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16 abril 2016

Jesus Hernandez de heroe a traidor.

Resultado de imagen de jesus hernandez pceEntre las organizaciones que se destacaron en la lucha contra el franquismo, el Partido Comunista de España (PCE) ocupa un lugar preponderante. La clandestinidad en que hubo de desenvolverse durante la mayor parte de su existencia, así como el contexto del enfrentamiento bipolar en el que se inscribieron sus actividades durante la segunda mitad del siglo XX apenas dejaron espacio para otros tipos de aproximación a su conocimiento que no fueran las obras militantes, reproductoras de un discurso legitimador, o una publicística abiertamente anticomunista, sostenida por funcionarios policiales, libelistas y antiguos militantes desengañados1 . Solo cuando la cuestión comunista dejó de ser un asunto candente de la agenda política inmediata se inició una normalización de su tratamiento historiográfico. Durante los últimos años se han publicado estudios sobre dirigentes comunistas que, por unas u otras razones, fueron excluidos del partido, de su historia y de su memoria durante décadas, como Heriberto Quiñones y Jesús Monzón.  Pero aún quedan otras biografías por replantear, como la de quien fuera uno de los principales forjadores del PCE durante los años cruciales de la República y la guerra civil, purgado en los años 40, eliminado de sus anales y estigmatizado oficialmente como paradigma del traidor: Jesús Hernández Tomás .

 La exaltación del héroe
 La biografía de Jesús Hernández (1907-1971), nacido en Murcia pero alumbrado para la vida política en Vizcaya, parecía predestinada para conducirle a ocupar el más alto cargo dirigente del PCE. Miembro de las Juventudes Socialistas vizcaínas con nueve años, participó con catorce en el proceso de fundación del PC, siendo ya a esa edad secretario del Sindicato de Constructores de Carruajes de Lujo de Bilbao. Con dieciséis era uno de los “hombres de acción” de uno de los primeros secretarios del partido, Óscar Pérez Solís , a cuyo lado participó en enfrentamientos armados con la policía y con los socialistas de Bilbao, como el que le llevó a intentar volar la sede del periódico El Liberal, perteneciente a Indalecio Prieto.
    Miembro de la dirección nacional del PCE desde marzo de 1930, fue sacado del país en el verano de 1931, tras un sangriento altercado con los socialistas, y enviado a Moscú para completar su formación política en la Escuela Leninista. Volvió a España en 1932 para integrarse, junto con José Díaz y Dolores Ibárruri, Pasionaria, en el Buró Político (BP) designado por la Komintern tras la deposición del anterior secretario general, José Bullejos , asumiendo la responsabilidad de “agit-prop”. En diciembre de 1933 participó, con Pasionaria, en las sesiones del XIII Plenario del Comité Ejecutivo de la Komintern, en las que se analizó la problemática de la expansión del fascismo, corriendo a su cargo una de las dos ponencias sobre la situación española. En agosto de 1935 figuró como segundo responsable oficial, tras José Díaz , de la delegación española al VII Congreso de la Internacional Comunista, en el que se aprobaría el impulso para la constitución de los frentes populares antifascistas.

Resultado de imagen de jesus hernandez pceA comienzos de 1936 se hizo cargo de la dirección de Mundo Obrero y participó activamente en la campaña electoral que en febrero de ese año daría el triunfo al Frente Popular y le llevaría a ser elegido diputado por Córdoba. Los gobiernos de guerra de Largo Caballero y Negrín le elevaron al Ministerio de Instrucción Pública, cartera que ocupó hasta abril de 1938. Impulsó las Milicias de la Cultura –para la alfabetización de milicianos y soldados-, la fundación de los Institutos Obreros – destinados a proporcionar enseñanza secundaria a jóvenes trabajadores con aptitudes- y potenció el servicio radiofónico del Altavoz del Frente –que combinaba propaganda y entretenimiento en una programación diaria dirigida a los combatientes-. Así mismo, decretó la evacuación del patrimonio artístico para ponerlo fuera del alcance de las bombas franquistas, y animó la convocatoria del Congreso de Intelectuales Antifascistas en Valencia. Corresponden estos años a los de su mayor exaltación por parte del aparato de propaganda comunista, cuya prensa ensalzó su labor mediante la difusión masiva de los discursos de quien era saludado como el “Ministro de la Juventud”. De hecho, por su agudeza oratoria, actuó como ariete en los procesos de crítica a la gestión de Largo Caballero, en mayo de 1937, y de Indalecio Prieto , en marzo de 19385 . A su salida del gabinete fue nombrado Comisario del Cuerpo de Ejércitos de la Zona Centro-Sur, manifestándose como notorio impulsor de la resistencia a ultranza. Stoian Minev “Stepanov” , uno de los delegados de la Komintern, alabó sus alocuciones a los cuerpos del ejército de Levante, destinadas a levantar el decaído estado de ánimo de las tropas y de los comisarios en los momentos críticos que precedieron a la caída de Cataluña, “y enardecerles de entusiasmo y de fe en la posibilidad de resistir con éxito” .

