea es el resultado de la alianza de dos sectores bastante diferenciados: el sector culturalista que, desde su exilio belga, impulsa José Luis Alvarez Emparantza —Txillardegi—, fundador y principal animador ideológico de ETA entre 1959 y 1965; y el que, en torno a jóvenes cuadros como los hermanos Etxebarrieta y José María Escubi, plantea una tercera vía que haga compatibles marxismo y nacionalismo y que pronto (en la 2ªparte de la V Asamblea, celebrada en la Semana Santa de 1967) se hará con la mayoría de la organización.

La caída de José Luis Zalbide, principal dirigente de ETA en el período inmediatamente anterior, el 24 de septiembre de 1965, facilita el acceso a la Oficina Política (O.P.) de un grupo de jóvenes estudiantes, guipuzcoanos en su mayoría, cuya inquietud intelectual y nivel de formación es bastante superior al habitual en los órganos de dirección de la organización. Esa inquietud intelectual se manifiesta sobre todo en su apertura hacia las nuevas ideas que llegan del exterior (entendiendo la palabra exterior tanto en sentido geográfico como en relación a corrientes ideológicas ajenas a los círculos nacionalistas). De manera muy gráfica, Txillardegi definirá a «Erreka» (Eugenio del Río, la persona probablemente más representativa de los aires renovadores del nuevo equipo) como un hombre que «posee una extraordinaria formación para su edad», aunque «da la impresión de no poseer emoción nacional alguna». También forman parte del nuevo equipo «Mixel» (Patxi Iturrioz), enlace de la O.P. con el Ejecutivo, al que pertenece desde la IV Asamblea (verano 1965), en la que, junto con Zalbide, ha abanderado las posturas más avanzadas. Otros miembros de la O.P. son, al menos en vísperas de la Asamblea, Iñaki Zubiaur y Ángel Uresberoeta. Este último había militado anteriormente en ESBA, sección vasca del FLP. Este hecho sería citado como prueba de convicción en la V Asamblea para demostrar que la O.P. había sido «infiltrada» por «los felipes».

ESBA, cuyo principal ideólogo era el abogado donostiarra José Ramón Recalde, futuro consejero de educación del Gobierno Vasco, había introducido en los medios intelectuales y políticos vascos las ideas de lo que por entonces se conocía como «nueva izquierda europea». Bruno Trentin, Lelio Basso, Ernest Mandel, Michel Bosquet («André Gorz»)(2), eran algunos de los más conocidos representantes de esta corriente. Sus trabajos eran conocidos en los medios de la oposición española a través, en particular, de la revista Cuadernos de Ruedo Ibérico, editada en París, que publicó por esta época un número especial dedicado a esos autores (3). Lo que une a todos ellos es la búsqueda de una
tercera vía entre la socialdemocracia —cuya complicidad en las guerras coloniales la había desautorizado a los ojos de la intelectualidad de izquierdas— y la versión comunista oficial de la orientación de la III Internacional. Obras como «El fantasma de Stalin», escrita por Sartre tras la entrada de los tanques soviéticos en Budapest, constituían el punto de arranque de la reflexión crítica de jóvenes intelectuales que, como André Gorz (muy influyente en Txabi Etxebarrieta), buscan, apoyándose más bien en la tradición del austro-marxismo, explicaciones a lo que consideran desastroso. El fracaso, en junio de 1959, de la «huelga nacional pacífica» propuesta por el PCE como vía para el derrocamiento del franquismo, el retroceso electoral de diversas fuerzas reformistas y de izquierda en varios países europeos, no harán sino confirmar la sensación de desencanto que se apodera de esos sectores intelectuales que, con entusiasmose habían adherido al marxismo en los años cincuenta.

