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25 febrero 2016

Origenes de la izquierda vasca, El socialismo.(III)

Unamuno idolatrado por T.Etxebarrieta
Miguel de Unamuno (1864-1936) estuvo afiliado a la Agrupación Socialista de Bilbao entre 1894 y 1897 y durante ese tiempo escribió casi dos centenares de artículos para La Lucha de Clases, llenos, como es propio en su autor, de ideas y afirmaciones smpre polémicas y desconcertantes. Aunque, sin duda, se trató de ideas unamunianas más que propiamente socialistas, cabe hablar del socialismo de Unamuno y distinguir en él cuatro elementos fundamentales: idealismo, antimilitarismo, diletantismo económico y antinacionalismo. Unamuno veía el socialismo como la expresión de una moral de inspiración religiosa y como la integración de distintas corrientes igualitarias. Era un socialismo que, en pugna con el anticlericalismo dominante en el socialismo vizcaíno, no veía incompatibilidad entre socialismo y cristianismo, ni conceptual ni políticamente (esto último, desde el momento en que, para Unamuno, los problemas religiosos eran problemas de conciencia y, por tanto, asunto privado y no público).
En sus artículos en La Lucha de Clases, Unamuno denunció la guerra de Cuba y la guerra en general, que atribuía a razones económicas y al juego de los intereses financieros. Sus ideas económicas eran sencillas y simplistas: entendía que el capitalismo llevaba inevitablemente a crisis de «superproducción», sentía una vaga preocupación agrarista, veía la guerra como «negocio» y abogaba decididamente por políticas librecambistas. Eso era todo.
Queda un último punto en el socialismo de Unamuno: su actitud ante el nacionalismo vasco, aparecido precisamente en los años en que permaneció afiliado a la Agrupación Socialista de Bilbao. Pues bien, las ideas de Unamuno contribuyeron a perfilar la respuesta del socialismo vasco frente al nacionalismo (sus escritos antinacionalistas, por ejemplo, serían usados, con frecuencia por los socialistas, incluso mucho después de que Unamuno rompiera con el socialismo). Unamuno veía en el socialismo vasco —y en el socialismo en general— un valladar frente al exclusivismo local, precisamente en razón de sus planteamientos internacionalistas; entendía que el socialismo era en el País Vasco, por definición, un movimiento antinacionalista y, por tanto, patriótico. Tenía una idea extraordinariamente negativa y parcial del nacionalismo, al que reducía a «antimaquetismo», esto es, a mera reacción de hostilidad contra los trabajadores foráneos inmigrados a Vizcaya, tal como escribió en su conocido artículo «El antimaquetismo» que apareció en El Heraldo de Madrid de 18 de septiembre de 1898 y como expuso en su polémico discurso en los Juegos Florales de Bilbao el 29 de agosto de 1901.
Resulta difícil precisar cuál fue la influencia de Unamuno sobre el socialismo vasco. Probablemente fue escasa. Con Perezagua, cuya desconfianza hacia los intelectuales era notoria, no pudo llegar a entenderse. A Meabe llegó a irritarle el histrionismo unamuníano. Y Prieto, que tuvo que enfrentarse con Unamuno, candidato republicano, en las elecciones de 1920, probablemente desdeñaba las imprevisibles intemperancias políticas del escritor bilbaíno. El socialismo de Unamuno fue un episodio individual, uno más en su apasionada biografía: a los socialistas bilbaínos sólo les quedó la memoria de la afiliación temporal de una personalidad prestigiosa.

El caso de Tomás Meabe fue muy distinto. Su vinculación al socialismo —Meabe procedía del nacionalismo vasco— fue mucho más consistente, convencida y duradera que la de Unamuno. Sus compromisos y su trabajo en el PSOE y como consecuencia, su influencia, fueron, también, mucho más intensos: en 1902-03, dirigió La Lucha de Clases; en enero de 1904 creó la Juventud Socialista de Bilbao, de la que saldrían las Juventudes Socialistas de España, instrumento de continuidad y renovación del socialismo español, a las que imprimió los rasgos definidores de su propia concepción del socialismo: sensibilización moral, idea de rebelión, anticlericalismo y antimilitarismo.
En efecto; el socialismo de Meabe fue, ante todo, una reacción emocional y apasionada en defensa de la socialización y del colectivismo, una apuesta por «una vida dignamente humana», por decirlo con sus palabras. Era el suyo un socialismo de raíz ática, no teórica, que aspiraba a dos objetivos esenciales: la satisfacción de las necesidades básicas y la abolición de las diferencias y desigualdades de clase. Meabe concebía el socialismo como una forma extrema de rebelión contra la injusticia y la opresión, como un nuevo ideal para la juventud rebelde, como el ideal, precisamente, de la renovación espiritual que debían acometer las generaciones jóvenes. En esa perspectiva, anticlericalismo —al que ya se ha hecho referencia más arriba— y antimilitarismo cobraban un papel principal y aun trascendente: la doble crítica de la religión y la patria —que Meabe sintió y expresó con radicalismo desgarrado y extremo, que le valdría numerosos procesos y destierros— aparecían casi como manifestaciones insoslayables y necesarias de lo que debía ser una ruptura radical e irreversible con la sociedad y el entorno familiar, con la educación recibida, con los valores, las creencias y la moral convencionales. Meabe caló hondo en la memoria de los jóvenes socialistas vascos y españoles; el impacto de su personalidad desbordaría las propias filas socialistas, como lo prueban la estimación que su autenticidad provocó en personas tan dispares como Aurelio de Arteta, Juan Ramón Jiménez, Gustavo de Maeztu, o Luis Araquistáin.
  
