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03 febrero 2016

Reorganización del comité ejecutivo (1966)del PCE(ml) por Lorenzo Peña


§6.- Reorganización del comité ejecutivo (1966)
¿Cómo se había producido el viaje de Paulino a Madrid sin dar aviso a ningún otro miembro de la dirección del partido? El propio Paulino, en sus recuerdos de 1993,NOTA 142 lo cuenta así:
Y yo no conocía la situación española. Yo había salido de España diez años antes y yo quería saber con mis propios ojos qué pasaba en España. Pero claro, tampoco me fiaba de la gente. Y entonces ¿cómo voy yo a España sin que lo sepan? y ¿cómo me arreglo? Entonces apareció un buen día por casa de estos amigos de París el cura Mariano Gamo. Me produjo muy buena impresión, hicimos una ligera amistad y ya un buen día le conté: «Mira, tú tienes que arreglarme -porque él iba y venía a Francia-, tú tienes que arreglarme cómo voy yo a España». Y dice «Hombre lo voy a pensar, pero yo te puedo echar una mano». Y, efectivamente, al poco tiempo vino y dice: «Eso lo tienes arreglado cuando quieras». Y digo: «Quiero ya». «Bien, el próximo viaje te lo traigo montado». Y efectivamente, vino y me dijo: «Tal día, a tal hora, en tal sitio de Andorra habrá dos tipos que son sacerdotes que te cogerán y te llevarán a Barcelona, el resto corre de tu cuenta». Y allí logré yo establecer contacto con una gente, que no nos llevábamos muy bien, pero me merecían confianza.NOTA 143 Y efectivamente, me marché a Burdeos -les dije a los otros que iba a Burdeos-, me marché a Andorra y allí estaba la pareja ésta. Me cogieron, pasamos la cosa oficial de la frontera charlando, los curas con la gente de allí y yo sentado allí muy tranquilo; nadie me preguntó nada, nadie me dijo nada, llegamos a Barcelona y en el Paseo de Gracia: «Estás en Barcelona amigo, hasta luego». «Muy bien, ¡gracias!» No les he vuelto a ver. Total que una muchacha que estaba localizada es la que me atendió un par de días que estuve en Barcelona y ya me arregló el trayecto y los contactos en Madrid.NOTA 144 Y duré poco tiempo en libertad, dos días o tres.
- [entrevistadora] «¿A qué atribuye una detención tan rápida?
- [P.G.M.] La explicación es que iban siguiendo a uno de los que nos reunimos, de Madrid. Que es el de la editorial De la Torre, José María Gutiérrez de la Torre, que tiene una editorial en Madrid y seguimos relacionados y nos vemos. Y parece que estaban siguiendo a éste, la policía. Entonces, al vernos reunidos, vieron al «viejo» [...] y dijeron: «Tate éste es.»
El ya citado libro de Jesús de Cos Borbolla contiene una versión de los hechos -en parte ya citada al final del apartado precedente- que agrega la siguiente precisión:
A los pocos días [de decidirse en Burdeos que Paulino debía ir al interior a organizar el Partido] lo pasó por Andorra mi compañera, Anita. Un mes más tarde fue detenido en Madrid con varios militantes del PCML, pasando varios años en la cárcel.

Casando ambos relatos, colijo que Anita (de su verdadero nombre Agapita González Díaz, montañesa como su compañero) acompañó a Paulino hasta Andorra, donde lo recogieron esos sacerdotes amigos del P. Mariano Gamo.NOTA 145
La caída del camarada Valera en abril de 1966 constituyó una tragedia para la evolución del PCEml. No porque él fuera un gran dirigente: nunca había sido dirigente en el PCE, sino un cuadro medio; tras su marcha a Colombia a mediados de la década de los cincuenta, su -ya antes muy limitada- experiencia política se redujo a proporciones simbólicas. No nos aportaba, pues, el bagaje de liderazgo y renombre que otorga la condición de dirigente.NOTA 146 Tampoco contribuía con ese saber-hacer o saber-dirigir que viene con la práctica. Tenía más edad que experiencia. A eso se unían cuatro rasgos de su personalidad que, normalmente, hubieran hecho desaconsejable asignarle altas funciones directivas: (1) inconstancia en muchas cosas (cabe hablar incluso de volatilidad o volubilidad, aunque sólo afectaba a asuntos de táctica y de apreciación de personas); (2) personalismo y autoritarismo; (3) falta de tacto; y (4) incomprensión de las necesidades sentimentales de los militantes -con una desmesurada exigencia de renuncia y autodenegación.NOTA 147
A esos cuatro defectos se contraponían, sin embargo, sus tres virtudes: honradez, desinterés y firme convicción ideológica en lo esencial (pese a sus oscilaciones en la táctica política). De haber seguido él al frente del PCEml, no se hubiera producido la mutación que irá teniendo lugar, cumulativamente, tras reorganizarse el comité ejecutivo y el secretariado del comité central en ese mes de abril de 1966; es casi seguro que con él no habría sucedido la deriva ultraizquierdista de 1968-72 ni el PCEml habría adoptado un incondicional alineamiento con Pequín que lo conducirá a un desastre.
