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26 abril 2016

El Partido Nacionalista Vasco también traicionó a la República por PCEr

El Partido Nacionalista Vasco también traicionó a la República, negociando secretamente con los fascistas italianos la rendición de todas las tropas que combatían en el frente norte.
Los nacionalistas vascos han vivido (y aún viven) del culto a la personalidad de Jose Antonio Agirre, el presidente del gobierno autónomo vasco durante la guerra, de la explotación propagandística del bombardeo de Gernika, presentada como un ataque exclusivamente dirigido contra ellos y de una imagen del gudari como un combatiente antifascista abnegado, tanto durante la guerra como después de ella.
Pero las cosas sucedieron de manera muy distinta a como los nacionalistas las presentan.

El frente norte

El frente norte combatió en condiciones militares de aislamiento respecto al resto de la República. Ese frente no concernía únicamente a Euskal Herria sino también a Cantabria y Asturias, si bien el frente corrió de este a oeste, partiendo de la frontera entre Navarra y Guipúzcoa y acercándose hacia Vizcaya. En consecuencia, el frente sí estaba en Euskal Herria y eso le dio al PNV y al gobierno autónomo vasco la posibilidad de encabezar la contienda en una amplia coalición en la que, sin embargo, ellos eran minoritarios. Además de los nacionalistas, aunque bajo su dirección, en el frente del norte lucharon otras fuerzas antifascistas que, además, llegaron de fuera para defender a Euskal Herria. Todos aquellos antifascistas combatieron y murieron como si Euskal Herria fuera su propia tierra y no merecieron ser traicionados.
Por su naturaleza burguesa y reaccionaria, el PNV no podía constituirse en el núcleo de la resistencia antifascista en el frente norte. En febrero de 1936 no formó parte del Frente Popular y, por su naturaleza de clase, no podía asumir la dirección de la lucha y eso condujo a una derrota muy temprana: en el verano de 1937 el frente norte ya no existía. Allí la guerra duró un año escaso.
Esto merece un serio análisis.
En Euskal Herria el fracaso de la guerra no se debió tanto a problemas de unidad dentro del Frente Popular, como en Catalunya, como de dirección. Si bien este problema se dio en todas partes, allí fue más agudo, creándose toda una corriente en el seno del Partido Comunista, encabezada por Juan Astigarrabía, que se puso a remolque de los nacionalistas. Y no solamente los comunistas no encabezaron la lucha sino que tampoco alertaron acerca de las vacilaciones y la traición que preparaban los nacionalistas. Astigarrabía fue expulsado del PCE, pero el daño ya estaba hecho.
El PNV nunca combatió consecuentemente contra el fascismo y buen prueba de ello es que fueron los últimos en crear milicias propias para frenar el alzamiento militar. Al estallar la guerra el PNV se escindió en función de las áreas que se mantuvieron leales a la República. En Álava y Navarra, donde triunfaron los fascistas, los nacionalistas, si bien no se sumaron al golpe tampoco se opusieron a él; por el contrario, en Guipúzcoa y en Vizcaya, donde triunfaron los republicanos, el PNV pareció unirse a la resistencia pero, en realidad, tampoco allí su posición era muy diferente. Incluso en Vizcaya, una parte de los nacionalistas, representada por Luis Arana, sostenía que la guerra civil era un asunto español y, por tanto, ajeno a Euskal Herria, por lo que no cabía ninguna intervención a favor ni en contra. Puede decirse que los nacionalistas sostuvieron una posición ambigua y vacilante, transmitiéndola al conjunto de la coalición republicana sin que el PCE se opusiera a ella y la denunciara ante las masas.
El 18 de julio de 1936 en Euskal Herria, al no formar parte del Frente Popular ni el PNV ni la CNT, para hacer frente al fascismo se crearon las Juntas de Defensa como instrumento al mismo tiempo de unidad política y militar. Tanto para reforzar la colaboración nacionalista en la lucha como por las propias condiciones de aislamiento del frente, la República concedió la autonomía a Euskal Herria pocas semanas después de la sublevacion fascista, en setiembre de 1936. Pero la autonomía legal era una independencia real que reforzó la posición nuclear de los nacionalistas dentro de la coalición que, una vez formado el gobierno vasco, dieron buena prueba de sus verdaderas intenciones.
