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02 agosto 2015

Marx y Engels, la cuestión nacional II

Estas oscilaciones no son, sin duda, más que pasajeras, y la antorcha de la insurrección polaca echa a un lado el espejismo de la revolución rusa. El rechazo de la abstracción se manifiesta en la concepción marxiana del derecho de autodeterminación. Por lo demás, el enfrentamiento en torno al programa de la AIT redactado por Marx, y que reivindica «el restablecimiento de Polonia como uno de los objetivos de la política obrera», pone de relieve la significación nodal de la problemática nacional. Marx y Engels hacen suyo el «viejo principio de la democracia y de la clase obrera del derecho de las grandes Naciones europeas a la existencia autónoma e independiente», y lo defienden en el marco de la AIT. Pero dan de él una interpretación que difiere del origen liberal del principio de autodeterminación. Marx y Engels rechazan su erección como principio absoluto, circunscriben su alcance y su puesto entre los objetivos del movimiento obrero. Según los casos, minimizan o acentúan el valor instrumental de un principio percibido siempre a través y por
la dinámica revolucionaria.

 Es antinómico del principio de las nacionalidades —que «ignora por completo la gran cuestión del derecho a la existencia nacional de los grandes pueblos históricos de Europa»— tal como lo formulan tanto Napoleón III como Bakunin, para el que toda nación es un hecho natural que debe disponer sin reservas del derecho natural a la independencia de acuerdo con el principio de la libertad absoluta. Para Marx, el derecho a la autodeterminación:
1) está circunscrito únicamente a las naciones históricas;
2) tiene un valor subordinado, lo cual significa, según la fórmula de Kautsky, que «el derecho a la autodeterminación se ve [en Marx] subordinado a las exigencias de la evolución general de la que la lucha de clase proletaria constituye la principal fuerza motriz .

 A través de su actitud contrastada ante las reivindicaciones de los eslavos del sur y de Polonia, el proceder de Marx y Engels constituye un sistema coherente que descansa en dos ejes: la teoría del progreso social y las exigencias de la estrategia revolucionaria europea, ejes que son solidarios y complementarios en un discurso cuya unidad aseguran. La perspectiva en que se sitúan Marx y Engels cuando abordan la problemática nacional es la de las transformaciones estructurales que implica el desarrollo del capitalismo: la creación de grandes entidades nacionales, de grandes espacios estatales centralizados, como condición previa para un desarrollo histórico que vaya en el sentido del progreso social. El que la concentración en grandes Estados implique el que, si se da el caso, comprendan una multitud de nacionalidades el algo que nada cambia en los supuestos («no hay ningún país en Europa que no esté compuesto por diferentes nacionalidades colocadas bajo un mismo gobierno... Y, según todas las probabilidades, así será siempre.»). En la perspectiva de la historia universal, para Marx y Engels, la cuestión nacional no es más que un problema subalterno cuya solución vendrá dada automáticamente en el curso del desarrollo económico, gracias a las transformaciones sociales; las naciones viables superarán todos los obstáculos, mientras que las «reliquias de pueblos» se verán condenadas a desaparecer .

 ¿En qué medida y en qué circunstancias es deseable el sostenimiento que se conceda a los movimientos nacionales, y cómo puede insertarse en el marco del proyecto revolucionario? La respuesta, para Marx y Engels, es la coyuntura. Así, sus fluctuaciones respecto a la cuestión polaca están en función de su incidencia en la política internacional. Por lo demás, a partir de los años 1860 la cuestión nacional queda confinada al terreno de la política exterior del movimiento obrero, que Marx concibe, sobre todo al fundarse la AIT (Primera Internacional, 1864), como un terreno de intervención activa. Está dirigida ante todo contra la Rusia zarista, «la mayor reserva de la reacción europea», y los juicios de Marx y Engels sobre los movimientos nacionales se articulan, consiguientemente, en torno a la política del zarismo, según estos movimientos la refuercen o la socaven. Ya en 1848 la exigencia para el movimiento obrero de «una guerra a muerte contra el zarismo» determina la actitud y los enjuiciamientos de Engels: «Derribar el zarismo, suprimir esa pesadilla que pesa sobre toda Europa, he aquí la que según nuestra opinión es la condición primera para la emancipación de las naciones de Europa central y oriental .»(engels)



