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02 agosto 2015

Marx y Engels, la cuestión nacional

Para descifrar los presupuestos implícitos y explícitos del proceder de Marx y Engels, es preciso no perder de vista que fue a través de escritos dispares, circunstanciales, a menudo epistolares, como abordaron la cuestión nacional. Legaron, de este modo, un conjunto de puntos de referencia, una perspectiva, claramente definidos, pero también indicaciones desconcertadoras, turbadoras, contradictorias. Estos textos no fueron conocidos por los marxistas de la Segunda Internacional sino parcial y sucesivamente. Al ser desigualmente accesibles y conocidos hacia el cambio de siglo —momento en que la publicación de las obras de Marx y Engels estaba apenas esbozada—, algunos documentos significativos, como los documentos sobre Irlanda, quedaron prácticamente ignorados. Tan sólo unos pocos de los colaboradores más cercanos de Engels, ante todo Kautsky, pudieron familiarizarse íntimamente con el pensamiento y el proceder de los maestros. Añadamos que los marxistas de la época de la Segunda Internacional no conocían el dilema de los «marxólogos»: referirse al conjunto Marx-Engels, o bien distinguir entre sus actitudes respectivas respecto al problema nacional (1). Un escrúpulo como éste, justificable, sin duda, desde el punto de vista de una edición crítica de los textos, hace correr el peligro de introducir separaciones artificiales en lugar de aportar elementos de explicación. Ya que, en ese tándem, gracias a una división de tareas y competencias admitida tácitamente, Engels era el especialista de la cuestión nacional. Por lo demás, los contemporáneos, incluyendo a la misma hija de Marx, atribuyeron a Marx los escritos de Engels, y viceversa. En cambio, incluso una lectura parcial permitiría captar algunos rasgos fundamentales:
 — La posición de Marx y Engels descansa sobre una certidumbre absoluta: la primacía de la clase sobre toda otra categoría histórica. La nación no es más que una categoría transitoria que corresponde a la necesidad del desarrollo del capitalismo y cuyas particularidades y contrastes se irán borrando ya con el desarrollo de la burguesía, hasta desaparecer radicalmente con el advenimiento del proletariado al poder.
 — La ausencia de una posición teórica explícita, la negativa a abordar la problemática de modo autónomo, de concederle un estatuto teórico; en suma, la marginalización de la cuestión nacional en relación a los temas que se sitúan en el centro de su reflexión.
 — La reflexión sobre el hecho nacional —aun cuando las consideraciones generales sean la mayoría de las veces incidentales o conexas— está presente de un modo permanente en sus escritos. Si bien es cierto que Marx y Engels subestiman la importancia que reviste la cuestión nacional y se muestran fundamentalmente optimistas en cuanto a su solución a corto plazo, eso no quiere decir que neglijan la realidad de las naciones, su alcance histórico.

 Su posición no adquiere toda su significación más que si se la refiere a un doble contexto: a) la emergencia y las exigencias del desarrollo de un movimiento obrero autónomo; b) la configuración histórica e ideológica de una época en la que el hecho nacional, fenómeno reciente surgido en la segunda mitad del siglo XVIII, choca y desconcierta, por su novedad, el pensamiento universalista de la filosofía de las luces. La relación con la nación tiende no tan sólo a pasar a primer plano respecto a todas las demás relaciones, sino incluso a sustituirse a ellas, y la nueva colectividad del «pueblo» tiende a encontrar su expresión en un «Estado nacional». No es que la significación del ascenso del sentimiento nacional en su calidad de ideología de la burguesía ascendente sea ignorada o subestimada por Marx. En este proceso, lo que toma en cuenta y considera esencial es la consolidación de las naciones modernas, factor de la dinámica revolucionaria en la fase burguesa de la revolución. En el estadio del capitalismo, el Estado nacional es una formación indispensable, un jalón en la vía del internacionalismo y de la desaparición de los antagonismos nacionales. Las modificaciones que se producen en el mapa de Europa tienen que favorecer la formación y consolidación de grandes naciones viables, de grandes entidades estatales, que son una necesidad histórica, o incluso una condición de progreso, para el mundo civilizado en su conjunto. Sin embargo, la viabilidad real o potencial de una nación no es sinónimo de su necesidad histórica. Dotarse de un Estado nacional o expresar sentimientos nacionales no aporta la prueba de la vitalidad de una nación. Esta reside únicamente en su aptitud para confundir su lucha con el progreso social. La unidad nacional no es un objetivo en sí, no es más que un valor instrumental en la medida en que su realización permite a la clase obrera concentrarse en sus verdaderos intereses de clase.

