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05 febrero 2016

Carnaval: Idealización o realidad. Antxon Aguirre

EUZKARICHOA
Viva ostegun gizen
Viva iñauterriya
Viva jardineroak
Viva pobre ta aberatz
Munduko gustiya.
(JOSE VICENTE DE ECHEGARAY para la «Comparsa de Jardineros» del Carnaval Donostiarra del 29 de enero de 1818).
El CARNAVAL, CARNESTOLENDAS o ANTRUEJO se designa en euskera entre otros nombres como IÑAUTERIAK, IÑOTERIA, INHAUTERIA, IÑATERIA, IHAUTERI, IHAUTE, IAUTE, o lOTE, según las zonas, o bien ARATUZTEA o ARATOSTE.

No vamos a efectuar un estudio etimológico de estas diversas acepciones y sus posibles orígenes. Para ello están los muy documentados trabajos de Joan Corominas para las castellanas, y de D. Resurrección María de Azkue y D. Manuel de Lecuona para las euskéricas.

El sentido del CARNAVAL todos lo conocemos: son las fiestas populares que se celebran los tres días que preceden al miércoles de ceniza.

Vamos sólo a realizar una serie de reflexiones en base a unos datos obtenidos de nuestros trabajos de campo.

ORIGEN CLASICO DEL CARNAVAL
Está genéricamente aceptado que el origen del carnaval son las Saturnales romanas, si bien se encuentran vestigios anteriores entre los más diversos pueblos, y desde la más remota antigüedad.
Así tanto en Grecia como en el Imperio Romano, en los países teutones y en la sociedad celta, existía la costumbre de pasear un barco con ruedas (carrus navalis) interpretándose encima de él danzas satíricas y obscenas. Tenemos constancia de ello desde el siglo VI a.C. en Grecia, y hacia los últimos años del Imperio en Roma.

Tácito cita las procesiones germánicas, en donde a veces un arado símbolo de Nertha suplía a la divinidad que estaba entronizada en el barco.

En Roma estaba el carro dedicado a la diosa egipcia Isis, propagándose posteriormente su culto a los pueblos celtas y germanos.

Al culto de Dionisos en Grecia correspondióse el de Baco en Roma, celebrándose allí las Bacanales, las Saturnales y las Lupercales. Todas ellas con un denominador común: el paso de unas ceremonias de origen espiritual-religioso, sagrado-ritual, a ser fechas en donde el desenfreno, la sátira y el desorden civil era la norma.


 D. Manuel de Lecuona nos señala al respecto:
«Las lupercales son uno de los números de las fiestas o prácticas de februación o purificación.
Ovidio cuenta entre las februas de las lupercales la torta de harina tostada y sal (...): Torrida cum mica farra vocantur idem (februa).
La gente que en tropel baja por las vías del Palatino se dirige a la antigua cueva, hoy templo, de las Lupercales, donde los pastores tienen establecido el culto de dios Pan, y donde se ofrecen también los sacrificios februales. En ellos se inmola un macho cabrío.
Con la sangre se tiñen de rojo sus caras los sacerdotes; con la piel cubren la desnudez mayor de su cuerpo; fingen luego una lucha entre sí y por fin, salen disparados por todas las calles del Palatino azotando a los que encuentran, con las tiras de piel del propio animal sacrificado.
Y a la carrera siempre como nuestros porreros, buscan sin descanso, no precisamente una víctima en quien descargar sus iras, sino un sujeto sobre quien ejercer la virtud expiatoria de la azotaina.
En otros de los februales: creen las mujeres que sus latigazos les conferirán el don de la fecundidad.
He ahí los hechos».
Los soldados romanos, en las fiestas de las Saturnales, treinta días antes, elegían al más bello de ellos y le proclamaban rey, vistiéndose como tal y proporcionándose sus atributos.

Durante esos días tenía todo el poder como rey sobre los soldados, y el último día era obligado que se suicidase en el altar del dios Saturno, al que representaba. (¿Sería una burla de carnaval lo que nos cuenta el evangelio de San Juan, 19.1 cuando dice: «Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron de un manto de púrpura; y acercándose a él, le decían: «Salve, Rey de los judíos. Y le daban bofetadas»?.)

En Olimpia, Creta, Roma y otras poblaciones de Grecia se inmolaba anualmente a un hombre que representaba a Kronos, o Cronos, que era el equivalente al Saturno de los romanos. Así, en Rodas se le llevaba a las afueras de la ciudad, se le embarraba y se le ejecutaba. Los judíos también cuando celebraban la fiesta de Purim, crucificaban una efigie de Amán, y luego la quemaban.
Otra teoría es la institucionalización de la fiesta en Roma por Publius Hostillius dedicándola al primer santuario en honor a Saturno y cuya liturgia se estableció en el año 217 a.C.. En aquellas calendas se celebraba durante un solo día el carnaval: el 17 de diciembre.

