22 abril 2016

Multiculturalismo sin hombres, o como el progresismo social abrió camino a la extrema derecha

Esta entrada no tiene como objetivo debatir si el multiculturalismo es bueno, malo u otra cosa para las sociedades, algo que constituye un tema separado. Lo que discutiremos aquí son las contradicciones difundidas por los medios y sectores progresistas que pretenden humanizar al inmigrante al tiempo que deshumanizan a los hombres no occidentales. Clarifico también que cuando uso el término “progresista”, en referencia a las relaciones sociales, englobo no sólo la izquierda, sino también a sectores de la derecha económicamente liberales pero socialmente progresistas (de ahí las referencias al diario El Mundo), si bien es cierto que la izquierda domina la conversación en este área.
Hace poco el diario Público mostraba su indignación con un artículo titulado: “Prohibido tocar a las mujeres”: el racista manual alemán para “civilizar” inmigrantes.
Esta indignación por el trato injusto a los inmigrantes, donde se identifica a sus elementos criminales con todo el colectivo, desaparece misteriosamente cuando se habla de los hombres en sus países de origen. Mientras criticaban este particular asunto, en el mismo diario se podía leer lo siguiente sobre la ablación del clítoris (el resaltado es mío):
La MGF es una práctica cultural, una convención social, que se ha perpetuado en el tiempo por la presión interna de algunas comunidades. En última instancia, una violación de los Derechos Humanos, una forma de violencia de género facilitada por estructuras sociales patriarcales y sexistas, exacerbada por la pobreza y el aislamiento, una forma de control social de las mujeres, una agresión gratuita que se asienta en mitos y falacias transmitidas de generación en generación.
Esta práctica es intrafemenina, basada en una multiplicidad de creencias erróneas, y que no puede en ningún caso describirse como violencia del hombre a la mujer, siendo estas últimas quienes la perpetúan pese a los intentos de sus gobiernos por erradicarla.
Ahora bien, si yo no sé nada de esto, lo que voy a preguntarme (bajo esta falsa premisa) es “¿por qué tenemos que recibir en mi país a hombres tan crueles y violentos, capaces de ordenar la mutilación de sus propias hijas o esposas para poder controlarlas mejor?”.
No hablemos ya de Oriente Medio. Hace poco el diario El Mundo publicó un artículo titulado “Un oasis para las mujeres afganas”, donde se afirmaba, sin hablar de porcentajes ni respaldar los datos, que:
…en las mismas universidades son muchos los jóvenes que creen que la mujer no debería tener acceso a la educación superior.
Y para probar que esto era así lo relacionaron con su reacción a una ley sobre un tema distinto:
Algo que se hizo evidente en 2013 cuando cientos de estudiantes se manifestaron en la Universidad de Kabul en contra de la Ley por la Eliminación de la Violencia de Género, arguyendo que ésta iba “en contra de los valores islámicos afganos”.
Tampoco se nos explica qué contenía esta ley y por qué se oponían a ella, algo que es importante porque en países como España también hay oposición a leyes relacionadas con la violencia de género (LIVG) y no quiere decir que por ello se esté apoyando la violencia hacia la mujer, menos aún que ésta vaya a la universidad. Sin embargo para El Mundotodo es lo mismo.
Ahora bien, si uno acepta la palabra de El Mundo sin cuestionarla, lo normal es que se pregunte: “¿por qué tenemos que recibir en mi país a hombres tan intolerantes que ni los más formados quieren que sus hijas vayan a la universidad?”
O pensemos en India, con mas de 3 millones de inmigrantes en los países de la OECD (p. 3). Los medios se cebaron con este país, que llegó a ser conocido como “la capital mundial de la violación”. Sin embargo, como también vimos en esta bitácora, dada la enorme población de la India es cierto que existen muchas violaciones (aunque podamos estar de acuerdo en que una es demasiado). Sin embargo, cuando se ajusta este crimen en proporción a la población, la India tiene un número igual o incluso inferior al de los países europeos.
Pues bien, el diario El Mundo publicó un artículo titulado “Mi marido es gay, y a mucha honra” sobre las mujeres indias casadas con hombres homosexuales. En él se decía (el resaltado es mío):
Para ellas es un alivio un esposo que no les pega, cumple como padre, trae dinero a casa
Aquí se repiten estereotipos sobre violencia doméstica en India que, como ya indiqué, parten de una premisa cuanto menos problemática al no ajustarla a la proporcion de la poblacion, ni cuestionar la veracidad de los datos que se citan con frecuencia.
Nuevamente, si volvemos a aceptar las palabras de este diario sin cuestionarlas, uno podría pensar: “¿Y por qué vamos a recibir a hombres de un país donde muchos son violadores y maltratadores de mujeres?”
Pondré otros ejemplos según vayan apareciendo en la prensa (o recuerde otros antiguos). También pueden aportar los suyos.
Con todo esto lo que vengo a decir es que esta obsesión de los medios por exagerar (cuando no mentir), descontextualizar y distorsionar las relaciones de género en otros países constituye uno de los gérmenes de la xenofobia. Pero no me malinterpreten, no estoy defendiendo que no se hable de los problemas de género en otras partes del mundo, sólo que se haga de forma justa.
Entiendo que titulares como “Millones de hombres en Oriente Medio hacen vida normal con sus mujeres” no son noticia, pero cuando la única forma de interacción entre hombres y mujeres que nos llega de estos lugares es la peor clase (y recordemos que en Occidente también pasan cosas) puede ser fácil olvidarlo. Algunas prácticas informativas que se podrían llevar a cabo para arreglar esto al tiempo que se tratan los mismos temas podría ser:
