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03 marzo 2016

La vampirización del 3 de Marzo por la izquierda abertzale

Lucha obrera, ¿y nacionalista?

 El factor precipitante de los sucesos de Vitoria, ya ha quedado constatado, fue una serie de reivindicaciones de naturaleza socioeconómica, subsumidas en la Plataforma Reivindicativa, a las que en el curso de la lucha se fueron incorporando otras de naturaleza política, como el reconocimiento de los representantes sindicales elegidos al margen del procedimiento establecido por el Sindicato Vertical o la puesta en libertad de compañeros detenidos que se habían significado en las huelgas. Casi dos décadas después de los hechos, uno de los máximos líderes obreros, Jesús Fernández Naves, resumía el espíritu del 3 de marzo de 1976 en los siguientes términos: “un movimiento anticapitalista que luchaba por una sociedad nueva y condiciones de vida más igualitarias, movilizando a toda la sociedad: y organizados en torno a las asambleas, con democracia directa” (Egin, 3-3-1995: p. 8). Es decir, que los obreros vitorianos funcionaron de acuerdo a un modelo de toma de decisiones asambleario para coordinar la movilización y ponerla al servicio de la ruptura de los límites de compatibilidad del sistema capitalista, de su trascendencia hacia un sistema más igualitario de variante socialista. Lo que nos interesa añadir ahora es que en estos meses cruciales de finales de 1975 y comienzos de 1976 las reivindicaciones políticas e identitarias ligadas al nacionalismo se encontraban por completo ausentes. No sorprenderá esta afirmación si recordamos que el origen de muchos de los protagonistas de las huelgas de Vitoria hay que buscarlo en el agro español, a la fuerza alejado de las luchas ligadas a la identidad nacionalista. Así, y a modo de indicador de la lejanía de las preocupaciones identitarias de la clase obrera vitoriana en aquella coyuntura histórica, el número de participantes en Vitoria durante las huelgas generales por el juicio de Burgos a finales de 1970 o, un lustro más tarde, con motivo de los fusilamientos de Txiki, Otaegi y 3 miembros del FRAP el 27 de septiembre de 1975, no estuvo a la altura de la escala de movilización de las otras provincias vascas y de Navarra. Es más: estuvieron incluso por debajo de las cifras 17 registradas en el conjunto de España (Nuñez, 1977: 189-195; Abásolo, 1987: 23, nota 6; De Pablo, 2008: 334; Carnicero, 2009a: 42; Rivera, 2009: 337).

En este mismo sentido, un informe de la LCR-ETA VI, organización política de orientación troskista, sostenía que la clase obrera vitoriana adolecía de una falta de sentimiento del problema nacional (citado en Abásolo, 1987: 46) que se traducía, por ejemplo, en que se mostraba notablemente refractaria a las movilizaciones por la amnistía, reivindicación en clave política que era central en la vecina Guipúzcoa. En este mismo sentido, y según se recoge en el estudio más pormenorizado sobre las movilizaciones obreras objeto de nuestro análisis, en la capital vitoriana los aspectos relacionados con el “problema nacional” eran soslayados en las asambleas (Abásolo, 1987: 62, 80). No obstante la relativa desvertebración de que adolecía la clase obrera vitoriana, fruto de una industrialización acelerada y reciente que se nutría de trabajadores directamente extraídos del medio rural, en gran medida foráneo, es posible (siguiendo en este extremo al mejor especialista en el estudio del movimiento obrero alavés en el siglo XX, el historiador Antonio Rivera), identificar varias tendencias ideológicas y orientaciones estratégicas entre los líderes de los trabajadores, esos “empresarios de movimiento” capaces de imprimir un efecto catalizador a las dinámicas obreras. Rivera se refiere a cuatro familias: socialistas, presentes a través de sus diferentes organizaciones sectoriales (partido, sindicato, juventudes); un sector de CC.OO. controlado por partidos de extrema izquierda con una visión leninista, o vanguardista, del movimiento; otro sector de CC.OO, éste controlado por el PCE; y, por último, un sector denominado “anticapitalista”, que jamás cuajó en una organización estable y que, en una de sus tendencias, subrayaba sobremanera la función de la asamblea como creadora y recreadora de conciencia y acción de clase, mientras que la otra tendencia insistía en el papel dinamizador de minorías activas inequívocamente revolucionarias (2008: 330-335; Carnicero, 2009a: 44-45). Sea cual fuera el posicionamiento de estas sensibilidades respecto al sentimiento nacional vasco, parece fuera de toda duda que éste no desempeño ningún papel en las luchas obreras de Vitoria durante los meses que duro el ciclo de protesta, esto es, de enero a marzo de 1976. Una reciente monografía sobre el tema concluye a este respecto de forma contundente que “planteamientos de tipo separatista o a favor de la lucha nacional no se dieron en ningún caso, llegándose incluso a marginar las reivindicaciones pro-amnistía habituales en las protestas obreras de las provincias  vascas del norte” (Carnicero, 2009a: 106).
 Este mismo autor recoge el balance que al respecto del tema que ahora nos ocupa efectúa un sacerdote ligado entonces y hoy al nacionalismo vasco radical desde la Coordinadora de Sacerdotes de Euskal Herria: “entre los líderes sindicales había de todo, ¿no?, había gente más afín a la lucha nacional, y otros que no tenían nada que ver con la lucha nacional… Pero la gran masa obrera que participaron en aquello…, pues yo pienso que la procedencia de todos ellos era…, de todos ellos no, de la gran mayoría, era emigrante. Por lo tanto, la conciencia nacional prácticamente…, existía, pero mínimamente, y en Vitoria todavía mucho menos desarrollada. Por eso, no creo que se puede mezclar, siendo fieles a los hechos históricos ambas cosas, hay que diferenciarlas” (Félix Placer Ugarte, citado en Carnicero, 2009a: pp. 106-107, nota 21).


