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30 septiembre 2015

 Política, fútbol y KGB  Comunismo contra imperialismo capitalista

La URSS fue el primer país del mundo en constituir algo así como un ministerio de deportes, el Comisariado Supremo de la Cultura Física, que tuvo su origen en 1920. De este organismo surgió un primer programa para fomentar el deporte en la población y subvencionarlo y también un periódico exclusivo de deportes para fomentar el conocimiento de las diferentes disciplinas deportivas. Ese interés por la cultura física convirtió a la Unión Soviética en una superpotencia deportiva que compitió con Estados Unidos en un duelo sin cuartel. La Guerra Fría extendió rápidamente sus tentáculos al deporte y los terrenos de juego fueron nuevos campos de batalla en los que era importantísimo ganar.
 Para entender la cultura deportiva soviética y su fútbol hay que contar primero como se articuló aquel Comisariado Supremo de la Cultura Física. La manera de centralizar el deporte y organizarlo fueron las SSSR, las Sociedades deportivas voluntarias. Algo así como clubes o escuelas deportivas que agrupaban a todas las disciplinas y por las que pasaron millones de niños. Con sus matices, el sistema era brillante y los resultados y éxitos del deporte soviético fueron espectaculares. Aquellos centros de formación eran capaces de convertir a un esmirriado niño de madre vasca en uno de los mejores jugadores de la historia del hockey hielo: Valeri Kharlamov. En una entrevista en Jot Down el jugador de baloncesto Chechu Biriukov, también hijo de una niña española exiliada a Rusia durante la Guerra Civil, contaba que «la estructura de la Unión Soviética era magnífica para el deporte. Para cualquier deporte». Comentarios similares los han realizado deportistas que se formaron en aquel sistema como Talant Dujshebaev o Dima Popov. Sin entrar en política, objetivamente, era un buen sistema para el deporte base.
Kharlamov
Los clubes de fútbol estaban ligados a esas Escuelas, a su vez auspiciadas por los grandes organismos estales: el Torpedo era el club de la fábrica de automóviles ZIL, el Lokomotiv, el de la red de ferrocarriles, el Dínamo, el conjunto de la KGB, el CSKA, el del ejército o el Zenit, el de los trabajadores de la industria armamentística. Luego, algunos de ellos tenían sus ‘filiales’ fuera de Moscú, en otras repúblicas de la Unión Soviética. Este sistema pretendía también borrar de los equipos cualquier atisbo de nacionalismo o de sentimiento regionalista. No cabía convertir a los clubes en símbolos de la resistencia al poder de Moscú, era preferible que se vinculasen a un sindicato u organización y las numerosas repúblicas del territorio adoptaban también sus propios Dínamos o CSKAS. Las autoridades nunca consiguieron su objetivo, de hecho era un secreto a voces que en las concentraciones de la selección soviética de fútbol de los años ochenta los rusos iban por un lado y los ucranianos por otro. Lo mismo ocurría con las disputas del potente Dinamo de Kiev ucraniano con los clubes moscovitas en el campeonato liguero, que generaron muchas tensiones políticas dentro del Partido Comunista. Cuando el Aranat de Ereván armenio ganó la liga soviética en 1973 un sentimiento nacionalista invadió toda la república y lo mismo había ocurrido en Georgia con el Dínamo de Tiflis en 1964.
 Todos los equipos representaban a algún estrato concreto de la sociedad soviética excepto el Spartak de Moscú. La nota discordante del aquel entramado. Para algunos rusos ser aficionados del Spartak era una forma de decir no al sistema. Era el club del pueblo, Narodnaya Komanda, bautizado Spartak en honor a Espartaco, el gladiador que intentó libertar a los esclavos de Roma.  El Spartak estuvo asociado a los trabajadores de la industria alimentaria, a la cooperación industrial o al distrito de Red Presnya, pero sin ningún éxito. Aquello nunca caló entre la gente. Era el equipo del pueblo, de la gente oprimida, y al Estado aquella pieza de Tetris nunca le encajó correctamente. Curiosamente, el secretario general del Partido Comunista de la glásnot (‘apertura’) y la perestroika (‘reconstrucción’), Mijaíl Gorbachov, también era aficionado del Spartak. Se solía decir en la Unión Soviética que los niños eran seguidores del CSKA de Moscú mientras duraba su infancia, luego cumplían 18 años y eran llamados a filas obligatoriamente... En el ejército comprobaban la cruda realidad y dejaban de ser hinchas del CSKA para pasar a engrosar las filas de seguidores del Spartak.
 La relación de la KGB con el fútbol existió desde su inicio. En realidad, el cine y la literatura han inmortalizado estas siglas, quizá menos populares en la Unión Soviética, gracias a su pugna con la CIA. El Comité para la Seguridad del Estado, que es lo que significa KGB, surgió en 1954 pero antes fue lo mismo con otros muchos nombres: Cheka, GPU, OGPU, NKVD, MGB… El Dinamo de Moscú, el equipo del Ministerio del Interior, de la policía, fue fundado en 1923 por Félix Dzerzhinsky, fundador también de la Cheka, la organización de inteligencia política y militar cuyo único objetivo era eliminar y liquidar todo movimiento contrarrevolucionario. Depurar a los enemigos del régimen. En realidad, Dzerzhinsky rebautizó un club anterior que había sido fundado por dos empresarios textiles ingleses, los hermanos Charnock, y borró todo rastro previo.
El GPU, con su Dinamo ganó la primera liga soviética en 1936. Parecía claro quién movía los hilos dentro de la Unión Soviética y eso era lo que se reflejaba en los terrenos de juego.
 La memoria de Félix Dzerzhinsky, Félix de Hierro, es todavía venerada por los nostálgicos soviéticos y en el museo del FSB (aunque todo el mundo siga llamando a la agencia de inteligencia rusa la KGB) se exhiben su máscara mortuoria en bronce y su espartana mesa de trabajo… Todo lo contrario sufrió su estatua de homenaje, que fue derribada en la revuelta occidental contra el régimen gorbachoviano de 1991. No dejaba de ser un símbolo de la purga política. Ahora la monumental figura de hierro se encuentra relegada a un parque periférico con menos visibilidad, aunque dirigentes políticos actuales, vinculados a Putin, alaban públicamente a Félix Dzerzhinsky, pese a encabezar el Terror Rojo y ser la mano ejecutora de Stalin.
 El Dinamo de Moscú fue el primer club de fútbol que fundó el estado comunista. El director de la policía soviética más vinculado al fútbol fue, sin duda, Lavrenti Pavlovich Beria, que también fue presidente del Dinamo de Moscú, además de jefe del servicio secreto, el NKVD, hasta que murió ejecutado en 1953 condenado por ser un agente imperialista.
 Beria siempre estuvo obsesionado con el fútbol, deporte que practicó a buen nivel. El georgiano fue un extremo izquierdo (no podía ser otra cosa) durísimo, un perro de presa con grandes condiciones físicas. «¿Quizá un pelotón de ejecución sería una buena defensa?», le espetó al entrenador de su Dinamo de Moscú tras una derrota. No acabó ahí su reprimenda, le mandó seguir, investigar y hasta le encarceló sin motivo. Futbolistas que le habían plantando cara en el campo de fútbol o árbitros que le mostraron cartulinas amarillas en su época de jugador también sufrieron su ira cuando alcanzó el poder. Y eso que habían pasado décadas desde los incidentes en el terreno de juego.
Estatua de Starostin
Nikolai Starostin, extraordinario jugador de fútbol y de hockey hielo, fundó el Spartak para competir con el Dinamo que dirigía Beria. Ambos habían tenido sus más y sus menos ya de jugadores y por aquel enfrentamiento Starostin terminaría preso. Solamente el hijo de Stalin, Vasili, pudo sacarle de Siberia, aunque fuera para darse el capricho de que entrenara a su equipo. Para los oligarcas rusos, modernos o antiguos, tener bajo su mando un club de fútbol resulta irresistible. Aunque oficialmente figura como fundador del Spartak Ivan Artemiyev, a él le acompañaron un pequeño grupo de deportistas entre los que destacaban Nikolai Starostin y sus tres hermanos pequeños que fueron quienes verdaderamente impulsaron a la institución.