Tras el golpe del coronel Casado (5 de marzo de 1939), Hernández permaneció en Valencia, alentando a las fuerzas que se oponían a la capitulación y mostrándose partidario del uso de la fuerza para imponer al Consejo Nacional de Defensa la restitución de la legalidad frentepopulista. Ante la salida del país de la plana mayor del PCE, y manteniendo una tensa relación con Palmiro Togliatti , organizó junto a Pedro Checa y Jesús Larrañaga la dirección del PCE que habría de pasar a la clandestinidad. Fue uno de los últimos cuadros comunistas en abandonar España, el 24 de marzo de 1939, en uno de los aviones que lograron despegar de la escuela de vuelo de Totana (Murcia) antes de la entrega de la aviación republicana a Franco . Después de pasar un tiempo en Orán (Argelia) y Paris, se instaló en Moscú, donde fue designado representante del PCE en la Internacional Comunista. Durante su estancia en la Unión Soviética se ocupó de la situación de la emigración española, diseminada en hogares infantiles y fábricas. Sus intervenciones para mejorar las penosas condiciones de vida, agravadas por la invasión nazi, le valieron la consideración favorable de sectores de militantes del PCE críticos con Dolores Ibárruri y su círculo de allegados (Francisco Antón , Ignacio Gallego , Irene Falcón …). Todo ello, unido a su capacidad para el trabajo político le convirtieron, en fin, en el candidato a secretario general que parecía gozar de la predilección de los dirigentes de la Komintern cuando se produjera el inevitable desenlace fatal que hacía prever la precaria salud de José Díaz .

“Damnatio memoriae”
Resultado de imagen de jesus hernandez pce La brillante carrera de Jesús Hernández comenzó a declinar tras el suicidio de José Díaz en Tiflis, en marzo de 1942. Diversos avatares acabaron alejando de él toda posibilidad de alzarse con el puesto dejado vacante por el líder sevillano y, tras su expulsión en México en 1944, comenzó el periodo durante el que su figura transitó desde la execración al olvido. La opinión de los dirigentes que permanecieron fieles a la ortodoxia partidaria hizo recaer la responsabilidad de la ruptura sobre Jesús Hernández , cuya estatura moral iría decreciendo en proporción directa a la negrura de las tintas con que se denunciaban su ambición personal y la corrupción de sus costumbres, causantes directas de su degeneración política. Fue motejado de “bon vivant”, adicto al “donjuanismo”, “degenerado” y “amante de las orgías” por Ignacio Gallego , Santiago Álvarez , Santiago Carrillo y Antonio Mije , entre otros . Gallego (fundador del PCPE) elaboró la insidia de la compra de Hernández por los servicios secretos británicos –cargo que, por otra parte, también se imputó a Heriberto Quiñones-; Álvarez se hizo portavoz de los cargos de su presunta corrupción durante el ejercicio de su cargo ministerial, y del reproche de haberle quitado la mujer a uno de los mártires oficiales del partido, el dirigente madrileño Domingo Girón; y Carrillo relacionó todos estos elementos con su habilidad para atraer a distintos cuadros al terreno de sus posiciones fraccionales, ganándoselos mediante la redistribución de artículos de consumo suntuario en medio de la precariedad imperante en el exilio soviético Dirigentes no menos ortodoxos en su momento, pero alejados después de la organización por diversos motivos, siguieron sin salirse del guión alusivo a la existencia de confrontaciones personales, quizás para no reconsiderar tanto su propio papel en la crisis como el profundo desengaño experimentado por las limitaciones de la vida soviética. Para Enrique Lister , la caída de Hernández fue el resultado de una batalla perdida por la defensa de la dignidad del PCE y de sus órganos de dirección, mancillados por la relación entre Ibárruri y Francisco Antón. Fernando Claudín y Manuel Tagüeña fueron de los pocos que integraron a la causalidad personal el ingrediente político: Hernández habría caído no solo por rebelarse contra la intangibilidad del mito Pasionaria, sino porque habiendo mantenido discrepancias ya durante la guerra de España con representantes de la Komintern –como Togliatti - y con los consejeros rusos, ofrecía menos garantías que Ibárruri para continuar con el acatamiento de las directrices soviéticas, en un momento en el que la necesidad de tranquilizar a los aliados