29 abril 2016

Cipriano Mera y el Golpe Casadista.

Tras observar que el nacionalismo vasco abertzale resucita figuras tan repugnantes como Lucio Urtubia que calan en los más despistados vamos a recordar lo que fue el Golpe de Estado de los Casadistas y especialmente del Anarquista Cipriano Mera que es el asqueroso traidor que Urtubia pide en una carta publica a la Alcaldesa de Madrid una calle para glosar el recuerdo de aquel asesino de comunistas.


Tomado de Antorcha.


A comienzos de 1939 Cataluña cayó en manos de los fascistas y la desmoralización cundió en las filas republicanas. También eran muchos los que estaban cansados de resistir después de tres años de durísima guerra. Fue precisamente en esos momentos difíciles cuando se puso a prueba quién era la columna vertebral de la democracia, quién estaba dispuesto verter su sangre hasta la última gota en defensa del proletariado y, por el contrario, quién vacilaba, quién era propenso al compromiso y al pacto con los fascistas. Hacía ya tiempo que había pasado el momento de los desfiles felices del 18 de julio y llegaba el de las pruebas de fuego. Entonces se demostró que mientras el compromiso de los comunistas contra el fascismo era a vida o muerte, todos los demás querían rendirse y estaban incluso dispuestos a cualquier cosa con tal de acabar con una guerra que se les hacía ya larga y pesada.
Naturalmente que nada se puede oponer a la claudicación de los partidos republicanos burgueses que, por su naturaleza de clase, apreciaban más el bolsillo que los principios; tampoco se pueden oponer muchas objeciones a la socialdemocracia (PSOE y UGT) a quienes la III Internacional hacía diez años que acusaba de socialfascistas denunciando su propensión a servir en bandeja países enteros a la barbarie fascista. Pero quizá cabría esperar otra actitud de los anarquistas, que entonces, a diferencia de mayo de 1937 en Barcelona, ni siquiera tenían la justificación de intentar una revolución. Lo que demostraron año y medio después en Madrid fue su paso descarado a las filas de la contrarrevolución, expresada incluso en detalles tan nimios como la eliminación de la estrella roja de los emblemas del Ejército republicano.
Como cabía esperar, al final, en la guerra contra el fascismo sólo quedaron los comunistas al frente de las masas, del heroico Madrid republicano, y para tratar de encubrir su rendición, para salvar su responsabilidad histórica, los anarquistas han retorcido la historia de una forma inverosímil. En mayo de 1937 unos cuantos ya dieron un paso en falso, pero en marzo de 1939 su complicidad con los fascistas fue total y sin paliativos. Todas las frases que puedan imaginar jamás encubrirán unos hechos clamorosos por sí mismos.

Rendición y traición

El primer invento retórico para justificar su alineamiento con la contrarrevolución fascista es el intento por parte de Cipriano Mera (CNT) de llegar a un acuerdo con los fascistas que salvara a los cenetistas (pero sólo a los cenetistas) de la represión. Eso los anarquistas lo llamaban entonces -y lo siguen llamando hoy- una paz honrosa (1), un acuerdo que encubriera su rendición incondicional.
Ahora bien, independientemente de la opinión que se pueda sostener acerca de la necesidad de resistir a ultranza o de negociar una rendición, una cosa debe quedar clara: el único capacitado para negociar era el Presidente del Gobierno, Negrín, y cualquier otra cosa era una traición. Por lo demás Negrín ya había intentado negociar por varias vías y los fascistas le habían dejado siempre claro que no estaban dispuestos a ello en absoluto. ¿Lograrían otros lo que Negrín no había logrado? Evidentemente no. La negociación encubría una traición. A voz en grito Franco había repetido hasta la saciedad que no admitía condiciones, que jamás iba a pactar con nadie, y menos con ninguna organización antifascista vinculada, de cerca o de lejos, con el Frente Popular. No iba a pactar la paz y mucho menos iba a pactar una paz honrosa que permitiera a los anarquistas cubrir sus vergüenzas. Los fascistas ni siquiera iban a dar la oportunidad de largarse a los que desde hacía bastante tiempo -con el rabo entre las piernas- estaban desesperados por hacerlo. Su política era la de tierra quemada, la de arrasarlo todo. En noviembre de 1938 declaró que no podía tomarse en consideración la posibilidad de amnistía: Los amnistiados son hombres sin moral. Él creía en la redención mediante el castigo del trabajo; quienes no fueran ejecutados, tendrían que reeducarse en campos de trabajo. El 18 de febrero del siguiente año, volvió a descartar cualquier idea de paz condicional: Los nacionalistas han vencido -declaró- y, por lo tanto, los republicanos deben rendirse sin condiciones.
Los fascistas son así, siempre lo han sido y lo demás es vivir de ilusiones. Cualquier revolucionario lo sabe. Ahora bien, hay una cosa distinta: como buen fascista, Franco decía a los burgueses y a los oportunistas lo que éstos necesitaban para disimular su claudicación; se lo decía a los imperialistas anglo-franceses y, por su intermedio, se lo decía al coronel Segismundo Casado, que era quien estaba preparando la traición a la República en Madrid. Casado, Mera, Besteiro y demás capituladores no le hubieran podido servir Madrid en bandeja a Franco de no haber actuado con la excusa de unanegociación.
Por si caben dudas, hay que recordar que Casado era un peón del imperialismo británico, y para que no nos acusen a los comunistas de ver fantasmas y conspiraciones por todas partes, tendremos que recodar algunos aspectos acerca de la persona que organizó el golpe que sirvió en bandeja Madrid a los fascistas y, por tanto, a las órdenes de quién se ponían aquellas organizaciones que, como PSOE, UGT y CNT, le secundaron. Esto es necesario hacerlo porque, en el colmo del engaño a sus afiliados, la CNT dijo entonces que las negociaciones con los fascistas se están verificando sin la menor influencia extranjera (2). También lo es para comprender las razones por las cuales los comunistas calificamos a la guerra civil como una guerranacional revolucionaria.

Los disfraces de la capitulación

Casado era masón y su política de conciliación con el fascismo en Madrid era la misma que los imperialistas anglo-franceses estaban poniendo en práctica en todo el mundo, cuya materialización más escandalosa fue el acuerdo de Munich, y si el objetivo en Europa era aislar a la URSS, el objetivo en España era aislar a los comunistas para eliminarlos con mayor facilidad. Ya en el mes de diciembre de 1938 Casado tuvo una entrevista con el cónsul inglés y luego una comida diplomática en Jaca para preparar la traición, aunque todo esto Joan Llarch lo presenta de una manera muy refinada: se tataba de pulsar la opinión internacional respecto a la guerra de España (3). Así presentan los hechos quienes se niegan a reconocerlos: quien dictaba la opinión internacional (a Casado, naturalmente) era el imperialismo británico, y por eso no se le ocurrió (a Casado, naturalmente) seguir sondeando la opinión de otros países, como la URSS sin ir más lejos. Ahora bien, en ciertas historias de nuestra guerra parece que era la URSS quien tenía invadida España con sus agentes, consejeros y militares...
Lo cierto es que Casado recibía órdenes de Denys Cowan, el oficial de enlace británico de la comisión Chetwode en Madrid y Cowan, estaba muy interesado en que prosperaran las negociaciones entabladas entre Casado y el gobierno de Burgos.
Por si no fuera suficiente, Casado también se carteaba con un viejo amigo suyo, el general fascista Barrón. A finales de enero de 1939, Julio Palacios, unos de los espías de la Quinta Columna en Madrid, agente del SIPM, recibió la orden de ponerse en contacto con Casado para ofrecerle garantías. El 1 de febrero Casado respondía literalmente a los fascistas: Enterado, conforme y cuanto antes mejor. Diez días más tarde, el coronel José Ungría, jefe del espionaje del gobierno de Burgos, recibe una nota de sus agentes en Madrid: Casado suplica que se respete la vida de los militares decentes. Naturalmente los comunistas no entraban en ninguna categoría de decencia y estaban destinados a ser degollados por unos o por otros, es decir, por los fascistas o por los capituladores. El 16 de febrero Casado envía otra nota al jefe del espionaje fascista en Burgos que deja pocas dudas: Espero la constitución de un gabinete Besteiro, en el cual [yo] ocuparía la cartera de Guerra. Si esto último no ocurriera, no importa, los barrería a todos. Naturalmente como en su traición Casado contaba con el apoyo de todos excepto de los comunistas, ese inciso final de la nota significaba que quienes iban a ser barridos no eran otros que los comunistas. A pesar de ello, la historia -contada al revés- nos presenta a nosotros, los comunistas, como los sanguinarios, y lo que en este caso es más grotesco: resulta que de seguir determinadas falsificaciones de los más evidentes hechos históricos, fueron los comunistas los que se rebelaron contra Casado. Así se expresa un anarquista como José Peirats en su libro La CNT en la revolución española (4), una expresión plenamente coincidente con la que luego utilizarían los fascistas para condenar a los republicanos por rebelión: defender la República el 18 de julio de 1936 es rebelión para los fascistas; seguir defendiéndola en marzo de 1939 también era rebelión, según los capituladores.
Los anarquistas no sólo traicionaron la causa antifascista en marzo de 1939 sino que décadas después, en el momento de escribir la historia, no fueron capaces de reconocerlo, y así Juan Gómez Casas afirma que Segismundo Casado era un hombre en quien la CNT-FAI tenían confianza (5); lejos de rectificar, treinta años después seguían con la misma postura, por lo que a la traición se le suma el engaño.