Los casos de Unamuno y Meabe —y al lado de éste hay que poner el nombre de su amigo el doctor José Madinabeitia— no alteran lo dicho previamente: que lo que definió al socialismo vasco en su primera etapa fue su acentuado obrerismo. En el orden laboral, ello se tradujo en la influencia casi hegemónica del partido y sus sindicatos en las relaciones industriales (sobre todo, en Vizcaya y en los años anteriores a 1910-14). En el orden político, la política de aislamiento había dado a los socialistas una nutrida representación en el Ayuntamiento de Bilbao y «casi», la representación en Cortes por la capital vizcaína (por ejemplo, en las elecciones de 1905, el diputado electo, Federico Solaegui, logró 3.922 votos; el socialista Pablo Iglesias, 3.104. El Ayuntamiento que salió de las elecciones locales del mismo año se componía de: trece concejales republicanos, diez socialistas, diez nacionalistas, siete carlistas, un liberal). Nada menos, pero tampoco nada más: se podría decir incluso que, hacia 1903-1907, el voto socialista había llegado en Bilbao a un techo próximo al 25 por 100 del censo electoral (en el resto del País Vasco, salvo en Eibar, el voto socialista no era relevante, aunque lo fuera la influencia socialista en las sociedades obreras).
Por eso que, desde entonces, surgieran ya presiones internas para imponer al partido socialista un cambio de la estrategia de aislamiento electoral practicada desde la fundación del PSOE y encarnada en Vizcaya por Perezagua. En el caso vasco, las Juventudes Socialistas se inclinaban por la cooperación con las juventudes republicanas en un movimiento radical y democrático de la juventud. El periódico republicano de Bilbao El Liberal, creado en 1901, abogaba por la acción conjunta de todas las fuerzas democráticas: en marzo de 1907, se logró en Bilbao una coalición electoral republicano-socialista (desautorizada por el PSOE de Madrid) que concurrió a las elecciones provinciales con notable éxito (7.396 votos; al mes siguiente, en abril, en las elecciones generales, Iglesias, el candidato socialista, obtuvo, sin coalición, 3.413 votos). El cambio parecía aconsejable y se fue a él con ocasión de la represión de la Semana Trágica barcelonesa por el Gobierno Maura en el verano de 1909: el 7 de noviembre de ese año se creaba, a nivel nacional, la Conjunción Republicano-Socialista. La política de aislamiento obrerista del PSOE —y del socialismo vasco— quedaba cancelada.
En el País Vasco, el éxito de la nueva estrategia conjuncionista fue concluyente: en las elecciones locales de diciembre de 1909, la Conjunción logró un total de 53 concejales en las tres provincias y en mayo de 1910, copaba el escaño en Cortes por Bilbao (el republicano Horacio Echevarrieta, reelegido en 1914 y 1916); en marzo de 1911, el socialista Indalecio Prieto era elegido diputado provincial también por Bilbao, merced a los 9.441 votos que obtuvo y que superaron los 6.193 de la candidatura nacionalista.
La lógica de la matemática electoral parecía inapelable, sobre todo en una localidad como Bilbao, donde se veía reforzada por una fuerte tradición liberal derivada de las guerras civiles del siglo XIX. La unidad republicana y socialista aparecía como la vía óptima, y quizá la única, hacia el éxito electoral de la izquierda. Muchos socialistas así lo creerían. La Conjunción Republicano-Socialista se mantendría en Bilbao incluso cuando se rompiera a nivel nacional, como ocurrió en 1919 y 1933. Las consecuencias políticas que ello tendría para el socialismo vasco serían varias. En primer lugar, se produciría una mayor sensibilización democrática y un deslizamiento del movimiento socialista hacia el republicanismo, es decir, hacia po siciones que daban prioridad al cambio de régimen (república frente a monarquía) sobre el cambio de sociedad: el socialismo vasco —en línea con el español— sería desde entonces la punta de lanza de la reforma democrática del Estado. En segundo lugar, el socialismo vasco buscaría un ensanchamiento de su base electoral y trataría de conectar