occidentales obligaba a Stalin a sacrificar la existencia de la Internacional Comunista . Tagüeña introdujo un factor que Claudín , antigua mano derecha de Carrillo en la férrea conducción del exilio español en la URSS, no contempla: el radical desacuerdo existente entre Hernández y Dolores acerca de las vías para solucionar la difícil situación de los emigrados en las fábricas y escuelas. Tras la denigración vino el silencio. Las rehabilitaciones se detuvieron en seco ante los casos de Jesús Hernández , Heriberto Quiñones, Jesús Monzón y Joan Comorera . El veto de Ibárruri en su informe al V Congreso del partido –celebrado en Praga en 1954- fue expreso: no habría consideración para esos “tipos de conciencia podrida, cuyos dientes ratoneros se han mellado en el acerado tejido muscular del Partido y en la firmeza de su dirección”, sujetos a los que se calificaba como “aventureros políticos” y “disgregadores policíacos”. La extirpación de Hernández de la memoria oficial del partido culminó, como la de aquellos magistrados que en la antigüedad clásica sufrían la pena de la damnatio memoriae, con la eliminación de cualquier vestigio que recordara su trayectoria. Su identidad quedó borrada tanto en la historia oficial del PCE editada en Paris en 1960, como en las memorias de Dolores Ibárruri quien, en El único camino, eludió cuanto pudo nombrar a Hernández, refiriéndose a él como “el otro ministro comunista”.

Una ruptura en tiempos de la guerra fría
 La ruptura de Hernández con el PCE resultó amplificada tanto por la importancia que aquel había alcanzado en la estructura jerárquica del partido como por tener lugar en un contexto marcado por los primeros atisbos de la guerra fría. El distinto posicionamiento de los bloques respecto al régimen franquista condujo, desde la óptica comunista, a que toda crítica antisoviética se asociara inmediatamente a apoyo al imperialismo, y por ende, a traición y a claudicación ante la dictadura. Por añadidura, las potencias occidentales, y por supuesto el régimen franquista, no desaprovecharon oportunidad alguna para dar volumen a las disidencias de los antiguos comunistas desengañados del modelo soviético. Toda una generación de antiguos revolucionarios y funcionarios kominterianos dieron a la imprenta sus reflexiones críticas sobre el sistema socialista. Era el caso de Franz Borkenau o Arthur Koestler , miembros del Partido Comunista Alemán (KPD), destacados ambos en España durante la guerra civil, o de su compatriota Jan Valtin , veterano espartaquista infiltrado en la Gestapo; del croata Ante Ciliga , fundador del Partido Socialista Obrero Yugoslavo (comunista) y director del semanario Borba (“La Lucha”), órgano del PCY, que se adhirió al trotskismo y fue deportado a Siberia; del peruano Eudocio Ravines , delegado de la Komintern para Latinoamérica, y organizador del Frente Popular de Chile, que rompió con el comunismo tras el pacto Molotov -Ribbentrop de 1939; o de los italianos Ignazio Silone, antiguo compañero de Toglliatti y Gramsci, y Ettore Vanni , pedagogo y director del diario comunista valenciano Verdad, que dejó un amargo retrato del mundo de la emigración española en la URSS. Algunos, desengañados completamente del comunismo, se adhirieron a campañas de divulgación de los males imperantes más allá del telón de acero, la mayoría de las veces sufragadas por el Departamento de Estado norteamericano. Tal sería el caso, en España, de Valentín González “El Campesino” y de Enrique Castro Delgado . Otros, como Hernández , no renunciaron a su ideología comunista y buscaron en el modelo yugoslavo la plasmación de unos principios que consideraban fracasados en el sistema soviético. Amparándose en el apoyo que Yugoslavia ofreció a los disidentes del estalinismo tras su ruptura con la Kominform en 1948, Hernández trabajó como asesor de la embajada yugoslava en México, mientras daba a publicar sus divergencias en forma autobiográfica con el título Yo fui un ministro de Stalin . Las líneas maestras del libro se encuentran ya en las notas que sirvieron al autor para impartir una conferencia titulada “La URSS en la guerra del pueblo español” en la Escuela Superior de Cuadros del Partido Comunista Yugoslavo en 1952. La primera edición vio la luz en México en 1953, y fue traducida al francés ese mismo año con el título de La grande trahison.