 El hecho de que las reivindicaciones identitarias ligadas al nacionalismo vasco no se dejasen notar en los acontecimientos acaecidos en Vitoria en 1976 no obsta para que, ya desde los primeros compases de la fecha, se dejasen notar intentos de vincular las reivindicaciones obreras con las nacionalistas. Así, en una muestra más de las múltiples recibidas de todo el Estado español en solidaridad con los obreros en lucha, 500 profesionales de Euskadi constituidos en asamblea hicieron público un comunicado el día 7 en el que abogaban por “el reconocimiento de la soberanía nacional de Euskadi”.
Ya he consignado que los sucesos originales de las movilizaciones ritualizadas de cada 3 de marzo estaban desprovistos de cualquier reivindicación que tuviese que ver con el hecho nacional vasco, preocupación ajena a la mayoría de los trabajadores que protagonizaron los dos meses de huelgas y protestas. Trazaré a continsuación la cronología de la vampirización, vale decir monopolización casi perfecta, por parte del nacionalismo radical del símbolo de lucha obrera que es el 3 de marzo tomando como punto de arranque los luctuosos hechos acaecidos en la capital vitoriana aquél día de 1976. Recurriré para ello a la fuente que mejor recoge la visión del 3 de marzo por parte del nacionalismo radical, que es el diario Egin hasta su cierre judicial en 1998 y su sucesor Gara a partir de 1999, así como a otras fuentes escritas ligadas directa o indirectamente al nacionalismo vasco radical. La relevancia otorgada a la efeméride se revela ya en la atención que se le dedica en la portada de esos noticiarios: desde 1978 (el primer número de Egin vio la luz el 29 de septiembre de 1977) hasta 1991, incluido, el eco de la fecha viene plasmado en la primera página de las ediciones de los días 3 o 4 de marzo (a veces de los dos), con mayor o menor prominencia. De ahí en adelante las noticias generadas por la efeméride vendrán recogidas puntualmente en las páginas interiores, aunque no sistemáticamente en la portada. No me detendré en demasía en especular sobre el número de participantes, tampoco en señalar los actos convocados para la jornada, ni mucho menos en el análisis de su decurso y discurso, pero sí en las desavenencias que empezaron a asomar muy pronto entre las diferentes organizaciones políticas y sindicales por la apropiación del legado del 3 de marzo, con todo el capital simbólico, emocional y movilizador que arrastra consigo. Si se atiende a la forma de plasmarse la protesta constataremos que, no sorpresivamente, los años inmediatamente posteriores a los acontecimientos fueron ricos en formas y escala de movilización. Las convocatorias de huelga en la ciudad o en la provincia, con seguimiento desigual, se repitieron durante varios años (1977, 1978, 1980 y 1982). Durante los dos primeros años mencionados, siempre en el convulso clima de la transición a la democracia, se repitió idéntico esquema. En concreto, los años en lo que no aparece noticia alguna sobre el 3 de marzo en la portada son: 1992, 1993, 1994, 1995, 1997, 2000, 2002, 2008 y 2009. Es decir, la mitad de las veces posibles el diario se hace eco de la jornada en su lugar más prominente.  celebratorio: a las 11 de la mañana un acto religioso en la Catedral Nueva, escenario de los funerales masivos de 1976, y manifestación subsiguiente a la salida con la iglesia de San Francisco, principal lugar de la masacre, como destino final. Ya desde los primeros compases de la conmemoración afloraron las diferencias entre distintas interpretaciones de la fecha. Así, en un mitin organizado en 1978 en el polideportivo de Mendizorroza se produjeron por la tarde enfrentamientos, verbales y físicos, entre “asamblearios” y partidarios de la celebración de un mitin al uso. Las discrepancias se hicieron evidentes en la manifestación del año siguiente, 1979, cuando las organizaciones convocantes (los partidos PSOE, PCE, EMK-OIC, ORT, así como las centrales CC.OO., UGT, ELA-STV, LSB-USO, CNT, LAB y SU) desfilaban bajo una pancarta unitaria y sin siglas que rezaba: “3 de marzo: la lucha obrera continúa. Exigimos responsabilidades”.
Los miles de asistentes avanzaban en silencio cuando en un momento del trayecto una parte comenzó a corear consignas como “Presoak kalera”, “Policía asesina”, “Caídos tres de marzo, solidaridad” y otras. A partir de ahí la manifestación se dividió en dos secciones, la primera de las cuales gritaba “Que se vayan”, “ETA mátalos”, “Presos de Soria, solidaridad”, “Amnistia orokorra” (“Amnistia general”) y entonaba las canciones Eusko Gudariak y Hator, hator, ambas de marcado significado nacionalista. Como consecuencia de estas discrepancias, al año siguiente, en 1980, se forjaron los bloques que perdurarán durante las movilizaciones del 3 de marzo en los años siguientes, hasta 1983 (incluido). Por un lado, en la manifestación conjunta, que no unitaria, desfilaron por un lado los sindicatos CC.OO., UGT y ELA-STV y, por otro lado, CNT, SU, el sindicato abertzale LAB y otras organizaciones del nacionalismo vasco radical (HB, KAS, Gestoras Pro-Amnistia) y de la izquierda extraparlamentaria (EMK-OIC y LKI, la sección vasca de la Liga Comunista Revolucionaria). Una pista sobre la razón subyacente a la conformación de estos bloques la proporcionó el PCE cuando en 1982 se pronunció en contra de la convocatoria de huelga general porque “no debe ser un día para hacer apología de la violencia”. No en vano, desde el bloque formado por el nacionalismo radical se habían dejado airear durante los dos años anteriores eslóganes como los anteriormente citados o “Abajo la Ley Antiterrorista”, “Indar errepresiboak hormara” (“Fuerzas represivas al paredón”), “Gora ETA militarra”, “Zuek faxistak  zarete terroristak” (“Vosotros fascistas sois los terroristas”), “Contra la represión, lucha armada solución” y similares.

