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01 octubre 2015

El partido que ganó el comunismo, Inglaterra 3-Hungria 6

Ese duelo futbolístico entre ideologías, más simbólico que otra cosa, quedó plasmado en un solo partido que se disputó el 25 de noviembre de 1953 en el legendario estadio de Wembley ante 105.000 espectadores. Hungría ganó 6 a 3 a Inglaterra. El comunismo contra la democracia capitalista. La FIFA todavía le considera uno de los mejores encuentros de fútbol de la historia de este deporte.
 La derrota fue un shock para los ingleses que nunca habían perdido un partido jugando como locales. Los Mágicos magiares llevaban tres años invictos y eran el equipo del momento, Inglaterra, absorta en su engreimiento, miraba poco hacía el resto del mundo y su fútbol se había quedado estancado.

El cineasta Jean-Luc Godard nos dejó una frase mítica al respecto del encuentro: «El comunismo existió una vez. Fue en el estadio de Wembley: Hungría ganó 3 a 6 a Inglaterra. Los ingleses jugaban individualmente, los húngaros practicaban el juego colectivo». En realidad, uno de los referentes de la nouvelle vague cinematográfica estaba un tanto equivocado y nada fue lo que pareció en aquel duelo futbolístico.

Los dos capitanes, Billy Wright y un rechoncho Ferenc Puskas intercambiaron banderines y se dieron la mano antes de comenzar el choque. Era el partido del siglo, así lo habían denominado pomposamente en la prensa, siempre con tendencia a la exageración: The Match of the Century.
Sebes
Los deportes se habían convertido en parte de una gran lucha ideológica. Una pelea simbólica aunque en ocasión también ocasionaba efectos reales. El gobierno húngaro también se apoderó de los clubes de fútbol para pasarlos por el filtro soviético. El director técnico de la selección magiar, Gusztav Sebes, era a su vez un destacado miembro del gobierno, un político de oratoria incendiaria. Sebes había vivido en Francia en donde había destacado como líder sindicalista en las huelgas de las fábricas de Renault en el París de los años treinta. «La amarga lucha entre el capitalismo y el comunismo se realiza no sólo entre nuestras sociedades sino también en la cancha», explicaba claramente sobre el poder aleccionador de su selección. Gustav Sebes definía el juego de su selección como «fútbol socialista en el que todos tienen que hacer de todo».  El Aranycsapat, el equipo mágico húngaro, desde 1950 había cosechado en 23 partidos, 20 victorias y solamente tres empates. Muchos de los triunfos por amplias goleadas ante las selecciones más potentes del planeta. Habían ganado los Juegos Olímpicos de 1952, aunque todavía no reconocían el profesionalismo de sus futbolistas. Sus jugadores figuraban nominalmente como amateurs, aunque el régimen les compensaba con empleos en el Estado bien remunerados: Puskas era mayor del Ejército, Bozsik era diputado, etc. Pero se dedicaban al fútbol por completo.
El fútbol no sólo se veía como una pelea entre Oriente y Occidente, servía también para interpretar correctamente las tesis ideológicas de Karl Marx y Vladimir Lenin. La derrota de la selección soviética ante los ‘renegados yugoslavos de Josip Broz Tito en los Juegos Olímpicos de 1952, por ejemplo, se mantuvo como un secreto de Estado y no se mencionó en los medios soviéticos hasta después de la muerte de Stalin en 1953.

El llamado Partido del siglo, entonces, no sólo era sobre el fútbol, también era un elemento integral del enfrentamiento simbólico entre dos ideologías rivales: imperialismo capitalista versus comunismo.
                                  