Herbert R. Southworth, en un famoso artículo de controversia con Burnett Bolloten , contribuyó posteriormente a propalar la especie de que el libro de Hernández había sido convenientemente inspirado, supervisado y corregido por el ex dirigente del POUM Julián Gorkin , miembro destacado del Congreso para la Libertad de Cultura, una organización especializada en la difusión de propaganda anticomunista financiada por la CIA. Según Southworth, los contactos entre Gorkin y Hernández se iniciaron a instancias de otro ex comunista, José Bullejos , que hizo de intermediario entre ambos. Fue Hernández , según esta versión, quien solicitó entrevistarse con Gorkin -reputado mediador entre editoriales europeas y autores de obras antisoviéticas- pero este se negó a “estrechar la mano de Jesús Hernández hasta que no haya denunciado en un libro los crímenes estalinistas en España y, más específi camente, los detalles sobre el encarcelamiento y asesinato de Andreu Nin ”. De esta forma, Gorkin le habría indicado a Hernández las condiciones bajo las cuales podría publicarse su libro. Seis meses después Gorkin recibía en París el texto de Yo fui un ministro de Stalin , cuya traducción - firmada por un tal Pierre Berthelin, pseudónimo que, según Southworth, encubría al propio Gorkin - apareció publicada por Fasquelle Éditeurs en 1954. Parece cuando menos dudoso que la supuesta connivencia entre Hernández y Gorkin hubiese escapado a la estrecha vigilancia a la que el PCE tenía sometido en México al ex ministro comunista. De confirmarse, el partido habría explotado el hecho con la amplitud propagandística que es de suponer. Tampoco era probable un estrecho acercamiento dado la pésima opinión que cada uno mantenía del otro: Hernández se cuidó mucho de que asociaran su imagen pública a la del “renegado Gorkin”, y este dudaba en su círculo inmediato de la sinceridad de las nuevas convicciones  del ex ministro comunista. El archivo personal de Gorkin no contiene, además, prueba alguna de la existencia de correspondencia entre Jesús Hernández y él, al contrario de lo que ocurre con Enrique Castro o Valentín González “El Campesino”, cuyas obras autobiográficas se encargó de difundir en Europa. Los contactos, de haberse producido, no dejaron rastro epistolar. Wilebaldo Solano , antiguo secretario de la Juventud Comunista Ibérica (organización juvenil del POUM) y director de La Batalla refiere que “Gorkin , que había conocido a Jesús Hernández en el PC, no creía en los cambios de éste y se burlaba de él”. Tampoco le concedían mucho crédito otros veteranos poumistas como Andrade , que criticaron la decisión de Solano de publicar los capítulos del libro de Hernández relativos al asesinato de Andrés Nin . En este caso, Solano contó con el apoyo de Gorkin , de quien terceras personas le contaron que se había puesto en contacto con Jesús Hernández “y que tenían interesantes discusiones”. Sin embargo, en su opúsculo España, primer ensayo de democracia popular y en sus escritos sobre el asesinato de Trotski , Gorkin únicamente recoge sus conversaciones con Enrique Castro Delgado. Tampoco existe confirmación sobre contactos personales con Hernández en la correspondencia cruzada entre Burnett Bolloten y Gorkin conservada en su archivo personal.