 Es a partir del otoño de 1867 cuando la virulencia del absceso irlandés, «ese gran crimen viejo de varios siglos», produce una traslación en la problemática nacional, y cuando se dibuja una nueva aproximación a ella. Es el callejón sin salida en el que está acorralado el movimiento obrero por culpa del problema irlandés el que da toda su significación al principio establecido antes de 1848: «Un pueblo que oprime a otro no puede liberarse a sí mismo». Y, desde esa óptica, Engels habla de «la desgracia que constituye para un pueblo el hecho de sojuzgar a otro». Un año antes, en sus instrucciones a los delegados al congreso de la AIT en Ginebra, Marx observaba, guiado más por la intuición que por el análisis: «El movimiento obrero se verá continuamente interrumpido, obstaculizado y retrasado hasta que esa gran cuestión europea quede resuelta .» Es partiendo del caso irlandés que se reenfoca la cuestión nacional, que se descubre el doble obstáculo que hay que quitar de enmedio al interior y al exterior para que el movimiento obrero pueda adquirir su verdadero empuje.
 1) Pesa sobre el proletariado de las naciones dominantes, ya que «la fuerza que necesita un pueblo para oprimir a otro se vuelve a fin de cuentas en contra suya».
 2) Paraliza el movimiento obrero de las naciones oprimidas; la lucha por objetivos nacionales enmascara los conflictos entre clases y sustituye la solidaridad de clase por el egocentrismo nacional. «Durante todo el tiempo que un pueblo viable está encadenado por un conquistador externo, utiliza necesariamente todas sus fuerzas, todos sus esfuerzos, toda su energía contra el enemigo exterior; su vida interna queda paralizada, es incapaz de obrar por su emancipación social (marx).»

Sin embargo, el caso irlandés no constituye un viraje: no es tanto un movimiento evolutivo en la reflexión marxiana sobre la cuestión nacional como una ampliación y una distinta toma de perspectiva. Las posiciones teóricas se añaden a los datos nuevos creados por el desarrollo del movimiento obrero. Si bien el problema de Irlanda permite definir la posición de principio sobre la correlación que existe entre naciones dominantes y naciones oprimidas, y permite incluso asignar al movimiento nacional nuevas funciones, sigue sin embargo siendo manifiesta la negativa a generalizar, a integrar sin reservas la dinámica nacional en la teoría revolucionaria. Engels es explícito cuando, en 1882, reafirma la posición del socialismo internacional: «Dos naciones tan sólo, en Europa, tienen no sólo el derecho, sino el deber de ser nacionales antes que internacionales: los irlandeses y los polacos. Es en el momento en que son realmente nacionales cuando son más internacionales.» Siguen abiertos los interrogantes a los que Marx y Engels se vieron confrontados en la época de la Primera,Internacional a través del caso irlandés. La rápida expansión del movimiento obrero a finales del siglo xix confronta a Engels con los problemas de las relaciones entre la independencia nacional y las exigencias propias del desarrollo del movimiento obrero. Sus tomas de posición se inscriben en la estrategia marxiana de inserción del movimiento obrero en marcos nacionales tal como se definió tras el hundimiento de la Comuna de París que condujo a la disolución de la AIT. El movimiento obrero, el socialismo, tiene que conformarse en el molde de los distintos países, y su capacidad de ordenarse en «poderosas organizaciones nacionales» tiene que ser el supuesto previo de la reconstitución de la Internacional. Engels explica esta estrategia a propósito de la táctica de los socialistas polacos en una carta privada dirigida a Kautsky, y públicamente en 1893, en el balance que levanta del camino recorrido desde 1848 . En base a los cambios que se han producido en el viejo continente, pone de relieve dos hechos aparentemente contradictorios pero que son, de hecho, complementarios. Por un lado, el mapa de Europa, profundamente remodelado, testimonia el afianzamiento de un mundo de naciones; por otro lado, las mutaciones sensibles que se han producido en el movimiento obrero se traducen hasta en la estructura de que se ha dotado la nueva Internacional. Engels reafirma la necesidad histórica de la independencia nacional en una perspectiva precisa: la de los imperativos del desarrollo del movimiento obrero moderno, y concluye: «Sin la autonomía y la unidad devueltas a cada nación, no podría cumplirse ni la unión internacional del proletariado, ni la tranquila e inteligente cooperación de esas naciones en fines comunes .»

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