08 marzo 2016

El derecho de las nacionalidades a la autodeterminación por ROSA LUXEMBURGO



La Revolución Rusa de 1905 ha puesto sobre el tapete, entre otros, el tema de las nacionalidades, que hasta ahora solamente había sido objeto de polémica en Austria-Hungría. Sin embargo, hoy se ha convertido en un tema crucial también en Rusia, debido a que el proceso revolucionario ha hecho que todas las clases sociales y todos los partidos políticos tomen consciencia de la necesidad de una solución concreta al problema de las nacionalidades.

Todos los partidos políticos formados recientemente en Rusia, o que están en periodo de formación, tanto radicales como liberales o reaccionarios, se han visto obligados a tomar posición en sus programas frente al tema de las nacionalidades, que está estrechamente vinculado a algo más general: su política interior y exterior. Para un partido obrero, la cuestión nacional es tanto un asunto de programa como de organización de clase. La posición que un partido obrero adopte a la hora de considerar la cuestión nacional, así como cualquier otro problema, debe diferir en el método y en su forma de las posiciones de los partidos burgueses, incluso de los más radicales, así como de las posiciones pseudosocialistas de los partidos pequeñoburgueses.
La Social Democracia ofrecerá una solución esencialmente uniforme, solamente enfocando el problema desde el criterio del socialismo científico, aun cuando su programa debe tener en cuenta la amplia variedad de formas de la cuestión de la nacionalidad que tiene su origen en la diversidad social, histórica y étnica del Imperio ruso.
[...] De hecho, los programas políticos de los partidos obreros modernos no contienen principios abstractos relativos a un ideal social, sino únicamente la formulación de esas reformas prácticas, sociales y políticas, que el proletariado consciente necesita y reclama en el marco de la sociedad burguesa para facilitar la lucha de clases y su victoria final.
Los elementos de un programa político se formulan siempre con unos objetivos bien definidos: proporcionar una solución clara, práctica y realizable, para todos aquellos problemas cruciales de la vida social y política que están dentro del área de la lucha de clases del proletariado; servir de guía a la política cotidiana y sus necesidades;iniciar la acción política del partido obrero y dirigirlo en una dirección correcta; y, finalmente, diferenciar claramente la política revolucionaria del proletariado de la política de los partidos burgueses y pequeño burgueses.
La fórmula del «derecho de las nacionalidades a la autodeterminación», no tiene en absoluto tal carácter, ya que no ofrece ninguna indicación práctica para la praxis política cotidiana del proletariado, ni ofrece ninguna solución práctica para los problemas de las nacionalidades. Esta fórmula no muestra al proletariado ruso cómo reclamar una solución al problema nacional polaco, a la cuestión finlandesa, a la del Cáucaso, a la judía, etc. En lugar de esto, concede tan sólo una autorización ilimitada para que todas las naciones interesadas solucionen sus problemas nacionales como mejor les parezca. La única conclusión práctica que puede deducirse de la fórmula antes citada para la política cotidiana de la clase obrera es la idea-guía de que para esta clase social es un deber luchar contra toda manifestación de opresión nacional. Si reconocemos el derecho de cada nación a autodeterminarse, resulta lógica la conclusión de que debemos condenar cualquier intento de dominio de una nación sobre otra, o de que una nación imponga a otra una determinada forma de existencia nacional. Sin embargo, el deber de todo partido de clase del proletariado de protestar y oponerse a la opresión nacional no procede de ningún «derecho de las nacionalidades» especial --como, por ejemplo, la lucha por la igualdad política y social de los sexos tampoco procede de unos especiales «derechos de la mujer», tal como pretende el movimiento burgués de emancipación de la mujer-- sino que éste debe proceder únicamente de una oposición general al sistema de clases y a cualquier forma de desigualdad y de dominación social, es decir, de los principios básicos del socialismo. Pero dejando esto aparte, la única orientación que se ofrece para una política práctica es puramente negativa. El deber de oponerse a toda forma de opresión nacional no incluye ninguna explicación acerca de qué condiciones y formas políticas debe adoptar hoy el proletariado ruso consciente para solucionar los problemas nacionales polacos, lituanos, judíos, etc., o qué programa debe presentar para desbancar a los presentados por los partidos burgueses, nacionalistas y pseudosocialistas en la actual lucha de clases. En una palabra, la fórmula del «derecho de las naciones a la autodeterminación» no es en esencia una directriz política para abordar la cuestión nacional, sino únicamente un medio de eludir esta cuestión. 