Paralelamente, el «boom» económico europeo iniciado tras la victoria aliada en la II guerra mundial alcanza en la primera mitad de la década de los sesenta niveles espectaculares. Los intelectuales de izquierda redescubren en el joven Marx conceptos como el de «alienación» y «enajenación», en un intento de fundamentar la necesidad de la revolución socialista en bases diferentes a la de la pauperización creciente de las masas y la insoportabilidad de su miseria absoluta. El inicio de la rebelión estudiantil que sigue a la relativa masificación de la universidad corre paralelo, por otra parte, al redescubrimiento —en USA— del papel de los intelectuales y estudiantes como aliados naturales del proletariado en la nueva fase del capitalismo —que inmediatamente se bautiza como «neocapitalismo».
Frente a las maniobras de este «capitalismo con rostro humano» que intenta integrar a los trabajadores en la lógica del sistema a través del consumismo, la extensión de la seguridad social y la ideología del «buen patrono», la vía insurreccional leninista resulta, en su opinión, anacrónica y desfasada. La lógica del «todo o nada», piensan, se resuelve siempre en favor de la segunda opción, lo que aumenta la despolitización y el desánimo entre los trabajadores. Por otra parte, la vía socialdemócrata no hace sino apuntalar el sistema, en particular a través de los sindicatos, convertidos en instrumentos de integración del proletariado: Tal es el análisis de que parte la «nueva izquierda» para proponer su alternativa propia.
Los elementos esenciales de ésta son: la necesidad de una lucha gradual por objetivos parciales que, convenientemente encadenados entre sí con arreglo a una lógica anticapitalista, supongan a la larga la conquista de parcelas de poder en la empresa, el barrio, la universidad, etcétera; la intensificación de la lucha ideológica contra la «alienación» capitalista; la salida de la lucha obrera de las fábricas a todos los ámbitos de la vida social; la búsqueda inteligente de aliados entre las capas intelectuales, profesionales y universitarias; la potenciación de un nuevo movimiento sindical, unitario en la base y cuyos objetivos vayan más allá de las meras reivindicaciones económicas.

En España, la distinta valoración de la realidad social del país va a estar en la base del conflicto que, a partir de marzo de 1964, dividirá a la dirección del PCE, provocando la expulsión de Fernando Claudín, Jorge Semprún y Francesc Vicens («Juan Berenguer»). El primero —que había estado clandestinamente en Bilbao en la primavera de 1958, preparando la «jornada de reconciliación nacional», y en Madrid, un año después, en vísperas de la fracasada H.N.P. de junio—había constatado, en un informe presentado al Comité ejecutivo en marzo de 1964, que la realidad socioeconómica del país había experiementado hondas transformaciones que, a su vez, ponían en cuestión la línea oficial del partido. Esta línea se basaba en el convencimiento de que la debilidad y aislamiento del régimen franquista eran tales que bastaría una acción generalizada de cierta envergadura para provocar su hundimiento.
El informe de Claudín, tras circular fotocopiada en los medios intelectuales y universitarios del interior durante algunos meses, es reproducido por el número 1 de la revista Acción Comunista, editada en Bruselas por un grupo de exiliados españoles. Meses más tarde, en uno de los textos presentados en la V Asamblea se considerará a dicha revista como principal fuente de inspiración de la oficina política. De hecho, Eugenio del Río publicará tres años después en dicha revista —bajo el pseudónimo de José Liskar— un trabajo titulado «El proletariado y la cuestión nacional» que ejercerá una poderosa influencia en el grupo que por entonces dirige ETA(4). El principal ideólogo de «Acción Comunista» era por esta época Carlos Semprún Maura («Lorenzo Torres»), hermano de Jorge Semprún («Federico Sánchez»), uno de los tres dirigentes del PCE expulsados en la crisis del 64.

La oficina política va a recoger elementos dispersos de estas corrientes críticas europeas, intentando adaptarlos a la situación de Euskadi. Sin embargo, no llegará a sistematizar esas ideas en una línea política acabada, por dos tipos de razones: en primer lugar, porque la desconfianza creada contra el nuevo equipo por los «culturalistas» que encabeza Txillardegi en el exterior va a precipitar los acontecimientos, provocando la escisión. Y en segundo lugar, porque la situación política general va a cambiar rápidamente, tanto en España como en el ámbito internacional, provocando una variación paralela del tipo de referencias ideológicas.
Aunque Txillardegi desconfiaba de la dirección del interior desde que éste comenzara a rechazarle artículos enviados para su publicación en Zutik —lo que ocurre desde comienzos de 1965, es decir, con anterioridad a la caída de Zalbide e incluso a la celebración de la IV Asamblea—, la influencia del nuevo equipo no es claramente visible hasta el Zutik 41, publicado en mayo de 19666. Lo que se dio en llamar «nueva línea ETA» aparece, pues, en los Zutik números 41,42 y 43, por una parte, y en la ponencia «por una izquierda socialista revolucionaria vasca»(Adjudicada erroneamente a los milis por los ask), que intenta ser un resumen sistemático de las ideas aparecidas hasta entonces, por otra(5).