La complicidad de Cipriano Mera en el golpe

Por el contrario, desde tiempo atrás los comunistas desconfiaban de Casado, que se había opuesto a la ofensiva de Brunete en 1937. El diputado comunista Daniel Ortega, comisario del Quinto Regimiento en los primeros tiempos, que trabajaba en el cuartel general de Casado, había comunicado aquel mismo año al Partido Comunista las sospechas que tenía acerca de Casado. Sin embargo, Cipriano Mera dice en sus memorias -como luego han repetido todos los anarquistas- que él no sabía nada de todo eso y que si lo hubiera sabido hubiera actuado de otra forma... Tampoco sabía -ni supo nunca- que el coronel Muedra, que era su jefe de Estado Mayor, era un espía franquista. Mera no sabía nada de eso pero dio pábulo, como todos los demás anarquistas, a las mentiras lanzadas por otro cenetista colega suyo, el receloso e intrigante Manuel Amil, como lo llama Joan Llarch (6), acerca de que Negrín, con ayuda de los comunistas se aprestaba a dar un golpe de Estado en Madrid. Este era uno, entre otros, de los muchos bulos que para justificarse difundieron entonces y siguen difundiendo ahora los anarquistas, como aquel otro de que los comunistas habían acaparado 700 toneladas de dinamita para volar Madrid a la entrada de Franco para presentar su destrucción como una obra del fascismo (7).
Este tipo de sucesos son bastante frecuentes; el conocimiento es como todo: se sabe aquello que se quiere saber, mientras se hacen oídos sordos a lo que no gusta. Es la mejor manera de engañarse uno a sí mismo para engañar luego a los demás. El caso es que, una vez más, el bulo de que había que dar un golpe de Estado para adelantarse a los comunistas, que supuestamente querían hacer lo mismo, servía tanto a los fascistas como a los anarquistas y otras fuerzas republicanas. Por eso no puede sorprender que la figura de un anarquista como Cipriano Mera sea tan bien valorada entre los falangistas, que recientemente reivindicaban en internet (8) su figura como cosa propia; así lo hicieron antes también el coronel fascista Martínez Bande (9) y Federico Jiménez Losantos, que lo consideraba como uno de Los Nuestros (10). Cabe añadir también que ese amor era recíproco, de manera que el anarquista Diego Abad de Santillán, después de alabar al jefe falangista Jose Antonio Primo de Rivera, se lamenta de no haber podido llegar a un acuerdo con él:
A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual con Jose Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936 diversas tentativas para entrevistarse con nosotros [...] Españoles de esa talla, patriotas como él, no son tan peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reivindican a España y sostienen lo español aun desde campos opuestos, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera (11).
No es de extrañar que los fascistas agradezcan a los anarquistas su valiosa colaboración en acelerar la derrota de la República. Mera fue detenido por los vichystas en el norte de África y entregado a Franco, que ni le fusiló, ni tampoco le tuvo mucho tiempo en prisión, como a los comunistas. Salió en libertad en 1946.
De los cuatro cuerpos del ejército republicano central, tres estaban dirigidos por los comunistas: Barceló, Ortega y Bueno. Casado no contaba con fuerzas propias para dar un golpe de Estado; las de los burgueses republicanos o del PSOE eran irrisorias. Por tanto, sólo podía contar con los anarquistas del 4° Cuerpo de ejército que dirigía Mera, en su mayor parte luchadores abnegados y partidarios de proseguir con la resistencia. Fueron un puñado de traidores de CNT en Madrid, como García Pradas, Eduardo Val y Manuel Salgado, los que con mentiras y engaños impulsaron a los combatientes de Mera a enfrentarse a los comunistas y traicionar a la República que habían jurado defender. Además, los burócratas cenetistas ya se habían instalado en el exilio francés desde donde llegaron órdenes de Mariano Vázquez, su secretario general, para que sirvieran la victoria en bandeja a los fascistas, prepararan la evacuación de los dirigentes anarquistas y la carnicería contra los comunistas...
El 11 de marzo, en una reunión del Comité Nacional del Movimiento Libertario (que agrupaba a CNT, FIJL y FAI) Grunfeld habló de la definitiva eliminación de los comunistas, y Eduardo Val, representante libertario en el Consejo golpista de Casado, informó así a sus colegas de los acuerdos aprobados: Con relación a la aplicación de las penas de muerte dispuestas contra los elementos comunistas, se acordó que se ejecuten las que sean insoslayables, y que las demás pasen a estudio del Consejo nacional (12).
En fin, que a los fascistas como a algunos anarquistas no les preocupaba otra cosa que ésa.

Un nido de espías

En Madrid tenía su destino otros de los generales republicanos que trabajaba para los fascistas y que tuvo un papel destacado en la traición final: Manuel Matallana, amigo íntimo del general Vicente Rojo. Él y el coronel Muedra, jefe de estado mayor de Mera y de Matallana, eran agentes franquistas emboscados. Del caso de Matallana no hay que dar muchas explicaciones porque así se calificó él mismo: En los Estados Mayores a los que he pertenecido siempre he hecho servicio de inteligencia (para el enemigo, naturalmente), lo que corroboró la sentencia del consejo de guerra a que fue sometido por los vencedores recién terminada la guerra:
Tanto la prueba testifical practicada como la documental aportada, aparece que el procesado es persona de antecedentes inmejorables de ideas derechistas, amante del orden afecto al parecer al MN (Movimiento Nacional). Según costa en lo actuado, a fines de 1937, el procesado estableció contacto con los representantes y agentes de la España Nacional en la Zona roja, procurándoles algunas informaciones, y siendo partidario de la rendición sin condiciones de la zona central, aún en poder de los marxistas, para lo cual trabajó intensamente y que a principios de 1939, procuró a un agente de la Zona Nacional un superponible de las fuerzas en línea y reserva de Ejército rojo, para que fuera pasado a la España Nacional y estas fuerzas pudieran atacar por donde mejor conviniera. También se ha puesto claro que el procesado reprimió la intentona comunista de 1939 y facilitó en gran manera la rendición total de la zona roja a la España Nacional.
Estas fueron las consecuencias de la complacencia de la República con los traidores que desde su mismo seno colaboraban con el enemigo, traidores que estaban en el ejército, en la administración, en los partidos, en los sindicatos y en el Frente Popular como una hidra venenosa a la que nadie fue capaz de poner freno. Todas las denuncias que al respecto lanzó el Partido Comunista quedaron como abominables intentos de purgas para quitarse de en medio a ciertos personajes y hacerse con el poder subrepticiamente. Aún estamos pagando muy cara aquella condescendencia, como lo pagaron los combatientes que cayeron en los campos de batalla, porque no se puede combatir al fascismo sin combatir a la vez a sus colaboradores encubiertos, a los pusilánimes y a los conciliadores que, como siempre, no se presentan a sí mismos como los traidores que son, sino con ropajes como los de la paz honrosa.
Tras lograr su propósito en Barcelona en mayo de 1937, el espionaje franquista siguió explotando la doblez de Casado, Matallana y otros oficiales, empleando para ello a intermediarios de confianza. A principios de febrero de 1939, Casado mantenía correspondencia regular con el coronel Ungría, jefe del servicio secreto de Franco en Burgos. El papel decisivo corrió a cargo del jefe de la red de espionaje en Madrid, Antonio de Luna. Julio Palacios, un agente de Luna, recibió la orden de ponerse en contacto en enero de 1939 con Casado a través de intermediarios. El coronel Bonel, en Toledo, también tuvo un papel importante en las negociaciones entre los conspiradores y Burgos.
Cuando Negrín regresó a Madrid el 12 de febrero, mantuvo una entrevista de cuatro horas con Casado, quien naturalmente le ocultó sus contactos con los fascistas y sus planes capituladores. Por su parte, Negrín le prometió a Casado que le ascendería a general y que la URSS había enviado 10.000 ametralladoras, 600 aviones y 500 piezas de artillería. Todo aquello estaba en Marsella y, a pesar de las dificultades, pronto llegaría a España.
Los comunistas de Madrid, como Tagüeña, Domingo Girón (el organizador local) y Pedro Checa, empezaron a hacer preparativos para enfrentarse a la conspiración militar. Una delegación del Partido Comunista visitó a Negrín quien reconoció que la única salida posible era proseguir la resistencia.

