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18 febrero 2016

Origenes de la izquierda vasca, El socialismo.(II)



Ideología y acción en el primer socialismo vasco
Como ha quedado apuntado, el socialismo realizó en el País Vasco una amplia labor de movilización y concienciación de la clase trabajadora, al servicio de aspiraciones políticas y laborales que desbordaron el marco de los intereses de partido y electorales. Porque, visto en perspectiva histórica, lo que el socialismo hizo —al margen de la capacidad de sus dirigentes y aun de las motivaciones y ambiciones que les llevaron a la política— fue una labor de dignificación de los trabajadores (y en el caso de los inmigrantes, de integración en una sociedad cuya homogeneidad y unidad internas se vieron súbitamente rotas por la industrialización, el crecimiento y la conflictividad). Por eso que los rasgos ideológicos del socialismo vasco sean tal vez menos significativos que su actividad política y laboral.
Así, lo que definió el primer socialismo vasco —el anterior a la década de 1910— fue su acusada militancia obrerista, que cristalizaría, de una parte, en una política laboral de firmeza y confrontación y, de otra, en una estrategia de aislamiento político y electoral respecto a otras fuerzas políticas democráticas. Perezagua, el dirigente indiscutible del socialismo vizcaíno, hasta la crisis de 1915, fue la encarnación de esa línea. Bajo su liderazgo enérgico, el socialismo vizcaíno  se alineó en la más pura ortodoxia del PSOE, una ortodoxia definida, hasta 1910, por un obrerismo elemental y exclusivista (de inspiración guesdista), por el rechazo de toda colaboración con partidos «burgueses» .


  
Dentro de esos principios, en los que Perezagua creía firmemente —aunque hubo quienes como Felipe Carretero discreparon, pronto, de ellos— hubo un primer elemento diferenciador y propio del socialismo vizcaíno: la acción militante a través de grandes huelgas de masas. Entre 1890 y 1910, Vizcaya conoció cinco grandes huelgas mineras (1890, 1892, 1903, 1906 y 1910) y otros graves conflictos. Los más decisivos para la historia del socialismo vasco lo fueron los sucesos de Bilbao de 31 de mayo de 1891 —huelga de panaderos liquidada con la ocupación de los barrios obreros de Bilbao por la fuerza pública tras la agitación popular por la detención de Perezagua y Cenón Ruiz— y los del 15 de marzo de 1898 en Ortuella, donde tres mineros resultaron muertos por disparos de la guardia foral en el curso de una manifestación. La política socialista —ya que los socialistas protagonizaron todos aquellos sucesos— se identificó así con la tradición de lucha y agitación de los obreros vizcaínos. Las huelgas mineras de Vizcaya tuvieron siempre caracteres violentos:

levantamiento de vías de los ferrocarriles mineros, destrucción de cadenas de mineral, manifestaciones, choques con las fuerzas de orden público, muertos, intervención final del Ejército (cuyos generales mediaron en distintas ocasiones a favor de los mineros: así, Loma, en 1890; Zappino, en 1903, y Aguilar, en 1910). Las huelgas mineras de Vizcaya fueron estallidos de descontento y malestar en demanda de reivindicaciones inmediatas (mejoras en las condiciones de trabajo, aumentos salariales). La violencia fue el resultado de las peculiares condiciones de trabajo en las minas de Vizcaya (abundante mano de obra, trabajo temporal, nó especialización del trabajo, etc.) y de la ausencia de un marco legal de relaciones laborales.  Pero lo importante fue que su presencia al frente de los conflictos hacía que las autoridades, empresas y obreros, vieran en las agrupaciones socialistas, primero, y en los sindicatos, después, la representación real y hasta legal de los trabajadores. Los conflictos mineros de Vizcaya anteriores a 1910 forjaron la tradición socialista en el País Vasco. Después, a partir de la I Guerra Mundial, vendría el relevo metalúrgico, pero con características diferentes. La gestión realizada por el Sindicato Metalúrgico de Vizcaya hasta 1936 —Sindicato que con casi 13.000 afiliados en 1933 era el eje de la UGT en el País Vasco— tuvo ya las connotaciones del sindicalismo moderno: afiliación amplia y controlada, cotizaciones rigurosas, burocracia competente,  negociación, acción huelguística legal y pacífica.
Pero esto, que contribuiría a modernizar decisivamente las relaciones laborales en el País Vasco, fue, como queda dicho, más tarde. Antes, lo peculiar fue aquella excepcional dureza de las confrontaciones laborales en las minas. Y junto a ello, el anticlericalismo. El anticlericalismo del PSOE en el País Vasco fué también consecuencia del medio social vasco: fue una respuesta a la religiosidad verdaderamente excepcional de la sociedad vasca de los años 1880-1936.