 Ese año de 1982 UGT convocó una manifestación en solitario, con escaso éxito movilizador. Compartir espacio físico y causa con quienes alardeaban consignas a favor del terrorismo se hizo inasumible para las organizaciones sindicales y políticas que condenaban a ETA. El año de 1983 será el último que asista a la dinámica de celebración unitaria pero dividida en dos bloques: uno dominado por el nacionalismo radical y secundado por organizaciones de extrema izquierda, donde era habitual escuchar gritos de apoyo a ETA, y otro integrado por CC.OO. y UGT, con el sindicato nacionalista ELA-STV ya descolgado a estas alturas. A partir de entonces la fecha será patrimonializada por el nacionalismo radical, acompañada en los primeros compases por las fuerzas políticas extraparlamentarias a estas alturas habituales (como EMK y LKI, que para entonces solicitaban el voto para HB) y sindicatos minoritarios vinculados al anarquismo y a la extrema izquierda. Los sindicatos no nacionalistas CC.OO. y UGT, por su parte, dejarán de participar en los actos de la jornada del 3 de marzo y harán dejación prácticamente definitiva de este símbolo en su calendario celebratorio. En estos momentos, y estamos a mediados de la década de 1980, la vampirización de los acontecimientos y de la fecha cobra carta de naturaleza. Así, en el comunicado de los convocantes de 1985 (los sindicatos LAB, CUIS, CNT, STEE-EILAS, apoyados por los partidos HB, EMK, LKI, Auzolan, UST, así como las Gestoras ProAmnistia y Aizan, entre otras) se podían oír las denuncias al PSOE y PNV, así como de la Policía y de la Ertzaintza, exigiendo que “se juzgue a los asesinos de aquella masacre y también a los que hoy continúan matando, torturando, atacando los intereses de la clase obrera y de Euskadi” y la “puesta en libertad de nuestros presos, encarcelados en verdaderos centros de exterminio y la vuelta a casa de los exiliados, perseguidos y masacrados por ser consecuentes con sus ideales, querer la libertad de nuestro pueblo y la emancipación de nuestra clase”. El comunicado finalizaba afirmando: “Ocio, Barroso, Aznar, Castillo, Pereda [apellidos de los cinco fallecidos], nosotros no olvidamos, como no olvidamos a Txiki, Otaegi, Arregi, Ojeda [miembros de ETA fallecidos en trágicas circunstancias] y a tantos otros caídos por las balas  asesinas en la lucha diaria”( La Coordinadora Unitaria de Izquierda Sindical, CUIS, era un sindicato ligado al EMK que se transformó más tarde, hasta hoy, en ESK, Ezker Sindikalaren Konbergentzia; el Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza, STEE-EILAS, está asimismo vinculado a la extrema izquierda; Auzolan era una coalición electoral liderada por LKI; Unión Sindical de Trabajadores, UST, era un sindicato de orientación troskista formado en 1984 tras su expulsión de la UGT; Aizan es una organización feminista integrada en el MLNV).