Yo fui un ministro de Stalin no fue, pues, una obra concebida por Gorkin y endosada a Hernández , como sostenía Southworth, ni parece que la relación entre ambos personajes estuviera guiada por otros fines que no fueran los de la utilización recíproca. El libro de Hernández debe ser leído en clave interna de ajustes de cuentas y reformulación de posiciones entre la oposición antifranquista del exilio a comienzos de los 50, más que como propaganda teledirigida por contubernios proamericanos. Así lo dejaba entrever quien fuera su compañero en la aventura titista, y ya separado de él cuando la obra vio la luz: José del Barrio Navarro. “Tendría que escribir yo muy extensamente para que interpretara bien lo que pienso del libro y de Hernández, sobre todo porque yo, personalmente, tengo bastante la culpa de que lo haya escrito”, contaba Del Barrio a Margarita Nelken en abril de 1953. El antiguo dirigente expulsado del PSUC afirmaba que había convenido con Hernández la elaboración “de un libro político en el que se explicara a fondo la política de los rusos y del Buró Político del PC de España” que sirviera como “contribución a que los comunistas, los socialistas de verdad, y en general los antifranquistas, se explicaran muchas de las cosas que piensan en la actualidad y tuvieran elementos de juicio para juzgar un pasado trágico, a la vez que sirviera de orientación para la continuación de la lucha en el presente y en el futuro”.
Resultado de imagen de jesus hernandez pce Se trataba, al mismo tiempo, de contrarrestar los efectos provocados por los testimonios de “El Campesino” y Castro Delgado. Pero a Hernández, según Del Barrio, le había salido “un libro sensacionalista”, guiado por “la preocupación mayor de que fuera un éxito editorial” y la pretensión de reivindicar su pasado buscando justificaciones remotas a sus posiciones presentes: “Hernández falla ante sus lectores porque en lugar de explicar sus opiniones actuales se ha empeñado en buscar una forma de presentarlas como muy viejas”. Sus juicios sobre los protagonistas de la guerra estaban teñidos por las prioridades tácticas del momento, de modo que mientras Álvarez del Vayo y Negrín -con cuyos seguidores no había logrado fructificar un acuerdo de unidad en 1951- salían malparados, la figura de Prieto –con quien pretendía entablar contacto con vistas a acciones unitarias desde las posiciones de su nuevo grupo, el Partido Nacional Comunista de España resultaba revalorizada. El mismo Prieto, viejo antagonista de Hernández y, a la vez, compañero de gabinete durante la guerra, no se resistió a la tentación de emplear sus textos para atacar a Negrín y sus seguidores en las pugnas que dividieron al PSOE en el exilio, al igual que antaño había usufructuado la posición crítica de los comunistas respecto al gobierno de Largo Caballero para descabalgar a su antiguo rival. En cualquier caso, en un mundo donde cabía poco espacio para el desarrollo de terceras vías, la instrumentalización del testimonio de alguien tan significado como Hernández no iba a poder ser evitada por el propio autor. En aquel periodo álgido de confrontación ideológica, la lectura que se impuso fue aquella que reinterpretó sus memorias en clave anticomunista, proporcionando munición tanto a las plataformas prooccidentales en el exterior, como a los servicios de propaganda del régimen franquista.

La visión historiográfica Resulta aún frecuente que las referencias historiográficas acerca de Hernández estén teñidas todavía de las valoraciones que proporcionan las fuentes canónicas. Así, Rafael Cruz incide en el aspecto de la crítica machista como ingrediente básico de las críticas dirigidas por la facción de Hernández contra Dolores Ibárruri : “el mejor argumento de los partidarios de Jesús Hernández para resaltar sus méritos contra su contrincante fue el de la crítica ‘política’ hacia Pasionaria por su relación con un hombre al que, según ellos, encumbró a la dirección nacional del partido”. En ello viene a coincidir con Joan Estruch, que considera que Hernández “capitalizaba a su favor los ‘errores’ de Pasionaria en el terreno personal, que en aquella época tenía gran importancia en el movimiento comunista, muy tradicional en estas cuestiones”. Estruch, sin embargo, dota de más contenido político a las divergencias de Hernández , basándose fundamentalmente en las líneas de fractura apuntadas por Tagüeña . En su obra de referencia sobre la oposición política al franquismo, Harmut Heine hace hincapié en la frustración personal y el resentimiento como móviles fundamentales de la actuación de Hernández , quien “tenía la certeza de que jamás accedería al codiciado cargo de secretario general mientras Dolores Ibárruri siguiera en la cumbre del partido, y eso le produjo una frustración que no dejó de transmitirse a los diversos libros por él