  • Recordar que varios casos aislados no constituyen un rasgo cultural, ni en Occidente ni en el resto del mundo
  • Diferenciar entre las prácticas que ocurren en algunas aldeas remotas y la cultura nacional dominante o mayoritaria
  • Diferenciar entre las imposiciones de gobiernos dictatoriales y “las imposiciones masculinas”. Los gobiernos dictatoriales no son elegidos por sufragio universal masculino ni representan a todos los hombres
  • Poner las cosas en contexto. Algunas prácticas son injustas, pero si se describen como un capricho masculino para explotar a la mujer en lugar de un desarrollo histórico que obedece a circunstancias específicas, la reacción será diferente.
  • Examinar con cuidado las estadísticas de ONGs que muchas veces están infladas porque dependen de escandalizar al público para recibir fondos.
  • Tratar los problemas que en estos lugares sufren los varones por el hecho de serlo
  • Y por supuesto no mentir (¡habrá que decirlo!), distorsionar o exagerar, como hemos visto en los tres casos que he citado. La ablación del clítoris es una práctica repulsiva (para esto no tengo relativismo cultural), pero no se basa en una maldad masculina.
Como señalé al inicio, aquí no vengo a decir que el multiculturalismo sea bueno o malo, que se deban aceptar a más o menos inmigrantes, etc. temas sobre los que tengo una opinión pero quedan fuera del alcance de esta bitácora. Lo que quiero señalar es que los partidarios del multiculturalismo no pueden sorprenderse de que muchas personas traten a los inmigrantes como bárbaros (caso del diario Público) cuando nos martillean insistentemente con lo malvados que son estos hombres en sus países de origen, llegando al grado de mentir o exagerar si es preciso para conseguirlo.
Hace poco el mismo diario publicaba un artículo donde le preocupaba que la extrema derecha estuviera ganando apoyo entre la clase trabajadora y las mujeres en Europa. Y aunque como alguien que se considera de izquierdas este desarrollo no me gusta absolutamente nada, puedo entenderlo perfectamente. No digo que ésta sea la única causa, ni siquiera la principal, pero los progresistas han sido muy efectivos a la hora de deshumanizar a los hombres de otros países con este tipo de publicaciones, y ahora la extrema derecha puede recoger los frutos diciéndole a la población “no se preocupen, nosotros les protegeremos de ellos”. Desde la izquierda, sin embargo, los hombres no occidentales son malévolos patriarcas hasta que cruzan la frontera, cuando se convierten en “inmigrantes” y su estado vulnerable les convierte en un grupo moralmente superior al que deben defender.
El discurso de la extrema derecha, por odioso que sea, al menos es coherente: el inmigrante es malo, tiene costumbres bárbaras, y no lo queremos aquí. Los ideólogos progresistas, y particularmente de la izquierda, vilifican a los hombres de estas culturas y su opresión de la mujer, para después pedir que sean acogidos, tachando de racistas a quienes se oponen. Todo esto mientras conducen hacia sus urbanizaciones exclusivas después de dejar a los hijos en el colegio privado y abandonan en tierra a los obreros que tendrán que convivir con sus nuevos vecinos.
Después de los eventos de Colonia, los progresistas han intentado quitar hierro al asunto, pero los comentarios xenófobos, islamófobos y racistas inundan todos los diarios, de izquierda y derecha, prácticamente sin oposición. Llevan largo tiempo alimentando al monstruo del racismo para mantener una narrativa de género interesada y ahora éste ha crecido tanto que son incapaces de controlarlo.
Por supuesto siempre se puede optar por una tercera vía, como hizo el presidente de Canadá Justin Trudeau, cuando declaró que no admitiría la entrada de refugiados que fueran hombres sin familia. O se puede ir más lejos aún, como hizo el gobierno de Urugay. En la noticia “Giro del gobierno: Uruguay solo recibirá mujeres y niños sirios” pudimos leer:
El presidente agregó que el gobierno no tiene “denuncias concretas ni nada por el estilo”, pero “lo que existe es una información global de formas culturales que tienen en otras partes del mundo –entre ellas en Siria– en las relaciones del hombre con la mujer.
Ésta sería la única forma de resolver las contradicciones de la izquierda en todo este asunto. Sin embargo, ello revelaría que en realidad no son tan diferentes de la intolerante extrema derecha, algo que quedó claramente ilustrado cuando el diario británco de izquierda The Independent publicó el siguiente titular: “Deberíamos concentrarnos en el sexo de los atacantes de Colonia, no su raza”, que podría traducirse como “no odies a este grupo: odia a este otro”. Simplemente enarbolarían otro tipo de intolerancia, y perderían apoyo entre los multiculturalistas, pro-inmigración y anti-racistas que luchan por los derechos de los migrantes sin importar el sexo.
En cualquier caso, Colonia ha puesto en evidencia los problemas ideológicos del progresismo social. Se mire como se mire, la deshumanización del hombre no occidental (del occidental también hablaremos) es incompatible con la humanización del inmigrante. El progresismo se encuentra ahora en una encrucijada de difícil resolución: puede reconocer que la misandria es también un tipo de intolerancia inaceptable que puede volverse fácilmente contra grupos vulnerables, ya sean migrantes o los propios trabajadores nativos (la mayoría de los inocentes que han ido a la cárcel por la LIVG no son precisamente banqueros millonarios), o seguir tapándose los oídos mientras la extrema derecha golpea a su puerta.

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