El joven movimiento obrero había hecho suyo este orden de prioridades. En Alemania, los movimientos obrero y nacional, nacidos simultáneamente, nó eran competidores, sino solidarios, y trataban de armonizar sus objetivos. Mucho después de 1848, la unidad alemana fue considerada por Wilhelm Liebknecht, y luego por todo el movimiento eisenachiano, como algo previo a la emancipación de los trabajadores . Son tanto la visión histórica de Marx y Engels como su lucha las que ordenan los temas, definen la actitud, iluminan el discurso y, sobre todo, los silencios marxianos sobre el problema nacional. La interrogación irá ampliándose en el curso de los decenios, será modificada a medida que se vayan precisando los datos. Cambiará el acento, se ampliará el horizonte sin que se pongan en cuestión las premisas formuladas en el Manifiesto comunista. Sin embargo, la reflexión sigue subordinada a la acción. Es la historia en marcha la que dibuja la trama del análisis de Marx y Engels y les obliga a definir sus posiciones tácticas respecto a un problema considerado contingente, la cuestión de las nacionalidades, pero que a pesar de todo constituirá un momento significativo de su proceder. Las circunstancias en que esa cuestión irrumpe en la escena europea, en el momento de la revolución de 1848, las formas que adopta, condicionan ampliamente las posiciones políticas de Marx y Engels. Se alinean, por lo demás, con las de la izquierda europea, para la que la revolución hubiera debido promover «la liberación y la unificación de las naciones oprimidas y desgarradas», Alemania, Italia, Polonia y Hungría. La izquierda es entonces nacional, y ser nacional en Europa occidental y central viene a significar ser de izquierda, en la medida en que realizar la unidad nacional supone que se tiene que romper el sistema surgido del congreso de Viena y de la Santa Alianza. Esta posición, evidentemente, no toma demasiado en cuenta las «múltiples nacionalidades más pequeñas que pueblan el sudeste de Europa» y cuya existencia es muy poco conocida o se ve deliberadamente ignorada en nombre de una filosofía de la historia. Las reivindicaciones de las nacionalidades consideradas como «pueblos de campesinos sin burguesía, incapaces de desarrollar una cultura y una vida política propias» se ven subordinadas, si no sacrificadas, a los imperativos y los objetivos de la revolución europea.

Un contexto histórico enmarañado, la pesada hipoteca rusa, eje de la Santa Alianza, la ambigüedad de la política de los revolucionarios —sobre todo la del gobierno revolucionario dirigido por Kossuth—, modificaron, ateniéndonos a las explicaciones de R. Rosdolsky, el curso de los acontecimientos y motivaron las reacciones inicialmente desconfiadas de Marx y Engels ante las nacionalidades, especialmente ante los eslavos, y, luego, su condena en términos violentos y categóricos en la Nene Rheinische Zei- tung . Estos severos juicios referentes a los eslavos del sur no conocerán revisiones sustanciales en el período post-revolucionario. A lo pasional sucede lo racional: un esfuerzo de análisis, una mayor precisión en el proceder, permitirán la cristalización de los problemas. En los años 1850-1860, el estudio de la cuestión de Oriente, en el que Marx y Engels atribuyen, en unos primeros tiempos, a los pueblos cristianos del imperio otomano el papel de portaestandarte de la civilización, marca su ruptura con una visión romántica de la causa de las naciones oprimidas, visión que no habían abandonado desde 1848. A partir de entonces, Marx y Engels asumen la tarea de neutralizar las tendencias de los socialistas a dejarse guiar por el sentimentalismo, y los ponen en guardia contra «los filisteos que se inflaman por las nacionalidades». El apoyo «sentimental» de Palmerston a las pequeñas naciones provoca sus sarcasmos; el principio de las nacionalidades proclamado por Napoleón III se ve violentamente condenado como una treta del paneslavismo.
Su posición se basa en un postulado preciso: la historicidad de los conceptos de opresión y emancipación nacional. La emancipación nacional cuenta menos por sí misma que por sus consecuencias. Ni las formas de lucha, como la insurrección, ni los objetivos proclamados constituyen criterios de enjuiciamiento. Del mismo modo, la importancia reside menos en la fuerza motriz y hegemónica de esos movimientos que en el papel histórico que asumen . Durante los años 1860-1870, siguen considerando revolucionaria la lucha por la unificación de Italia y de Alemania, aun cuando se cumpla para el interés de clase exclusivo de la burguesía y se realice por medio de «ejecutores testamentarios» de 1848 tan conservadores como Bismarck y Cavour. Su actitud hacia la causa polaca, que goza de un prejuicio favorable en la izquierda europea y en el movimiento obrero, permite medir su rechazo de lo emocional, percibir la maduración de los conceptos mutados en posiciones de principio. Polonia, que tiene valor de símbolo —la actitud hacia la causa polaca era, desde 1789, el criterio del compromiso y el ardor revolucionarios—, que tiene valor de ejemplo —identificación de la causa nacional con la de la democracia—, es vista sobre todo bajo el ángulo político y estratégico cuando Marx y Engels postulan «la necesidad de bronce» de su liberación . («El reparto de Polonia es el cemento que liga entre ellos los tres grandes despotismos militares: Rusia, Prusia y Austria. Tan sólo el restablecimiento de Polonia puede romper este ligamen y liquidar, de este modo, el mayor obstáculo para la emancipación de los pueblos europeos .») En dos ocasiones, cuando se dibujan en el horizonte las perspectivas de una revolución rusa, Polonia deja de ser una «nación necesaria» para convertirse en una «nación jodida», ya que pierde su función esencial de muralla contra el zarismo y, por consiguiente, el restablecimiento de una Polonia independiente deja de mostrarse como una exigencia histórica.



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