firmados”. En consecuencia, lo que le condujo a la ruptura y a la constitución de un grupo disidente, el Movimiento Comunista de Oposición, “fue el resentimiento de quien había salido derrotado de la lucha intrapartidista y el deseo de desquitarse de esa derrota”. Paul Preston, por su parte, anota las viejas habladurías acerca de la relajada conducta sexual del ex ministro comunista, vertidas por personajes muy allegados a Ibárruri : según Irene Falcón en conversación con el autor, “José Díaz se preocupaba más de las aventuras sexuales de Hernández que de las de Pasionaria”. Gregorio Morán, en una obra tan documentada como desprovista del aparato crítico propio de los trabajos historiográficos, describe la crisis de Hernández como “una tormenta en un vaso de agua, casi un problema doméstico, sin connotaciones políticas, fuera de los aspectos personales”. Más tarde, sin embargo, acierta a contextualizar la crisis de liderazgo en el PCE de los años 40 situándola en un momento marcado por la amargura de una doble derrota, la de la guerra y la de la fe en la superioridad material, organizativa y moral del modelo soviético. Ricardo Miralles, en su biografía de Negrín , retoma las tesis de Soutwhorth acerca de la conexión Bolloten -Gorkin -Congreso por la Libertad de Cultura-CIA: “Las fuentes que proporcionó Julián Gorkin a Burnett Bolloten , principalmente los libros de Valentín González ‘El Campesino’, Jesús Hernández y Enrique Castro Delgado , por no citar los suyos, fueron ‘orientados’ por él”. Miralles cuestiona la veracidad del testimonio de Jesús Hernández basándose, entre otros argumentos, en su errónea descripción física de Alexander Orlov, el jefe de la NKVD en España o en que citase la presencia de Togliatti , en febrero de 1937, en una reunión preparatoria de la caída del gobierno de Largo Caballero, cuando “Alfredo” aún no había llegado a España por esas fechas. Ambas refutaciones están tomadas en préstamo del propio Orlov, cuya narración fue valorada por alguien tan poco sospechoso como Stanley G. Payne como “una extraña mezcla de exactitud sobre los hechos, medias verdades, exageraciones y mentiras evidentes”, sin distinguir en qué categoría encuadraría cada una de sus afirmaciones. Orlov, negaba como algo absurdo que solicitara la detención de los dirigentes del POUM a quien era ministro de educación y “no del Interior ni de la policía”, eludiendo el hecho difícilmente controvertible de que Hernández fuera el más influyente de los dos miembros comunistas del gabinete, el más significado de los agitadores del partido, y alguien que mantenía estrechos vínculos con el aparato secreto de la Komintern y con los servicios secretos soviéticos. Su insistencia sobre la imposibilidad de que Togliatti se encontrase en España antes de junio de 1937, amparándose en las entrevistas de corte concedidas por el dirigente italiano a Marcela y Mauricio Ferrara, es refutada por Giorgio Bocca, que recurre a Hugh Thomas y G. R. Colodny –antiguo combatiente de las Brigadas Internacionales que resultó herido en Brunete- para sostener su apuesta por la veracidad del testimonio de Hernández : “Hernández cita un primer encuentro en España con Togliatti entre el 27 y el 31 de agosto de 1936, en presencia de Duclos , Codovilla , Stepanov y Geroe , para discutir sobre la ayuda que Rusia podrá suministrar a los españoles. Existen pruebas seguras de que cuatro de los enviados del Comintern mencionados por Hernández estaban por aquellas fechas en España. ¿Por qué debería mentir Hernández sobre el quinto, sobre Togliatti ?”. Colodny cita un párrafo del diario de Koltsov, corresponsal de Pravda: “Al mismo tiempo que llegaba la plana mayor del general Goriev a Madrid, llega a la capital española una delegación del Comintern, encabezada por Palmiro Togliatti y por André Marty , que pone manos a la obra de la transformación de la colección políglota de voluntarios en una unidad de ataque”. Eusebio Cimorra, antiguo secretario de Hernández y editorialista de Mundo Obrero y Frente Rojo, al narrar muchos años después los prolegómenos de la caída de Largo Caballero, recuerda: “Durante esos días de la crisis alguna noche no se apagaron las luces en el despacho del ministro de Instrucción Pública; Jesús Hernández y Palmiro Togliatti estaban preparando la soflama del primero, que había de ser el discurso principal en el acto público contra Largo Caballero, en Valencia, el acto que presidió Pasionaria”. Por último, otro dirigente del PCI, Mauro Scoccimarro, afirma rotundamente: “[Togliatti] estuvo ya en 1936; estoy segurísimo”. Para Bocca, la respuesta al por qué de la insistencia de Togliatti en negarlo, incluso tras la muerte de Stalin , radica en que “la regla del Comintem es que el silencio, una vez decidido, se mantiene para siempre, con el fin de no desmentir a los que hacen de cobertura” .