El carácter general y de cliché del punto 9 del Programa del POSDR muestra que esta forma de resolver el problema es ajena al socialismo científico marxista. Un «derecho de las naciones» válido para todos los países y para todos los tiempos no es más que un cliché metafísico del tipo de «los derechos humanos» y los «derechos del ciudadano».
El materialismo dialéctico, que es la base del socialismo científico, ha acabado de una vez por todas con esta clase de fórmulas "eternas". Porque la dialéctica de la historia ha demostrado que no hay verdades ni derechos «eternos». [...] En palabras de Engels, «Lo que es correcto y razonable bajo ciertas circunstancias puede ser un sinsentido y un absurdo en otras». El materialismo histórico nos ha enseñado que el contenido real de estas verdades, derechos y fórmulas «eternas» viene determinado solamente por las condiciones sociales materiales del medio, en una época histórica determinada.
Sobre estas bases, el socialismo científico ha revisado todo el acopio de clichés democráticos y de ideología metafísica heredados de la burguesía. La actual socialdemocracia hace mucho tiempo que ha dejado de tomar en consideración frases tales como las de «democracia», «libertad nacional», «igualdad», y otras lindezas como verdades y leyes eternas que trascienden naciones y épocas concretas. Por el contrario, el marxismo las considera y las trata solamente como expresiones de unas ciertas condiciones históricas específicas, como categorías que, en términos de su contenido material y de su valor político, están sujetas a un cambio constante, y ésa es la única verdad «eterna».
Cuando Napoleón o cualquier otro déspota de su misma especie utiliza un plebiscito --la forma más elevada de democracia política-- para conseguir los objetivos del Cesarismo aprovechándose de la ignorancia política y de la dominación económica de las masas, no dudamos un momento en oponernos con todas nuestras fuerzas a esta «democracia», sin vernos apabullados ni por un momento por la omnipotencia del pueblo, la cual viene a ser para los metafísicos de la democracia burguesa algo así como un ídolo sacrosanto. 

Cuando un alemán como Tassendorf, o un gendarme zarista, o un «auténtico polaco» Nacional Demócrata defiende la «libertad personal» de los esquiroles, protegiéndolos frente a las presiones morales y materiales del proletariado organizado, no dudamos ni un momento en ponernos de parte de estos últimos, garantizándoles el derecho moral e histórico de forzar la solidaridad de sus rivales desconcienciados, aunque desde el punto de vista del liberalismo formal aquellos que «quieren trabajar» tienen de su parte el derecho a «la libertad individual» para hacer lo que la razón o la sinrazón les dicte.
Cuando, finalmente, los liberales de la Escuela de Manchester exigen que el trabajador asalariado sea abandonado a su suerte en su lucha contra el capital en nombre de la «igualdad de los ciudadanos», nosotros desenmascaramos este cliché metafísico que no hace más que camuflar la más manifiesta desigualdad económica, y exigimos de una forma radical la protección legal de la clase trabajadora asalariada, rompiendo abiertamente con «la igualdad ante la ley» de tipo formal.
La cuestión nacional no puede constituir una excepción entre los problemas políticos, sociales y morales que el socialismo moderno ha analizado desde este punto de vista. No puede solucionarse utilizando una especie de vago cliché, ni siquiera con una fórmula tan bien sonante como «el derecho de las naciones a la autodeterminación», porque tal fórmula expresa o bien absolutamente nada y, por tanto, es una frase vacía; o bien expresa, como mucho, el deber incondicional de los socialistas de apoyar todas las aspiraciones nacionales, en cuyo caso es simplemente falsa.
En base a los presupuestos generales del materialismo histórico, la posición de los socialistas respecto a los problemas nacionales depende, en primer término, de las circunstancias concretas de cada caso, que difieren sustancialmente de una nación a otra, y que además sufren variaciones a lo largo del tiempo en cada país. Además un conocimiento superficial de los hechos permite ver que la cuestión de las luchas de las nacionalidades bajo el Imperio Otomano en los Balkanes tiene un aspecto completamente diferente, una base económica e histórica diferente, un grado de internacionalización diferente. De igual manera, la complejidad de las relaciones entre las nacionalidades que forman parte de Austria es completamente diferente de las condiciones que influyen en la cuestión polaca. Además, el problema nacional en cada país cambia de carácter con el tiempo, y esto significa que deben realizarse nuevas y diferentes evaluaciones del mismo.