Además, Valera era un dirigente muy respetado entre nosotros -por su edad, por lo que representaba de vínculo con la militancia comunista anterior (incluso la de antes de la guerra) y porque emanaba un halo de desinterés y abnegación: él había abandonado toda su vida personal y profesional para vivir modestísimamente consagrado a dirigir el partido en tierra extraña, lejos de su hogar. Ningún otro líder del PCEml gozará de ese carisma, ni de lejos. Estoy convencido de que, estando él al frente, se habrían evitado muchas de las divisiones y deserciones que nos irán erosionando en los años siguientes.NOTA 148
Al producirse la catastrófica detención del camarada Paulino, hubiera sido razonable que nos diéramos por vencidos. No porque haya que claudicar ante la represión fascista, sino porque carecíamos de medios humanos y materiales para una lucha de tal envergadura. Cada escisión y cada caída nos dejaban temblando porque ya antes la organización era raquítica, teníamos escasísimos apoyos y nuestros pocos militantes eran o muy jóvenes o muy pobres o ambas cosas a la vez. Pero cesar la lucha planteaba la incógnita de qué hacer con quienes habían confiado en la dirección. Y de todos modos teníamos la fe del carbonero. Se reconstituyó el comité ejecutivo y seguimos adelante.
El comité ejecutivo quedó reorganizado incorporándose al mismo la camarada Helena Odena, cuyo verdadero nombre era «Benita Ganuza»,NOTA 149 quien, simultáneamente, pasó a ser miembro del secretariado del comité central.NOTA 150 El leonés Angel Campillo Fernández, alias «Miguel» (pero llamado luego «Eduardo»), ascendió también al secretariado.NOTA 151 Dado que compartíamos el mismo alias, «Miguel», había que acudir a calificativos para distinguirnos («Miguelón» y «Miguelín»). Hacia 1968 cambiamos nuestros nombres de guerra por razones de clandestinidad: el suyo pasó a ser «Eduardo»; el mío «Julio»; el de Raúl Marco será «Ricardo» y el de Helena «Clara». (Por entonces Manolo ya habrá abandonado el partido.)
Eduardo=Miguel se encargó asimismo de la secretaría de organización del partido. Con ello quedaba un secretariado trimembre y un ejecutivo de cinco individuos (Manolo, los dos Migueles, Helena y Raúl). Transcurrió un difícil período que va de la caída del camarada Valera, el 3 de abril de 1966, a la del camarada Eduardo, en enero de 1969, durante el cual el PCEml se jugaba su supervivencia. Creo que -sin menospreciar, en absoluto, el esfuerzo, el sacrificio, la entrega, la fe y hasta el heroísmo de tantos dirigentes, cuadros y militantes de base-, a lo largo de esos 33 meses fue el dúo parisino de los Migueles el que aseguró la continuidad y el que más contribuyó a consolidar el partido -cada uno en su propio ámbito de trabajo.
Unos meses después Matías se escapó de España (donde, haciendo el servicio militar, había sido arrestado y conducido bajo escolta, con claro destino a un batallón de castigo). Su fuga fue de película: sin equipaje, sin dinero en el bolsillo, saltando por una ventana del baño de una estación ferroviaria (mientras la escolta lo esperaba a la puerta del retrete) y haciendo autostop, llegó -por favor de la Fortuna- a la frontera pirenaica. Conociendo el paso de Dancharinea y siendo un hombre audaz, se plantó en París. Fue entonces reincorporado a la dirección del PCEml, como si nada hubiera pasado.