Dos líneas: resistencia o claudicación

A principios de 1939 se delinearon dos líneas muy claramente dentro de las fuerzas antifascistas: los partidarios de la resistencia y los partidarios de la claudicación. Los comunistas estaban entre los primeros, junto con otros, como fuerza más importante, mientras que puede decirse que todos los demás eran partidarios de llegar a algún tipo de componenda con los fascistas que les salvara de las represalias.
La caída de Catalunya justificó el que muchos dirigentes republicanos huyeran a Francia y ya no regresaran nunca más. Mientras, los veteranos oficiales comunistas del ejército del Ebro, regresaron de Toulouse a España para seguir la lucha.
Por lo demás, el intento capitulador no era otra cosa que el sálvese quien pueda, la desbandada: Casado trataba de proteger a los suyos, la CNT a los suyos y así sucesivamente. La conducta que todos ellos era pues insolidaria, individualista, burguesa y contrarrevolucionaria. Desde entonces llevan décadas tratando de justificar su vergüenza, afirmando que la resistencia no tenía ya ningún sentido y que la política del Presidente Negrín y los comunistas era una política suicida. Es lo que me dice mi abuela siempre que voy a una manifestación: que no sirve para nada porque no me van a hacer caso. Nada sirve para nada: reunirse es perder el tiempo, la lucha es estéril y el capitalismo es omnipotente. Lo mejor es quedarse en casa.
Pero los comunistas entendemos las cosas de otra manera y en nuestro combate no caben términos medios. Y esto no sólo durante unos pocos años, mientras todo va bien; no, nuestra lucha no acaba nunca y sean cuales sean las condiciones, por más imposible que parezca, nosotros tenemos que estar al pie del cañón, especialmente cuando todos se desmoralizan, cuando agachan la cabeza y se entregan.
Naturalmente los burgueses y los oportunistas no pueden entender esto y no vamos a tratar de explicárselo.
La guerra civil está repleta de biografías de personajes y personajillos, e incluso organizaciones enteras, la mayor parte de las cuales se acaban en 1939, incluso las de aquellos a las que se le llena la boca de frases ultrarrevolucionarias. Parece que para ellos la lucha contra el fascismo se acabó entonces; a partir de 1939 sólo queda el silencio en un exilio desde luego mucho más cómodo que el de los que se quedaron atrapados en el interior, que eran los obreros, las heroicas masas republicanas supervivientes de decenas de grandes batallas y bombardeos durante la guerra. Después de 1939, mientras los traidores se escondían, los comunistas seguimos en las trincheras, en Francia o en la URSS y de vuelta a España a la clandestinidad en la década de los años cuarenta, luego en los cincuenta... cuando verdaderamente el trabajo revolucionario se desenvolvía en condiciones difíciles y los revolucionarios de ocasión habían abandonado el barco (si es que alguna vez estuvieron en él) como las ratas.
Plantear la imposibilidad de resistir en febrero de 1939 es ocultar la verdadera situación militar: el general Miaja seguía controlando una tercera parte de España, incluida Valencia y contaba con cuatro ejércitos de 500.000 combatientes armados que no habían sido derrotados. No obstante, Miaja pensaba que tarde o temprano, las fuerzas republicanas serían derrotadas y, como Casado, también creía que lo mejor era que fuese lo más pronto posible. Para la burguesía golpista no tenía sentido prolongar lo que no consideraban más que una lenta agonía. Entonces, ¿por qué no haberse rendido mucho antes, por ejemplo el 19 de julio de 1939?
Esa estrategia formaba parte de la capitulación e interesaba a los propios fascistas más que a nadie. En primer lugar a los italianos, que una semana después de apoderarse de Madrid atacaban Albania. Como bien dijimos siempre los comunistas, España no era más que la primera línea de lucha contra el fascismo en todo el mundo. Entregar España era entregar el mundo entero, servir pueblos enteros en bandeja a los fascistas. En marzo de 1939 resistir tenía más significado que nunca porque había que preparar dos cosas fundamentales que, naturalmente, sólo podían estar en la cabeza de un revolucionario: había que prepararse para la clandestinidad, no sólo políticamente sino también militarmente porque sólo había acabado una batalla, mientras que la guerra debía continuar en forma de guerra de guerrillas. Esa estrategia de continuación de la lucha necesitaba tiempo, necesitaba resistencia, pero para quienes todo se había hundido ya, es lógico que estuvieran deseosos de abrir las puertas de Madrid a la barbarie.

La reunión de Los Llanos

El 16 de febrero Negrín se reunió con los dirigentes militares republicanos en Los Llanos, cerca de Albacete, y manifestó que no quedaba otra salida que la resistencia. El traidor Matallana declaró que era una locura continuar la lucha y los generales Menéndez, Escobar y Moriones, jefes de los ejéritos de Levante, Extremadura y Andalucía respectivamente, estuvieron de acuerdo con él. El almirante Buiza, comandante en jefe de la Armada, informó de que una comisión que representaba a las tripulaciones de la flota republicana había decidido que la guerra estaba perdida y que los ataques aéreos fascistas obligarían a la flota a abandonar en breve las aguas españolas, a menos que emprendieran negociaciones de paz. Negrín replicó a Buiza que los jefes de la comisión debían ser fusilados por amotinamiento. Buiza replicó que, aunque estaba de acuerdo con él, no lo había hecho porque compartía los puntos de vista de los amotinados. El coronel Camacho habló en nombre de las fuerzas aéreas y dijo que disponía de tres escuadrillas de bombarderos Natasha, dos escuadrillas de Katiuska y veinticinco aviones tipo Chato o Mosca y que aunque también era partidario de negociar la rendición, la aviación republicana tenía gasolina para continuar la guerra durante otro año más. Miaja pidió resistencia a ultranza, pero eran un mentiroso y formaba parte de los capituladores.
Todos aquellos oficiales que no confiaban en la victoria, en coherencia con su estado de ánimo, pudieron dimitir entonces y dejar la guerra en manos de otros. Pero no se trataba de eso: se trataba de favorecer los planes fascistas, se trataba de no hacer nada y no dejar que nadie hiciera nada.
Por supuesto, el coronel Ungría recibió en Burgos un informe completo sobre el contenido de la reunión convocada por Negrín en Los Llanos.

La desbandada

La conducta de Negrín era contradictoria: al tiempo que reafirmaba su decisión de resistir, no hacía nada para organizar la resistencia. La guerra podía continuar pero para ello eran necesarios preparativos que nadie puso en marcha. El único preparativo en marcha era la conspiración. Todo apestaba a desbandada, más cerca del mar y de la huida que del interior y las trincheras. La sede del gobierno republicano se trasladó a Elda, en la costa alicantina, muy lejos de Madrid. Pero para continuar la guerra había que estar en Madrid. La resistencia española pedía a gritos su Salvador Allende, alguien que no sólo hablara de resistir sino que empuñara el fusil en la primera línea de combate.
Entretanto, Casado proseguía sus negociaciones secretas con Burgos. Su plan -escribe Hugh Thomas- consistía en detener y entregar a Franco a muchos dirigentes comunistas, y llegó a pedir disculpas por no haber podido evitar la fuga de algunos de ellos (13).
El 20 de febrero Casado recibió la visita de un agente del servicio de información secreta de Franco, el coronel José Centaño de la Paz, que desde 1938 dirigía en Madrid una red de espionaje denominada Lucero Verde. Él y Manuel Guitián, que era agente del gobierno de Burgos, le visitaron, siendo recibidos con entusiasmo, dice Hugh Thomas (14). Casado les prometió entregarles todo el ejército del centro para el 25 de febrero. Entonces Centaño le entregó un documento en el que se garantizaba la vida de los oficiales de carrera del ejército republicano que depusieran las armas. Centaño había enviado a Burgos informes favorables sobre Casado, diciendo que era más anticomunista que nadie.
El 23 de febrero Casado prohibe la publicación del periódico comunista Mundo Obrero porque aparecía un manifiesto llamando a mantener la resistencia. Aunque el traidor intentó retirar todos los ejemplares, al día siguiente el manifiesto circuló de mano en mano.
A Franco le llegaban constantes informes procedentes del bando republicano revelando cuáles eran los puntos de menor resistencia en caso de que se lanzara un nuevo ataque. Los fascistas estaban al tanto de todos los planes republicanos, sobre todo los concernientes a la conspiración. No tenían que atacar, sólo esperar. En Burgos recibieron un nuevo mensaje de Madrid en el que les informaban de que al día siguiente se formaría una Junta golpista y que Besteiro y el coronel Ruiz-Fornells, jefe de estado mayor del ejército de Extremadura, se dirigirían a cualquier aeródromo que señalaran los fascistas para ultimar la rendición.
Casado reconoció ante Hidalgo de Cisneros que el representante británico en Madrid (posiblemente Denys Cowan) había efectuado todos los arreglos necesarios con Franco. También ingenuo, Hidalgo creía que Casado estaba contando fantasías, pero le dio cuenta a Negrín de los planes de Casado, que tampoco hizo nada esta vez. Como en el 18 de julio, se sabían los planes de antemano, pero hubo una falta absoluta de diligencia y de determinación.