[...] La fórmula del «derecho de las nacionalidades» es inadecuada para justificar la posición de los socialistas ante la cuestión nacional, no sólo porque no tiene en cuenta las diferentes condiciones históricas (lugar y tiempo) que se dan en cada caso concreto y no cuenta con las líneas generales del desarrollo de las condiciones globales, sino también porque ignora completamente la teoría fundamental del socialismo moderno, la teoría de las clases sociales. 

Cuando hablamos de «el derecho de las naciones» a la autodeterminación» estamos utilizando el concepto «nación» como una entidad política y social homogénea. Pero en realidad un concepto como el de «nación» es una de esas categorías de la ideología burguesa a las que la teoría marxista sometió a una radical revisión, mostrándonos cómo este engañoso velo, al igual que los conceptos de «libertad de los ciudadanos», «igualdad ante la ley», etc., enmarcaran en cada caso un contenido histórico bien definido.
En una sociedad clasista, «la nación», como entidad política y social homogénea, no existe. Lo que existe, en cambio, en cada nación son clases con intereses y «derechos» antagónicos. No existe literalmente ningún área social --desde las relaciones materiales más groseras a las más refinadamente morales-- donde la clase poseedora y el proletariado con consciencia de clase mantengan la misma actitud y donde aparezcan ambas como una entidad «nacional» consolidada. En la esfera de las relaciones económicas, la clase burguesa representa los intereses de la explotación, el proletariado los intereses del trabajo. En el terreno de las relaciones legales, la piedra angular de la sociedad burguesa es la propiedad privada; los intereses del proletariado exigen que los hombres desposeídos se emancipen de la dominación de la propiedad. En el área judicial, la sociedad burguesa representa la «justicia» de clase, la justicia de los bien-alimentados y de los potentados; el proletariado defiende el principio de tener en cuenta la importancia de las influencias sociales sobre el individuo. En las relaciones internacionales, la burguesía representa la política de guerra y anexión, y en la etapa actual, un sistema de guerra comercial; el proletariado exige una política de paz universal y de libre comercio. En la esfera de las ciencias sociales y de la filosofía, las corrientes de pensamiento burguesas y las que representan al proletariado se encuentran en posición diametralmente opuesta. Las clases poseedoras tienen su visión del mundo, representada por el idealismo, la metafísica, el misticismo, el eclecticismo; el proletariado moderno tiene su propia teoría, el materialismo dialéctico. Incluso en la esfera de las llamadas condiciones «universales» --ética, arte o comportamiento-- los intereses, la visión del mundo y los ideales de la burguesía, y aquellos del proletariado consciente, representan dos campos distintos, separados uno de otro por un abismo.
Y siempre que los afanes y los intereses formales del proletariado y los de la burguesía (en su conjunto o en sus aspectos más progresivos) parecen idénticos --por ejemplo en el terreno de las aspiraciones democráticas--, allí, bajo la identidad de formas y eslóganes, se esconde la más completa divergencia de contenidos y de cuestiones políticas esenciales.
No puede hablarse de voluntad colectiva y uniforme, de la autodeterminación para la «nación» en una sociedad así constituida. Si en la historia de las sociedades modernas encontramos movimientos «nacionales» y luchas por los «intereses nacionales», se trata generalmente de movimientos de clase de las capas dirigentes de la burguesía, que sólo pueden representar los intereses de otros estratos de la población en la medida en que bajo la forma de «los intereses nacionales» defiendan formas progresivas de desarrollo histórico y en la medida en que la clase trabajadora no se haya independizado o diferenciado de la masa de la «nación» (dirigida por la burguesía) para convertirse en una clase política independiente y consciente.
En este sentido la burguesía francesa tuvo el derecho de aparecer como el tercer estado en la Gran Revolución en nombre del pueblo francés, e incluso la burguesía alemana en 1848 podía considerarse --hasta un cierto grado-- como la representante de la «nación» alemana --aunque el Manifiesto Comunista y, en parte, la Neue Rheinische Zeitung fueran ya indicadoras de la existencia de una política de clase propia del proletariado en Alemania. En los dos casos esto significó únicamente que en aquel grado de desarrollo social los intereses de clase revolucionarios de la burguesía eran los intereses del pueblo, el cual formaba junto con la burguesía una masa políticamente uniforme con respecto al feudalismo reinante.