Tales ideas podrían resumirse, muy esquemáticamente, en los siguientes puntos:
1) La nueva estrategia capitalista hace que no pueda ya considerarse a la miseria creciente de las masas como motor esencial de la revolución (Zutik 42).
2) El real desarrollo económico y la paralela liberalización del régimen franquista suponen el fin de las ilusiones de un derrumbe espontáneo del sistema, víctima de sus contradicciones (Zutik 41).
3) Los pilares del desarrollo español (turismo, etcétera) son frágiles y las contradicciones superestructurales (sucesión, iglesia, ejército, cuestión nacional), muy graves (Zutik 42).
4) El desarrollo económico ha creado una polarización creciente gran burguesía-clase obrera, que apenas deja espacio para las clases medias. Por ello, lo que está a la orden del día es la Revolución Socialista y no cualquier forma de revolución democrática o democrático-popular (Zutik 42).
5) La revolución debe concebirse, no como un acto, sino como un proceso consciente, a largo plazo y en todos los frentes, cuyo objetivo sea la apropiación progresiva de los centros reales de decisión: estrategia de reformas revolucionarias (Zutik 43).
6) Para que esa estrategia triunfe, es una condición previa el logro de la unidad de la clase obrera, dividida hoy por razones políticas, religiosas, idiomáticas, de origen nacional, etcétera (Zutik 43).
7) La existencia del franquismo oscurece la oposición entre el proletariado y determinadas capas burguesas. No hay que rechazar posibles alianzas, pero siempre que sea bajo el programa de la clase obrera, y no al revés (Zutik 43).
8) Los organismos privilegiados para forjar la unidad obrera son las CC. 00. (Comisiones Obreras), siempre que éstas cumplan una serie de condiciones, y en particular la de propugnar una vía de «reformas revolucionarias» tendente a la consecución de realizaciones socialistas parciales (Zutik 43)(6).
Entre el Zutik  32 (publicado inmediatamente después de la IV Asamblea, es decir, en agosto 1965) y el Zutik 43 (publicado un año después) son escasos los artículos específicamente centrados en la cuestión nacional. En el Zutik 38 (publicado hacia febrero de 1966) hay un artículo de «Fernández» (Iturrioz) en el que se considera que «el problema nacional vasco es en realidad un problema social» y en el que se concluye proclamando, frente a quienes pretenden separar ambas opresiones, la necesidad de «un Euskadi socialista».
En el n.° 40 (abril 66), dedicado al Aberri Eguna, se agudiza el radicalismo terminológico: «Euskadi libre no es más que un eufemismo tras el que se ocultan las aspiraciones de los dueños reales de Euskadi»; «Patriota es un término difuso, flexible como un muelle»; «Patria es las fuerzas del trabajo o es traición». El artículo central concluye oponiendo el «socialismo internacíonalista en una sola y libre Euskadi» a los «planes folkloristas, españolistas, nacionalistas, del capital». En otro artículo incluido en el mismo número («Las dos caras») se hablará, sin embargo, del «sistema colonial en Euskadi».
Pero más significativa de los cambios que se están produciendo en ETA sea, quizás, la autocrítica de «Fernández» en el Zutik 41 a propósito de los «errores cometidos como algo propio del origen nacionalista pequeño-burgués de nuestros primeros planteamientos» (en el artículo «Unidad SI, pero qué unidad»).