 Un año más tarde, en el décimo aniversario de los sucesos de Vitoria el protagonismo estelar corrió a cargo de representantes cualificados del nacionalismo radical tales como Joselu Cereceda y Rafa Díez, ambos miembros del secretariado nacional de LAB, así como de Txomin Ziluaga, secretario general de HASI, partido integrado en KAS, y miembro de la Mesa Nacional de HB. En su intervención, Cereceda hizo hincapié en que “somos conscientes de que cuando a un pueblo se le niega la soberanía tiene derecho a defenderse con uñas y dientes, y las armas si es preciso”. A estas alturas la central anarcosindicalista CNT ya formaba un bloque diferenciado del mayoritario en el que se coreaban consignas de apoyo a ETA, a la alternativa KAS y se exigía amnistía para los presos de la organización terrorista (Egin, 4-3-1986, p. 3). Para entonces la iconografía y el arsenal simbólico habitual del nacionalismoburgues domina el decurso de la jornada: txalaparta, alboka (ambos instrumentos de música tradicionales), aurresku (un baile), ikurriña, Eusko gudariak,… Buena prueba del ingreso del capital simbólico del 3 de marzo en la cuenta del nacionalismo lo tenemos en los años 1987 y 1988. Las manifestaciones convocadas para ambos años se dividían en bloques comandados por LAB y otras organizaciones ligadas al nacionalismo radical, por un lado, y fuerzas de la izquierda extraparlamentaria, por otro.

