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06 marzo 2016

Origenes de la izquierda vasca, El socialismo.(IV)

El «prietismo» fue, en primer lugar, política de afirmación democrática y republicana. Prieto fue el portavoz de la crítica socialista con ocasión de la crisis militar en Marruecos (desastre de Annual, 1921) y de la exigencia de extender las responsabilidades al propio Rey; y sería uno de los hombres clave en la crisis de 1930-31 y quien la planteó en términos inequívocos.
«o con el Rey o contra Rey». Dentro del PSOE, ya en los años veinte, Prieto significó la negativa a toda colaboración con la dictadura de Primo de Rivera. Luego, sería, con Azaña, la encarnación de la República y, en 1935 —otra vez con Azaña—, uno de los inspiradores de la idea del Frente Popular. Convencido de la identidad entre república y democracia, Prieto contribuyó decisivamente a hacer del PSOE la vanguardia de la oposición democrática a la monarquía de 1876 y, por tanto, a que el partido socialista fuera el eje de la II República. Fue probablemente más un «demócrata radical», como le definió el líder comunista italiano Togliatti, que un socialista —aunque su lealtad al PSOE fue inquebrantable—, y esa significación suya no debió de dejar de impregnar el movimiento socialista en Bilbao y en el País Vasco.

En todo caso, el socialismo de Prieto era un socialismo no doctrinal y humanitario, influenciado, sobre todo, por Costa, Meabe y Jaurs y, más aún, por el periodismo radical bilbaíno y madrileño. Era un socialismo liberal, profundamente impregnado de las tradiciones históricas de Bilbao, con las que Prieto se sintió profundamente identificado. El socialismo de Prieto era, según sus palabras, «un socialismo para la libertad», esto es, un sistema que corrigiera los desequilibrios sociales y económicos y garantizase la plena igualdad de oportunidades en un marco político que asegurase, a su vez, el pleno ejercicio de las libertades democráticas. En buena lógica, Prieto se posicionó siempre contra toda idea de dictadura: contra la escisión comunista en 1921 y contra la dictadura de Primo de Rivera en 1923, dimitiendo incluso de la ejecutiva del PSOE a la vista de la actitud conciliadora y acomodaticia seguida por su partido respecto a aquel régimen militar.

Prieto dio al socialismo del País Vasco una preocupación española —de raíz regeneracionista— que no tuvo antes. Con Prieto, el PSOE vasco sería un partido estatal en un triple sentido: porque se insertaba en un horizonte cultural español (basta recordar el caso de un Zugazagoitia), porque funcionaba como una especie de vanguardia del socialismo español, y porque asumía aspiraciones y programas nacionales. En el caso personal de Prieto, esto último fue más que evidente: la política hidráulica que lanzó como ministro de Obras Públicas en 1932-33 era un ambicioso plan de regeneración nacional, que buscaba el desarrollo de la España seca a través de una impresionante transformación de la infraestructura del país. De cara al problema vasco —al que se hará referencia más adelante—, Prieto creía también en una solución «nacional»: la autonomía dentro del marco constitucional de una España democrática.

Al servicio de tales ideas, Prieto abogó siempre por la estrategia electoral de cooperación con los republicanos inaugurada en 1909 y arrastró a ello al socialismo vasco hasta 1936. Pensaba que la unidad electoral de las fuerzas democráticas era la única vía posible para el cambio político y social del país, la única posibilidad para la instauración de la democracia en España. Su experiencia en Bilbao debió ser decisiva: el apoyo electoral de los republicanos fue la clave para sus repetidas victorias en las siete elecciones celebradas entre 1918 y 1936. Por eso que Prieto insistiera en la participación del PSOE en el gobierno en la etapa 1931-33 y que luego inspirara el Frente Popular, pero un Frente Popular concebido no como un frente obrero, sino como una coalición que incluyese, junto a los partidos obreros, a las fuerzas republicanas.
Una clara opción democrática y republicana, por tanto: tal sería, en resumen, lo que Prieto encarnó en el socialismo vasco. De la firmeza con que el PSOE asumía sus nuevas responsabilidades serían prueba los sucesos de agosto de 1917. A partir del 13 de agosto, el PSOE fue a una huelga revolucionaría contra la monarquía. En el País Vasco, donde Prieto asumió la coordinación y dirección del movimiento revolucionario, la revolución se concretó en una huelga general no insurreccional que afectó principalmente a Bilbao y a las zonas fabril y minera y en Guipúzcoa, a Eibar y en mucho menor medida a Rentería, Irún, Pasajes y Beasain. El movimiento duró del 13 al 20 de agosto y, pese a su carácter pacífico, dejó un saldo de doce muertos en Bilbao, víctimas en su mayoría de la durísima intervención del Ejército, y numerosos heridos y detenidos. Políticamente, se confirmaba la vocación del partido socialista como vanguardia del movimiento de oposición a la Monarquía, política que culminaría en la II República.
 
