12 mayo 2016

Álvarez del Vayo, socialista prosoviético

No hay muchos personajes en la historia contemporánea de España en los que se unan tal cantidad de elementos y circunstancias como en la figura de Julio Álvarez del Vayo y Olloqui. Diplomático, ministro de Estado durante los Gobiernos de Francisco Largo Caballero y Juan Negrín, periodista, diputado por el PSOE, activista político, viajero incansable e incluso para muchos, presunto agente soviético. Le tocó vivir uno de los períodos más duros de la historia de España con una sangrienta guerra civil.
Admirado por unos, odiado por otros, especialmente por muchos de los que compartieron con él militancia en el PSOE, su figura ha suscitado siempre una gran controversia a causa de las acusaciones, que aún hoy en día pesan sobre él, como la de haber sido un agente al servicio de Moscú infiltrado en el PSOE, la de su supuesta sumisión al comunismo o, la peor de todas ellas, el haber traicionado a Largo Caballero y a la República española.
Esas imputaciones pesaron sobre su vida y sobre su persona como una enorme losa y contribuyeron a ensombrecer su trayectoria y su gestión persiguiéndole desde entonces, como un estigma, hasta el fin de sus días.

DE CORRESPONSAL A MINISTRO DE ESTADO: POLÉMICO NOMBRAMIENTO
Julio Álvarez del Vayo y Olloqui nació en Villaviciosa de Odón el 9 de febrero de 1891, tras licenciarse en Derecho, obtuvo una beca de la Junta de Ampliación de Estudios para ir a Londres, a la London School of Economics y posteriormente a la Universidad de Leipzig. Allí es donde entabló amistad con estudiantes rusos, sintiéndose ideológicamente más cercano a los marxistas.
Esa supuso su primera toma de contacto con la Unión Soviética, país al que viajaría en diversas ocasiones a lo largo de toda su vida, que le dejaría una profunda huella y al que se sentiría estrechamente vinculado por sus lazos de amistad con Maxim Litvinov, Marcel Rosemberg, Mijail Koltsov otros dirigentes soviéticos. Su interés por la Unión Soviética no nació por lo tanto con la Segunda República, ni fue producto de su ambición política, o de oscuros intereses ligados a algún partido político, sino que se remonta a sus años de estudiante. Álvarez del Vayo nunca ocultó su admiración por la Unión Soviética, y es en ese contexto en el que hay que incluir sus obras La Nueva Rusia y Rusia a los doce años como resultado de su admiración por el país y no como un mero instrumento de la propaganda estaliniana (como algunos autores defendieron posteriormente). No hay que olvidar que esa admiración por la URSS fue un sentimiento compartido también por otros políticos e intelectuales que veían en Rusia, tras la Revolución de Octubre, una alternativa al capitalismo. Tras varios años fuera de España y una vez completados sus estudios universitarios en Londres y Alemania, Álvarez del Vayo iría a Nueva York, donde comenzaría a trabajar como periodista, profesión que le fascinó ya desde su juventud y que, a pesar de su dedicación a la política, jamás abandonó. Posteriormente regresaría a Europa y compaginaría su labor de periodista con sus contactos con el movimiento obrero, introduciéndose en los círculos clandestinos de la oposición alemana y suiza.
Finalmente regresó a España para establecerse como corresponsal del periódico La Nación de Buenos Aires y comenzar una estrecha colaboración con el Partido Socialista, del que ya era miembro desde sus años de estudiante en Londres.
Álvarez del Vayo sería nombrado posteriormente embajador de España en México, cargo que desempeñaría desde el 6 de junio de 1931 hasta el 30 de septiembre de 1933. Su gestión como embajador en México contribuyó en gran medida a mejorar extraordinariamente las relaciones diplomáticas entre ambos países, tan deterioradas antes de su llegada y su labor allí fue reconocida por el Gobierno republicano hasta el punto de serle concedida la Banda de la Orden de la República el 11 de enero de 1933 por iniciativa del entonces ministro de Estado Luis de Zulueta. Finalizada su etapa como embajador en México en 1933 fue elegido Diputado a Cortes por Madrid como miembro del Partido Socialista, siendo reelegido en las elecciones de 1936, tras las que sería nombrado ministro de Estado en el Gobierno presidido por Largo Caballero y con Manuel Azaña como presidente de la República, tomando posesión de su cargo el 4 de septiembre de 1936. Su elección como ministro de Estado no estuvo exenta de polémica en el seno del Partido Socialista,