De Manolo ya hablé más arriba como autor del bluf que había llevado a la constitución del grupo Proletario en enero de 1964. No permaneció mucho tiempo en el ejecutivo. En 1967 ó comienzos de 1968 abandonará el PCEml, en las circunstancias que relataré más abajo. Algunos años después se incorporarán al ejecutivo Andrés e Iñaki. Y posteriormente Bujalance.NOTA 152 De tales cooptaciones haré mención oportunamente.
Las promociones de abril de 1966 no se hicieron con regularidad estatutaria, porque no se reunió un pleno del comité central que hubiera decidido esos nombramientos. Ni siquiera se propuso tal convocatoria, porque se juzgó que había razones de emergencia que imponían imperativamente proceder a las cooptaciones o designaciones.
De todos esos cambios, el más transcendental fue la súbita promoción de la camarada Helena tanto al ejecutivo cuanto al secretariado. A esa camarada me voy a referir muy a menudo en las páginas que siguen como «la voluntad preponderante en el ejecutivo» -en lo sucesivo abreviada «VPE». Y es que era una persona cuyo rasgo más característico era una voluntad férrea, laminadora, con un aplastante poder de acometida.
Había nacido en torno a 1929. Era hija de un padre eusco-navarro de hidalgo linaje y de una madre palentina. Refugiada infantil de la guerra, fue acogida en Inglaterra, donde pudo hacer estudios de bachillerato gracias a una beca. Emigrada a Francia después de 1945, se afilió a las juventudes comunistas, donde se enamoró de un militante que había combatido en el maquis.NOTA 153
El matrimonio no fue feliz. Pero Helena, gracias a su conocimiento de idiomas, consiguió ganar unas oposiciones a un cuerpo de funcionarios de la OMS (organización mundial de la salud), poco antes de que el régimen franquista fuera admitido en la ONU en 1955. Materialmente ello le proporcionó una existencia acomodada y una situación segura, dado que el gobierno suizo hacía la vista gorda sobre cualesquiera actividades de los funcionarios internacionales en Ginebra.
Los cónyuges, mal avenidos, siguieron compartiendo su posicionamiento político durante años. Al estallar la discordia chino-soviética, en 1963, se decantaron por China, fundando juntos el grupo «La Chispa» (oposición revolucionaria del partido comunista de España). Ambos esposos fueron a Pequín en delegación de ese grupo (el único invitado antes de la unificación) en el verano de 1964.
Mas justamente por entonces se produjo la separación conducente al divorcio. Ese conflicto conyugal se entremezclará en el otoño con la división política ocurrida tras la conferencia unificatoria de París (31 de octubre a 2 de noviembre de 1964), puesto que el marido, Suré, encabezará el círculo escisionista del 3 de noviembre (más tarde convertido en el grupo de los «oportunistas sin principios»).
Pese a ese fracaso matrimonial, Helena había triunfado en la vida partiendo de condiciones difíciles. Los sinsabores la habían endurecido. Era una persona que jamás mostraría el menor síntoma de compasión, dulzura o afecto.NOTA 154 Estaba segura de que el que vale y se lo propone triunfa avasalladoramente y de que los fracasos y la impotencia vienen de falta de voluntad. Pensaba que la revolución era fácil y que la burguesía española era cobarde, pudiendo ser vencida con arrojo y decisión.
Aunque su recorrido no le había brindado la oportunidad de hacer estudios superiores, durante los años de infortunio matrimonial en Ginebra, con escasa actividad política como militante de base del PCE, había dedicado tiempo al aprendizaje autodidáctico de una gama heteróclita de disciplinas, incluyendo el latín. Los ajetreos de la existencia y su propia impulsividad le impedían adquirir conocimientos sólidos, pero tenía pericia para asimilar unas nociones dispersas, un poco a salto de mata.