La formación de aquel gobierno autónomo privó a las masas del protagonismo que necesariamente debían asumir. Esta es una diferencia fundamental entre el gobierno republicano central y el autonómico vasco, del que Astigarrabía formaba parte en representación del PCE. La propia guerra sirvió de excusa al gobierno vasco para imponerel orden público en la retaguardia, prohibiendo toda actividad política y sindical. Muy pocas veces la situación se les escapó de las manos al PNV, una de ellas cuando las masas asaltaron la cárcel de Larrínaga en Bilbao (4 de enero de 1937) después de un terrible bombardeo de las ciudad y ejecutaron a 224 fascistas que estaban allí presos. Desde entonces, en todas sus negociaciones con los nacionalistas, los fascistas exigieron que el PNV garantizara la vida de los fascistas apresados.
Por lo demás, en el frente norte no hubo comisarios políticos en los batallones, los mítines políticos estaban prohibidos y la propaganda también. Las consecuencias de ello fueron pronto evidentes. Cuando los fascistas se acercaron a San Sebastián, sólo la CNT propuso su defensa, mientras que todos los demás, incluido el PCE, aceptaron la postura del PNV de retirada hacia el río Deva. Sin disparar un sólo tiro, los fascistas avanzaron 30 kilómetros las líneas del frente y llegaron hasta Vizcaya. La posición de la CNT era totalmente justa y la del PCE totalmente errónea. En Euskal Herria, tanto la CNT como la FAI exigieron una representación en el gobierno autónomo que no se les concedió, lo cual fue otro error del PCE y otra concesión intolerable a los nacionalistas. La imprenta del diario CNT del norte fue clausurada y entregada al PCE para que publicara su Euskadi Roja, lo cual era otra conducta totalmente inaceptable.
Como consecuencia de ello, la moral de los batallones anarquistas se hundió; era imposible combatir en esas condiciones y tampoco era posible ni una unidad sólida de los antifascistas ni tampoco la unidad sindical. La dirección del PCE criticó duramente a los comunistas vascos por no haber sido capaces de mantener una línea independiente, por subordinarse a los nacionalistas y no apoyarse en las masas para resistir al fascismo.
Por su parte, desde el comienzo mismo de la guerra los nacionalistas trataron de llegar a un acuerdo con los sublevados poniendo en práctica una política hipócrita y demagógica: públicamente hablaban de resistencia a ultranza pero negociaban en secreto, a espaldas de las masas y de todas las organizaciones del Frente Popular. De forma directa o a través del Vaticano, los nacionalistas vascos nunca rompieron sus vínculos con los fascistas. De todas esas negociaciones la más conocida es el Pacto de Santoña, concertado en agosto de 1937, por el que el PNV capitulaba ante los fascistas italianos y entregaba a todos los antifascistas atados de pies y manos ante sus verdugos para que fueran fusilados o encarcelados.
Los nacionalistas vascos se justifican diciendo que Euskal Herria ya se había perdido y que nada tenían que hacer en tierra extranjera. Esto es absurdo pero no vamos a entrar a replicarlo. Lo importante es que sus conversaciones con el enemigo para la capitulación se habían iniciado mucho antes, desde el mismo origen de la guerra, antes incluso del bombardeo de Gernika (abril de 1937) y antes de la caída de Bilbao, que supuso un enorme desastre para la República.
En estos contactos sobresale que el PNV buscara a los italianos como interlocutores, bien directamente, bien a través del Vaticano, no descartando nunca la posibilidad de ofrecer Euskal Herria como protectorado a Mussolini, al tiempo que hacían lo mismo con los imperialistas británicos, buscando vender el país al mejor postor.

El bombardeo de Gernika

Los contactos se intensificaron en abril de 1937. Aunque era escéptico sobre sus resultados, Franco autorizó el 13 de abril la prosecución de las conversaciones que se estaban entablando a través del jesuita Pereda y de Francesco Cavalletti, cónsul italiano en San Sebastián. El mayor obstáculo era la exigencia del PNV de una garantía extranjera, que Franco rechazó. El PNV recibió de los italianos ofertas de no tomar represalias (contra ellos), de permitir la huida de los jefes (de los suyos), así como de una descentralización administrativa en el Nuevo Estado franquista.