Esta circunstancia muestra que el Partido Socialdemócrata no puede tomar como punto de referencia para elaborar su posición frente al tema de las nacionalidades los derechos de las naciones», ya que la propia existencia de este partido muestra que la burguesía ha dejado de ser la representante de todo el pueblo, y que el proletariado ya no está escondido bajo las faldas de la burguesía, sino que se ha configurado como clase independiente con sus propias aspiraciones sociales y políticas, Puesto que los conceptos «nación», «derechos» y «voluntad del pueblo», considerados como un todo uniforme, son residuos de los tiempos del antagonismo inmaduro e inconsciente entre el proletariado y la burguesía, la aplicación de los mismos por un proletariado organizado consciente e independiente supondría una profunda contradicción, y no una contradicción para la lógica académica, sino una contradicción histórica.
Con respecto al tema de las nacionalidades en la sociedad contemporánea, un partido socialista debe tener en cuenta el antagonismo de clases. La cuestión nacional checa tiene connotaciones diferentes para la pequeña burguesía y para el proletariado checo. No podemos intentar dar una solución al problema nacional polaco, que sirva al mismo tiempo a Koscielski y su fiel hijo en Miroslavia, a la burguesía de Varsovia y Lodz y a los trabajadores con consciencia de clase polacos a un mismo tiempo; de igual forma, la cuestión judía aparece de una manera para la burguesía judía y de otra para el proletariado judío ilustrado. Para la Social Democracia la cuestión nacional es, como todos los demás problemas políticos y sociales, fundamentalmente una cuestión de intereses de clase.
[...] «El derecho de las naciones a la autodeterminación» deja de ser un cliché únicamente en un régimen social donde el «derecho al trabajo» ha dejado de ser una frase vacía. Un régimen socialista que acabe no sólo con la dominación de una clase sobre otra, sino también con la propia existencia social de las clases y con su antagonismo, con la división de la sociedad en clases con diferentes intereses y deseos, traerá consigo una sociedad que sea la suma de todos los individuos vinculados unos a otros por la armonía y la solidaridad de sus intereses, un todo uniforme con una voluntad común y organizada que posibilita su realización.
El socialismo realizará directamente la «nación» como una voluntad uniforme --en la medida en que las naciones constituyan organismos sociales separados, o, como afirma Kautsky, constituyan una sola-- y realizará las condiciones materiales para su libre autodeterminación. En una palabra, los pueblos alcanzarán la capacidad de determinar libremente su existencia nacional cuando tengan capacidad para determinar su existencia política y las condiciones necesarias para su creación. Las «naciones» serán dueñas de su destino histórico cuando la sociedad humana controle sus procesos sociales.
Por tanto, la analogía que los partidarios del «derecho de las naciones a la autodeterminación» encuentran entre este «derecho», y el resto de las reivindicaciones democráticas, como el derecho a la libertad de expresión, de prensa, de asociación y reunión, es totalmente incongruente. Esta gente dice que apoyamos la libertad de asociación porque somos el partido de la libertad política; pero que, en cambio, luchamos contra los partidos burgueses hostiles. También afirman que tenemos la obligación democrática de apoyar la autodeterminación de las naciones, pero esto no nos obliga a apoyar cualquier táctica individual de los que luchan por su autodeterminación.
Este punto de vista olvida completamente el hecho de que estos «derechos», que tienen una cierta similitud superficial, están ubicados en niveles históricos totalmente diferentes. Los derechos de asociación, reunión, la libertad de expresión y de prensa, etc., son las formas legales necesarias para la existencia de una sociedad burguesa madura. Pero el «derecho de las naciones a la autodeterminación» es únicamente la formulación metafísica de una idea que en la sociedad burguesa es completamente inexistente y que solamente podrá ser llevada a cabo en un régimen socialista.