El único artículo realmente doctrinal sobre la cuestión nacional que aparecerá en esta fase será el titulado «Los tres pilares del Internacionalismo obrero», incluido bajo el epígrafe «nación» en el número 41. Su autor «Txomin» (David López Dorronsoro) considera que esos tres «pilares del internacionalismo» deben ser:
a) La igualdad entre las naciones no debe ser una proclama abstracta, sino concretarse en «la más rigurosa paridad entre las clases oprimidas de las naciones capitalistas».
b) En las naciones dependientes, «la burguesía nacional se encuentra unida a las clases trabajadoras», dado que «junto a factores que las separan existen otros que las unen, impidiendo el desarrollo hacia el socialismo»(7). El principio de igualdad exige, por otra parte, el «reconocimiento total del derecho de cada pueblo a ser soberano». Y ello porque las contradicciones que se producen en la lucha de clases como consecuencia de la opresión nacional no serán superadas hasta que lo sean las causas del problema nacional mismo», dado que «la existencia de un problema nacional impide un eficaz enfrentamiento de clases».
Sin embargo, «el defender la soberanía nacional no implica que busquemos el aislamiento». El nacionalismo burgués «no sólo es contrario a los intereses obreros sino que además está en oposición a las estructuras económicas del mundo occidental. Por ello «el aislacionismo no es ni un programa obrero ni un proyecto realista». Pero las relaciones entre los pueblos se han de decidir «en régimen de absoluta paridad», y una vez que hayan «desaparecido los restos de cualquier dominación nacional».
c) El carácter internacional del capitalismo moderno determina la necesidad de planificar desde ahora la «colaboración internacionalista de las clases trabajadores». Esa colaboración exige, sin embargo, como condición previa, el «reconocimiento de la existencia de Euskadi como nación».
Respecto a la VIOLENCIA —otro de los temas que estarán presentes en la escisión, aunque no con el peso que se le ha querido dar posteriormente— la única referencia explícita de la posición de la O.P. aparece en la última parte de la ponencia «Por una izquierda socialista revolucionaria vasca». Dicha posición podría reunirse así:
El proceso de revolución socialista en base a una creciente profundización de las «reformas no reformistas» no excluye(8) la utilización de la violencia, siempre que se cumplan tres requisitos:
a) que sea limitada, al menos hasta la fase insurreccional, que, a su vez, sólo deberá iniciarse cuando haya realmente posibilidades de llevarla hasta el final;
b) que las acciones partan del nivel de conciencia de las masas en ese momento y contacten con ellas;
c) que la actividad de este tipo sea una entre varias, sin polarizar la atención y energías de toda la organización.
La ponencia antes citada incluye también un capítulo sobre el TIPO DE ORGANIZACIÓN A CONSTRUIR, que fue otro de los temas de polémica con la corriente rival.
Los criterios que deben definir el tipo de organización a construir y orientar dicha tarea se sintetizan en los siguientes puntos:
a) Construcción de un movimiento (no un partido) vasco. El establecimiento de relaciones con grupos del resto del Estado español (o francés) no se descarta, pero siempre que se produzcan en pie de igualdad y sobre la base del reconocimiento del carácter plurinacional del Estado respectivo.
b) Deberá ser un «movimiento al servicio de la clase trabajadora», cuyos intereses específicos defenderá (y no los de la pequeña burguesía u otras clases nacionales). Será un movimiento «subordinado a la clase» y no al reves