El bombardeo de Gernika paralizó momentáneamente las negociaciones. Los nacionalistas se presentaron como víctimas de la más desalmada barbarie fascista. Parecía que la Legión Cóndor había bombardeado al PNV... La explotación propagandística del bombardeo le proporcionó al PNV una proyección internacional que trató de aprovechar para intensificar sus contactos con los imperialistas británicos.
El 27 de abril el lehendakari Agirre llamaba en el diario Euzkadi, portavoz del PNV, a todos los vascos a reaccionar frente a la barbarie y combatir al fascismo con tesón y heroísmo...
Pero el intento de golpe de Estado en Barcelona intensificó los preparativos para la capitulación del frente norte.
El Vaticano abrió varias líneas negociadoras para lograr la rendición de los nacionalistas vascos. Pidió al cardenal fascista Gomá que mediara ante Mola para que ampliara las concesiones al PNV y, sobre todo, capturar Bilbao intacto. Mola aceptó y, entre otras promesas, habló de permitir la fuga de los dirigentes nacionalistas, garantías contra cualquier exceso de las tropas fascistas, libertad para los milicianos que se entregasen con sus armas, así como la aplicación del espíritu de la encíclica Rerum Novarum. Además el 8 de mayo el cardenal Pacelli, futuro Pío XII, envió un telegrama a Agirre exponiendo las condiciones de la capitulación:
Tengo el honor de comunicar a vuestra excelencia que los generales Franco y Mola, interrogados expresamente acerca del asunto, han hecho conocer ahora a la Santa Sede las condiciones de una eventual rendición inmediata de Bilbao. 1: se empeñan en conservar intacto Bilbao. 2: facilitarán la salida de todos los dirigentes. 3: completa garantía de que el ejército de Franco respetará personas y cosas. 4: libertad absoluta para los milicianos soldados que se rindan con las armas. 5: serán sometidos a los tribunales los culpables contra el derecho común devastaciones y destrucciones. 6: será respetada la vida y los bienes de aquellos que se rindieren de buena fe, aún para los jefes. 7: en el orden político, descentralización administrativa en la misma forma que la disfruten otras regiones. 8; en el orden social, justicia progresiva, teniendo en cuenta los medios de la hacienda nacional, según los principios de la encíclica Rerum Novarum.
Cardenal Pacelli.
El telegrama fue a parar al Gobierno de la República y no fue conocido por el Gobierno vasco. Largo Caballero, entonces presidente del Gobierno central, encubrió la traición que estaban fraguando los nacionalistas como había encubierto la de los trotskistas. Para que nadie se enterara reunió a sólo cinco ministros, que decidieron no mencionar ni una palabra del telegrama a los demás. En este conciliábulo no participaron ni los ministros anarquistas ni los comunistas. Largo Caballero actuaba en secreto, igual que Agirre.
La paradoja es terrible: cuando cayó Largo Caballero, sustituido por Negrín, se le nombra ministro de Justicia a Irujo, un militante del PNV, un partido que estaba pactando con el enemigo. El gobierno vasco debió enterarse de la existencia de ese telegrama y trató de mantener en secreto su traición: En el Gobierno vasco nadie piensa rendirse. Era mentira. En el Gobierno vasco nadie sabía nada de las negociaciones.
Hasta el 26 de agosto se siguieron celebrando conversaciones secretas sucesivas entre dirigentes del PNV con los fascistas italianos en Biarritz, San Juan de Luz y Roma. Su principal artífice es el dirigente nacionalista vasco Juan Ajuriagerra y en ellas participaron también Alberto Onaindía y José María Lasarte, por parte nacionalista, y Cavalletti, el conde Galeazzo Ciano (ministro italiano de Asuntos Exteriores) y el general Mario Roatta, por parte italiana.
El cura Alberto Onaindía vivía en San Juan de Luz y su función era asegurar el intercambio de notas entre los italianos de la Brigada Flechas Negras y la delegación del PNV en San Juan de Luz. Escribió luego un libro acerca de su contribución a la traición nacionalista.
El 11 de mayo Cavaletti se entrevistó en San Juan de Luz con el cura, quien transmitió las propuestas fascistas al presidente Agirre. Ofrecían garantías del Gobierno italiano para la rendición de Bilbao.