 En 1987 la celebración coincidió con el fallecimiento accidental del máximo dirigente etarra, Domingo Iturbe, Txomin; el año siguiente con el recibimiento en Tolosa del cuerpo del miembro de ETA fallecido en la cárcel Mikel Lopetegi. En las manifestaciones recordatorias del 3 de marzo en Vitoria, los participantes en el bloque nacionalista rindieron homenaje a ambos etarras en un mar de ikurriñas con crespones, relegando la causa obrera a lugar secundario. En el caso de 1988, por ejemplo, el diario Egin da cuenta de que en la manifestación vespertina participaron alrededor de 1500 personas repartidas en los dos bloques habituales: sindicatos ligados a la izquierda extraparlamentaria y al anarcosindicalismo e, inmediatamente después, LAB. Este segundo bloque iba precedido por una ikurriña con crespón sostenida por familiares de presos y refugiados y dos pancartas: una que rezaba “Amnistiarik gabe, pakerik ez” (“No hay paz sin amnistía”) y otra “3 de marzo, errepresioaren aurka, negoziazio politikoaren alde” (“3 de marzo, contra la represión, a favor de la negociación. Años después, en 2006, ocurrirá algo similar: la celebración ritual del 3 de marzo será aprovechada para ensalzar a dos etarras, Igor Angulo y Roberto Sainz, fallecidos en prisión los días previos. En lugar prominente de la manifestación podía verse una ikurriña con la imagen de ambos presos que avanzaba entre gritos de “Herriak ez du barkatuko” (“El pueblo no perdonará”), “Agur eta ohore, eusko gudariak” (“Adiós con honores, gudaris”) o “Estado español, estado terrorista”. El presidente de la Asociación de Víctimas del 3 de Marzo, Andoni Txasko, será uno de los dos detenidos por la Ertzaintza por portar dichas imágenes. En su alocución final Joseba Alvarez, cualificado dirigente de Batasuna, señaló que los etarras fallecidos “son parte de la misma lucha” en la que 30 años antes la policía segó la vida de cinco trabajadores. Si entonces era el ministro Fraga la viva personificación del enemigo, ahora lo es Balza, el Consejero de Interior del Gobierno Vasco. A partir de mediados de la década de 1980, pues, se consolida la plantilla de organizaciones sindicales que protagoniza hasta el día de hoy, y con los matices que introduciré a continuación, la celebración del 3 de marzo. Se trata de LAB, como principal motor de la celebración en cuanto a capacidad movilizatoria se refiere, secundada por los sindicatos ESK, STEE-EILAS y, durante la mayor parte de la década de 1990 y luego, bien que puntualmente, también en 2004, del sindicato de inspiración anarquista CGT. Sorprende la presencia reiterada de este actor, primero porque su ideario internacionalista no le hace proclive a priori a organizar actos conjuntos con compañeros de viaje nacionalistas, máxime cuando contaba con experiencia acumulada de que la jornada iba a girar alrededor de temas muy distintos a la vindicación de la clase obrera y su lucha por la justicia social. Si su objetivo era transmitir a la opinión pública una lectura retrospectiva y prospectiva propia de los acontecimientos de Vitoria en 1976, el balance no puede ser más magro. Y sorprende asimismo porque ya en 1996 un cualificado portavoz del sindicato marcaba las distancias con sus compañeros de manifestación de los años anteriores y siguientes  declarando que la situación sociopolítica y económica había evolucionado considerablemente desde los sucesos originales hasta 1996: “nada es igual, la izquierda radical dice que no ha cambiado nada, pero no es así” (Egin, 2-3-1996, p. 2).

