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07 abril 2016

CONCEPTO, ESTATUS Y CONDICIÓN DE LA MUJER EN EL ISLAM


Si realizamos una serie de calas en la literatura, en el folklore o en la sociedad árabes de la actualidad o de tiempos pretéritos, encontraremos elementos sueltos que abonen esa frase tan manida en los medios de comunicación de que el islam es plural y diverso, no pudiéndose extraer por tanto consecuencias generales, ni criterios globales; es decir, una relativización absoluta a efectos dialécticos para contrarrestar y acabar anulando cualquier posibilidad de llegar a conclusiones útiles. Sin embargo –a nuestro juicio y con la máxima objetividad posible– se trataría de excepciones, aisladas y alejadas en tiempo y espacio y que en modo alguno responden a un corpus doctrinal y ni siquiera a usos consuetudinarios muy extendidos, meras anécdotas que, por otra parte, no siempre están bien documentadas. Recogemos a continuación algunas muestras: en la arábiga isla de Qays –dice Ibn al-Muyawir, siglo XII– la mujer manda sobre el marido y «no hace sino lo que ella dice, de bueno o de malo» ; el viajero tangerino Ibn Battuta (siglo XIV) señala entre los turcos musulmanes del sur de Rusia «la consideración en que se tiene a las mujeres, cuya posición es más alta que la de los hombres» y a continuación enumera varios signos externos, protocolarios, aparentemente simplezas, pero tal vez significativos si consideramos la importancia de los gestos formalistas en esa sociedad, aunque en todo caso tales manifestaciones de respeto y dignidad van dirigidas a las mujeres nobles, princesas, etc. (no a sus siervas), con lo cual se está reflejando más bien un problema social que un conflicto o confrontación de sexos; el mismo Ibn Battuta dice a propósito de los massufíes del Sahara, con no poca extrañeza, «ni toman el nombre de su padre sino el de su tío materno. La herencia recae en los sobrinos [hijos de la hermana] y no en los hijos propios», aunque su escándalo crecerá de inmediato por las costumbres licenciosas que, en su opinión, viven esas etnias de beréberes negroides (entendiendo por licenciosas que los hombres hablen con las mujeres sin estar casados ni ser parientes); los sabibíes sostenían que el imamato (dirección de la comunidad) podía corresponder legítimamente a una mujer, no siendo quizás extraña tal pretensión al hecho de que su promotor –Sabib b. Yazid– era hijo de un árabe y una griega; la cuentística popular en ocasiones refleja anomalías o contradicciones respecto a la ideología dominante, como respuesta o resistencia puntual frente a lo establecido, así la ruptura del valor socioeconómico del sexo masculino o de revalorización de la inteligencia femenina que asoma en algunos cuentos de la Gran Cabilia argelina (Historia del padre de siete hijos y del de siete hijas; Historia del mozo que aprendió la ciencia de las mujeres, etc.). 

Los ejemplos precedentes y no pocos más que podrían acumularse representan, o bien realidades escasamente difundidas, o bien deseos imaginarios, más o menos cumplidos, de alcanzar comportamientos distintos, conformándose el creador de la idea con su mera enunciación en forma de relato, anécdota o chascarrillo, lo cual le exime de intentar llevarla a la práctica, con los riesgos y esfuerzos que entrañaría, un bello horizonte fantástico que nos libra de la incómoda tarea de modificar lo existente. Por otro lado, cuando se trata de costumbres locales o conductas sorprendentes para un musulmán, la propia característica de rareza, de excepción chocante, o el escándalo con que lo reflejan los diversos autores no permiten hacerse ilusiones acerca de su vigencia y peso social. Debemos pues, comenzar suscitando la cuestión central: los orígenes y consolidación de la supremacía masculina en todas las sociedades humanas, no como un hado inexorable para las unas o un destino manifiesto y ventajoso para los otros, sino como pura descripción de un hecho social. Marvin Harris lo expresa con claridad meridiana:
«Las instituciones de supremacía masculina surgieron como una de las consecuencias de la guerra, del monopolio masculino de las armas y del empleo del sexo para el fomento de las personalidades masculinas agresivas (…). Las feministas han intentado oponerse a la opinión de que la supremacía masculina es natural al negar que existía entre la mayoría de los pueblos grupales y aldeanos. Entre los no antropólogos, tal criterio condujo a la resurrección de las teorías místicas acerca de una edad dorada del matriarcado, cuando las mujeres reinaban supremamente sobre los hombres. Ni los mismos antropólogos han podido hallar algo que justifique la exhumación de este cadáver del siglo diecinueve»
El mismo M. Harris abunda en diversos pasajes de sus obras en la idea comúnmente aceptada por los antropólogos en la actualidad (negar el control y poder de la mujer sobre los recursos productivos y reproductivos), reduciendo la trascendencia de la filiación matrilineal, cuya importancia para el estatus de las mujeres es escasa, dado que, por lo general, el jefe del grupo de filiación no es la madre, sino el hermano de la madre.