Insistió Cavaletti en el mes de junio aprovechando que se agravaba la situación militar el frente del norte. En una nota del día 7 llegó a sugerir una especie de protectorado italiano que serviría de garantía a Euskal Herria durante varios años.

Pero que no parezca y una traición

El 16 de junio, en víspera de la caída de Bilbao, los nacionalistas vascos se comprometieron a estar a la cabeza del Ejército del Norte hasta el último momento para que nadie pudiera rebelarse contra la traición. Además Ajuriagerra ofreció a los italianos, a través de Onaindía, la entrega intacta de la ciudad. Ponían a disposición del enemigo toda la industria pesada de la Margen Izquierda, de inestimable valor bélico. Por ello mismo el Frente Popular y el Gobierno de la República exigían resistir a todo trance y extremar la defensa de Bilbao. De cara a la población, el gobierno vasco estaba de acuerdo y llamaba a una resistencia heroica y ejemplar. Agirre dijo:
En estos momentos de intensa y dramática emoción me dirijo a vosotros con el alma henchida de una fe que es patrimonio de los vascos. El Gobierno está en medio del pueblo, y su acuerdo firme es resistir con ímpetu y fe. Yo confío en este pueblo maravilloso. Yo sé que aquí registrará la historia páginas de gloria. Estoy seguro de que vosotros, al conjuro de mis palabras, débil pero sincero y honrado, sabréis responder como un solo hombre evocando todas aquellas heroicidades que hicieron grande a nuestro pueblo. Aquí el pueblo vasco, ante el mundo entero, ante el asombro de todos, quiere escribir una página más de su gloriosa historia.
También era todo mentira. Bilbao fue entregado sin combatir. El gobierno vasco ordenó la evacuación, incluyendo a la población civil.
Ante esta primera traición, los comunistas planificaron la destrucción de las fábricas más importantes, sobre todo de Altos Hornos. Las unidades del PNV, encuadradas ya por oficiales enemigos, lo impidieron. Así lo reconoció el coronel Passoni en Barakaldo: cuatro batallones nacionalistas armados asumieron papeles represivos a las órdenes de los fascistas, pasando a las filas de los prisioneros de guerra sólo después de cumplida su misión de entregar Bilbao con toda su industria intacta. Las mayores fábricas de materia de guerra se ponían en manos de los fascistas para seguir la lucha contra la República.
Las negociaciones entre nacionalistas y fascistas prosiguieron, aunque Agirre prefirió desentenderse, para mantener el secreto, continuar al mando de todas las tropas y presentar luego la capitulación como un hecho consumado ante las demás organizaciones del Frente Popular. El secreto aseguraba tanto el éxito tanto de la capitulación como de que la rendición no se les fuera de la manos al PNV. Temiendo una reacción de insubordinación en la tropa ante la capitulación, los portavoces nacionalistas en las negociaciones ya habían anunciado a los italianos que pondrían al Ejército republicano ante el hecho consumado de la traición. El lehendakari sabía que sus aliados en el gobierno sospechaban del doble juego de los nacionalistas y le vigilaban. Como en Barcelona, una traición abierta podía precipitar una guerra dentro de la guerra también en Vizcaya. Ante la traición era muy probable que se produjeran choques entre los batallones de las distintas organizaciones antifascistas. Las numerosas fuerzas comunistas recibirían rápida ayuda de Santander y Asturias y se harían dueños de la situación. Por eso los fascistas exigían que el PNV se mantuviera hasta el final a la cabeza del gobierno autónomo y del Ejército del Norte. El 13 de junio, Ajuriagerra ofreció a los italianos quedarse en Bilbao hasta el último momento para evitar una sublevación de las tropas. Los nacionalistas se ponían directamente al servicio del fascismo como mamporreros para asegurarles una ocupación sin resistencia.
El PNV empezó a cumplir los acuerdos antes de que se firmaran y sus batallones empezaron a entregarse. El 25 de junio se entrevistaron Ajuriagerra y el agregado militar italiano, el coronel De Carlo, en Algorta (Vizcaya).
Siempre oculto al Gobierno republicano, al vasco y a todo el Frente Popular, por aquellas mismas fechas se produjo el viaje a Roma del cura Onaindía acompañado del director de Euzkadi, el diario del PNV, donde se entrevistaron con el conde Ciano. Llevaba la representación:
— del Gobierno Vasco firmada por Agirre
— la del PNV, firmada por Doroteo Ciáurriz, presidente del EBB (Euskadi Buru Batzar, la dirección nacionalista).