La II República: los socialistas y el problema vasco
Con la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931 (en Eibar, el 12), los socialistas vascos hubieron de asumir cargos de responsabilidad indudable en las distintas esferas del poder y la administración: Prieto, como ministro, primero, de Hacienda (1931) y luego de Obras Públicas; Enrique de Francisco, el líder del socialismo de Tolosa, como subsecretario de Trabajo; Angel Lacort, dirigente metalúrgico, delegado de Trabajo en Vizcaya; Rufino Laiseca, presidente de la gestora de la Diputación de Vizcaya (y Constantino Salinas, de la de Navarra); Toribio Echevarría, delegado del Gobierno en CAMPSA, y otros muchos como alcaldes de Eibar, Sestao, SanSalvador del Valle, etc. La izquierda ganó las elecciones locales del 12 de abril en las capitales vascas y en todas las poblaciones industriales importantes, por lo que los principales ayuntamientos de la región y las gestoras de las Diputaciones estuvieron en su poder a todo lo largo de la República; en las elecciones constituyentes de junio de 1931, la coalición republicano-socialista logró el 33 por 100 de los votos y siete de los diecisiete diputados que representaban a Alava, Guipúzcoa y Vizcaya. Todo ese aparato de poder iba pronto a afrontar problemas decisivos: sólo tres días después de procla mada la República, un grupo de alcaldes nacionalistas de alguno Ayuntamientos vizcaínos intentó proclamar en Guernica la República vasca dentro de la República española. El problema vasco quedaba así abiertamente planteado.
  
Para entender la política y la actitud de los socialistas del País Vasco ante lo que llamamos problema vasco —reivindicación de alguna forma de autogobierno, planteada a raíz de la abolición foral en 1876— conviene empezar por una doble afirmación: que los socialistas vascos no hicieron del reconocimiento de la nacionalidad vasca aspiración política de su partido (por el contrario, identificaron nacionalidad vasca con partido nacionalista vasco) y que la idea de España como unidad política y, por tanto, la cuestión de la integración de las provincias vascas en España, formó parte siempre del horizonte político y emocional de los socialistas vascos. Las razones de todo ello parecen claras y no son, por otra parte, novedosas: el socialismo jugó en el País Vasco un papel muy similar al que el laborismo, por ejemplo, tuvo en Escocia y Gales, regiones como la vasca dotadas de una cierta conciencia de diferenciación. La política del socialismo vasco, como la del laborismo galés y escocés, respondió a conceptos e intereses de clase: le preocuparon los problemas laborales y obreros, no los regionales; y buscó, en consecuencia, soluciones estatales a tales problemas (y no soluciones nacionalistas a problemas de identidad regional). Prevaleció en el socialismo vasco la solidaridad de clase con los trabajadores del Estado sobre la solidaridad interclasista del nacionalismo.
Sobre esa base, sería posible aislar, además, cuatro factores determinantes en la oposición del socialismo vasco al nacionalismo:
1) El carácter ultrarreligioso, tradicionalista y etnicista del primer nacionalismo vasco;
2) La exclusión del proletariado inmigrante del proyecto nacional vasco definido por Sabino Arana (Arana quería la organización de los trabajadores vascos al margen de los inmigrantes, como base de una hipotética armonía étnico-nacional entre empresarios y trabajadores vascos: así surgió en 1911 Solidaridad de Trabajadores Vascos);
3) La idea de unidad de la clase trabajadora im plicita en la lógica del socialismo, idea que excluía toda posible diferenciación regional entre los trabajadores;
 4) La conciencia socialista de que sus ideales de igualdad y solidaridad eran principios moral y políticamente más democráticos y progresivos que el exclusivismo étnico y el reaccionarismo religioso del nacionalismo vasco.
  