Los golpistas se reparten los cargos

Desde la Alameda de Osuna, cerca de Madrid, Casado trasladó su cuartel general al Ministerio de Hacienda en la Puerta del Sol. Allí se reunió con Besteiro. La 70ª Brigada a las órdenes de Bernabé López, procedente del cuerpo de ejército de Mera, tomó posiciones en torno al edificio para proteger a los golpistas. Para entonces, dentro de su confusión total, los anarquistas pensaban más en combatir a los comunistas que a los fascistas. Aquellos que siempre aseguraron que el poder corrompe, se repartieron de antemano los cargos gubernamentales con los demás conspiradores, quedándose con dos ministerios, que ocuparon los militantes de CNT Gonzalo Marín y Eduardo Val. Además, Casado nombró alcalde de Madrid al anarquista Melchor Rodríguez, que antes había sido director general de prisiones. Finalmente, Casado permitió que le nombraran presidente de la Junta golpista aunque cedió inmediatamente el puesto a Miaja, ascendido a teniente general, una graduación que había sido suprimida por la República en 1931; Besteiro se nombró ministro de Asuntos Exteriores. Los otros miembros de la Junta golpista eran el socialista Wenceslao Carrillo, director general de Seguridad en tiempos de Largo Caballero, Antonio Pérez, de la UGT y los republicanos Miguel San Andrés y José del Río. Sánchez Requena, miembro del partido sindicalista de Pestaña, era el secretario. Al final, todas las organizaciones del Frente Popular, excepto los comunistas, dieron la espalda a la República y a seguir luchando por la democracia.
Fue el suicidio político de todos ellos, que difundieron por la radio un cínico manifiesto en la medianoche del 5 al 6 de marzo en el que, al estilo demayo de 1937, también se autocalificaban de revolucionariosproletarios y antifascistas, al tiempo que demagógicamente trataban de asumir las quejas de los madrileños: No puede permitirse que en tanto el pueblo lucha, combate y muere, unos cuantos privilegiados preparen su vida en el extranjero y, en el colmo de la desfachatez aseguraban que propugnaban la resistencia para no hundir nuestra causa en el ludibrio.
En esa misma alocución radiada Besteiro hizo una apología del golpismo al estilo fascista del 18 de julio, pidiendo el poder para el ejército (no concretó qué ejército), mientras Casado, al estilo de la reconciliación nacional, se dirigía tanto a los fascistas como a los antifascistas y decía algo verdaderamente canallesco en la boca de un agente del imperialismo británico: Queremos una Patria exenta de toda tutela extraña, libre de toda supeditación a las ambiciones imperialistas. También Cipriano Mera intervino por radio para respaldar la traición.
Como sucede siempre, ante la inactividad los golpistas se crecieron. Tras el golpe Matallana fue detenido en Elda, de manera que, cumpliendo cabalmente con su nuevo papel, Casado amenazó a Negrín que, si en el plazo de tres horas no ponía en libertad al espía franquista, fusilaría a todo el gobierno. En lugar de fusilar a su vez a Matallana, Negrín cedió al chantaje y liberó a Matallana.
Como en mayo de 1937 en Barcelona, la República continuó con su política de conciliación con los golpistas, el intento de convencerles, de esperar acontecimientos y de negociar para resolver las divergencias. Nadie fue capaz de detener y fusilar a Casado, ni siquiera los comunistas, que conocían los planes y no intervinieron con la suficiente antelación.
Ya lo criticó José Díaz desde la lejanía poco antes de morir. El Partido Comunista, escribió José Díaz, no dio a conocer a las masas la traición que se preparaba, para prepararse a su vez y hacerle frente enérgica y decididamente. El Comité Central del Partido Comunista celebró su última reunión en el interior, en la que Togliatti comenzó a expresarse de la manera vergonzosa que luego conocimos. Dijo a los pocos miembros que estaban presentes que la Junta golpista era el único gobierno de España, que oponerse a ella era lo mismo que emprender una nueva guerra civil y que el único recurso era tratar de salvar el pellejo, naturalmente de los dirigentes, ya que los militantes de base no tendrían opción. Se hizo público un manifiesto en este sentido redactado también por Togliatti. Pero lo preocupante no era sólo lo que se decía sino lo que ni se decía ni se hacía, que era preparar al Partidopara la clandestinidad y, a la vez, preparar la guerra de guerrillas.
Como otras veces, los comunistas esperaron inútilmente instrucciones del gobierno y no actuaron por su propia iniciativa, como debieron. Esperaban al gobierno y el gobierno, a su vez, esperaba no se sabe muy bien qué. Castro Delgado y Delage salieron secretamente de Madrid para preguntar a la dirección del Partido Comunista si podían ordenar a las divisiones comunistas que marcharan sobre la capital. La única alternativa era emplear contra los golpistas a las divisiones comunistas situadas en torno a Madrid, apoyadas por unidades guerrilleras del 14° Cuerpo.

La semana comunista en Madrid

El proletariado combatiente madrileño, los cuadros comunistas y los militantes de base estuvieron muy por encima de muchos de sus dirigentes. Las divisiones comunistas que rodeaban Madrid conservaban la firme determinación de combatir hasta el final a pesar de (o más bien gracias a) que las comunicaciones con la dirección del Partido Comunista estaban interrumpidas. Mientras las ratas abandonaban el barco, en unas condiciones inimaginables, Madrid volvió a dar otra inolvidable lección de heroísmo, esta vez contra dos enemigos simultáneamente: los fascistas de Franco y los colaboracionistas de Casado. Era un inconveniente y una ventaja a la vez: ahora los comunistas luchaban sin el lastre de los oportunistas, contando únicamente con el entusiasta apoyo de las masas, dispuestas a resistir hasta el final.
Barceló movilizó a su 1er. Cuerpo de Ejército para cerrar todas las entradas de la capital. Ocupó lo que hoy es Nuevos Ministerios, entonces situados al final de la Castellana, así como el parque del Retiro y el antiguo cuartel general del ejército del centro en la Alameda de Osuna. Tres de los coroneles de Casado y un comisario socialista resultaron muertos. Los coroneles Bueno y Ortega enviaron tropas del 2º y 3° Cuerpos de ejército en apoyo de Barceló. De esta forma, la mayor parte del centro de Madrid quedó bajo el control de los comunistas. Sólo unos pocos edificios gubernamentales quedaron en manos de los traidores, totalmente rodeados.
Aunque tardía, la movilización de las fuerzas comunistas hubiera logrado parar el golpe de Estado de no ser por el apoyo de las tropas anarquistas de Cipriano Mera. Por la tarde, el 4º Cuerpo de Ejército de Mera se puso en marcha para liberar a los traidores, que se habían hecho fuertes en los suburbios de la zona sureste. Mera se convirtió en el hombre fuerte de los golpistas. Retiró fuerzas del frente para que acudieran a Madrid; para ellos era más importante luchar contra los comunistas que contra los fascistas. Su 12ª División ocupó Alcalá y Torrejón.
Durante todo el día 8 de marzo prosiguieron los combates en Madrid. Casado intentó detener al gobierno y a los dirigentes comunistas para ofrecérselos a Franco como trofeos. Allá donde triunfaron los golpistas, las oficinas del Partido fueron ocupadas y saqueadas; los comunistas fueron detenidos y entregados a los fascistas para que los fusilaran.
Pero lograron mantener el control de la capital durante toda una semana frente a todos los demás. El día 9 de marzo, Matallana dijo a uno de los agentes de Franco con los que estaba en contacto, que confiaba en que Franco lanzara una ofensiva general para impedir que Madrid cayera en manos de los comunistas. La extensión de la victoria comunista en Madrid era tan grande que, de haber actuado con decisión, hubieran podido resistir. Sin embargo, había mucha confusión y las únicos miembros del Comité Central que quedaban en España (Togliatti, Checa, junto con Jesús Hernández y el dirigente juvenil Fernando Claudín) perdieron durante muchas horas el contacto con los ejércitos de las afueras de Madrid, y durante algún tiempo estuvieron prisioneros del SIM en Monóvar. Abandonados por sus dirigentes políticos y perdido el contacto con Togliatti en unos momentos trascendentales, perdieron la iniciativa. Sin dirección política, los cuadros militares comunistas casi parecían hallarse a la espera de ser derrotados, a causa de su indecisión. Surgieron dudas y esas dudas se transformaron en pasividad y tendencias a la conciliación en las propias unidades combatientes.
Además, sumándose a los golpistas, los fascistas reanudaron los ataques por la Casa de Campo en dirección al Manzanares. El 10 de marzo, los comunistas quedaron sitiados en la ciudad que ellos mismos habían tomado por asalto y sus dirigentes empezaron a hacer proyectos para la retirada. En esa situación, el coronel comunista Ortega se ofreció como mediador entre los dos bandos enfrentados en aquella nueva guerra civil. Casado vio la tabla de salvación que le tendían y aceptó la mediación. Esto quebrantó la voluntad de resistencia incluso en las propias filas comunistas.
El 11 de marzo, las unidades militares de la Junta golpista rodearon Madrid y los fuerzas comunistas fueron desalojados de sus posiciones. Al final, la mayor parte de sus comandantes fueron detenidos y algunos tuvieron que negociar con los traidores. El balance final de la semana fue de unos 250 muertos y unos 560 heridos.
Casado se comprometió a poner en libertad a todos los prisioneros comunistas que no fueran criminales. Los comunistas aceptaron el alto el fuego. Al parecer Togliatti, que había restablecido el contacto telefónico, exhortó a Barceló desde Alicante a que concertara un compromiso. El 12 de marzo, las fuerzas comunistas regresaron a sus posiciones del día 2. Pero nadie puede fiarse de los traidores: al día siguiente, un tribunal militar condenó a muerte a Barceló, a su comisario José Conesa y a otros comunistas. Las sentencias de Barceló y Conesa (militante de las Juventudes Socialistas y comisario del frente central desde octubre de 1936) fueron ejecutadas inmediatamente.
Los golpistas ordenaron que no se resistiera al avance fascista y permitirieron que todos cuantos lo desearan regresaran a sus casas. Se produjo una desmovilización caótica del ejército republicano.
Se preparaba una masacre. El avance del sanguinario Yagüe hizo 30.000 prisioneros. En su primer día en Madrid las hordas fascistas hicieron otros 50.000 prisioneros. Entre 10.000 y 20.000 antifascistas que estaban en el muelle de Gandía fueron abandonados a su suerte. Las escenas de pánico que suscitó la entrada de los fascistas fueron lastimosas. Hubo varios casos de suicidio.
Sólo en Madrid se habilitaron, además de las viejas, unas 30 cárceles, entre ellas campos de fútbol (Chamartín, Metropolitano y Racing de Vallecas), a las que habría que añadir las de los alrededores, como Alcalá de Henares o Torrijos.
Pero lo verdaderamente importante es que algunas cárceles no las había llenado Franco. Fueron los traidores los que convirtieron a Madrid en una ratonera al entregar las cárceles cerradas a Franco, llave en mano y repletas de antifascistas. Luego las sentencias de muerte fueron de unas mil cada día y los fusilamientos oscilaban entre 200 y 250 diarios.