 LAB, ESK y STEE-EILAS conforman, pues, el núcleo duro de la celebración desde mediados de 1980 hasta la actualidad, los “fijos” de la convocatoria, por así expresarlo. Pero figuran asimismo otros convocantes más o menos circunstanciales y anecdóticos. La sección vasca de Izquierda Unida es uno de ellos, pues secundó la manifestación de 1995 y en la década siguiente en dos ocasiones, en 2005 y 2007 (siendo ya parte integrante de la coalición de gobierno vasco junto al PNV y EA – Eusko Alkartasuna–), efectuó convocatorias en solitario ante el monolito recordatorio de las víctimas sito junto a la iglesia de San Francisco. Otro actor circunstancial es EA, que en 2001 apoyó la manifestación vespertina. Más interés tiene el retorno de ELA a las movilizaciones, pues había estado presente en sus inicios, desde 1979 hasta 1983, cuando se manifestaba en el bloque de CC.OO. y UGT. Su presencia continuada entre 2001 y 2010 junto al resto de sindicatos nacionalistas adquiere sentido en el marco de la unidad de acción sindical forjada entre LAB y ELA escenificada en una multitudinaria manifestación que tuvo lugar en Bilbao en 1994 para exigir un marco vasco de relaciones laborales y, en lo político, un frente abertzale para conseguir el reconocimiento del derecho de autodeterminación de Euskal Herria. Dicho frente se concretaría en el Pacto de Estella cerrado en la localidad navarra el 12 de Septiembre de 1998 junto con otros partidos políticos y sindicatos nacionalistas y Ezker Batua-IU. Conclusión Descansando a hombros de gigante, en el presente trabajo hemos ensanchado la noción de repertorio de acción de Tilly hasta incorporar los símbolos al análisis de la  contienda política. Los actores sociales efectúan sus demandas a las autoridades y a la opinión pública, y en el curso de la movilización forjan y refuerzan su identidad colectiva sirviéndose para ello de una serie de recursos culturales capaces de estimular una homogeneidad interpretativa entre sus seguidores y aglutinarlos en aras de una causa. Tilly profundizó en las distintas formas de los repertorios de acción premoderno y moderno, apuntó explicaciones del tránsito de uno a otro y desbrozó lo que a su juicio era el hilo conductor de todas ellas, a saber: la pugna entre grupos desafiantes y autoridades por intervenir en el proceso de cambio social desde la defensa de sus respectivos intereses. Es lo que en este trabajo he denominado el repertorio simbólico de acción, un factor cultural que coadyuva a que un actor colectivo se convierta y reconozca como tal al que Tilly no prestó excesiva atención en sus investigaciones, más preocupado como estaba por la visualización de la protesta que por sus preliminares, esto es, por los factores que cementan la cohesión grupal y hacen sentirse a sus miembros partícipes de un actor colectivo. Desde estas guías analíticas, en el presente trabajo he abundado en el capital simbólico del nacionalismo vasco radical: en su cartografía, su funcionalidad y en su origen. En concreto, me he detenido en levantar acta de la vampirización de una fecha, el 3 de marzo, estrechamente ligada a una causa, una reivindicación obrera en un marco autoritario que, en su origen, se presentaba vaciada de cualquier connotación nacionalista. La atribución nacionalista la efectuó la familia radical después, a partir de la década de 1980, atribuyendo una motivación retrospectiva absolutamente ausente en los actores que protagonizaron el ciclo de protesta en la capital alavesa en los primeros meses de 1976. El capital emocional y movilizador de la fecha se prestaba a servir de anclaje histórico “obrerista”, a añadir al capital simbólico abertzale ya succionado (de forma más o menos perfecta) al nacionalismo tradicional, como en los casos de la canción del Eusko Gudariak, la figura del soldado vasco o gudari de la Guerra Civil o la figura del militar jeltzale Kandido Saseta (Casquete, 2009). Desde los primeros compases de la transición, y gracias a su incontestable capacidad de movilización en la calle, el nacionalismo radical ha conseguido apropiarse de la fecha y expulsar de su celebración a otras fuerzas políticas y sindicales de izquierda que igualmente podrían luchar por su legado. Así, hasta alcanzar la situación actual y previsible para el futuro inmediato: una fecha y una celebración con resonancias en primera instancia obreras, pero que son sólo la coartada para plantear reivindicaciones ligadas al radicalismo nacionalista.

*20 Ese mismo portavoz aporta la siguiente explicación a la presencia de la CNT y la CGT junto al bloque abertzale: “no había fuerza ni capacidad para decidir no ir; se iba en bloque aparte, pero cada vez nos íbamos quedando más solos porque la extrema izquierda se iba con la IA [izquierda abertzale]… se tenía claro que ‘la nuestra’ era la del 1 de mayo y que la del 3 de marzo se cumplía porque, además de importante, marzo cuadra más en el calendario anual de movilización obrera (negociación de convenios) que mayo (para entonces los asuntos ya están cerrados o concluidos”. Y añade: “La posición de la CNT y de la extrema izquierda tiene mucho que ver con el miedo a la soledad, que explica muchas cosas que han pasado aquí durante años”. Antonio Rivera, comunicación personal.

2 comentarios:

Anónimo dijo...


a ver, es facil, habra socialistas/comunistas que sean nacionalistas vascos, y habra socialistas/comunistas que no lo sean.

los primeros son abertzales, los segundos no.

si los segundos han militado alguna vez en un movimiento abertzale como el MLNV, es un error y problema unica y exclusivamente de ellos, no es el problema del movimiento al que se apuntaron "vaya usted a saber porque" y del que ahora reniegan.

se siente, pero la IA no tiene la culpa de que el PCE o satelites nunca tuviera fuerza suficiente para levantarse en armas por su causa y mucho menos de concitar apoyos para tal causa.

la IA la tuvo, en su momento, y por eso algunos revolucionarios NO abertzales se apuntaron a un carro que no era el suyo.

pedid cuentas a quien no tuvo las agallas y la fuerza suficiente de intentar vuestra revolucion.

Anónimo dijo...

Es imposible materialmente el protagonismo de la izquierda abertzale en los sucesos,
1 porque en el año 76 todavia no estaba estructurada, 2 porque en vitoria era donde menos peso tenia la IA o la gente identificada por ella, 3 por la fuerza de los partidos comunistas en el campo de la izquierda.4 porque los obreros eran muchos de origen inmigrante.