 El gran drenaje de Wembley absorbió toda el agua que había caído en la víspera. La lluvia respetó el partido y se contuvo por unas horas. El ambiente que se encontraron en Londres los magiares fue tremendo y por unos instantes quedaron impresionados. Los periódicos habían calentado mucho a los aficionados y el griterío era ensordecedor. Simplemente con aquel apoyo, los locales pensaron que bastaría para vencer. El capitán inglés, Billy Wright, incluso llegó a declarar unos días antes que iban a ganar sin problemas.
Antes de comenzar el choque el público se rió porque Puskás realizó un calentamiento gimnástico similar a los que se realizan hoy en día, pero que entonces era algo que nadie había visto y provocaba la carcajada. Pronto se quedaron mudos.
 Tras los desfiles y protocolos, a las 14.17, con dos minutos de retraso, comenzó el partido. A los 57 segundos Hungría había marcado el primer gol, a los 28 minutos ya ganaba 1-4. Los magiares vencieron 3-6, pero pudieron conseguir un triunfo todavía más amplio. El centrocampista inglés Syd Owen creyó haber «jugado contra extraterrestres».
Meses después, Hungría perdió contra Checoslovaquia, y Puskas fue suspendido de por vida por la Asociación Nacional de Fútbol de Hungría por «pereza en el campo de juego». Lo perdonaron unos meses después.

El partido de Wembley influyó en los dos países más allá de lo deportivo. En Hungría se agotaron las radios para seguirlo. Por un lado rompió esa moral de hierro de los ingleses que vieron como su Imperio entraba en decadencia. En la película húngara ‘3-6’ (1999) del director Peter Timar se puede ver como los guardias de una cárcel se abrazan felizmente con los prisioneros políticos después del pitido final. Timar establece un vínculo directo entre el partido de fútbol y la revolución húngara de 1956, como no podia ser de otra manera ahora. 
En lo futbolístico el choque supuso un cambio definitivo en el concepto de la táctica y se rompió con todo la anterior. Fue un paso de gigante hacía lo que se denominó mucho tiempo después fútbol total.
Puskas

 De eso se encargaron los magiares. Con una base de jóvenes jugadores del Honved y el MTK Hungaria, entre los que destacaban Puskas, Czibor, Koscis, Nándor Hidegkuti o Bozsik. El resultado de 3-6 no reflejó toda la superioridad de los centroeuropeos en el césped. Hungría disparó 35 veces entre los tres palos e Inglaterra lo hizo en siete ocasiones.

