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19 mayo 2016

El PNV y su desmarque de la revuelta obrera del 34


PNV y STV ante el octubre revolucionario
La revolución de octubre en el País Vasco vino encadenada al movimiento municipalista, originando a través de la represión subsiguiente a la misma una línea de continuidad y confusión con aquél. Salvo los lugares donde la insurrección de octubre tuvo más incidencia y trascendencia, es decir, Cataluña y Asturias, fue precisamente en el País Vasco donde más virulencia alcanzó.
Pero de nuevo, aquí también se manifestaron las diferencias en los procesos sociopolíticos de las provincias industrializadas y las del interior, o lo que es lo mismo, de Guipúzcoa y Vizcaya por un lado y de Alava y Navarra por el otro. Estas dos últimas conocieron también el movimiento huelguístico ocasionado tras la entrada de la CEDA en el gobierno, pero quedaron muy lejos de expresar la radicalizad que en las provincias del litoral se dio.

La insurrección de octubre del 34 empezó a gestarse en el País Vasco, al igual que en el resto del Estado, en las postrimerías del descalabro electoral izquierdista de noviembre de 1933. La radicalización del PSOE y UGT, expresada en el cambio de ejecutiva de esta última organización y en la cada vez mayor influencia del sector largocaballerista, tuvieron entre otras consecuencias el que preparasen un movimiento revolucionario de compleja y difusa definición, pero de expresivas componentes insurreccionales.

Desde finales de enero de 1934, las tres organizaciones de la familia socialista, PSOE, UGT y JJSS, estaban dispuestas para lograr ese objetivo. Los socialistas navarros no fueron excepción y el testimonio de Largo Caballero es prueba de su participación en los dilatados preparativos de la insurrección. Siguiendo los informes reproducidos en la obra de este último sabemos que se nombró un «Comité revolucionario» integrado por Miguel Escobar, Gregorio Velasco y Rafael Pérez. El informe, que previsiblemente estos mismos enviaron a Madrid, comentaba en términos contradictorios la situación navarra. Si por una parte la disposición de personal: —«500 en la capital y por lo menos otros 500 en la provincia»—, así como su estado anímico —«compenetración completa»— no eran despreciables, también reconocía que «en el campo la fuerza es (era) más débil» y, por el contrario, la fortaleza de las organizaciones derechistas considerable.(El informe reconocía: «La derecha está muy bien preparada, disponiendo de gran número de hombres, elementos y dinero», Verlo en F. LARGO-CABALLERO, Escritos de la República, Madrid 1985, pp. 123-124.
La incidencia del movimiento huelguístico, cuando a partir del 5 de octubre de 1934 estalló, fue desigual en su ubicación, duración y expresiones. Siguiendo las referencias de la prensa local, poco sospechosa de simpatías con la movilización huelguista, y las informaciones que de él da Emilio Majuelo,(Nafarroan 1934-ko Urriaren Iraultzari buruzko Zertzelada Batzu») se puede afirmar que el paro en la capital tuvo una incidencia importante el primer día para ir decreciendo en los sucesivos.
La protesta obrera tuvo gran eco en el ramo que más trabajadores ocupaba, el de la construcción, y se extendió al sector servicios afectando a taxis, hostelería, etc. La fuerte presencia policial y las detenciones impidieron que la huelga se mantuviese así. Difícil de objetivar es la real repercusión que para el movimiento huelguístico tuvo la detención en la madrugada del 6 al 7 del llamado Comité Revolucionario, pero la realidad es que para el inicio de la semana entrante —lunes 8 de octubre— la huelga en la capital navarra quedaba concluida.
No ocurrió así en otros puntos de la provincia. En la Barranca-Burunda se prolongó hasta el día 11 con graves enfrentamientos, que dieron lugar a un muerto en Alsasua al disolver la Guardia Civil a obreros que protestaban por la detención de compañeros y al despido de numerosos obreros de la factoría Portland, en el caso de Olazagutía. Aparte de estas zonas, la geografía de la protesta tuvo un marco esencialmente ribero. Tafalla, Peralta, Larraga, Lerín, Viana, ... señalaban la línea septentrional de toda una serie de poblaciones en las que la movilización, salvo Tafalla y Tudela, fundamentalmente campesina, se expresó en paros, manifestaciones,sabotajes e incendios provocados. Cortes, el pueblo más meridional de Navarra, veía por unas horas, hasta la llegada de la Guardia Civil, proclamarse el «Comunismo libertario». Tudela además de paros en las azucareras, conocía por primera vez la huelga en su comercio, autobuses, manifestaciones y detenciones. Tafalla, que desde el día 5 había sido el escenario de la quema de diversas pajeras y de un importante paro a partir del 6 en obras y fábricas, el 9 aún conocía enfrentamientos y detenciones por parte de la Guardia Civil. En otros pueblos como Castejón, Peralta, Lerín... se desarrollaron distintas manifestaciones. Terminadas éstas, las bombas y sabotajes prolongaron durante unos días el eco de la protesta izquierdista hasta el 18 de octubre.