Llevaba las instrucciones que Ajuriagerra le había transmitido en una carta que le entregó el diputado nacionalista José María Lasarte, designado como enlace en las negociaciones. En ella le decía Ajuriagerra:
Vaya usted a Roma y hable con el Duce, indicándole el problema actual en la forma en que se le ha indicado a Domingo Lasarte. Además, usted debe plantear el problema vasco en toda su amplitud: 1. Qué es Euzkadí. 2. Los vascos no son españoles. 3. Por qué los vascos están en la guerra. 4. Actuación de los vascos con gran civilidad en esta guerra, únicos en los dos bandos...
Así sigue la exposición hasta llegar al séptimo punto: 7. Esperanza de que el Duce apoye nuestras legitimas aspiraciones.
Obtuvieron muchas promesas a cambio de una rendición. Los negociadores vascos insistieron en que no debía aparecer como una rendición, sino que era preciso simular una victoria italiana.

El Pacto de Santoña

Tras la caída de Bilbao el 19 de junio, el Ejército republicano se replegó a Cantabria. El 6 de agosto, ya en Cantabria, el denominado Ejército de Euzkadi pasa a llamarse XIV Cuerpo de Ejército, y sus Divisiones toman los números 48, 49, 50 y 51; al frente del mismo se encontraba el coronel Adolfo Prado, llegado de la zona Centro. Un estadillo del 10 de este mes registra la existencia en sus filas de 36.159 hombres, con 269 fusiles ametralladores, 293 ametralladoras, 312 morteros y 68 piezas de artillería. En Cantabria no sólo se concentraron los batallones nacionalistas, sino otros pertenecientes a otras organizaciones del Frente Popular, todas ellas bajo el mando del Gobierno vasco que Agirre presidía. Sólo una tercera parte correspondían a las fuerzas nacionalistas y un tanto por ciento muy importante de aquellos efectivos estaba formado por heroicos antifascistas de Cantabria y Asturias que habían combatido en Euskal Herria.
Hacia el 20 de julio, los batallones nacionalistas que quedaban en la reestructuración en cuatro divisiones del Ejército del Norte, recibieron información de lo que su Partido proyectaba. Los nacionalistas no lucharían sino que se mantendrían en una situación defensiva, sin abandonar tampoco el frente que miraba a Euzkal Herria, es decir, sin prestar ninguna colaboración al resto del Ejército del Norte, que quedaba abandonado a su suerte.
El 14 de agosto se rompe el frente santanderino en dirección a Reinosa, y el puerto del Escudo y, una semana después, el coronel Prado ordena el repliegue del XIV Cuerpo a una línea de contención delimitada por Santoña y el río Asón. A través de los comisarios de guerra pertenecientes al PNV, el Viceconsejero de Defensa, Joseba Rezola, dirigió las tropas hacia su destino. La orden que recibieron los jefes de las compañías republicanas fue la de no oponer resistencia ante las tropas franquistas desplegadas en las cercanías de Cantabria y de evitar cualquier dispersión hacia Asturias. A mediados de agosto, la mayoría de los combatientes de los batallones intentaron ganar la zona comprendida entre Laredo y Santoña, bajo la creencia de que serían evacuados por su Gobierno hacia territorio francés.
El 17 de agosto Ajuriagerra y Lasarte se entrevistaron en Biarritz con el coronel De Carlo (Da Cunto) al que pidieron la libre evacuación de la población civil y que los batallones nacionalistas que se rindieran fueran considerados como prisioneros de guerra bajo soberanía italiana. Al día siguiente se comunicó a los italianos el emplazamiento de las unidades vascas en el frente de Santander.
No se combate ya, y por la noche desertan tres batallones, marchando a Santoña en total estado de indisciplina. El repliegue continúa en días sucesivos, y con el repliegue las deserciones o retiradas, sin orden superior, a Santoña y Laredo.
¿Qué pasaba? ¿Por qué se entregaban las unidades? ¿Qué unidades se rendían ante el enemigo fascista?