ya que Vayo al igual que Galarza e incluso el propio Largo Caballero no fueron designados por el Partido Socialista sino por la UGT. Indalecio Prieto fue uno de los miembros del PSOE que más criticaron esa elección, cuestionando seriamente la habilidad diplomática de Álvarez del Vayo, aunque fue precisamente su experiencia como embajador de México uno de los principales motivos por los que Largo Caballero decidió nombrarle ministro de Estado. Esa decisión de Largo Caballero no fue tan descabellada como sostienen Prieto y otros autores, ya que la estancia de Álvarez del Vayo en México le había aportado una valiosa experiencia diplomática que le podría ser muy útil a la hora de tomar las riendas del Ministerio de Estado, además, su personalidad, su talante negociador y su amistad personal con Plutarco Elias Calles y Lázaro Cárdenas serían una de las razones del apoyo mexicano
a la causa republicana durante la Guerra Civil y posteriormente durante el exilio español en México.
Largo Caballero, a pesar de haber acusado tiempo después a Álvarez del Vayo de ser un agente al servicio de Moscú y de ser un estrecho colaborador con los comunistas, siempre defendió que su decisión de nombrarle ministro de Estado no tuvo nada que ver con la presión del Gobierno soviético, como muchos autores defienden, sino porque consideraba que Vayo era el hombre más adecuado para desempeñar ese cargo por su faceta de periodista, su formación intelectual, su militancia socialista, su conocimiento de idiomas y por tener una experiencia extensa de vida internacional.
Frente a la teoría que defiende que la elección de Álvarez del Vayo fue una decisión personal de Largo Caballero sin ninguna injerencia comunista, existe otra defendida por Bolloten, Araquistáin o más recientemente por Stanley Payne que sostienen que la elección de Álvarez del Vayo no fue más que una contrapartida exigida por el Gobierno soviético a cambio de su ayuda a la República española. Se daba por seguro que Araquistáin iba a ser ministro de Estado en el Gobierno de Largo Caballero y por ello el nombramiento de Álvarez del Vayo fue recibido con sorpresa, especialmente por el propio Araquistáin, que vio truncada su ambición de convertirse en ministro de Estado.

Como afirma Juan Francisco Fuentes:
«Entre los papeles de Araquistáin figuran diversas explicaciones, a cual más truculenta, de aquel supuesto cambio de última hora que llevó a Araquistáin a la embajada de España en París y que puso a Álvarez del Vayo al frente del Ministerio de Estado, convirtiéndole a la postre en superior jerárquico de Araquistáin (...)
La interpretación que encontramos tanto en los escritos de éste último como de sus íntimos es que el nombramiento de Álvarez del Vayo se debió a una imposición de los rusos, que querían en el cargo a alguien débil y manejable, imposición que, supuestamente, habría sido aceptada por Azaña».
También Stanley Payne apoyará esa teoría afirmando que Largo Caballero ya consideraba en el momento de formar su Gobierno que Álvarez del Vayo era un «agente comunista» pero que fue el propio Araquistáin el que «le instó a aceptar y se ofreció a asumir la crucial embajada de París».
Probablemente Stanley Payne a la hora de hacer esta afirmación se base en Bolloten, según el cual José M- Aguirre, secretario de Largo Caballero, sostenía que la verdadera intención de Largo Caballero era la de nombrar a Araquistáin ministro de Estado pero que Azaña, cediendo ante las presiones del Gobierno soviético, se había negado a que fuese Araquistáin.
Según José M- Aguirre, Largo Caballero le había dicho que Vayo era un agente soviético:
«Los rusos han presionado a Azaña—como han estado haciendo conmigo— para entregarle el Ministerio de Asuntos Exteriores. Nos negarán las armas si lo rechazamos. "Entonces Caballero transmitió la noticia a Araquistáin, que más adelante dijo a Aguirre: «Le he aconsejado (a Caballero) que ceda a la imposición de Azaña y de los rusos. Como Vayo no es muy listo, lo rodearemos. Yo voy a París (como embajador). Hay que hacer lo imposible por no sucumbir».