La respuesta gubernativa reprodujo ampliada esta distribución a través de sus medidas represivas. Alrededor de 200 trabajadores fueron encarcelados. Además de Pamplona, con 60 detenidos, destacaban Túdela (44), Valtierra (40) y Alsasua (35). La represión persiguió la neutralización de las organizaciones opositoras a la mayoría gubernamental. Ya la víspera de la declaración del estado de guerra, el día 6 de octubre, los semanarios Trabajadores y Amayur fueron suspendidos. También, a partir de ese día, comenzó el cierre de locales de los partidos obreros y, en algunos puntos como Burguete, Carcastillo y Tafalla, del PNV.
Tras el fin del movimiento huelguístico, una sorprendente medida puso en evidencia la tendenciosidad gubernativa cuando se procedio a la suspensión de ayuntamientos y sustitución de los mismos por corporativos designados gubernativamente. Este proceder, que alcanzó a un total de 27 corporaciones locales, empezó el 30 de octubre y prosiguió en los primeros días de noviembre.
Pero el movimiento revolucionario de octubre ni por su intensidad y extensión ni por la consiguiente represión, alcanzó en Navarra las cotas que caracterizaron a los de Vizcaya y Guipúzcoa. El gran seguimiento y larga duración de la protesta obrera en zonas de estas provincias, el carácter de insurrección que tomó en poblaciones como Mondragón, Eibar, los graves enfrentamientos de Pasajes, etc., no tuvieron su correlato en Navarra. Sintomático es el hecho de que, para el día 8 de octubre, compañías militares procedentes de Pamplona llegaran a San Sebastián, Eibar y Mondragón a contribuir en las labores represivas. También, ese día, junto a ABC y El Debate, Diario de Navarra era vendido por jóvenes derechistas en las calles donostiarras para paliar la no edición de la prensa guipuzcoana.
La «normalidad» reinante en Navarra facilitó que los rotativos locales, incluido La Voz de Navarra, del PNV aunque sometidos a censura militar se publicasen todos los días. La disimilitud navarra con Guipúzcoa y Vizcaya y otros puntos calientes del estallido de octubre era comentada en los artículos que inmediatamente se escribieron sobre éste. Incluso los socialistas, meses más tarde y a falta de un balance general público, reconocían, al socaire de una polémica que enfrentó a Constantino Salinas y a las Juventudes Socialistas, el decepcionante eco de la insurrección en Navarra y en particular en la capital.

A pesar de ello, el movimiento, que se pretendía revolucionario, supuso un nuevo test para el nacionalismo, tanto en las provincias vascongadas como en Navarra. Aunque el PNV, por primera vez en su historia había coincidido con republicanos y socialistas en el Movimiento municipalista, que sus intenciones no iban más allá de las movilizaciones en defensa del Concierto Económico y en contra de las Gestoras lo había expuesto en diferentes ocasiones.
El hecho de que la huelga revolucionaria de octubre fuese un secreto a voces desde la primavera del 34, había hecho que el PNV se desmarcase tanto pública como privadamente. Si la retirada en solidaridad con la Generalidad y los diputados de ERC había hecho a Aguirre delimitar en el Parlamento el alcance de su apoyo en términos inequívocos —«Nosotros nacionalistas apoyamos decididamente el sentido nacionalista de Cataluña pero nos detendremos allá donde se detenga ese sentimiento para derivar a otra cosa con lo que por no ser nacionalista no tendríamos nada que ver»—, también en privado, cuando la virtualidad del movimiento revolucionario tomaba cada día mayor relieve, se manifestó en tal sentido.