Como la traición se había llevado en el más estricto de los secretos, los combatientes desconocían el verdadero alcance de su concentración en la zona de Santoña. La tropa estaba desconcertada. Nadie les había ofrecido información alguna y se decía que se preparaba la evacuación del Ejército del norte por vía marítima desde Santander. Era mentira.
Las unidades antifascistas no obedecieron la órdenes de entregarse. Los rumores de rendición generaron un clima de rabia entre los combatientes. Algunos batallones se negaron a deponer las armas y escaparon. Por su parte, las unidades nacionalistas tampoco obedecieron las órdenes militares de replegarse hacia Asturias para proseguir la lucha. El general republicano Gámir Ulíbarri, jefe del Ejército vasco hasta la caída de Bilbo y luego jefe del Ejército del Norte, amenazó con bombardear las posiciones de los batallones nacionalistas en caso de que no depusieran su actitud. Antes, como mando supremo del Ejército del Norte, había ordenado el repliegue hacia Asturias.
Según el último de los acuerdos alcanzado en Hendaya, los nacionalistas vascos debían deponer las armas, entregárselas a los fascistas, reprimir cualquier oposición de los combatientes y asegurar la vida de los presos fascistas que habían trasladado de las cárceles de Bilbo a las de Laredo y Santoña. En este puerto se apoderaron por la fuerza de la Academia de Oficiales y liberaron a los 2.500 presos franquistas detenidos en El Dueso. Por su parte, los italianos se comprometían, a garantizar la vida de los gudarisnacionalistas sin entregarlos a las tropas de Franco, a autorizar la fuga por mar de todos los dirigentes políticos nacionalistas y a considerar a los detenidos libres de seguir participando en la Guerra Civil en el bando franquista.
Agirre y su gobierno presentaron la rendición como producto de una iniciativa del PNV que debían acatar. Con la ausencia, por el rechazo que suscitó el pacto, de comunistas, socialistas, republicanos y, por supuesto anarquistas que estaban fuera del ejecutivo autónomo, el Gobierno vaso, apoyó la decisión ya firmada por el PNV. La capitulación también contó con la desaprobación del Gobierno republicano, instalado entonces en Valencia.
En las conversaciones de los días 21 y 22 de agosto, para controlar el orden público en Cantabria, los nacionalistas piden a los italianos que se active la ofensiva sobre Torrelavega y que se modere la de Solares. Es el mismo ofrecimiento hecho en vísperas de la caída de Bilbao. El PNV se ofrecía como confidente de los fascistas y les asesoraba sobre las mejores direcciones de los ataques.
El 24 de agosto de 1937, el delegado italiano en San Juan de Luz recibió la confirmación de que los nacionalistas habían cumplido su parte del trato. Simultáneamente, dos capitanes del Ejército Vasco atravesaron las trincheras entrevistándose con los mandos de los Flechas Negras italianos acuartelados en la zona. Las condiciones que llevaban los dos capitanes afectaban a los aspectos técnicos pactados ya con anterioridad por el PNV. En esta entrevista avanzaron que la capitulación sería incondicional y que las fuerzas que se rendirían conformarían un total de 30.000 hombres. Asimismo, anunciaron que los oficiales y mandos políticos a evacuar por mar serían de sólo 2.000.
Sin embargo, la rendición acordada para las seis de la mañana del día siguiente no se llegaría a producir. Los barcos que debían trasladar a territorio francés a los oficiales, no llegaron. En la tarde del mismo día 25, Ajuriagerra se vio obligado a cruzar las líneas para entrevistarse nuevamente con los mandos fascistas italianos y reiterarles su voluntad de rendición. En la mañana del día 26, los primeros batallones vascos comenzaron a entregarse, siguiendo el guión pactado. Pero el caos seguía reinando en la zona republicana. Algunos batallones siguieron sin intención de rendirse, mientras que otros continuaban escapando desordenadamente para proseguir la lucha.
Ante esta situación, los legionarios italianos avanzaron sobre Santoña y Laredo, ocupando las poblaciones cántabras sin encontrar resistencia. Con ayuda de los mandos italianos, Ajuriagerra se trasladó a Bilbao, ocupada por los franquistas desde hacía dos meses, para entrevistarse con el general Mario Roatta y participarle los últimos detalles de la capitulación.