 Esa disputa deportiva, política y personal entre Beria y Starostin alcanzó su cénit en 1939. El Spartak y el Dinamo se enfrentaron en unas semifinales de Copa. El equipo del pueblo derrotó al del ministerio del interior en un derbi moscovita apasionante. Beria, fuera de sí, movió los hilos en la federación y borró todo rastro de la derrota de su equipo programando una repetición del choque, aunque el Spartak ya había ganado la final copera. Los rojiblancos volvieron a ganar la semifinal y el dirigente de la policía secreta intentó asesinar a Starostin, que tuvo que ser protegido por otras personalidades importantes de la cúpula dirigente del partido comunista y sobre todo por su popularidad. Hubiese sido un escándalo de dimensiones enormes.
Beria terminaría llevando a juicio a la estrella del Spartak, que fue detenida en 1942 junto con sus tres hermanos. Les acusaron de algo tan improbable como de conspirar para matar a Stalin. Pese a que el caso fue desestimado, Nikolai Starostin terminó diez años en un gulag siberiano acusado de hacer apología del deporte burgués. En 2003 se desclasificó un documento en el que se revelaba que la condena había sido en realidad por el robo y posterior venta a su beneficio de material deportivo en las tiendas que debía supervisar. Esos trapicheos a pequeña escala en el mercado negro soviético eran algo normal y Beria aprovechó cualquier excusa para condenarle. Incluso ordenó que borraran de los pies de fotos de la historia del Spartak a los cuatro hermanos Starostin, que pasaron a ser anónimos.
Cuando en 1948 el hijo de Stalin llevó de vuelta a Moscú a Starostin para entrenar a su equipo, el de las fuerzas aéreas soviéticas, el VVS, Beria montó en cólera y le dio 24 horas para huir de la ciudad. Vasili Dzhugashvili, el hijo de Stalin, y el mandatario de la policía secreta mantenían una pugna por el control del juego así que el exfutbolista se había convertido en un arma arrojadiza. El entrenador tenía que dormir en la misma cama que su protector, que además de contar con su guardia personal custodiando el domicilio se acostaba con una pistola debajo de la almohada. Así lo hicieron la primera noche con la amenaza de Beria impidiéndoles conciliar el sueño, luego la presión se fue relajando. Ya sin compartir cuarto, aunque sí la seguridad del domicilio del hijo de Stalin, Nikolai Starostin escapó por una ventana de su jaula de oro para ver a unos familiares y fue cuando la policía logró detenerle. Terminó de nuevo desterrado, en esta ocasión en Kazajistán, donde siguió entrenando con gran éxito. Cuando ejecutaron a Beria todos los hermanos Starostin fueron amnistiados y Nikolai se convirtió en seleccionador de la Unión Soviética, además de convertirse en presidente del Spartak hasta 1992.

1 comentario:

Wasconiae Eterna dijo...

Excelente artículo.