Sin embargo, el socialismo, tal como se practica actualmente, no es en absoluto una colección de todos estos «bellos» y «nobles» deseos, sino tan sólo la expresión política de unas condiciones bien definidas, es decir, la lucha de clases del proletariado moderno contra la dominación de la burguesía. El socialismo representa los esfuerzos del proletariado por establecer su dictadura de clase para librarse de la actual forma de producción. Ésta es la tarea fundamental y motriz para el Partido Socialista, como partido del proletariado; determina la posición del partido respecto a todos los problemas de la vida social.
La Social Democracia es el Partido de clase del proletariado. Su tarea histórica es la de expresar los intereses de clase del proletariado, y también los intereses revolucionarios del desarrollo de la sociedad capitalista, para la realización del socialismo. Por tanto, la Social Democracia está llamada a realizar no el derecho de las naciones a la autodeterminación, sino sólo el derecho de la clase obrera, que está oprimida y explotada, a la autodeterminación. Desde esta perspectiva es desde la que la Social Democracia analiza todas las cuestiones sociales y políticas sin excepción, Y desde esta posición formula sus exigencias programáticas. La Social Democracia no contempla que sea la «nación» la que decida su destino según su propia visión de la autodeterminación, ni por lo que se refiere a las formas políticas de Estado que exigimos, ni a cuestiones de política interior y exterior, ni a la cuestión de las leyes o de la educación, o de impuestos o del ejército. Todos estos temas afectan a los intereses de clase del proletariado de una forma muy diferente a como lo hacen cuestiones de política o cultura nacional. Pero entre estas cuestiones y las de política y cultura nacional existen por lo general estrechos lazos de mutua dependencia y causalidad y por tanto, la Social Democracia no puede eludir aquí la necesidad de formular aquellas reivindicaciones individualmente, ni de exigir activamente las formas de existencia política y cultural nacionales que mejor se adecúen a los intereses del proletariado y a su lucha de clase en un tiempo y un lugar determinado, asi como a los intereses del desarrollo revolucionario de la sociedad. La Social Democracia no puede dejar la solución de estas cuestiones en manos de las «naciones».
Esto resulta perfectamente evidente desde el momento en que bajamos el problema de las nubes de la abstracción al terreno firme de las condiciones concretas.
La «nación» debiera tener «derecho» a autodeterminarse. Pero, ¿quién es esta nación y quién tiene la autoridad y el «derecho» de hablar en su nombre y de expresar su voluntad? ¿Cómo podemos saber lo que la «nación» quiere en realidad? ¿Existe siquiera un partido político que no reclame ser el único representante entre todos, el único portavoz de la voluntad de la «nación» mientras que los demás partidos son únicamente expresiones falsas y pervertidas de esta voluntad nacional? Todos los partidos liberales burgueses se consideran a sí mismos la encarnación de la voluntad del pueblo y reclaman el monopolio exclusivo para representar a la «nación». Pero los partidos conservadores y reaccionarios también hacen referencia a la voluntad y a los intereses de la nación y, dentro de ciertos límites, también tendrían el mismo derecho a hacerlo. La Gran Revolución francesa fue, indudablemente, la expresión de las aspiraciones de la nación francesa, pero Napoleón, que acabó con la revolución con su golpe del 18 Brumario, basó toda su reforma del estado en el principio de «la volonté générale» (la voluntad general).

En 1848 la voluntad de la «nación», dio lugar primero a la República y al gobierno provisional, más tarde a la Asamblea Nacional y' finalmente, a Luis Bonaparte que suprimió la República, el gobierno provisional y la Asamblea Nacional. Durante la Revolución Rusa [de 1905], el liberalismo exigió, en nombre del pueblo,un ministro «cadete»; el absolutismo, en nombre del mismo pueblo, organizó los progroms contra los judíos, mientras los campesinos revolucionarios expresaban su voluntad nacional incendiando las fincas de la nobleza. En Polonia, el partido de las Centurias Negras (Democracia Nacional) dijo encarnar la voluntad popular y' en nombre de la «autodeterminación de la nación», incitó a los trabajadores «nacionales» a asesinar a los trabajadores socialistas.
Con la «verdadera» voluntad de la nación sucede lo mismo que con el verdadero anillo de Nathan el sabio en la historia de Lessing: se perdió y parece casi imposible encontrarlo, ni distinguir el verdadero del falso. En apariencia, el principio de democracia proporciona un medio para distinguir la auténtica voluntad popular, determinando la opinión de la mayoría.