Se entiende así que el rechazo del nacionalismo fuese una constante en la historia del socialismo vasco hasta 1936 (aunque eso no quiere decir que no hubiera coyunturas de acuerdo: ya se ha dicho que los socialistas formaron parte del gobierno vasco en 1936; luego, lucharon juntos en la guerra civil y colaboraron, más adelante, a lo largo de muchos años de clandestinidad y exilio).
Los primeros años de La Lucha de Clases contuvieron ya un sinnúmero de caricaturizaciones hirientes y mordaces del nacionalismo vasco y de sus proyectos. Como ha quedado dicho, Unamuno veía en el antimaquetismo la esencia última del nacionalismo (idea similar a la de Maeztu). Para Unamuno, el socialismo representaba una posibilidad de cosmopolitismo —así escribió en La Lucha de Clases, el 27 de febrero de 1895—, la posibilidad de aproximación entre pueblos y culturas diferentes. Meabe que venia del PNV denunció reiteradamente las connotaciones racistas del nacionalismo vasco; veía una incompatibilidad radical entre el internacionalismo socialista —en el que creía— y cualquier idea de patria. No aceptaba las interpretaciones patrióticas del origen y del pasado vascos que daban los nacionalistas; y repudiaba el espíritu de exclusivismo local que inspiraba el movimiento nacionalista vasco. Zugazagoitia, en un artículo que escribió en la revista Leviatán en mayo de 1934, veía en el nacionalismo vasco - una combinación de sentimientos religiosos y locales, aspiraciones separatistas y un puñado de reivindicaciones raciales.
   
Prieto había expuesto en el Parlamento, el 17 de abril de 1918, la que podía ser considerada como posición oficial del socialismo ante el nacionalismo vasco. Prieto veía cinco elementos inapelablemente negativos en éste: sus aspiraciones separatistas, su clericalismo acerverbado, sus afinidades ideológicas con el carlismo, su espíritu antiliberal y su falsa interpretación de la historia.    Ahora bien, sería erróneo pensar que, en razón de su rechazo del nacionalismo vasco, el socialismo careció de sensibilidad política hacia la cuestión vasca. Por eso que las argumentaciones anteriores requieran al menos dos puntualizaciones:
Resultado de imagen de psoe guerra civil1) Que el «españolismo» —esto es, la exacerbación de un nacionalismo español antivascono fue estrategia política del PSOE; esa estrategia se definió siempre por su militancia obrerista y su vinculación al progresivismo democrático nacional;
2) Que pese al rechazo radical de todo lo que significaba el nacionalismo vasco, los socialistas tuvieron idea clara de lo que era el problema vasco y que existió en sus concepciones una «dimensión potencialmente regionalizadora» que, desde 1930-31, se concretó en la aceptación de una autonomía vasca en el marco constitucional de una España democrática.