Augusto amplió a tres días dichas fiestas. Calígula a cuatro y finalmente Domiciano las decretó para una semana. Se realizaban fiestas, intercambios de regalos, ferias callejeras, había indultos y amnistías judiciales, se acordaban treguas militares y muchas más actividades.

Es indudable que todo esto perteneció a un rito. Es rito en cuanto se da una periodicidad fija, anual. Es rito en cuanto un acto social, general y nunca individualizado.

Pero su lectura nos lleva rápidamente a hacernos varias preguntas:
¿Nace efectivamente de un contexto religioso, degenerando posteriormente hacia una mayor tolerancia, perdiendo su sacralización, o son los restos de un ritual anterior dedicado por ejemplo a la fecundidad, a la procreación?
¿Puede tener distintos orígenes en distintas épocas para llegar a idénticas actuaciones?

Parece lógico pensar que el comportamiento colectivo de la raza humana, en situaciones semejantes da siempre iguales resultados.
No obstante, y solamente cuando se tengan mayores datos históricos, podremos establecer conclusiones firmes y definiciones categóricas en este tema.
EL CARNAVAL VASCO
En las comunidades rurales, al llegar el mes de febrero los beneficios de la matanza de noviembre empezaban a escasear, pudiendo considerarse de alguna manera el sacrificio cristiano de la Cuaresma como sacralización de esta penuria. El Carnaval era, pues, la última oportunidad del invierno para que los jóvenes efectuaran una cuestación con cuyos beneficios se regalaban un gran banquete. A menudo, toda la fiesta se reducía a esta cuestación y la posterior comida. Aunque la "eskea" o postulación, e incluso el festín perviva en muchos lugares, es evidente que ya no tienen el mismo sentido en nuestra sociedad de consumo.
La primitiva finalidad de la postulación era recoger, a cambio de las canciones y la ejecución del rito, alimentos. Las necesidades alimenticias de la población, no sólo vasca sino europea en general, hasta no hace muchos años eran grandes. Aquí, como en muchas partes del mundo, había una necesidad, raramente saciada, de "hartarse", una especie de ilusión permanente que, con suerte, se satisfacía en contadas ocasiones: bodas, bautizos, fiestas patronales, matanzas de cerdos, o en las aquí citadas postulaciones, e incluso... en los funerales.
El que en la actualidad no exista esta necesidad perentoria de alimentos ha hecho que las "eskeak" pierdan parte de su razón de ser, y en consecuencia tiendan durante las últimas tres décadas a desaparecer. Solamente en nuestros días se han reavivado algunas de estas manifestaciones.
Desde otro punto de vista, el quebrantamiento de las reglas que acompaña al Carnaval tampoco es igual ahora que existen muchas más válvulas para el desfogue y en un ámbito de progresiva secularización.

  "Miel-Otxin" del carnaval de Lanz,
1974. (Fotos G.E.Z.)
  Máscaras esperando en la plaza la llegada de "Miel-Otxin" para matarlo.


Quema de "Miel-Otxin" en la plaza de Lanz, 1974. (Fot. G.E.Z.)
Toda una serie de preguntas nos surgen en este momento:
¿Los jóvenes que salían a postular en el carnaval vasco, tenían algo que ver con todo lo antedicho del carnaval clásico?.
¿Cuándo se cubrían con las primeras ropas que toman en casa, buscaban taparse para que no les conocieran cuando robaban quesos o gallinas para la cena (como nos contaron algunos ancianos que lo hacían) o el travestirse?.
¿Acaso cuando en el carnaval todos los jóvenes de los pueblos navarros de Ituren y Zubieta se ponen sobre sus portalones las blancas enaguas denotan afán de travertirse?.
¿Cuándo encendían una hoguera en la plaza, lo hacían para quemar "los malos espíritus", o hacer fuego en una época en que no había luz eléctrica, para prolongar así más el tiempo del baile y la chanza?.

Antropólogos hay que gustan de explicar nuestras fiestas con parámetros transcendentales, que en nada se corresponden con la realidad palpable de nuestro pueblo. No es lógico pensar que a nuestros jóvenes de antaño les preocupase en el tiempo del carnaval más poéticas razones sobre el "bien y el mal", que las perentorias necesidad de sus cuerpos.

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