Es muy poco probable que estos hechos sucediesen así y que un hombre del peso político y de la reputación de Azaña se prestase a semejante maniobra y mucho menos a imposiciones por parte del Gobierno soviético, teniendo en cuenta que Azaña tenía especial interés en que un Ministerio tan importante como el de Estado funcionase correctamente y al frente el mismo hubiese personas competentes. Además la opinión de Araquistáin tampoco resulta totalmente fiable considerando que el cargo de ministro de Estado era ambicionado por él. Lo que sí se puede afirmar es que no puede ser cierta la teoría defendida por Payne acerca de que Caballero considerase a Álvarez del Vayo ya por aquel entonces un agente comunista, porque precisamente sus problemas con Vayo comenzaron después de haberle nombrado jefe del Comisariado y no en el momento de formar su Gobierno.
Las amargas críticas que hace Largo Caballero y que, según él, demuestran que Álvarez del Vayo era un agente comunista, también aparecen reflejadas por Azaña, pero son posteriores en el tiempo a la formación del Gobierno y aparecen en el momento en que éste ya está sumido en una profunda crisis.

COMISARIO GENERAL DE GUERRA: COMIENZAN LAS ACUSACIONES
Si existían dudas acerca de los motivos de la elección de Álvarez del Vayo como ministro de Estado no fue menor la polémica que levantó su gestión al frente del Comisariado de Guerra, que se crearía como institución con el decreto del 16 de octubre de 1936. Álvarez del Vayo sería nombrado Comisario General, aunque él no deseaba ese cargo porque no quería añadir otra obligación más a sus numerosas responsabilidades al frente del Ministerio de Estado, pero Largo Caballero insistió en que fuese él quien estuviese al frente del Comisariado. Álvarez del Vayo escribiría años después al respecto:
«insistió en que yo fuese Comisario General a pesar de mis argumentos de que con el Ministerio de Estado tenía ya bastante. Mi resistencia a ser nombrado Comisario General debió de responder a una buena intuición por mi parte, ya que fue el Comisariado de Guerra el origen de mis desacuerdos con él».'
Su labor al frente del Comisariado de Guerra fue muy discutida, contribuyendo en gran medida a alimentar el mito de ser un agente comunista al servicio de la Unión Soviética y siendo probablemente el motivo fundamental que causó la ruptura de su amistad con Largo Caballero, algo que disgustó profundamente a Vayo.
Hay autores como Bolloten que defienden que el Comisariado no fue más que un mero instrumento de los comunistas para aumentar su influencia y su poder en el Gobierno republicano. No obstante esta opinión de Bolloten contrasta con la de Michael Alpert que desmiente que la creación del Comisariado fuese «una estratagema cuidadosamente planeada por los comunistas para apoderarse del poder», porque «en un ejército que se hallaba tan íntimamente ligado a la política interior y cuyos soldados desconfiaban al
principio de los oficiales era inevitable la institución de un mando político, distinto del de operaciones». Además para Michael Alpert si el PCE había aportado la mayor parte de los comisarios fue por ser la primera y prácticamente la única organización que percibió la importancia que los comisarios podrían llegar a tener en el futuro y en el transcurso de la guerra.
Álvarez del Vayo fue acusado de haber nombrado a cientos de comisarios comunistas sin la autorización de Largo Caballero. En palabras de éste último:
«Vayo y Pretel —otro tránsfuga—, que era su secretario, habían organizado sin mi autorización, una Escuela especial para Comisarios (...). Con este procedimiento sustraían, de liecho, al Ministro el nombramiento de todos los Comisarios, sin excepción. (...) Hice comparecer a Álvarez del Vayo; le recriminé por su conducta y por los nombramientos hechos sin mi conocimiento y firma, en número de más de doscientos a favor de comunistas. Al escucharme se puso pálido, y con verdadera cara dura me contestó que (...) los había hecho por creer que era de su competencia. Le demostré con la Ley en la mano que no se hacía excepción alguna y que todos tenían que ser firmados por el Ministro».
Para Bolloten Álvarez del Vayo fue el más directo responsable del predominio del Partido Comunista en el Comisariado de Guerra y en su opinión el testimonio ofrecido por Largo Caballero constituye una de las pruebas consideradas irrefutables que demuestran su absoluta entrega al Partido Comunista. No obstante, Bolloten no es el único que defiende esta teoría que también apoyan otros autores como E.H. Carr, Stanley Payne o Luis Araquistáin, que defiende la versión dada por Largo Caballero afirmando que Álvarez del Vayo había nombrado a centenares de comisarios políticos comunistas sin la autorización de Largo Caballero y que éste, cuando decidió anular esos nombramientos hechos a sus espaldas para favorecer los intereses del Partido Comunista, «firmó su propia
sentencia de muerte como jefe del gobierno», ya que los comunistas «no querían un "Lenin español" de carne hueso, sino de paja».