El estilo de juego de los magiares sorprendió a los británicos sembrando el desconcierto en su defensa. Los futbolistas húngaros cambiaban de posiciones durante el desarrollo del juego e incluso sus dorsales no se correspondían con su puesto en el campo… Una tontería que despistaba a los ingleses y que nadie había realizado hasta entonces.
 Era un choque de tecnologías en el que parecía que los húngaros venían del futuro; los ingleses no tuvieron ninguna opción. Todo era más moderno en los centroeuropeos: las tácticas, las botas, la preparación específica para un partido, el calentamiento...
En el primer minuto el tanto de Hidegkuti fue todo un preludio de lo que se le venía encima a la selección local. El centrocampista anotó tres tantos ese tarde siendo el primer falso ‘9’ de la historia. Sebes preparó toda una trampa táctica. De inicio Hidegkuti se colocó como ariete, pero pronto bajó al centro del campo para iniciar desde allí el juego e incorporarse al ataque de manera sorpresiva. El central tuvo que salir en su busca y quedó descolocado y perdido durante todo el encuentro. Eran tácticas revolucionarias nunca vistas que cambiaron el fútbol para siempre.
 El “secreto” de aquella aplastante victoria tiene varias explicaciones más allá de la calidad técnica y de las facultades físicas, que en teoría no eran demasiado diferentes o al menos no estaban a una distancia tan  abismal. Como escribiamos antes fue un choque de tecnologías, más que de ideologías. Inglaterra jugaba con un esquema anticuado, la famosa WM (3-2-2-3) y Hungría con un (1-3-2-4) que terminaba evolucionando en el más común de los sistemas en el fútbol: el 4-4-2. Los dos extremos en lugar de ser tan ofensivos se retrasaban, al igual que uno de los delanteros centro, que bajaba a apoyar a los dos interiores. Hidegkuti, dejaba la punta de ataque y retrocedía para armar el juego junto al medio Bozsik. Los extremos (Budai y Czibor) se retrasaban para poblar más el medio campo, sin perjuicio de su misión principal. En punta quedaban los interiores, Kocsis y Puskas.
Los ingleses no habían perdido nunca como locales ante una selección continental, ni en Highbury, donde cedieron su primer empate ante Yugoslavia tres años antes, ni en Wembley, cuyo primer encuentro les midió a Argentina en 1951. Los 131 primeros enfrentamientos internacionales de los pross fueron lejos de su territorio, pero su poderío en casa era algo notorio desde 1923, año en el que golearon a Bélgica (6-1) por fin ante su público. Aquella Hungría que pasó por Londres, sin embargo, logró lo que parecía imposible en el hogar de los inventores de este deporte.
Ese estilo de la “comunista” Hungría que cambió para siempre el fútbol  tenía su origen, como el deporte mismo, en un técnico inglés: Jimmy Hogan. Sus ideas inspiraron a la selección magiar. Hogan había entrenado al MTK de Budapest en los años veinte y sembró allí sus pioneros conceptos. Posteriormente alcanzaría el éxito como técnico llegando a las finales olímpicas de 1924 y 1936 con Suiza y Austria. Su estilo ofensivo y de toque, la Alfombra, como él lo llamaba, quedó como legado en Hungría, aunque no fue comprendido en su país de origen.
 Inglaterra llegó a empatar el partido al cuarto de hora en una buena contra en la que Jackie Sewell aprovechó un pase de Mortenson, alimentando la idea de que el primer gol húngaro había sido una casualidad, un despiste. Poco duró la alegría porque luego llegarían tres goles seguidos de Hungría antes del descanso, al que se llegó con un elocuente 2-4. Y de ahí al 3-6 final, que pudo ser mucho mayor si Hungría no llega a bajar el ritmo, quizá apiadándose un poco de los locales. El colegiado holandés Leo Horn señaló un penalti en el minuto 57 que transformó en gol Alf Ramsey y eso maquilló un poco el resultado final. No hubo más goles.
Bobby Robson, que era entonces un joven espectador en la grada resumió lo que significó aquel día para los ingleses: «Creíamos ser los maestros y ellos los alumnos y fue al revés. No conocíamos a nadie, ni siquiera a Puskas. Nos enfrentamos a marcianos. Nos demolieron».
 Y es que los británicos habían infravalorado al rival. Incluso hubo ciertas mofas con el aspecto chaparrudo de Puskas al inicio del encuentro o con las botas de los húngaros, que estaban cortadas por debajo de los tobillos al contrario que las de los ingleses, más toscas y pesadas. Bill Wright llegó a decirle a su compañero Stan Mortenson antes de empezar el partido: «Nos debería ir bien, Stan, ellos no tienen la equipación adecuada». No podía estar más equivocado.
El equipo húngaro tampoco las tenía todas consigo antes de viajar a Londres poorque habían empatado ante Suecia a dos en un amistoso disputado en Budaspest en el que ofrecieron un juego muy pobre. El seleccionador Gusztav Sebes había entrenado durante tres semanas cómo destrozar las tácticas inglesas, muy previsibles y rígidas, y quizá ante los suecos no habían funcionado tan bien esas pruebas. Mientras el técnico húngaro tenía todo estudiado y un plan, el inglés Walter Winterbottom lo fió a todo a su tradicional superioridad como local.