Aquella «dimensión regionalizadora» alentó ya en el aludido discurso de Prieto, de abril de 1918, en el Parlamento. Prieto propuso allí una interpretación liberal y democrática de los Fueros vascos y ofreció el apoyo socialista a una restauración foral de signo democrático: «Nosotros no tenemos inconveniente —dijo- en sumarnos a esas esencias de los Fueros vascongados en lo que tienen de democrático.» Criticó la política seguida por los gobiernos centrales respecto al País Vasco desde 1876, año de la abolición foral; y explicó la aparición del nacionalismo precisamente en función de la insensibilidad del poder central ante lo vasco: «El nacionalismo —subrayó- significa un sentido de protesta contra la actuación absorbente de aquellos políticos que han representado la acción gubernamental de las provincias vascongadas, los cuales han incurrido en fuertes errores de percepción de la política local, sobre todo, en el de no haberse sabido asimilar en ningún momento el espíritu del país.» Prieto tenía una idea clara y nítida de cuál era el sentimiento dominante de la opinión vasca: «Profundamente fuerista —dijo en la misma ocasión—, netamente fuerista, totalmente fuerista.»
Fue desde una perspectiva semejante desde la que Prieto pudo proponer, ya más tarde, en 1930, que la democracia aceptase las aspiraciones regionalistas. Es lo que hizo en su discurso en el Ateneo de Madrid de 25 de abril de 1930; habló allí de regiones con «personalidad étnica verdaderamente definida» refiriéndose en concreto a Cataluña y al País Vasco; y abogó porque se cultivase, «lejos de herir», la «profunda sentimentalidad» que alentaba en aquellas regiones sobre sus costumbres, historia y culturas específicas. Por eso propuso a la oposición republicana a Alfonso XIII, reunida en San Sebastián el 17 de agosto de 1930 —ausente el PNV—, que la futura República reconociese el derecho de los vascos a la autonomía.

Proclamada la República, Prieto hizo además varias cosas que revelaban su aceptación de la autonomía vasca: inspiró el decreto de 8 de diciembre de 1931 que trazaba la vía constitucional hacia la autonomía; convenció al gobierno de que se hiciera entrega del Estatuto de Cataluña en San Sebastián —se hizo el 15 de septiembre de 1932— como promesa de una inmediata autonomía vasca; presidió la Asamblea de Ayuntamientos vascos en Zumárraga, en septiembre de 1934, acto culminante de aquella rebelión de los Ayuntamientos a la que ya se ha aludido y que, por su contenido, derivó hacia una exigencia de autonomía vasca; relanzó e inspiró el Estatuto vasco de 1936.

Las gestiones del dirigente más representativo del socialismo vizcaíno revelaban que la política socialista no era estrictamente una política anti-nacionalista. Los socialistas vascos aceptaron el principio de la autonomía vasca, bien entendido que querían un ordenamiento autonómico democrático y constitucional, y que desconfiaban de una autonomía vasca controlada por el PNV. A esa linea respondió su política ante los diversos proyectos estatutarios surgidos a partir de 1931. Presentaron enmiendas verdaderamente democráticas al primero de ellos, al Estatuto de Estella, que rechazaban por clerical, restrictivo, antidemocrático y anticonstitucional (en todo lo cual llevaban razón); apoyaron el Estatuto de 1932, en cuya redacción participaron —y que fracasó por la defección de Navarra, reacción a la que fueron ajenos los socialistas vizcaínos, alaveses y guipuzcoanos—; y siguieron apoyando en 1933 el Estatuto de las gestoras —el anterior, pero sin Navarra—, pero dentro ya de una durísima ofensiva contra el PNV —apoyada por el Gobierno central—, que les llevaría al lamentable error de inhibirse en el plebiscito sobre el Estatuto celebrado en noviembre de 1933 (una vez que quedó claro que el PNV había capitalizado toda la gestión estatutista de 1931-33).

Pero,  los socialistas sabrían rectificar: en 1934 apoyaron la cuestión de los Ayuntamientos, y el Frente Popular asumió plenamente, ya en 1936, la idea de un nuevo Estatuto vasco. La asumió y la impulsó. Fue Prieto quien relanzó el proceso estatutario en la primavera de 1936 y quien inspiró el nuevo texto. Quería ya que la autonomía vasca fuera el resultado de un amplio consenso vasco y buscó para ello la colaboración del PNV; la ponencia socialista que redactó el Estatuto del 36 la formaron un socialista (Miguel Amilibia), un nacionalista (José Antonio Aguirre) y un republicano (Ramón Viguri). El Estatuto se aprobó en octubre, ya en plena guerra civil (aunque estaba terminado antes): como ha quedado dicho, los socialistas participaron —con tres carteras— en el primer gobierno vasco de la historia, el gobierno presidido por José Antonio Aguirre y constituido el 7 de octubre de 1936.

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