Otra obra que también contribuyó en gran medida a consolidar el mito del comunismo de Vayo fue la de Enrique Castro Delgado Hombres made in Moscú. No obstante, ésta contiene muchas inexactitudes respecto a la labor de Álvarez del Vayo al frente del Comisariado, como la afirmación de que fue su nombramiento como ministro de Estado el motivo por el que Vayo dejó vacante el puesto de Comisario General. Para haberle conocido personalmente y ser uno de sus «colaboradores», Enrique Castro demuestra no recordar
fielmente los hechos, lo que resta la suficiente credibilidad a su testimonio como para que éste pueda ser tomado como una prueba de peso (como afirma Bolloten), ya que Álvarez del Vayo no dejó de ser Comisario de Guerra para ser ministro de Estado, ni su designación dejó vacante ningún puesto, ya que fue nombrado Comisario General siendo ya ministro de Estado en el Gobierno de Largo Caballero y posteriormente, repitiendo cargo en el segundo Gobierno de Negrín, fue cuando abandonó el Comisariado, pero no por ser nombrado ministro de Estado (como defiende Enrique Castro), sino por otros motivos.
El propio Álvarez del Vayo nos da su versión acerca de su labor al frente del Comisariado de Guerra:
«Cuando a fines de 1936, Madrid fue atacado (...) yo multipliqué los nombramientos
de comisarios políticos (...) Yo los nombré sin prestar atención a su filiación
política, una vez estudiados sus expedientes y, en muchos casos, después
de haber hablado con ellos. Me era igual el partido o movimiento político a que pudiesen
pertenecer. Al final resultó que los comunistas aventajaron en número a los
comisarios pertenecientes a otros partidos. Largo Caballero fue enseguida informado
por algunos socialistas que le rodeaban, no pocos de los cuales me debían
el puesto que desempeñaban, de que yo «había entregado el Comisariado de
Guerra a los comunistas».
Para Álvarez del Vayo lo más importante era ganar la guerra, pero era necesario que los intereses de los diferentes partidos políticos se dejasen de lado ante la urgencia de presentar un Gobierno unido y cohesionado que se mostrase como tal ante el pueblo español y ante los soldados en el frente, por todo ello no consideraba tan peligrosa, ni tan preocupante la filiación política de los comisarios que había nombrado mientras éstos fuesen eficaces
en su labor.
Llama la atención el hecho de que la mayoría de los autores responsabilizan exclusivamente a Álvarez del Vayo del predominio comunista en el Comisariado de Guerra, pero lo cierto es que también Largo Caballero colaboró con los comunistas en su momento y por lo tanto también tuvo su parte de responsabilidad. Según afirma Ricardo Miralles:
«Largo Caballero siempre ha quedado exonerado de la "culpa" de haber colaborado
con los comunistas porque "no se enteró" (Bolloten), o mejor, porque acabó
enfrentado a ellos, como Prieto."(...) "Y, sin embargo, lo cierto es que Largo
Caballero se rodeó de un grupo de oficiales, muchos de los cuales eran de filiación
directa o muy próxima al PCE».