No creía que fuera menester ahondar más. Estaba convencida de que bastaba y sobraba ese contacto superficial y esporádico -o la absorción de una sinopsis; lo que fuera más allá era, a su juicio, un fardo inservible. Lo peor de esas limitaciones es que lo que ella no conocía no existía. Tal vez en sus estudios ingleses le habían inculcado el principio de Berkeley, esse est percipi. Así, lo que ella no captaba o no entendía es como si no existiera. Eso se traducía en su visión política de las cosas, en la cual prácticamente desaparecía o se eclipsaba la lucha revolucionaria antiimperialista en el tercer mundo -no subsumible en el esquema burguesía/proletariado- y se esfumaban, o se consideraban irrelevantes, cualesquiera situaciones que no encajaran en los moldes de su formación -a salvo, no obstante, de una paradójica apertura a las nuevas corrientes de moda en los círculos de postín que le gustaba frecuentar. A su modo de ver, todo el problema del campo español empezaba y terminaba en la cuestión que se solucionaría aplicando el lema «¡La tierra para el que la trabaja!» -como si el agro español de los últimos años 60 y primeros años 70 fuera el mismo que el de los años 30. Si sus artículos eran farragosos, no es sólo por razones de estilo y de oscuridad conceptual (ya que el talento y la inspiración no bastan para adquirir hábitos de claridad intelectual), sino porque rehusaba entrar en detalles. Hablaba, p.ej., de las fuerzas burguesas, pequeñoburguesas u oligárquicas, de los errores izquierdistas o derechistas, pero casi nunca mencionaba a éstos o aquéllos, a Fulano o a Mengano, ni citaba sus afirmaciones respectivas ni ofrecía una crítica ceñida al texto; todo era por encima, a bulto, globalizado, vago y genérico -lo cual daba también a sus escritos un aire sibilino, abierto a las interpretaciones.
Hábil para la discusión, no tenía ningún hábito de debate racional. Su practicismo y su utilitarismo estrecho la llevaban a concebir el intercambio verbal como un mero instrumento para alcanzar lo que quería, que era imponer su voluntad. Nunca aspiró a convencer a nadie.NOTA 155
Su ambición estaba a la altura de su amor propio. Nunca dudó de que estaba llamada a ser una gran figura histórica, teniendo una fe inquebrantable en su propia valía y en su destino, el de una Juana de Arco revolucionaria.NOTA 156
En la camarada Helena Odena han creído ver algunos una marxista-leninista dogmática. Es una acusación injusta. Helena no era dogmática, no era doctrinaria. El dogmático tiene ideas claras, creencias firmes, opiniones doctrinales que le parecen sólidas, inconmovibles, desde luego verdaderas pero, más que eso, evidentes de suyo o, en todo caso, que integran una doctrina consagrada y avalada por una iglesia a la que se adhiere. Una profesión doctrinal así es estricta y se lleva a sus últimas consecuencias, privándose el dogmático de las felices incongruencias que a otros les permiten salvarse del absurdo.NOTA 157
La camarada Helena no tenía ni uno solo de esos rasgos. Sus opiniones doctrinales eran vaporosas, etéreas, inconcretas. Su compenetración ideológica con la enseñanza de los pensadores clásicos a los que creía adherirse era superficial y selectiva de lo más. Su sentido pragmático la alejaba de ese rigor o escrúpulo lógico que rehuye la inconsecuencia. Su utilización de la teoría era instrumentalista y regida por el principio de oportunidad (ella misma proclamaba que había que practicar «un oportunismo revolucionario, no-oportunista»).
Más en particular, la camarada Helena estaba en profundo desacuerdo con varias de las tesis esenciales del materialismo dialéctico e histórico y de la cosmovisión de la tradición doctrinal marxista-leninista. Si bien reconocía que, en última instancia, lo económico era determinante, eso lo circunscribía a un plano que podríamos considerar metafísico, de modo que, a cualquier efecto teórico o práctico, había que pensar como si lo económico no determinara nada en absoluto (y en realidad como si careciera de importancia). Más aún rechazaba dos tesis esenciales de Marx.
En primer lugar, rechazaba que el imperativo teleológico, el imán del progreso histórico humano, sea el crecimiento de las fuerzas productivas. Esa tesis no le merecía más que desprecio. De ese desarrollo ya se había encargado la burguesía y ahí había terminado su misión. (Aparentemente opinaba que las fuerzas productivas ya no debían desarrollarse más.)