El matrilinealismo ha producido infinitas confusiones entre gentes predispuestas a confundirse, generalmente por prejuicios ideológicos, por falta de conocimientos o por dejarse llevar de superficialidades literarias: desde el supuesto matriarcado prehomérico de las poblaciones del Egeo, reflejado en las historias de amazonas, hasta el no menos supuesto matriarcado tuareg aireado por Blanguernon  y sobre todo por Guichard, lo cual le daría pie para sugerirlo en nuestro Cantábrico y apoyándose en alguna observación de Caro Baroja. Sin embargo, feministas como Kathleen Gough han llegado a aceptar que «la descendencia matrilineal no implica la existencia del matriarcado o del dominio femenino, ni en el hogar ni en la sociedad, como Engels se inclinaba a pensar. El matriarcado, como reverso del patriarcado, en realidad es casi seguro que nunca ha existido». Porque, en efecto, a la mujer se la trata con gran respeto en ciertas sociedades matrilineales que le conceden pocos derechos; el respeto deriva del hecho de que desempeña roles de estatus alto que el hombre no puede desempeñar y para los cuales la agresividad masculina de nada sirve. S. Goldberg, que somete a discusión las pruebas de existencia de matriarcados a partir de mitos y leyendas, como la de las amazonas, tal vez reduce mucho el panorama al terminar apoyándose en factores biológicos (testosterona como base única de la agresividad masculina que conduciría inevitablemente al dominio del otro sexo), de suerte que la agresividad de las hembras en el mundo animal o la evolución de las conductas en las sociedades postindustriales quedarían inexplicadas. Pero no son éstos los escenarios que ahora nos ocupan. Los estudios de Morgan (siglo XIX) sobre la «Liga de los iroqueses» y su influencia determinante en los escritos de Engels propició que toda la corriente de pensamiento marxista, diera por bueno durante mucho tiempo el valor «científico» de la estratificación cronológica de Engels: 
1. El sistema matrilineal precede y debe preceder al patriarcado.
2. La transformación del sistema matrilineal al patriarcal tiene su origen en la instauración de la propiedad privada y en la diferenciación de clases. 
3. Las primeras etapas del desarrollo societario no son solamente matrilineales, sino matriarcales. En la actualidad, algunos antropólogos marxistas reconocen que no ha existido nunca un matriarcado, pero refiriéndose a ciertas variantes del razonamiento de Engels, exponen que hubo en otro tiempo sociedades en las que la posición de la mujer fue mucho más alta.