Tampoco hay que olvidar que los comisarios nombrados por Álvarez del Vayo no fueron figuras clave del Ejército, sino escalones intermedios dentro del mismo, ni hay que ver que ese predominio comunista fuese el resultado de un plan urdido por Álvarez del Vayo para favorecer secretamente los intereses del PCE o una meticulosa estrategia preparada cuidadosamente por el Partido Comunista para apoderarse primero del control del Comisariado y después del Gobierno utilizando a sus «agentes» o a sus «colaboradores».
Aún hoy existen dudas respecto al verdadero motivo que impulsó a Largo Caballero a designarle Comisario General de Guerra y no a cualquier otro que también gozase de su confianza pero que no tuviese sobre sus hombros el peso de la gran responsabilidad que conllevaba el estar al frente del Ministerio de Estado en esos días de guerra y de intensas gestiones diplomáticas.

Michael Alpert señala al respecto que:
«Es improbable, pues, que Álvarez del Vayo hiciese algo más que firmar documentos».

Incluso Palmiro Togliatti tiene sus dudas acerca de la labor de Vayo al frente del Comisariado:
«Por lo que respecta al Comisariado, el nuevo comisario general es mejor,
para nosotros, que el anterior. (La valoración que dan nuestros camaradas, y
en particular Louis, de del Vayo, como hombre casi completamente conquistado
para nuestra política, pero débil, la considero personalmente equivocada: d
[el] V.[ayo] no ha roto sus relaciones con Caballero, intriga y juega un papel no
muy claro)».
El nuevo comisario al que alude Togliatti no es Álvarez del Vayo, que fue el primero hasta que presentó su dimisión ya en el gobierno de Negrín, por lo que se puede poner en duda la acusación que pesa sobre él de haber sido el máximo responsable del predominio comunista dentro del Comisariado.
Además Togliatti afirma no creer ni que Vayo fuese débil ni estuviese «conquistado» por el comunismo.
Esta sumisión al comunismo también se puede poner en tela de juicio examinando un informe escrito por Emilio Kléber, (cuyo nombre era Manfred Stern) enviado el 14 de diciembre de 1937 lamentándose de la incompetencia de Mije y afirmando que Álvarez del Vayo «sólo trajo decepciones al partido».''
De sus palabras se puede deducir que Álvarez del Vayo no sólo no sirvió al Partido Comunista tan fielmente como algunos autores y compañeros de partido de Vayo defendieron siempre, sino que tampoco fue un instrumento ni un títere en sus manos. De haber sido así su labor no habría supuesto ninguna «decepción» para el Partido Comunista y habría sido ensalzada.

Es curioso como, una vez finalizada la Guerra Civil, se inició por parte de muchos una auténtica cruzada para despreciar y atacar a la figura de Negrín, pero no es menos cierto que Álvarez del Vayo corrió peor suerte aún, porque, a la continua sombra del comunismo que pesaba sobre su figura o a la mancha de haber sido un traidor, también se le unió el escaso respeto que por él mostraron muchos de sus compañeros del Partido Socialista que le consideraron desde un hombre fácilmente manejable, a un títere en manos de los comunistas (Prieto) o incluso un «tonto» o un hombre «insignificante» como afirmaba su cuñado Araquistáin.