En cualquier caso, mientras no sea franco el acceso a los archivos exteriores soviéticos, nos movemos en el terreno de las conjeturas. A la luz de lo que conocemos por los diarios de Dimitrov, es casi seguro que la imputación de Hernández, realizada en 1953, acerca de la responsabilidad de Togliatti en la caída de Caballero y el ascenso de Negrín sea malintencionada, y obedezca a un ajuste de cuentas entre dos personajes cuya enemistad era patente ya desde los tiempos de la guerra. Ahora bien, eso no descarta ni la presencia de “Ercoli” en España antes de su toma de posesión como delegado de la Komintern, ni la verosimilitud de otras actuaciones en las que se vio envuelto, en particular las que le implican en el proceso de amortización de la guerra de España a beneficio de la estrategia estaliniana de aproximación a Alemania, en marzo de 1939. De hecho, los documentos que van aflorando de los fondos conservados en los archivos soviéticos demuestran lo dificultoso de seguir la pista incluso a aquellos personajes cuya trayectoria parecía ya sólidamente acreditada. El propio Orlov es un ejemplo de ello: para un experto en la intervención soviética en la guerra civil española, Daniel Kowalski, resulta “revelador que desde las desclasificaciones postsoviéticas de 1991 no se haya encontrado ninguna prueba documental relacionada con Alexander Orlov”. Asimismo, es “extraño que después de una docena de años de acceso abierto al Archivo Militar Ruso (RGVA) y a otras fuentes ningún investigador haya encontrado hasta la fecha prueba alguna de las actividades de Orlov durante la Guerra Civil. Para ser supuestamente el soviético más poderoso en España, no dejó ningún rastro”. Siendo, por tanto, objeto de crítica todos y cada uno de los testimonios personales de los que vivieron aquella época, resulta curioso que el cuestionamiento de la veracidad se haya cebado sobre todo en el caso de Jesús Hernández. Heine lo califica como “de dudoso valor histórico” y para Preston, “la relación venenosa de Jesús Hernández tiene que utilizarse con extremo cuidado”. En su recopilación de documentos de los archivos soviéticos, escrupulosamente seleccionados para transmitir la impresión de la sovietización de la República española, Ronald Radosh y sus colegas acusan a Hernández de mentir a posteriori sobre su reacción a la desaparición de Nin. Desde otra perspectiva, la ensayística, Vázquez Montalbán juzga tardía la conversión de Hernández y rebaja la credibilidad de sus memorias por la anacrónica insistencia en dejar constancia de una adhesión temprana al “comunismo nacional”. Paradójicamente, será uno de los principales enemigos de Hernández y Castro en México, Vittorio Vidali , quien confesará a Bocca, mientras le muestra los libros del exministro comunista durante una entrevista personal: “Es mejor leerlos, aunque se haya pasado al otro bando”. Evidentemente, podríamos concluir, si toda compilación de recuerdos tiende a la propia justificación y a la autocomplacencia, cabría aplicar idéntica prevención a las memorias de todos aquellos que reflejaron por escrito sus experiencias de este convulso periodo. Es necesario situar las memorias de Hernández en su contexto, desentrañando las claves que permitan interpretar su proyecto y su pensamiento, sus filias y fobias. No le hacen favor alguno obras recientes que, como las de Bartolomé Bennassar o Antony Beevor, le otorgan un crédito ilimitado y acrítico, fiados aún del lugar común de su supuesto anticomunismo sobrevenido. Conviene tener en cuenta que entre los comunistas, en particular aquellos formados en el periodo kominteriano, la elaboración de la autobiografía formaba parte esencial de los mecanismos de presentación ante el aparato y de promoción dentro de él, y que de la calificación obtenida dependía, en muchas ocasiones, la recompensa o la sanción. Es probable, por tanto, que en el testimonio de Hernández haya una dosis no escasa de reelaboración y autoindulgencia, pero seguramente no mucho mayor que en otros autores o en otras obras del mismo género. Se trata, en cualquier caso, del relato de una experiencia agitada, la que le condujo a recorrer un camino -el que le llevó de la exaltación heroica al desengaño y la execración- que transitó buena parte de una generación de militantes que, en la primera mitad del siglo XX, había confiado en la revolución de Octubre como acontecimiento fundacional de un tiempo nuevo.


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