(1) Entre 1965 y 1967, los dos principales órganos de dirección de ETA eran el Comité Ejecutivo (C.E.), encargado de la dirección práctica de la organización y máximo órgano decisorio entre asambleas; y la Oficina Política (O.P.), encargada específicamente de la elaboración teórica y política, función que ejercía en particular a través de los diversos órganos de prensa, internos y externos. En teoría, la O.P. estaba subordinada a las directrices marcadas por el C.E. como aplicación de la línea aprobada por la Asamblea inmediatamente anterior.
(2)  El libro de André Gorz «Historia y enajenación», editado por el Fondo de Cultura Económica, sería incluido en una lista de «libros recomendados» aparecida en un Kemen (órgano interno de ETA) publicado poco después de la V Asamblea por la Oficina Política nombrada en la misma y de la que forman parte, entre otros, Escubi y Txabi Etxebarrieta. La lista en cuestión fue redactada por este último y en ella se incluían también una obra de Paul M. Sweezy sobre política económica, «Los condenados de la tierra», de Franz Fanon, y «Genio y lengua», libro publicado en 1935 por el escolapio P. Justo Mokoroa bajo el seudónimo de «Ibar».
(3)Cuadernos de Ruedo Ibérico n.° 8, agosto-septiembre 1966. En el número anterior al citado (julio 66) se incluyen sendos artículos de Fernando Claudín y José Ramón Recalde. Este último iniciará en octubre del mismo año la publicación, en Cuadernos para el diálogo, de una serie sobre la cuestión nacional vasca que tendrá bastante repercusión en los medios políticos de Euskadi. Los títulos y fechas de aparición de los artículos son los siguientes: 1. «El Nacionalismo burgués centralista» (octubre, 1966); 2. «El Nacionalismo burgués autonómico» (enero, 1967), y 3. «La nación popular» (octubre, 1968).
(4) «El proletariado y la cuestión nacional», José Liskar, Acción Comunista n.° 11, agosto de 1969. Este texto será editado como «material de apoyo» por el equipo que dirige ETA en vísperas de la VI Asamblea (agosto, 1970), lo que será citado por el grupo rival como prueba del «españolismo» de dicho equipo. Curiosamente, José Liskar ya se había hecho por entonces la autocrítica por tal artículo, en el que considera haber caído en una «grosera deformación trotskista» y haber aportado argumentos «a quienes se empeñan en mantener en vida la ideología aranista». (La autocrítica, fechada en noviembre de 1969, fue parcialmente reproducida en el número 13 de A. C., publicado en abril de 1971).
(5) En marzo de 1966, tras recibir el Zutik 36, Txillardegi considera que son criticables «los ocho últimos números», aunque en otro texto considera que «el último Zutik vasco fue el n.° 30». Sin embargo, las reacciones producidas contra la «nueva línea» —cuando se produjeron— fueron provocadas por los tres números publicados inmediatamente antes de la escisión (41, 42 y 43). De hecho, la crítica a dicha «nueva línea» realizada por José Antonio Etxebarrieta en el informe «Txatarra» —que sirve de base a la confirmación por la V Asamblea de la expulsión de Iturrioz y Del Río— se centra en esos tres números y otros textos posteriores, nunca anteriores, de la O.P.
Los tres números citados fueron publicados entre mayo y septiembre de 1966. Posteriormente aparecieron dos escritos (»Catecismo de acción sindical» y «Acción en la empresa») que debían ser editados como folletos. La ponencia citada (»Por una izquierda...») fue redactada entre septiembre y octubre de 1966.
(6) Como conclusión táctica, el Zutik 43 propugnaba la participación en las elecciones convocadas por el sindicato oficial (CNS), a fin de copar los cargos de enlaces y jurados. Esta táctica era también defendida por el PCE y por el FLP, en contra de la posición de UGT, ELA-STV, ELA-berri y los grupos sindicalistas cristianos, que propugnaban la abstención.
En el mismo artículo hay algunas referencias a la vieja guardia que seguramente no pasarían desapercibidas por Txillardegi, que para  entonces había ya enviado sus críticas a la nueva O.P. a todas las delegaciones del exterior. Así, la frase: «Algunos de nuestros primeros militantes pensaron que habríamos de ser la fracción militante del movimiento vasco oficial»; o bien: « Hoy los planteamientos tienen que ser por fuerza diferentes a los de hace 5 años. Nuestra postura ante la burguesía nacional no puede ser la misma.» O, sobre todo, el intencionado entreguionado incluido en la siguiente frase: «Nuestra posterior evolución hacia el socialismo, resultado de (...) la condición proletaria de la mayor parte de la base militante —en el interior— y de la evolución de las circunstancias históricas...»
(7) En uno de sus «informes al Ejecutivo» (fechado en julio, 1966) Txillardegi considerará que este artículo de «Txomin» supone «un cierto enderezamiento en la línea del Zutik, si se impone». Este enderezamiento lo intuye Txillardegi en la opinión de «Txomin» según la cual «la existencia de una nación dependiente de otra implica la posibilidad de un planteamiento de cara a la burguesía». Esta frase constituye, según Txillardegi, la «mejor réplica» al «españolismo e izquierdismo» que cree ver en el artículo contiguo de Fernández. Sin embargo, en el contexto general del artículo, la frase de «Txomin» más parece la expresión de una queja ante la existencia de un obstáculo, que una simple constatación optimista de la realidad, que es lo que parece entender Txíllardegi. Para «Txomin» la existencia de la cuestión nacional oscurece las contradicciones de clase(tal como afirmaba Lenin) y por ello hay que remover ese obstáculo —mediante el reconocimiento del derecho a la soberanía— para que quede despejado el camino hacia la revolución socialista, que está ya a la orden del día. Lo que la argumentación empleada en esta época por los hermanos Etxebarrieta ponía en cuestión era justamente que la existencia de un problema nacional fuera un obstáculo para la revolución, considerando, por el contrario, que favorecia el proceso de lucha  por la transformación socialista de la sociedad.
(8)La expresión «reformas no reformistas» (que la O.P. traduce por «reformas revolucionarias») procede del libro «Nouvelle strategie ouvriére et neocapitalisme», del antes citado André Gorz (Michel Bosquet). En el transcurso de la Asamblea, «Miguel» (Xabier Imaz Garai), único representante de la tendencia «cuituralista» que participó en la misma, leyó algunos párrafos del prólogo de dicho libro para demostrar que la O.P. se había «limitado a traducir el libro de Gorz, presentándolo como elaboración propia».

5 comentarios:

felder dijo...

el putadon que tiene que ser darte cuenta en 2015 que has apoyado un movimiento "chovinista"....!

felder dijo...

escribir "guipuzcoa" ya denota algo...hablando de arrimar el ascua a la sardina (del estrecho de gibraltar).

Anónimo dijo...

como siempre EHS imprescindible!!!
politicamente incorrectos sin duda y faltones, pero muy buenos materiales...

felder dijo...

veamos algunos insignes de la rama "no-chovinista".


onaindia
juaristi
teo uriarte
recalde
iturrioz

seguimos?



Anónimo dijo...

Ya que mencionais esos Zutik, podríais subirlos?