de alguna forma con los electores de clases medias republicanas, particularmente importante en las capitales provinciales: el resultado sería la superación parcial, no total, del obrerismo militante de los primeros años del socialismo vasco, en beneficio de unos lenguajes y unas pautas de acción más abiertas y flexibles. En tercer lugar, y finalmente, la opción conjuncionista de 1909 acabaría por imponer la renovación del liderazgo del socialismo vasco, o si se prefiere, vizcaíno. El cambio de linea desembocaría en una grave crisis interna en Vizcaya desde el momento en que Perezagua —de siempre hostil a la colaboración con los republicanos y progresivamente inclinado hacia posiciones estrictamente sindicalistas— denunciase la política conjuncionista, lo que hizo en 1912. Se desencadenó entonces una «guerra civil en el socialismo vizcaíno», como alguien la llamó, que no se resolvió hasta que uno de los hombres más comprometidos con la nueva linea, el joven Indalecio Prieto (1883-1962) desplazó a Perezagua de la dirección de la Agrupación Socialista de Bilbao; eso ocurrió tras las elecciones locales de noviembre de 1915 en que Prieto y Perezagua disputaron, en candidaturas ya separadas, la concejalía del distrito más caracterizadamente obrero y socialista de Bilbao —el distrito de Cortes—, venciendo Prieto por 562 votos frente a 381 de Perezagua (quien luego, en 1921, secundaría la escisión comunista).
El cambio, por tanto, sería claramente perceptible. El PSOE sería desde 1909 la vanguardia de la izquierda  republicana del País Vasco: que el cambio no se circunscribió aBilbao lo prueba el hecho que fuese el Ayuntamiento republicano-socialista de Eibar el primero en proclamar la II República en abril de 1931. El cambio coincidiría, además, con la afirmación de una nueva política laboral, cuyo eje sería la creación de sindicatos industriales como nuevo instrumento de negociación y encuadramiento de los trabajadores. Ya se ha hecho alguna referencia a ello. El hecho decisivo fue, recuérdese, la creación del Sindicato Metalúrgico de Vizcaya en 1914, entidad cuyo protagonismo negociador y capacidad para la acción laboral disciplinada y controlada imprimiría un carácter verdaderamente nuevo —y moderno— a las relaciones industriales de Vizcaya (y por extensión de su ejemplo, a Guipúzcoa y Alava): ello no haría disminuir la conflictividad —lógica en toda sociedad industrial—. Una variante interesante del nuevo pragmatismo socialista sería el cooperativismo industrial eibarrés, nacido en 1919-20. Como respuesta a la grave crisis que por entonces sufrió el sector armero, los sindicatos socialistas asumieron la autogestión de diversas empresas en régimen de cooperativa: el 28 de octubre de 1920 se creó la más importante de todas ellas, la Sociedad Cooperativa Alfa, que, merced a la eficacísima gestión de Toribio Echevarría, alcanzaría pronto un volumen de ventas y beneficios más que notable.
La personalidad de Indalecio Prieto —nacido en Oviedo pero recriado en Bilbao desde 1891, afiliado al PSOE desde 1899, uno de los fundadores con Meabe de la Juventud Socialista, periodista inteligente y autodidacta— iba a definir la nueva etapa del socialismo vasco: al fin y al cabo, fue diputado por Bilbao ininterrumpidamente desde 1918 hasta 1936 y su proyección nacional, especialmente en los años de la II República, le confería un ascendiente sobre el socialismo vasco casi indiscutible. El «prietismo» fue la versión socialista hegemónica en Vizcaya —bastión siempre del socialismo vasco— hasta 1936, aun a pesar de la relativa erosión que sufriría hacia 1933-34.
El «prietismo» fue, en primer lugar, política de afirmación democrática y republicana. Prieto fue el portavoz de la crítica socialista con ocasión de la crisis militar en Marruecos (desastre de Annual, 1921) y de la exigencia de extender las responsabilidades al propio Rey; y sería uno de los hombres clave en la crisis de 1930-31 y quien la planteó en términos inequívocos.

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