No obstante, no hay que olvidar que otras destacadas figuras republicanas como Pablo de Azcárate, Marcelino Pascua o Jiménez de Asúa, nunca le acusaron de ser un traidor ni de estar sometido a las directrices de Moscú.
Un ejemplo de ello se aprecia claramente en la carta que Jiménez de Asúa dirige a Vayo el16 de mayo de 1939 una vez finalizada ia Guerra Civil:
«(...) Si alguien se salva del Gobierno de España es Vd., por su amor al pueblo y por su recto propósito. (...) se ha comportado Vd. como un hombre en la guerra.
A pesar de ser el Ministro de Estado, al presidente le incumbía dirigir la política total del gabinete. Esta carta no es de crítica para Vd., sino para quien es máximo responsable (...)».
La figura de Álvarez del Vayo no sólo fue desprestigiada por muchos de sus compañeros del PSOE o por los representantes diplomáticos en el exterior del Gobierno de Franco, sino también por parte de diferentes historiadores como Hugh Thomas o Stanley Payne que, bien basándose en sus propias fuentes, o bien tomando como referencia a Bolloten, lanzaron las
mismas acusaciones. Al igual que ocurrió con la figura de Negrín, quien más contribuyó a difundir esa imagen de Álvarez del Vayo fue Burnett Bolloten.
Todos los autores consultados hasta la fecha y sobradamente conocidos por ser referencias obligadas a la hora de estudiar la Guerra Civil aluden siempre a Vayo como comunista, filocomunista o agente soviético y Bolloten es quien ofrece una bibliografía más amplia sobre el presunto comunismo de Vayo, aportando como pruebas los testimonios de socialistas como Prieto, Largo Caballero, Araquistáin, Carlos de Baráibar, Wenceslao Carrillo... pero especialmente las obras de Enrique Castro Delgado y de Jesús Hernández.
Como afirma Ricardo Miralles.Bolloten basó su teoría en la documentación que le proporcionó el trostkista Gorkin, principalmente los libros de Enrique Castro Delgado y Jesús Hernández, dando por buenas y de una forma totalmente exenta de crítica las versiones ofrecidas por ambos y que habían sido previamente «orientadas» y «dirigidas» por Gorkin. Ricardo Miralles rebate los argumentos defendidos por Bolloten restándoles credibilidad y aportando para ello como prueba el artículo de investigación del historiador americano Southworth acerca de la conexión Bolloten-Gorkin-CIA. Si bien Ricardo Miralles utiliza ese planteamiento para desmentir la acusación de comunismo que pesaba y aún hoy pesa sobre la figura de Negrín, por extensión, también se puede utilizar con Álvarez del Vayo, al estar profundamente implicado en la teoría de la «conspiración comunista», Negrín por ser el «cerebro»mde la misma y Vayo cumpliendo el triste papel de sumiso acólito a su política y a sus directrices y por ende a las del Gobierno soviético.