Conocida es, gracias al relato publicado por José Antonio Aguirre en su «Entre la Libertad y la Revolución», la respuesta dada por él y Manuel Irujo a las fuerzas izquierdistas reunidas en San Sebastián el 10 de septiembre. En ella, además de no considerar cerrado el conflicto de los ayuntamientos, puesto que su finalidad era la constitución de nuevas Comisiones Gestoras, el PNV, planteó por la boca de estos dirigentes que no tenía interés en el «aspecto revolucionario» que en aquella reunión se estaba planteando. La participación del Partido Nacionalista junto con otros grupos se circunscribía al problema municipalista «pero nada más, ni para otro objeto».

La prensa jelkide abundó en similares planteamientos y, ya en las vísperas de octubre, preludiaba el fuerte debate que con la prensa derechista iba a mantener durante toda esta época por la «sospechosa» política de acercamiento y alianzas supuestamente mantenidas por el PNV y las izquierdas.
STV, el sindicato del PNV, por su parte, no adoptó ninguna posición pública hasta una vez cuajado el conflicto. En los días inmediatos al estallido revolucionario, la celebración del Congreso de su potente sección de Empleados les dio la oportunidad para discutir y homogeneizar posiciones frente al inminente llamamiento. Si esto ocurrió así, no tuvo ningún eco en las amplias reseñas que la prensa nacionalista concedió a este congreso.

A pesar de que entre las resoluciones aprobadas había una referente «al empleado ante las huelgas», ningún punto de ellas dejaba entrever el apoyo a movilizaciones de carácter más allá de lo estrictamente laboral. La huelga, en el texto aprobado, se contemplaba como el último medio tras el fracaso de los «procedimientos amistosos» y se presentaba como sinónimo de violencia reñida con el «arreglo y la concordia» propugnados.
Decididamente, el escenario general, la dimensión revolucionaria, los procedimientos radicales que iban a caracterizar la insurrección de octubre, poco tenían que ver con el estricto marco laboral, con el espíritu pactista, gradual y dialogante planteado por los solidarios.
Sin embargo, ni estos ni otros sectores nacionalistas iban a poder sustraerse de la convulsión que, a partir del 5 de octubre, sacudió a gran parte de los centros fabriles del estado. La respuesta del PNV en Navarra fue inequívocamente contraria a la movilización izquierdista. Pocas horas después de iniciada, editorializaba sobre ella en estos elocuentes párrafos:
Otra vez abocados a esta barbarie moderna de la huelga general, nunca recomendable y siempre digna de la execración de las gentes aunque no fuera más que por los efectos desastrosos que produce en la economía y en las relaciones sociales. Es la huelga general un sabotaje a la sociedad. No podría disculparla ciertamente la comisión de una injusticia social porque una injusticia no se cura con otra. Pero menos todavía un pretexto político cual el de ahora.(«Huelga general» LVN, 6-X-1934.)

No hubo similar posicionamiento por parte de los solidarios. Estos no dieron ningún tipo de consigna, al menos pública, a sus afiliados. Ni tan siquiera días más tarde, como en el caso de Vizcaya en la noche del 12 de octubre, para que se reintegrasen al trabajo. La actuación de los solidarios navarros en las distintas poblaciones y centros de trabajo fue desigual. Hubo localidades como Tafalla en la que se sumaron a la protesta obrera y  otras como Estella, Almandoz, etc. donde la debilidad de ésta les permitió su inhibición. Quizas fue el de Tafalla el caso más singular, al ser detenida la Comisión ejecutiva de STV y encarcelada junto al resto de dirigentes sindicales izquierdistas. La radicalidad de la movilización en esta población, que ya la noche del día 5 había conocido la quema de varios pajares y la masividad del paro el día 6 desencadenó su inmediata represión, que unió, tanto en la protesta como en la cárcel, a las hasta entonces enfrentadas organizaciones sindicales.