  
Ese anticlericalismo impregnó, sobre todo, las publicaciones periodísticas del movimiento socialista, y es claro que no debió gustar a todos. No debió gustar a la dirección del PSOE en Madrid, que no quiso sumarse nunca al anticlericalismo de republicanos, radicales y laicistas; no gustó a Perezagua, que lo vería como una desviación de los verdaderos objetivos de la acción obrera y socialista; y no gustó a algunas personalidades que, por entonces se aproximaban al socialismo, como fue el caso, en Bilbao, de Unamuno. En los años en que lo dirigió Valentín Hernández Aldaeta, el anticlericalismo de La Lucha de Clases, el semanario socialista de Bilbao (es decir, entre 1894 y el fin de siglo) fue un anticlericalismo primario y elemental: sátiras desgarradas y feroces de la religión, del culto católico y de las personas vinculadas a la Iglesia. La intencionalidad política era evidente: críticas a la labor educativa de la Iglesia, identificación de la Iglesia con la burguesía, denuncias de las riquezas de la iglesia, rechazo de la doctrina social cristiana como etica de la resignación y rechazo de la religión, en tanto que incompatible con la idea de progreso.


Pero desde que el joven bilbaíno Tomás Meabe (1879-1915) se hizo cargo en 1902 de La Lucha de Clases el papel del anticlericalismo fue otro. En apenas año y medio, Meabe hizo de La Lucha, como alguien dijo, «una soberbia antología del ateismo». Tal antología incorporaba, desde luego, la crítica de la política social del catolicismo, llevada por Meabe a extremos de acritud inusitados; y no excluía las descalificaciones chocarreras y las mordacidades gratuitas y de mal gusto. Pero Meabe iba mucho más allá que el anticlericalismo al uso. En sus escritos había, claro está, una negación frontal y explícita de la idea de Dios y una inculpación sistemática de la Iglesia como institución. Pero había también en ellos una valoración positiva de la ética cristiana de la fraternidad y una reivindicación de la figura de Cristo, de un Cristo totalmente humanizado del que Meabe subrayaba el sentido social y la idea de solidaridad de sus doctrinas, de la misma forma que revalorizaba, desde su óptica socialista, el espíritu igualitario y revolucionario del cristianismo primitivo.
Fue la suya una verdadera rebelión contra la fe, provocada precisamente por la profunda crisis de conciencia en que le sumió la pérdida de sus creencias religiosas. El anticlericalismo de Meabe fue, sobre todo, una ética de rebelión, una forma de rechazo de los valores sociales y morales establecidos. Pero no fue sólo una aventura individual. El anticlericalismo de La Lucha de Clases —no atribuible únicamente a Meabe— llegó a pasar a la acción. El 11 de octubre de 1903, Bilbao fue escenario de graves y violentos desórdenes como consecuencia del enfrentamiento en las calles entre los asistentes a una peregrinación católica a Begoña y los participantes en un mitin anticlerical, sucesos que dejaron un balance de un muerto y numerosos heridos.
Los intelectuales y el socialismo: Unamuno y Meabe
Se ha aludido ya a dos personalidades singulares de los medios intelectuales vascos que tuvieron alguna relación con el movimiento socialista: Unamuno y Meabe. De alguna forma, su labor —en ambos casos, desarrollada ante todo en la prensa— impregnó al socialismo del País Vasco y merece, por tanto, algún reconocimiento.
Miguel de Unamuno (1864-1936) estuvo afiliado a la Agrupación Socialista de Bilbao entre 1894 y 1897 y durante ese tiempo...

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