Tratando de recuperar los galones

Pero para comprender la historia no basta detenerse en algunos de sus chispazos momentáneos, sino que hay que seguir el rastro hasta el final, que en el caso de Casado es muy ilustrativo: fueron sus patrones del Foreign Office británicos los que le sacaron de España por Gandía en el buque Galatea mientras los comunistas eran fusilados a millares en Madrid. Luego fue Gran Bretaña quien le acogió tras la guerra.
Pero Casado no necesitaba el exilio; no tenía nada que temer de los fascistas porque había sido uno de sus mejores colaboradores, así que regresó a España en 1961, siendo juzgado y posteriormente absuelto por un Consejo de Guerra. Él no era culpable de nada. Incluso intentó que se le reconociera su graduación militar y que se le permitiera el reingreso en el ejército fascista.
Vivió hasta su muerte en el Madrid fascista sin contratiempos. Otros seguían presos y otros proseguían la lucha clandestinamente... Nosotros siempre tratamos de imaginar cómo se les queda el cuerpo a los que se pusieron a las órdenes de gente como Casado cuando leen estas cosas, ¿o siguen sin querer enterarse?
Notas:
(1) José Peirats: La CNT en la revolución española, Cali, 4ª Edición, 1988, tomo III, pg.309.
(2) Peirats, ob.cit., tomo III, pg.310.
(3) Joan Llarch: Cipriano Mera. Un anarquista en la guerra de España, Plaza y Janés, Barcelona, 1977, pg.128.
(4) Ob.cit., tomo III, pg.303.
(5) Historia del anarcosindicalismo español, Zyx, Madrid, 2ª Edición, pg.272.
(6) Llarch, ob.cit., pg.124.
(7) Llarch, ob.cit., pg.125.
(8) Homenaje a Cipriano Mera (http://www.falange-autentica.org/article.php?sid=559).
(9) Llarch, ob.cit., pgs.117 y stes.
(10) El Mundo, 10 de agosto de 1997 (http://www.segundarepublica.com/index.php?opcion=2&id=10).
(11) Por qué perdimos la guerra, México, 1940, pgs.20-21.
(12) Peirats, ob.cit., tomo III, pgs. 305 y 306.
(13) La guerra civil española, Grijalbo, Barcelona, 1978, tomo II, pg.959.
(14) La guerra civil española, cit., tomo II, pgs.960-961



CARTA de : “Entrañable Carmena: póngale a la plaza el nombre de Cipriano Mera” vía

26 abril 2016

El Partido Nacionalista Vasco también traicionó a la República por PCEr

El Partido Nacionalista Vasco también traicionó a la República, negociando secretamente con los fascistas italianos la rendición de todas las tropas que combatían en el frente norte.
Los nacionalistas vascos han vivido (y aún viven) del culto a la personalidad de Jose Antonio Agirre, el presidente del gobierno autónomo vasco durante la guerra, de la explotación propagandística del bombardeo de Gernika, presentada como un ataque exclusivamente dirigido contra ellos y de una imagen del gudari como un combatiente antifascista abnegado, tanto durante la guerra como después de ella.
Pero las cosas sucedieron de manera muy distinta a como los nacionalistas las presentan.

El frente norte

El frente norte combatió en condiciones militares de aislamiento respecto al resto de la República. Ese frente no concernía únicamente a Euskal Herria sino también a Cantabria y Asturias, si bien el frente corrió de este a oeste, partiendo de la frontera entre Navarra y Guipúzcoa y acercándose hacia Vizcaya. En consecuencia, el frente sí estaba en Euskal Herria y eso le dio al PNV y al gobierno autónomo vasco la posibilidad de encabezar la contienda en una amplia coalición en la que, sin embargo, ellos eran minoritarios. Además de los nacionalistas, aunque bajo su dirección, en el frente del norte lucharon otras fuerzas antifascistas que, además, llegaron de fuera para defender a Euskal Herria. Todos aquellos antifascistas combatieron y murieron como si Euskal Herria fuera su propia tierra y no merecieron ser traicionados.
Por su naturaleza burguesa y reaccionaria, el PNV no podía constituirse en el núcleo de la resistencia antifascista en el frente norte. En febrero de 1936 no formó parte del Frente Popular y, por su naturaleza de clase, no podía asumir la dirección de la lucha y eso condujo a una derrota muy temprana: en el verano de 1937 el frente norte ya no existía. Allí la guerra duró un año escaso.
Esto merece un serio análisis.
En Euskal Herria el fracaso de la guerra no se debió tanto a problemas de unidad dentro del Frente Popular, como en Catalunya, como de dirección. Si bien este problema se dio en todas partes, allí fue más agudo, creándose toda una corriente en el seno del Partido Comunista, encabezada por Juan Astigarrabía, que se puso a remolque de los nacionalistas. Y no solamente los comunistas no encabezaron la lucha sino que tampoco alertaron acerca de las vacilaciones y la traición que preparaban los nacionalistas. Astigarrabía fue expulsado del PCE, pero el daño ya estaba hecho.
El PNV nunca combatió consecuentemente contra el fascismo y buen prueba de ello es que fueron los últimos en crear milicias propias para frenar el alzamiento militar. Al estallar la guerra el PNV se escindió en función de las áreas que se mantuvieron leales a la República. En Álava y Navarra, donde triunfaron los fascistas, los nacionalistas, si bien no se sumaron al golpe tampoco se opusieron a él; por el contrario, en Guipúzcoa y en Vizcaya, donde triunfaron los republicanos, el PNV pareció unirse a la resistencia pero, en realidad, tampoco allí su posición era muy diferente. Incluso en Vizcaya, una parte de los nacionalistas, representada por Luis Arana, sostenía que la guerra civil era un asunto español y, por tanto, ajeno a Euskal Herria, por lo que no cabía ninguna intervención a favor ni en contra. Puede decirse que los nacionalistas sostuvieron una posición ambigua y vacilante, transmitiéndola al conjunto de la coalición republicana sin que el PCE se opusiera a ella y la denunciara ante las masas.
El 18 de julio de 1936 en Euskal Herria, al no formar parte del Frente Popular ni el PNV ni la CNT, para hacer frente al fascismo se crearon las Juntas de Defensa como instrumento al mismo tiempo de unidad política y militar. Tanto para reforzar la colaboración nacionalista en la lucha como por las propias condiciones de aislamiento del frente, la República concedió la autonomía a Euskal Herria pocas semanas después de la sublevacion fascista, en setiembre de 1936. Pero la autonomía legal era una independencia real que reforzó la posición nuclear de los nacionalistas dentro de la coalición que, una vez formado el gobierno vasco, dieron buena prueba de sus verdaderas intenciones.
La formación de aquel gobierno autónomo privó a las masas del protagonismo que necesariamente debían asumir. Esta es una diferencia fundamental entre el gobierno republicano central y el autonómico vasco, del que Astigarrabía formaba parte en representación del PCE. La propia guerra sirvió de excusa al gobierno vasco para imponerel orden público en la retaguardia, prohibiendo toda actividad política y sindical. Muy pocas veces la situación se les escapó de las manos al PNV, una de ellas cuando las masas asaltaron la cárcel de Larrínaga en Bilbao (4 de enero de 1937) después de un terrible bombardeo de las ciudad y ejecutaron a 224 fascistas que estaban allí presos. Desde entonces, en todas sus negociaciones con los nacionalistas, los fascistas exigieron que el PNV garantizara la vida de los fascistas apresados.
Por lo demás, en el frente norte no hubo comisarios políticos en los batallones, los mítines políticos estaban prohibidos y la propaganda también. Las consecuencias de ello fueron pronto evidentes. Cuando los fascistas se acercaron a San Sebastián, sólo la CNT propuso su defensa, mientras que todos los demás, incluido el PCE, aceptaron la postura del PNV de retirada hacia el río Deva. Sin disparar un sólo tiro, los fascistas avanzaron 30 kilómetros las líneas del frente y llegaron hasta Vizcaya. La posición de la CNT era totalmente justa y la del PCE totalmente errónea. En Euskal Herria, tanto la CNT como la FAI exigieron una representación en el gobierno autónomo que no se les concedió, lo cual fue otro error del PCE y otra concesión intolerable a los nacionalistas. La imprenta del diario CNT del norte fue clausurada y entregada al PCE para que publicara su Euskadi Roja, lo cual era otra conducta totalmente inaceptable.
Como consecuencia de ello, la moral de los batallones anarquistas se hundió; era imposible combatir en esas condiciones y tampoco era posible ni una unidad sólida de los antifascistas ni tampoco la unidad sindical. La dirección del PCE criticó duramente a los comunistas vascos por no haber sido capaces de mantener una línea independiente, por subordinarse a los nacionalistas y no apoyarse en las masas para resistir al fascismo.
Por su parte, desde el comienzo mismo de la guerra los nacionalistas trataron de llegar a un acuerdo con los sublevados poniendo en práctica una política hipócrita y demagógica: públicamente hablaban de resistencia a ultranza pero negociaban en secreto, a espaldas de las masas y de todas las organizaciones del Frente Popular. De forma directa o a través del Vaticano, los nacionalistas vascos nunca rompieron sus vínculos con los fascistas. De todas esas negociaciones la más conocida es el Pacto de Santoña, concertado en agosto de 1937, por el que el PNV capitulaba ante los fascistas italianos y entregaba a todos los antifascistas atados de pies y manos ante sus verdugos para que fueran fusilados o encarcelados.
Los nacionalistas vascos se justifican diciendo que Euskal Herria ya se había perdido y que nada tenían que hacer en tierra extranjera. Esto es absurdo pero no vamos a entrar a replicarlo. Lo importante es que sus conversaciones con el enemigo para la capitulación se habían iniciado mucho antes, desde el mismo origen de la guerra, antes incluso del bombardeo de Gernika (abril de 1937) y antes de la caída de Bilbao, que supuso un enorme desastre para la República.
En estos contactos sobresale que el PNV buscara a los italianos como interlocutores, bien directamente, bien a través del Vaticano, no descartando nunca la posibilidad de ofrecer Euskal Herria como protectorado a Mussolini, al tiempo que hacían lo mismo con los imperialistas británicos, buscando vender el país al mejor postor.