Tampoco hay indicios serios que sustenten la hipótesis de un matriarcado primigenio árabe. Lo que sí encontramos es la definición coránica reproductora de conceptos anteriores (patriarcales y de dominio masculino) y base de cuanto un musulmán normal estima en torno a la mujer y a sus relaciones con ella: «Vuestras mujeres son para vosotros un campo de labor. ¡Venid, pues, a vuestro campo como queráis!» (Corán, 2 - 223). Idea adoptada y desarrollada incluso por pensadores libres y lúcidos –para su tiempo– como al-Yahiz (siglo IX): «Las mujeres son para los hombres un campo de labor, lo mismo que las plantas son el alimento de los animales, pues ellas les aseguran la subsistencia (...) el bien más próximo a su corazón y el más agradable a su alma es la mujer. Ha sido creada para que encuentre en ella el reposo... Así ha de ser, como el hombre debe tener más derechos sobre la mujer, estando ella más cercana a él que todos los otros bienes de que dispone, porque de él fue creada, es una parte de él mismo, una parte de su cuerpo». La huella judeocristiana de estos textos no precisa de mayores aclaraciones, ni tampoco varios de los prejuicios elevados a categoría psicosocial sobre facetas biológicas de la vida femenina, de su inferioridad subsidiaria, de su especificidad psicológica y de lo que podríamos denominar su condición colectiva de mujer, un conjunto de rasgos que aparecen retratados y vigentes en la sociedad musulmana, pero no sólo.
Los engamnos et assayamientos de las mugeres tienen raíz vieja: «Te preguntan acerca de la menstruación. Di: “Es un mal”. Manteneos, pues, aparte de las mujeres durante la menstruación y no os acerquéis a ellas hasta que se hayan purificado» (Corán, 2-222), idea que encontramos calcada de Levítico, 20-18; «la avaricia es defecto que sólo afea a los hombres, ¿cuándo oíste que se criticara a una mujer por ser tacaña?», con lo cual la conclusión está clara: no importa que haya mujeres avaras porque la generosidad sería una virtud puramente masculina; la impotencia y ser sólo padre de hijas (abu l-banat) constituyen tachas que se pueden echar en cara a un hombre, por ejemplo ante el cadí en una causa de divorcio; la imagen tópica de la mujer masivamente reproducida en la literatura árabe es la de la enredona y traicionera, apremiante y egoísta en sus exigencias de sexo al marido, incluso si éste es un santo, y en consecuencia menudean los ejemplos de prohibiciones de salir a las mujeres, por ejemplo en 1522 en el Egipto ya otomano, aunque las malas costumbres penetran a la menor oportunidad (abandono del velo, «promiscuidad», bodas con extranjeros de fe dudosa, como los franceses de la expedición napoleónica a Egipto), y provocan el escándalo de los cronistas. Los viajeros escritores pormenorizan el carácter maléfico de la condición femenina, ya sea por ejercer la hechicería, o por las meras precauciones que deben adoptarse en su presencia, como no comer «aunque se muera de hambre y sed», ya que la magia negra es más bien cosa de mujeres, aunque no sólo, pues en definitiva el calificativo que más merecen es el de saytan (satán), en la línea del dicho atribuido a ‘Ali, yerno de Mahoma: «Una mujer es un demonio, dos mujeres dos demonios, tres mujeres el Infierno». El formalismo de conductas del Islam hizo que se eternizara la discusión (al-Yahiz lo refleja bien en su Epístola de las Cantoras) sobre la licitud, o no, de mirar a las mujeres, o acerca del carácter despreciable del hombre que toma por esposa a una repudiada, con lo cual se le rebaja, incluso, respecto a quien procrea con esclavas, convirtiéndolas en ummahat awlad (madres de sus hijos). Completaremos esta mínima antología de referencias con algunas descriptivas del enfoque estrictamente físico en las valoraciones de la mujer que se utilizan en la literatura árabe cuando se la quiere elogiar:
1. Ideal tópico de belleza: «Maravillaron a Bisr el negro de mis ojos y unos brazos blancos como la plata. Al alcance de su vista hay una de cintura breve que se pavonea con ajorcas, la más hermosa mujer que camina»; «…un cuerpo cual brocado, un rostro semejante a una lucerna, ojos como de oveja, senos parejos al mejor marfil, vientre cual lomo de hacanea, entrañas de puerta breve». Y su antítesis es: «…su boca no es fresca, ni sus pechos enhiestos, ni su vientre engendra; sus ojos están tristes, su saliva no es pura ni su camino estrecho»27; aunque «las mujeres de La Meca –no faltaba más– son hermosísimas, de maravillosa belleza, virtuosas y castas…».

2. Los tópicos sobre sensualidad –virtud destacada– proliferan y se manejan como determinantes de la aceptación de las mujeres, así –según al-Yahiz– para los de Basora las preferidas son las indias, para los yemeníes las etíopes y para los sirios, las griegas (nótese que en los tres casos se trata de extranjeras más o menos vecinas y por tanto conocidas de oídas a las que se reviste con las dotes fantásticas de todos los folklores); pero Ibn Battuta nos asegura que las más agradables en la intimidad son las maldiveñas y las Marhata y Malawa de la India, mientras Ibn alMuyawir concluye que «entre todas las criaturas vivientes no hay nada más caliente que la vulva de la esclava nubia».





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