 El regordete Puskas anotó el gol más espectacular del encuentro, el cuarto de Hungría. El comentarista de radio húngaro Gyorgy Szepesi incluso sugirió instalar una placa en Wembley para conmemorar aquel fantástico tanto. Puskas llegaría a marcar 83 goles en 84 encuentros internacionales con Hungría.
Los húngaros establecieron ese día su dominio definitivo en Europa, convirtiéndose con el tiempo en una de las mejores selecciones de la historia. Solamente Alemania, que acabó con su racha triunfal en la final del Mundial 54 en el llamado Milagro de Berna, y la posterior invasión de la URSS acabaron con aquel mítico once. Aquella selección prácticamente se disolvió tras la Revolución Húngara de 1956. La revuelta cogió fuera del país al Honved, el mejor equipo. Estaban en Bilbao y ningún futbolista regreso a Hungría, por supuesto que se enamoraron del txakoli y la espatadantza. La selección juvenil estaba también en el exterior, en Viena, y tampoco volvió. Los tres referentes del fútbol magiar (Kocsis, Czibior y Puskas) también escaparon. De un plumazo el fútbol húngaro que había dominado Europa desaparecía. Presente y futuro. Las autoridades comunistas, dolidas, dejaron de invertir y de cuidar tanto el balompié. Se acabó el dinero para el balón. Las siguientes generaciones, como Kubala también prefirieron ser profesionales en Occidente y huir del comunismo. De una Hungría invencible se pasó a otra fantasmal. La victoria del Partido del siglo fue el último triunfo de la selección nacional de Hungría en territorio inglés.
La anfrenta de Wembley no podía quedar así. Inglaterra clamó venganza y solicitó una revancha, pensando que la derrota no había sido más que un accidente fortuito, en parte debido a un exceso de confianza. El 22 de mayo de 1954, a un mes de del Mundial de Suiza, se disputó en el recién inaugurado Népstadion, el Estadio del pueblo de Budapest, el encuentro de vuelta. Arbitrado por el italiano Giorgio Bernardi, ante unas 92.000 personas, los ingleses recibieron un rapapolvo brutal: 7-1. La peor derrota de la historia de la selección inglesa. Pedir una revancha como visitantes no había sido una buen idea. El once de los pross tuvo ocho novedades y se cayeron futbolistas como Matthews. Algunos no fueron convocados nunca más con la selección inglesa a partir de la derrota en Londres: Bill Eckersley, Alf Ramsey, Harry Johnston y George Robb. Dio lo mismo. No era un cuestión de nombres sino de estilos. El Imperio Británico se creía superior al resto del mundo, en el fútbol y en otros aspectos. Aquello arruinó definitivamente aquel concepto. Hasta 1950, Inglaterra ni siquiera había participado en la Copa del Mundo, en parte porque consideraban que estaba por debajo de ellos jugar con equipos no británicos. Por eso la derrota ante Estados Unidos en Brasil se creyó que era un error del telegrafista… Luego un gol de Zarra les enviaría de vuelta a casa. La crónica del Times fue de lo más elocuente: «En conmovido recuerdo al fútbol inglés que murió en Río de Janeiro el 2 de julio en 1950, profundamente lamentado por un círculo de amigos y simpatizantes. Descanse en paz. El cadáver será incinerado y las cenizas llevadas a España». El fracaso inglés del Mundial de Brasil, solamente ganaron a Chile en el primer partido, no había sido un espejismo, aunque en la isla lo achacaron al viaje y a otras disculpas y justificaciones vacuas. Las dos derrotas ante Hungría fueron el definitivo baño de realidad.
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 Puskas achacaba el éxito del fútbol magiar de los años cincuenta a los buenos técnicos que tenía en la base. La etapa comunista mimó el deporte y la medicina con muchas ayudas públicas. Había personal formado, con dedicación exclusiva y muy buenas instalaciones. Ser entrenador o deportista era una gran oportunidad, a veces, la única por lo que todos los niños terminaban queriendo ser futbolistas. «Daban botas, equipación, manutención… Era la única posibilidad de destacar en Hungría. ¡Todo el mundo quería jugar por si sonaba la flauta!», rememoraba José Toth Zele en una reciente entrevista en AS. Lo mismo que sucedía en Hungría ocurría en otros países soviéticos. Hoy las instalaciones deportivas están abandonadas y las preocupaciones de los jóvenes son otras.




2 comentarios:

iñigo andres dijo...

Kaixo . He conocido personalmente a puskas..todo lo que decis es bastante subjetivo....no tengais ninguna duda y vuestro planteamiento para con euskalherria me da vergűenza....al final a favor del imperialista...lo que pasa que como otros habeis menospreciado al pueblo vasco que siempre respondera como su propia idiosincrasia le determina...iraultza ala hil!!

Anónimo dijo...

vuelve a la eskola y estudia lo que es imperialismo. Extraer de colonias plusvalias, justo lo contrario que hace euskadi, que saca de los obreros "maquetos" la plusvalia para ser la comunidad más rica de España.