Cuando la rendición se hizo finalmente efectiva, los combatientes del Ejército del Norte fueron encarcelados en el cuartel de Infantería y en el penal del Dueso. Durante nueve días, los prisioneros estuvieron bajo custodia italiana, mientras el general italiano Roatta discutía en Salamanca con Franco los detalles de la capitulación.
El 4 de setiembre, las tropas franquistas se hacían, definitivamente, con la custodia de los prisioneros. El primer fusilado fue Manuel Egidazu, comandante del batallón comunista Facundo Perezagua. En total, 321 de los apresados fueron fusilados o pasados por el garrote vil. La mayoría de los ajusticiados eran comunistas y anarquistas, pero había representantes de todas las organizaciones del Frente Popular: Acción Nacionalista Vasca, Partido Socialista Obrero Español, Unión General de Trabajadores e incluso Partido Nacionalista Vasco y Euskadiko Langille Alkartasuna. En el escarmiento, los tribunales franquistas quisieron elegir lo más representativo de cada formación que había apoyado al Gobierno legítimo republicano.
En cambio los traidores Juan Ajuriagerra y Joseba Rezola, los dos máximos exponentes de la negociación, salvaron sus vidas. Fueron encarcelados y liberados en 1943, casi al mismo que los demás traidores a la República: el trotskista Joaquín Maurín y el anarquista Cipriano Mera.

La traición del PNV en el país vasco-francés

La dirección del PNV actuó en la II Guerra mundial como lo había hecho en la guerra civil española, supuestamente condenando a los fascistas, pero colaborando con ellos de hecho en la práctica. Su dirección en Iparralde (País Vasco-Francés) no movió un solo dedo entre 1940 y 1945 para luchar contra el ocupante nazi y su gobierno títere de Vichy. No dio ni una sola indicación de resistencia, y las labores que realizó de espionaje, lo fueron para interés propio o de sus aliados los yankis. Por eso los historiadores de toda condición, pero sobre todo los nacionalistas vascos, han ocultado o eludido su papel de colaboradores por omisión.
Obviamente a nivel personal fueron varios los peneuvistas que lucharon contra los nazis, como varios de los miembros del denominado Servicio Técnico de Información del Gobierno Vasco (o sea, la inteligencia del PNV), algunos de los cuales fueron detenidos en España por Franco tras pasarle la información los nazis, como su máximo responsable Luis Álava, que fue fusilado. Pero de 1942 a 1945 dichos servicios secretos sólo elaboraron informes para sus jefes norteamericanos y británicos.
Así no es de extrañar que la prensa peneuvista haya intentado engañar repetidamente cuando contaba que la Gestapo estaba como loca por localizar y eliminar a José Antonio Aguirre en París, mientras los propios archivos de guerra nos dan el dato incuestionable de que la policía y la inteligencia nazi lo tenían perfectamente controlado en una casa de Bruselas el 23 de junio de 1940 y que lo dejaron fugarse a América.
Asimismo, varios cargos peneuvistas se entrevistaron en 1941 con altos jerarcas nazis para discutir el papel que los vascos podían jugar en la nueva Europa, puesta a los pies de Hitler en aquellos momentos de la guerra. El interlocutor por parte de la delegación vasca era un historiador, Eugéne Goyhenetche, que miraba con enorme simpatía el acercamiento a los nazis. La discusión se desarrolló en torno a la posible creación de pequeños estados nacionales permitidos por Alemania en total sintonía en una Europa nazi. Se ponía el ejemplo del Partido Nacionalista Bretón, que con la consigna: Ni blancos ni rojos, bretones ante todo había pasado a colaborar abiertamente con los nazis. Estaba pues, encima de la mesa, una supuesta independencia flamenca, corsa, occitana, bretona y vasca bajo la lupa nazi. El ejemplo que los nazis dieron a Goyhenetche para hacerle sentir en su salsa era el de Valonia en 1917: balcanizar los países para crear Estados independientes bajo la influencia nazi. Nada más ha trascendido sobre dichas reuniones, pero para el PNV deben de ser materia muy secreta y delicada, pues tras la guerra, la fiscalía pidió la pena de muerte para el vascofascista Goyhenetche, pero el PNV le sacó la cara, le protegió, le cubrió de dinero y le arropó y defendió hasta su muerte plácida en 1989.