El bombardeo de Gernika

Los contactos se intensificaron en abril de 1937. Aunque era escéptico sobre sus resultados, Franco autorizó el 13 de abril la prosecución de las conversaciones que se estaban entablando a través del jesuita Pereda y de Francesco Cavalletti, cónsul italiano en San Sebastián. El mayor obstáculo era la exigencia del PNV de una garantía extranjera, que Franco rechazó. El PNV recibió de los italianos ofertas de no tomar represalias (contra ellos), de permitir la huida de los jefes (de los suyos), así como de una descentralización administrativa en el Nuevo Estado franquista.
El bombardeo de Gernika paralizó momentáneamente las negociaciones. Los nacionalistas se presentaron como víctimas de la más desalmada barbarie fascista. Parecía que la Legión Cóndor había bombardeado al PNV... La explotación propagandística del bombardeo le proporcionó al PNV una proyección internacional que trató de aprovechar para intensificar sus contactos con los imperialistas británicos.
El 27 de abril el lehendakari Agirre llamaba en el diario Euzkadi, portavoz del PNV, a todos los vascos a reaccionar frente a la barbarie y combatir al fascismo con tesón y heroísmo...
Pero el intento de golpe de Estado en Barcelona intensificó los preparativos para la capitulación del frente norte.
El Vaticano abrió varias líneas negociadoras para lograr la rendición de los nacionalistas vascos. Pidió al cardenal fascista Gomá que mediara ante Mola para que ampliara las concesiones al PNV y, sobre todo, capturar Bilbao intacto. Mola aceptó y, entre otras promesas, habló de permitir la fuga de los dirigentes nacionalistas, garantías contra cualquier exceso de las tropas fascistas, libertad para los milicianos que se entregasen con sus armas, así como la aplicación del espíritu de la encíclica Rerum Novarum. Además el 8 de mayo el cardenal Pacelli, futuro Pío XII, envió un telegrama a Agirre exponiendo las condiciones de la capitulación:
Tengo el honor de comunicar a vuestra excelencia que los generales Franco y Mola, interrogados expresamente acerca del asunto, han hecho conocer ahora a la Santa Sede las condiciones de una eventual rendición inmediata de Bilbao. 1: se empeñan en conservar intacto Bilbao. 2: facilitarán la salida de todos los dirigentes. 3: completa garantía de que el ejército de Franco respetará personas y cosas. 4: libertad absoluta para los milicianos soldados que se rindan con las armas. 5: serán sometidos a los tribunales los culpables contra el derecho común devastaciones y destrucciones. 6: será respetada la vida y los bienes de aquellos que se rindieren de buena fe, aún para los jefes. 7: en el orden político, descentralización administrativa en la misma forma que la disfruten otras regiones. 8; en el orden social, justicia progresiva, teniendo en cuenta los medios de la hacienda nacional, según los principios de la encíclica Rerum Novarum.
Cardenal Pacelli.
El telegrama fue a parar al Gobierno de la República y no fue conocido por el Gobierno vasco. Largo Caballero, entonces presidente del Gobierno central, encubrió la traición que estaban fraguando los nacionalistas como había encubierto la de los trotskistas. Para que nadie se enterara reunió a sólo cinco ministros, que decidieron no mencionar ni una palabra del telegrama a los demás. En este conciliábulo no participaron ni los ministros anarquistas ni los comunistas. Largo Caballero actuaba en secreto, igual que Agirre.
La paradoja es terrible: cuando cayó Largo Caballero, sustituido por Negrín, se le nombra ministro de Justicia a Irujo, un militante del PNV, un partido que estaba pactando con el enemigo. El gobierno vasco debió enterarse de la existencia de ese telegrama y trató de mantener en secreto su traición: En el Gobierno vasco nadie piensa rendirse. Era mentira. En el Gobierno vasco nadie sabía nada de las negociaciones.
Hasta el 26 de agosto se siguieron celebrando conversaciones secretas sucesivas entre dirigentes del PNV con los fascistas italianos en Biarritz, San Juan de Luz y Roma. Su principal artífice es el dirigente nacionalista vasco Juan Ajuriagerra y en ellas participaron también Alberto Onaindía y José María Lasarte, por parte nacionalista, y Cavalletti, el conde Galeazzo Ciano (ministro italiano de Asuntos Exteriores) y el general Mario Roatta, por parte italiana.
El cura Alberto Onaindía vivía en San Juan de Luz y su función era asegurar el intercambio de notas entre los italianos de la Brigada Flechas Negras y la delegación del PNV en San Juan de Luz. Escribió luego un libro acerca de su contribución a la traición nacionalista.
El 11 de mayo Cavaletti se entrevistó en San Juan de Luz con el cura, quien transmitió las propuestas fascistas al presidente Agirre. Ofrecían garantías del Gobierno italiano para la rendición de Bilbao.
Insistió Cavaletti en el mes de junio aprovechando que se agravaba la situación militar el frente del norte. En una nota del día 7 llegó a sugerir una especie de protectorado italiano que serviría de garantía a Euskal Herria durante varios años.