Rechazaba, en segundo lugar, la tesis de que la principal necesidad humana es trabajar (para Marx es un fin del hombre, no sólo medio para vivir). Para ella el trabajo era sólo un mal necesario que había que limitar lo más posible. La realización del hombre estribaba, a su juicio, en la participación política; para llevarla a cabo al máximo había que reducir el trabajo al mínimo.NOTA 158 Criticaba mucho toda la tradición comunista (de los años 30 y 40) con su elogio a los planes quinquenales soviéticos y al estajanovismo; un ideal, para ella, retrógrado, mientras que debíamos luchar por una sociedad en la que quizá no se crecería, y se consumiría menos, pero también se trabajaría poco y los obreros podrían participar mucho en asambleas políticas. (Todos los temas del protoecologismo encontraban entusiástica acogida en ella, ya predispuesta a esos planteamientos.)NOTA 159
Menos aún era partidaria de una economía planificada. Como los chinos habían criticado la autogestión yugoslava, no se atrevía a defenderla; pero, en el fondo, ésa era su inclinación, que se compaginaba bien con todo su modo de pensar.
Tampoco se creía otra tesis central del marxismo: la de que la subjetividad humana está constreñida por leyes objetivas. Antes bien, creía en el libre albedrío. De los escritos de Mao le gustaba la fábula del viejo tonto que desplazó la montaña. Y es que tenía fe en la capacidad de la voluntad humana para remover los obstáculos. Sólo hacían falta entusiasmo y decisión.
De la teoría dialéctica del marxismo rechazaba casi todo. Los grados no iban con ella. (No creo que hubiera leído ni hojeado la Dialéctica de la naturaleza de Engels ni los Cuadernos filosóficos de Lenin ni nada por el estilo.) Su visión era totalmente discontinuista y saltuaria. Siempre pensaba por dicotomías: todo o nada. De la afirmación dialéctica del paso de la cantidad a la cualidad, lo que suele expresarse como «salto cualitativo», ella tomaba el salto y dejaba lo demás: veía los hechos históricos como saltos, descartando como zarandajas los estadios intermedios y excluyendo cualquier dosificación o ponderación.
Si, entre 1966 y 1978, fue acérrima partidaria del maoísmo y de la nueva línea china (antisovietismo furibundo, destrucción anárquica de los órganos de la legalidad socialista, abandono del desarrollo económico), es porque todo eso engarzaba con su propia tendencia previa.
Oí decir una vez que Helena había sido togliattiana antes de decantarse por las tesis chinas en 1963. Desconozco cuánta verdad pueda haber en eso. Naturalmente nunca abordé tal asunto con ella (no hablábamos del pasado). Pero no me extrañaría mucho. Creo que seguía compartiendo tres de las tendencias ideológicas del revisionismo italiano: antisovietismo, autogestionismo y, en buena medida, rechazo de la tradición comunista pre-1956.
¿Carece entonces de todo fundamento el reproche que se le ha dirigido de rigidez dogmática? Su dogmatismo era de fachada, adaptativo e instrumental. Su rigidez era auténtica. Del marxismo sólo había retenido y adoptado (eso sí, con su característico maximalismo) tres ideas: (1) la lucha de clases como motor de la historia; (2) la oposición burguesía/proletariado como el hecho esencial de la sociedad contemporánea, al cual han de reducirse los demás hechos y las demás oposiciones (aunque, en tal oposición, por «burguesía» había que entender el conjunto de individuos con ideología burguesa y por «proletariado» el de individuos de ideología proletaria); y (3) la revolución armada y la dictadura del proletariado como vía para acabar con las clases sociales e instaurar el socialismo.
De todos modos, quizá lo que acabo de decir no es tampoco del todo exacto. Para Helena no se trataba de creer que las cosas son así o de otra manera. Las creencias importaban muy poco, incluso esas tres que ella, selectivamente, retenía del marxismo, dejando todo lo demás (o relegándolo a la condición de meras frases rituales). Aun esas tres convicciones eran, en ella, más prácticas que teóricas. Apenas contaba que, de hecho, esas tres tesis fueran verdaderas o no. La verdad o la falsedad de los asertos no tenían gran significación en su mente. Eran tres ideas-fuerza que sirven a la acción. Ser marxista, para ella, era adoptar esas tres ideas-fuerza y formar, en consecuencia, firmes decisiones. Ser marxista era un asunto del querer, no del saber; de la voluntad, no del entendimiento.
Como su marxismo se limitaba a esas tres ideas-fuerza -rechazando todo lo demás- y como las matizaciones también estaban descartadas en su visión de las cosas, cuanto viniera a complicar ese esquema era una monserga que, a su juicio, no merecía el menor interés.NOTA 160

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