Como anécdota significativa contar también como el Ministerio de Cultura nazi encargó un catálogo de megalitos de Iparralde al cura peneuvista y antropólogo José Miguel Barandiarán. Éste aprovechó la libertad de movimientos para pasar la frontera a un judío, así que la anécdota nos muestra claramente esa delgada línea entre el amor y el odio que mutuamente se profesaban.
Pero el caso más significativo es el del diputado más importante en París de todo el País Vasco-francés, el derechista Jean Ibarnegaray, con cargo en el Congreso desde 1914 y muy próximo al PNV hasta que se distanció de dicho partido en 1936 porque el PNV de Gipuzkoa había combatido a Franco, y que fue elegido ministro por Pétain durante el gobierno fascista de Vichy. Así, otro vascofascista como Domingo Soubelet, escritor y poeta euskaldun, dedicó esta joya a favor del gobierno fascista y que traducimos del euskara:
Hombre bravo el mariscal Pétain
de Uharte a Vichy resuena su voz
de Euskalherria ha escogido sus ministros
está preparado contra todos los enemigos.
Nuestra raza defiende su Patria
Amor a la familia, al trabajo y a la Patria
Preparémonos todos para una Francia nueva.
Algunos miembros del PNV pertenecieron a organizaciones de militancia y combate que colaboraron abiertamente con los nazis. La historia general de estas organizaciones vascas colaboracionistas con los ocupantes nazis y en cuyas filas hubo algún militante peneuvista es la siguiente:
— Partido Popular Francés sección Bajos Pirineos, con un total de 250 afiliados. Contaba con una milicia (Servicio de Orden) que colaboró directamente con la Gestapo.
— Milicia Francesa, sección Bajos Pirineos, con 420 militantes. Funcionaba como policía auxiliar de la Gestapo. Era del PNV un tal Lamietxe, aunque era mote. Quemaron los archivos de militantes cuando se acercó la derrota nazi.
— Legión Voluntaria contra el Bolchevismo: pudieron ser un centenar de militantes. Quemaron los archivos ante la derrota nazi.
— Waffen SS-Sección Bajos Pirineos: cerca de un centenar. Tras la derrota fascista fueron rehabilitados en la Legión Extranjera. Quemaron los archivos de nombres.
— Grupo Collaboration: solamente en Baiona llegó a contar con más de 75 miembros. Apoyaba el exterminio de los judíos y de los antifranceses. Sus juventudes las formaron 40 militantes en todo Iparralde. En Hendaia un jeltzale de dicho Grupo apodado Irún hacía labores de contrabando con la policía fascista española.
— Servicio de Orden Legionario: contó con 150 afiliados en Euskadi Norte. Se definían anticomunistas y su jeltzale se apodaba Aguirre.
Hacia el final de la guerra mundial, la resistencia tomó peso en Euskal Herria Norte, con grupos en Zuberoa, íntegramente compuesta por los comunistas del Franc-Tireur y los gaullistas. En 1944 eran aproximadamente 500 militantes armados en Zuberoa, de los que ninguno pertenecía al PNV, salvo el médico souletino Jean Jaureguiberry, que llegó a ser uno de los dirigentes guerrilleros). En Lapurdi había 140 guerrilleros, todos ellos comunistas y gaullistas, mientras el PNV andaba por los despachos en América intentando salvar sus viandas.
En el verano de 1944 estas dos guerrillas se juntaron a la ORA vasco francesa (Organización de Resistencia Armada) de simpatía giraudista para formar el MUR (Movimiento Unitario de Resistencia). En total hubo unos 1.350 guerrilleros vascos de los que sólo uno de ellos pertenecía al PNV. Cuando en agosto de 1942 la guerrilla colocó una bomba en el local del PPF en Biarritz, el PNV declaró que no eran momentos para acciones de sabotaje.
Los habitantes de Iparralde sufrieron durante la ocupación alemana y el gobierno vichysta unas 1.600 deportaciones a Auschwitz y Buchenwald (1.460 sólo en 1943 y 1944), unas 1.500 detenciones por motivos raciales y políticos y decenas de fusilamientos y asesinatos de resistentes, pero el PNV estaba demasiado ocupado intentando hacerse un hueco en el reparto del pastel. Como en Euskal Herria Sur.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sería posible saber las fuentes en las que os habéis basado para realizar este artículo?