Hasta la fecha y ante la dificultad de acceder a muchos de los archivos soviéticos que puedan arrojar luz sobre la cuestión, no hay ninguna prueba que demuestre su filiación comunista, que haya sido un agente al servicio de Moscú o su traición a Largo Caballero. Recientemente se han publicado varios libros escritos por investigadores que han tenido acceso a los archivos soviéticos. Sus referencias a Álvarez de Vayo tan sólo confirman sus viajes a la URSS y la admiración que sentía por el país, algo que él siempre mencionó en sus artículos y en varios de sus libros y que nunca ocultó. No aparece ningún informe que aluda directamente a él como agente comunista, tan sólo se le considera «un socialista del ala izquierda leal a Caballero y en el que éste confía».
Es innegable la gran afinidad con muchas de las ideas defendidas por los comunistas, como la responsabilidad que haya podido tener desde el punto de vista ideológico en la radicalización de una parte del Partido Socialista y que aparece reflejada en la línea argumental de sus artículos y sus reflexiones, especialmente en el diario Claridad, pero esa responsabilidad no es única, sino que debería ser compartida por Araquistáin, fiel partidario de la radicalización de un sector del socialismo español en los años previos a la Guerra Civil, y también por Largo Caballero. No se puede argumentar que Largo Caballero no jugase ningún papel en esa radicalización, ya que no hay que olvidar que Largo Caballero fue uno de los dirigentes más importantes del Partido Socialista y un líder sindical, pero el que haya sido un hombre «escasamente preocupado por la reflexión teórica» en palabras de
Andrés de Blas, no significa que no haya tenido ambiciones políticas en su momento y que no desease ejercer su liderazgo sobre todo el proletariado español. También es evidente el entusiasmo y el apoyo que Álvarez del Vayo siempre mostró ante la idea de unificación de ambos partidos, algo en lo que creía firmemente y que precisamente estuvo a punto de costarle la expulsión del PSOE y fue uno de los pilares en los que se cimentó la acusación
de que era un «informador» o un «agente» de los comunistas y uno de los mayores motivos de crítica y reproche por parte de muchos de sus compañeros del Partido Socialista, especialmente Largo Caballero y Araquistáin, que paradójicamente aunque acabaron rechazando esa unión, nunca se opusieron con rotundidad a esa política.
No obstante a pesar de haber sido uno de los más firmes y entusiastas defensores de la unidad orgánica de ambos partidos su motivación no es clara. Es probable que en realidad sí creyese en la misma, pero tampoco sería descabellado pensar que si bien apoyó esa unidad hay ciertas contradicciones en sus argumentos que hacen dudar de su sumisión a! comunismo.

Álvarez del Vayo también negó que la República española estuviese dirigida desde Mocú y dominada por agentes comunistas.
«(...) La "influencia soviética" en España fue resultado, en gran parte, del hecho
de que, mientras todo el mundo se empeñaba en negarnos el derecho legal de adquirir
armas para nuestra defensa, Rusia nos restableció en ese derecho (...) Si los
Gobiernos francés, inglés y americano hubiesen querido realmente contrarrestar la
"influencia soviética", no tenían más que haber hecho otro tanto».

Álvarez del Vayo sería expulsado del PSOE junto con Negrín y el grupo negrinista y con los años fue evolucionando hacia posiciones cada vez más radicales, llegando a ser nombrado presidente del FRAP en 1971. A pesar de sus numerosas actividades al frente de diversas organizaciones y de sus malas relaciones con varios miembros del PSOE nunca dejó de considerarse un socialista de izquierda. Moriría el 3 de mayo de 1975 en Ginebra sin
poder ver cumplidos sus dos sueños: regresar a España tras largos años de exilio y regularizar su situación en el PSOE. Su personalidad estuvo llena de luces y sombras y aún hoy después de tantos años su figura sigue siendo cuestionada. En sus propias palabras:
«Yo no he respondido nunca a la acusación tantas veces hecha que nne presentaba como un agente soviético o como un pobre débil mental y manejable en función de los caprichos de los comunistas. He considerado (...) que toda rectificación, toda explicación sobre ese asunto era incompatible con mi sentido de la dignidad. Me gusta que se me tenga por lo que siempre he sido: un socialista de izquierda, firme partidario de la unidad de acción obrera y en España defensor, dentro de la medida de mis posibilidades de la unidad en la lucha contra Franco.
La opinión de otros nunca me ha afectado lo más mínimo, si eso es arrogancia, que se me perdone».
Lo que no se le puede negar es que, a pesar de las acusaciones, siempre fue fiel a sus ideas y a la República en la que siempre creyó y a la que siempre defendió. Aunque sólo sea por eso, su figura merece ser rescatada del olvido y reconocida dentro de la historia de España.



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