Pero que no parezca y una traición

El 16 de junio, en víspera de la caída de Bilbao, los nacionalistas vascos se comprometieron a estar a la cabeza del Ejército del Norte hasta el último momento para que nadie pudiera rebelarse contra la traición. Además Ajuriagerra ofreció a los italianos, a través de Onaindía, la entrega intacta de la ciudad. Ponían a disposición del enemigo toda la industria pesada de la Margen Izquierda, de inestimable valor bélico. Por ello mismo el Frente Popular y el Gobierno de la República exigían resistir a todo trance y extremar la defensa de Bilbao. De cara a la población, el gobierno vasco estaba de acuerdo y llamaba a una resistencia heroica y ejemplar. Agirre dijo:
En estos momentos de intensa y dramática emoción me dirijo a vosotros con el alma henchida de una fe que es patrimonio de los vascos. El Gobierno está en medio del pueblo, y su acuerdo firme es resistir con ímpetu y fe. Yo confío en este pueblo maravilloso. Yo sé que aquí registrará la historia páginas de gloria. Estoy seguro de que vosotros, al conjuro de mis palabras, débil pero sincero y honrado, sabréis responder como un solo hombre evocando todas aquellas heroicidades que hicieron grande a nuestro pueblo. Aquí el pueblo vasco, ante el mundo entero, ante el asombro de todos, quiere escribir una página más de su gloriosa historia.
También era todo mentira. Bilbao fue entregado sin combatir. El gobierno vasco ordenó la evacuación, incluyendo a la población civil.
Ante esta primera traición, los comunistas planificaron la destrucción de las fábricas más importantes, sobre todo de Altos Hornos. Las unidades del PNV, encuadradas ya por oficiales enemigos, lo impidieron. Así lo reconoció el coronel Passoni en Barakaldo: cuatro batallones nacionalistas armados asumieron papeles represivos a las órdenes de los fascistas, pasando a las filas de los prisioneros de guerra sólo después de cumplida su misión de entregar Bilbao con toda su industria intacta. Las mayores fábricas de materia de guerra se ponían en manos de los fascistas para seguir la lucha contra la República.
Las negociaciones entre nacionalistas y fascistas prosiguieron, aunque Agirre prefirió desentenderse, para mantener el secreto, continuar al mando de todas las tropas y presentar luego la capitulación como un hecho consumado ante las demás organizaciones del Frente Popular. El secreto aseguraba tanto el éxito tanto de la capitulación como de que la rendición no se les fuera de la manos al PNV. Temiendo una reacción de insubordinación en la tropa ante la capitulación, los portavoces nacionalistas en las negociaciones ya habían anunciado a los italianos que pondrían al Ejército republicano ante el hecho consumado de la traición. El lehendakari sabía que sus aliados en el gobierno sospechaban del doble juego de los nacionalistas y le vigilaban. Como en Barcelona, una traición abierta podía precipitar una guerra dentro de la guerra también en Vizcaya. Ante la traición era muy probable que se produjeran choques entre los batallones de las distintas organizaciones antifascistas. Las numerosas fuerzas comunistas recibirían rápida ayuda de Santander y Asturias y se harían dueños de la situación. Por eso los fascistas exigían que el PNV se mantuviera hasta el final a la cabeza del gobierno autónomo y del Ejército del Norte. El 13 de junio, Ajuriagerra ofreció a los italianos quedarse en Bilbao hasta el último momento para evitar una sublevación de las tropas. Los nacionalistas se ponían directamente al servicio del fascismo como mamporreros para asegurarles una ocupación sin resistencia.
El PNV empezó a cumplir los acuerdos antes de que se firmaran y sus batallones empezaron a entregarse. El 25 de junio se entrevistaron Ajuriagerra y el agregado militar italiano, el coronel De Carlo, en Algorta (Vizcaya).
Siempre oculto al Gobierno republicano, al vasco y a todo el Frente Popular, por aquellas mismas fechas se produjo el viaje a Roma del cura Onaindía acompañado del director de Euzkadi, el diario del PNV, donde se entrevistaron con el conde Ciano. Llevaba la representación:
— del Gobierno Vasco firmada por Agirre
— la del PNV, firmada por Doroteo Ciáurriz, presidente del EBB (Euskadi Buru Batzar, la dirección nacionalista).
Llevaba las instrucciones que Ajuriagerra le había transmitido en una carta que le entregó el diputado nacionalista José María Lasarte, designado como enlace en las negociaciones. En ella le decía Ajuriagerra:
Vaya usted a Roma y hable con el Duce, indicándole el problema actual en la forma en que se le ha indicado a Domingo Lasarte. Además, usted debe plantear el problema vasco en toda su amplitud: 1. Qué es Euzkadí. 2. Los vascos no son españoles. 3. Por qué los vascos están en la guerra. 4. Actuación de los vascos con gran civilidad en esta guerra, únicos en los dos bandos...
Así sigue la exposición hasta llegar al séptimo punto: 7. Esperanza de que el Duce apoye nuestras legitimas aspiraciones.
Obtuvieron muchas promesas a cambio de una rendición. Los negociadores vascos insistieron en que no debía aparecer como una rendición, sino que era preciso simular una victoria italiana.

El Pacto de Santoña

Tras la caída de Bilbao el 19 de junio, el Ejército republicano se replegó a Cantabria. El 6 de agosto, ya en Cantabria, el denominado Ejército de Euzkadi pasa a llamarse XIV Cuerpo de Ejército, y sus Divisiones toman los números 48, 49, 50 y 51; al frente del mismo se encontraba el coronel Adolfo Prado, llegado de la zona Centro. Un estadillo del 10 de este mes registra la existencia en sus filas de 36.159 hombres, con 269 fusiles ametralladores, 293 ametralladoras, 312 morteros y 68 piezas de artillería. En Cantabria no sólo se concentraron los batallones nacionalistas, sino otros pertenecientes a otras organizaciones del Frente Popular, todas ellas bajo el mando del Gobierno vasco que Agirre presidía. Sólo una tercera parte correspondían a las fuerzas nacionalistas y un tanto por ciento muy importante de aquellos efectivos estaba formado por heroicos antifascistas de Cantabria y Asturias que habían combatido en Euskal Herria.
Hacia el 20 de julio, los batallones nacionalistas que quedaban en la reestructuración en cuatro divisiones del Ejército del Norte, recibieron información de lo que su Partido proyectaba. Los nacionalistas no lucharían sino que se mantendrían en una situación defensiva, sin abandonar tampoco el frente que miraba a Euzkal Herria, es decir, sin prestar ninguna colaboración al resto del Ejército del Norte, que quedaba abandonado a su suerte.
El 14 de agosto se rompe el frente santanderino en dirección a Reinosa, y el puerto del Escudo y, una semana después, el coronel Prado ordena el repliegue del XIV Cuerpo a una línea de contención delimitada por Santoña y el río Asón. A través de los comisarios de guerra pertenecientes al PNV, el Viceconsejero de Defensa, Joseba Rezola, dirigió las tropas hacia su destino. La orden que recibieron los jefes de las compañías republicanas fue la de no oponer resistencia ante las tropas franquistas desplegadas en las cercanías de Cantabria y de evitar cualquier dispersión hacia Asturias. A mediados de agosto, la mayoría de los combatientes de los batallones intentaron ganar la zona comprendida entre Laredo y Santoña, bajo la creencia de que serían evacuados por su Gobierno hacia territorio francés.
El 17 de agosto Ajuriagerra y Lasarte se entrevistaron en Biarritz con el coronel De Carlo (Da Cunto) al que pidieron la libre evacuación de la población civil y que los batallones nacionalistas que se rindieran fueran considerados como prisioneros de guerra bajo soberanía italiana. Al día siguiente se comunicó a los italianos el emplazamiento de las unidades vascas en el frente de Santander.
No se combate ya, y por la noche desertan tres batallones, marchando a Santoña en total estado de indisciplina. El repliegue continúa en días sucesivos, y con el repliegue las deserciones o retiradas, sin orden superior, a Santoña y Laredo.
¿Qué pasaba? ¿Por qué se entregaban las unidades? ¿Qué unidades se rendían ante el enemigo fascista?
Como la traición se había llevado en el más estricto de los secretos, los combatientes desconocían el verdadero alcance de su concentración en la zona de Santoña. La tropa estaba desconcertada. Nadie les había ofrecido información alguna y se decía que se preparaba la evacuación del Ejército del norte por vía marítima desde Santander. Era mentira.
Las unidades antifascistas no obedecieron la órdenes de entregarse. Los rumores de rendición generaron un clima de rabia entre los combatientes. Algunos batallones se negaron a deponer las armas y escaparon. Por su parte, las unidades nacionalistas tampoco obedecieron las órdenes militares de replegarse hacia Asturias para proseguir la lucha. El general republicano Gámir Ulíbarri, jefe del Ejército vasco hasta la caída de Bilbo y luego jefe del Ejército del Norte, amenazó con bombardear las posiciones de los batallones nacionalistas en caso de que no depusieran su actitud. Antes, como mando supremo del Ejército del Norte, había ordenado el repliegue hacia Asturias.
Según el último de los acuerdos alcanzado en Hendaya, los nacionalistas vascos debían deponer las armas, entregárselas a los fascistas, reprimir cualquier oposición de los combatientes y asegurar la vida de los presos fascistas que habían trasladado de las cárceles de Bilbo a las de Laredo y Santoña. En este puerto se apoderaron por la fuerza de la Academia de Oficiales y liberaron a los 2.500 presos franquistas detenidos en El Dueso. Por su parte, los italianos se comprometían, a garantizar la vida de los gudarisnacionalistas sin entregarlos a las tropas de Franco, a autorizar la fuga por mar de todos los dirigentes políticos nacionalistas y a considerar a los detenidos libres de seguir participando en la Guerra Civil en el bando franquista.
Agirre y su gobierno presentaron la rendición como producto de una iniciativa del PNV que debían acatar. Con la ausencia, por el rechazo que suscitó el pacto, de comunistas, socialistas, republicanos y, por supuesto anarquistas que estaban fuera del ejecutivo autónomo, el Gobierno vaso, apoyó la decisión ya firmada por el PNV. La capitulación también contó con la desaprobación del Gobierno republicano, instalado entonces en Valencia.
En las conversaciones de los días 21 y 22 de agosto, para controlar el orden público en Cantabria, los nacionalistas piden a los italianos que se active la ofensiva sobre Torrelavega y que se modere la de Solares. Es el mismo ofrecimiento hecho en vísperas de la caída de Bilbao. El PNV se ofrecía como confidente de los fascistas y les asesoraba sobre las mejores direcciones de los ataques.
El 24 de agosto de 1937, el delegado italiano en San Juan de Luz recibió la confirmación de que los nacionalistas habían cumplido su parte del trato. Simultáneamente, dos capitanes del Ejército Vasco atravesaron las trincheras entrevistándose con los mandos de los Flechas Negras italianos acuartelados en la zona. Las condiciones que llevaban los dos capitanes afectaban a los aspectos técnicos pactados ya con anterioridad por el PNV. En esta entrevista avanzaron que la capitulación sería incondicional y que las fuerzas que se rendirían conformarían un total de 30.000 hombres. Asimismo, anunciaron que los oficiales y mandos políticos a evacuar por mar serían de sólo 2.000.
Sin embargo, la rendición acordada para las seis de la mañana del día siguiente no se llegaría a producir. Los barcos que debían trasladar a territorio francés a los oficiales, no llegaron. En la tarde del mismo día 25, Ajuriagerra se vio obligado a cruzar las líneas para entrevistarse nuevamente con los mandos fascistas italianos y reiterarles su voluntad de rendición. En la mañana del día 26, los primeros batallones vascos comenzaron a entregarse, siguiendo el guión pactado. Pero el caos seguía reinando en la zona republicana. Algunos batallones siguieron sin intención de rendirse, mientras que otros continuaban escapando desordenadamente para proseguir la lucha.
Ante esta situación, los legionarios italianos avanzaron sobre Santoña y Laredo, ocupando las poblaciones cántabras sin encontrar resistencia. Con ayuda de los mandos italianos, Ajuriagerra se trasladó a Bilbao, ocupada por los franquistas desde hacía dos meses, para entrevistarse con el general Mario Roatta y participarle los últimos detalles de la capitulación.
Cuando la rendición se hizo finalmente efectiva, los combatientes del Ejército del Norte fueron encarcelados en el cuartel de Infantería y en el penal del Dueso. Durante nueve días, los prisioneros estuvieron bajo custodia italiana, mientras el general italiano Roatta discutía en Salamanca con Franco los detalles de la capitulación.
El 4 de setiembre, las tropas franquistas se hacían, definitivamente, con la custodia de los prisioneros. El primer fusilado fue Manuel Egidazu, comandante del batallón comunista Facundo Perezagua. En total, 321 de los apresados fueron fusilados o pasados por el garrote vil. La mayoría de los ajusticiados eran comunistas y anarquistas, pero había representantes de todas las organizaciones del Frente Popular: Acción Nacionalista Vasca, Partido Socialista Obrero Español, Unión General de Trabajadores e incluso Partido Nacionalista Vasco y Euskadiko Langille Alkartasuna. En el escarmiento, los tribunales franquistas quisieron elegir lo más representativo de cada formación que había apoyado al Gobierno legítimo republicano.
En cambio los traidores Juan Ajuriagerra y Joseba Rezola, los dos máximos exponentes de la negociación, salvaron sus vidas. Fueron encarcelados y liberados en 1943, casi al mismo que los demás traidores a la República: el trotskista Joaquín Maurín y el anarquista Cipriano Mera.