La nación quiere lo que la mayoría del pueblo quiere. Pero ¡ay del Partido Social Demócrata que tomara tal principio como su propia medida!: estaría condenado a muerte como partido revolucionario. La Social Democracia, por su propia naturaleza, es un partido que representa los intereses de una gran mayoría de la nación; pero, mientras exista en el marco de una sociedad burguesa y en la medida en que se trata de expresar el deseo consciente de la nación, es también el partido de una minoría que pretende sólo convertirse en mayoría. En sus aspiraciones y en su programa político no busca reflejar el deseo de la mayoría de la nación, sino al contrario, encarnar exclusivamente la voluntad consciente del proletariado. E incluso dentro de esta clase la Social Democracia no es y no reclama ser la personificación de la voluntad de la mayoría, Expresa únicamente la voluntad y la consciencia del sector más avanzado y revolucionario del proletariado urbano industrial. Trata de propagar esta voluntad y clarificar el camino para la mayoría de los trabajadores, haciéndoles conscientes de sus propios intereses. «La voluntad de la nación», o de su mayoría, no es ningún ídolo para la Social Democracia, ante el cual se postre humildemente. Por el contrario, su misión histórica consiste sobre todo en revolucionar y en formar la voluntad de la «nación», es decir, de la mayoría obrera. Porque las formas tradicionales de consciencia que la mayoría de la nación, y por tanto de la clase trabajadora, manifiesta en la sociedad burguesa, son las formas habituales de la consciencia burguesa, hostil a los ideales y a las aspiraciones del socialismo. Incluso en Alemania, donde la Social Democracia es el partido político más poderoso, es todavía hoy, con sus tres millones doscientos cincuenta mil votantes, una minoría si se la compara con los ocho millones de personas que votan a los partidos burgueses y con los treinta millones que tienen derecho al voto. Las estadísticas sobre los electores parlamentarios ofrecen tan sólo una idea aproximada de la correlación de fuerzas que existe en tiempos de paz. Así pues, la nación alemana se «autodetermina» eligiendo a una mayoría de conservadores, clérigos, librepensadores, y poniendo su destino político en sus manos. Y lo mismo está ocurriendo, todavía en mayor medida, en todos los demás países.
[...] El POSDR deja la solución de la cuestión polaca en manos de la «nación» polaca. Los socialdemócratas polacos deberían intentar con todas sus fuerzas solucionarlo de acuerdo con los intereses y las aspiraciones del proletariado. Sin embargo, el partido del proletariado polaco está ligado organizativamente al partido de todo el Estado, es decir, la SDKPiL es una parte del POSDR. Por lo tanto, la socialdemocracia de toda Rusia, unida tanto en ideas como tácticamente, mantiene dos posiciones diferentes. Como un todo está a favor de las «naciones»; en sus partes constitutivas está a favor del proletariado de cada nación. Pero estas posiciones pueden ser muy diferentes e incluso completamente opuestas. El agudizado antagonismo de clases existente en toda Rusia convierte en norma general el hecho de que ante la cuestión nacional, y ante cuestiones de política interna, los partidos obreros adopten posiciones completamente diferentes de las sustentadas por la burguesía y por la pequeña-burguesía de cada una de las nacionalidades. ¿Qué actitud deberá, pues, adoptar el Partido en Rusia, en caso de que una coalición similar se presente? [..ù]
Tendrá dos alternativas. El «derecho de las naciones a la autodeterminación» podría ser en esencia idéntico a la solución que el proletariado de cada nacionalidad aporte a la cuestión nacional --es decir, idéntico al programa de los partidos socialdemócratas de las nacionalidades afectadas por el programa--, en cuyo caso la fórmula del «derecho de las naciones» en el programa del partido socialdemócrata de toda Rusia es sólo una paráfrasis mistificadora de la posición de clase; o bien el proletariado ruso como tal reconoce y respeta tan sólo la voluntad de las mayorías nacionales en las nacionalidades sometidas al yugo ruso, aunque el proletariado de esas «naciones» resultara estar en contra de esta mayoría y presentara su propio programa de clase. En cuyo caso topamos con un dualismo político muy especial: expresa dramáticamente la discordia entre las posiciones «nacionales» y las posiciones «de clase»; y pone de manifiesto el conflicto entre la posición del partido obrero federal y la de los partidos de cada nacionalidad concreta que lo integran. [...]

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