La traición del PNV en el país vasco-francés

La dirección del PNV actuó en la II Guerra mundial como lo había hecho en la guerra civil española, supuestamente condenando a los fascistas, pero colaborando con ellos de hecho en la práctica. Su dirección en Iparralde (País Vasco-Francés) no movió un solo dedo entre 1940 y 1945 para luchar contra el ocupante nazi y su gobierno títere de Vichy. No dio ni una sola indicación de resistencia, y las labores que realizó de espionaje, lo fueron para interés propio o de sus aliados los yankis. Por eso los historiadores de toda condición, pero sobre todo los nacionalistas vascos, han ocultado o eludido su papel de colaboradores por omisión.
Obviamente a nivel personal fueron varios los peneuvistas que lucharon contra los nazis, como varios de los miembros del denominado Servicio Técnico de Información del Gobierno Vasco (o sea, la inteligencia del PNV), algunos de los cuales fueron detenidos en España por Franco tras pasarle la información los nazis, como su máximo responsable Luis Álava, que fue fusilado. Pero de 1942 a 1945 dichos servicios secretos sólo elaboraron informes para sus jefes norteamericanos y británicos.
Así no es de extrañar que la prensa peneuvista haya intentado engañar repetidamente cuando contaba que la Gestapo estaba como loca por localizar y eliminar a José Antonio Aguirre en París, mientras los propios archivos de guerra nos dan el dato incuestionable de que la policía y la inteligencia nazi lo tenían perfectamente controlado en una casa de Bruselas el 23 de junio de 1940 y que lo dejaron fugarse a América.
Asimismo, varios cargos peneuvistas se entrevistaron en 1941 con altos jerarcas nazis para discutir el papel que los vascos podían jugar en la nueva Europa, puesta a los pies de Hitler en aquellos momentos de la guerra. El interlocutor por parte de la delegación vasca era un historiador, Eugéne Goyhenetche, que miraba con enorme simpatía el acercamiento a los nazis. La discusión se desarrolló en torno a la posible creación de pequeños estados nacionales permitidos por Alemania en total sintonía en una Europa nazi. Se ponía el ejemplo del Partido Nacionalista Bretón, que con la consigna: Ni blancos ni rojos, bretones ante todo había pasado a colaborar abiertamente con los nazis. Estaba pues, encima de la mesa, una supuesta independencia flamenca, corsa, occitana, bretona y vasca bajo la lupa nazi. El ejemplo que los nazis dieron a Goyhenetche para hacerle sentir en su salsa era el de Valonia en 1917: balcanizar los países para crear Estados independientes bajo la influencia nazi. Nada más ha trascendido sobre dichas reuniones, pero para el PNV deben de ser materia muy secreta y delicada, pues tras la guerra, la fiscalía pidió la pena de muerte para el vascofascista Goyhenetche, pero el PNV le sacó la cara, le protegió, le cubrió de dinero y le arropó y defendió hasta su muerte plácida en 1989.
Como anécdota significativa contar también como el Ministerio de Cultura nazi encargó un catálogo de megalitos de Iparralde al cura peneuvista y antropólogo José Miguel Barandiarán. Éste aprovechó la libertad de movimientos para pasar la frontera a un judío, así que la anécdota nos muestra claramente esa delgada línea entre el amor y el odio que mutuamente se profesaban.
Pero el caso más significativo es el del diputado más importante en París de todo el País Vasco-francés, el derechista Jean Ibarnegaray, con cargo en el Congreso desde 1914 y muy próximo al PNV hasta que se distanció de dicho partido en 1936 porque el PNV de Gipuzkoa había combatido a Franco, y que fue elegido ministro por Pétain durante el gobierno fascista de Vichy. Así, otro vascofascista como Domingo Soubelet, escritor y poeta euskaldun, dedicó esta joya a favor del gobierno fascista y que traducimos del euskara:
Hombre bravo el mariscal Pétain
de Uharte a Vichy resuena su voz
de Euskalherria ha escogido sus ministros
está preparado contra todos los enemigos.
Nuestra raza defiende su Patria
Amor a la familia, al trabajo y a la Patria
Preparémonos todos para una Francia nueva.
Algunos miembros del PNV pertenecieron a organizaciones de militancia y combate que colaboraron abiertamente con los nazis. La historia general de estas organizaciones vascas colaboracionistas con los ocupantes nazis y en cuyas filas hubo algún militante peneuvista es la siguiente:
— Partido Popular Francés sección Bajos Pirineos, con un total de 250 afiliados. Contaba con una milicia (Servicio de Orden) que colaboró directamente con la Gestapo.
— Milicia Francesa, sección Bajos Pirineos, con 420 militantes. Funcionaba como policía auxiliar de la Gestapo. Era del PNV un tal Lamietxe, aunque era mote. Quemaron los archivos de militantes cuando se acercó la derrota nazi.
— Legión Voluntaria contra el Bolchevismo: pudieron ser un centenar de militantes. Quemaron los archivos ante la derrota nazi.
— Waffen SS-Sección Bajos Pirineos: cerca de un centenar. Tras la derrota fascista fueron rehabilitados en la Legión Extranjera. Quemaron los archivos de nombres.
— Grupo Collaboration: solamente en Baiona llegó a contar con más de 75 miembros. Apoyaba el exterminio de los judíos y de los antifranceses. Sus juventudes las formaron 40 militantes en todo Iparralde. En Hendaia un jeltzale de dicho Grupo apodado Irún hacía labores de contrabando con la policía fascista española.
— Servicio de Orden Legionario: contó con 150 afiliados en Euskadi Norte. Se definían anticomunistas y su jeltzale se apodaba Aguirre.
Hacia el final de la guerra mundial, la resistencia tomó peso en Euskal Herria Norte, con grupos en Zuberoa, íntegramente compuesta por los comunistas del Franc-Tireur y los gaullistas. En 1944 eran aproximadamente 500 militantes armados en Zuberoa, de los que ninguno pertenecía al PNV, salvo el médico souletino Jean Jaureguiberry, que llegó a ser uno de los dirigentes guerrilleros). En Lapurdi había 140 guerrilleros, todos ellos comunistas y gaullistas, mientras el PNV andaba por los despachos en América intentando salvar sus viandas.
En el verano de 1944 estas dos guerrillas se juntaron a la ORA vasco francesa (Organización de Resistencia Armada) de simpatía giraudista para formar el MUR (Movimiento Unitario de Resistencia). En total hubo unos 1.350 guerrilleros vascos de los que sólo uno de ellos pertenecía al PNV. Cuando en agosto de 1942 la guerrilla colocó una bomba en el local del PPF en Biarritz, el PNV declaró que no eran momentos para acciones de sabotaje.
Los habitantes de Iparralde sufrieron durante la ocupación alemana y el gobierno vichysta unas 1.600 deportaciones a Auschwitz y Buchenwald (1.460 sólo en 1943 y 1944), unas 1.500 detenciones por motivos raciales y políticos y decenas de fusilamientos y asesinatos de resistentes, pero el PNV estaba demasiado ocupado intentando hacerse un hueco en el reparto del pastel. Como en Euskal Herria Sur.