Pamplona, por su mayor diversidad sectorial, fue reflejo también de posturas heterogéneas. Mientras en los sectores fabriles los solidarios, en mayor o menor grado, fueron impelidos a parar, la huelga no tuvo apenas seguidores entre la afiliación de ramos como el de empleados, etc.
Donde sí hubo mayor unanimidad fue en el balance que, a posteriori, estableció el Nacionalismo Vasco. Tanto las autoridades del PNV como los miembros de STV se desmarcaron del movimiento revolucionario dentro de una larga y fuerte polémica contra los órganos derechistas de Vascongadas y Navarra. A las argumentaciones mantenidas por periódicos como La Constancia, se sumaron, tempranamente, tanto Diario de Navarra como El Pensamiento Navarro para acusar al nacionalismo vasco de connivencia con los hechos y actores revolucionarios. La principal apoyatura para esta acusación era el acercamiento a los sectores catalanistas de izquierdas y socialistas, que en los meses anteriores se había fraguado a través de la retirada conjunta del Parlamento y del movimiento municipalista.

Esta aproximación era presentada por los órganos derechistas como el prólogo y contribución, por parte de los nacionalistas vascos, al movimiento revolucionario general. Las críticas se dirigían también a los hechos de octubre y en ellos implicaban directamente a los solidarios vascos. El hecho de que este sindicato hubiese hecho un llamamiento público para la reanudación del trabajo el día 13 parecía ser prueba suficiente de su anterior implicación y culpabilidad en el movimiento huelguístico.
La realidad es que esta polémica, aunque alcanzó un espacio tan amplio en los medios periodísticos navarros como en los de las provincias restantes, se desarrolló más por los hechos ocurridos en Guipúzcoa y Vizcaya que los estrictamente acaecidos en Navarra. La controversia del PNV con el resto de partidos derechistas no era sino un eslabón más en su proceso de distanciamiento experimentado, tras el frenazo al proceso estatutario, en la primavera de 1934 y los posteriores enfrentamientos al socaire del Estatuto del Vino y de la protesta municipalista. Empeñados los sectores derechistas en descalificar y condenar al Nacionalismo por su entente con las izquierdas, los dirigentes y portavoces peneuvistas, a su vez, debían afanarse en demostrar que la coincidencia en el movimiento de protesta de los alcaldes no iba más allá de la alianza táctica y coyuntural. Las ya conocidas palabras de Aguirre al retirarse la minoría vasca del Parlamento eran refrendadas por artículos y declaraciones de dirigentes jelkides, que abundaban en la misma idea de subrayar su independencia política respecto a las izquierdas en general y la insurrección de octubre en particular.

Manuel Irujo, en un corto periodo de tiempo, concedió dos entrevistas a La Voz de Navarra para esclarecer la actitud y posición del PNV en torno a este tema. Además de aclarar el porqué de los repetidos contactos de la minoría nacionalista con Lerroux, en ellas, de forma tajante, expresaba su oposición a todo movimiento insurreccional, fuese del signo que fuese:
Para ir a la monarquía, a la dictadura, a la guerra civil o a la revolución no ha de encontrarnos nadie. Ni con los pretorianos del 10 de agosto ni con los revolucionarios de hoy.9

El distanciamiento respecto a la insurrección de octubre servía al dirigente navarro para reafirmar con rotundidad tanto la práctica política independiente de su partido
Nosotros no hemos variado, con los radicales, con la CEDA, con los socialistas o con los monárquicos, seguimos nuestro camino sin torcernos

como su desvinculación de toda problemática de rango estatal:
Y nuestra propia consecuencia exige que, si queremos ser autónomos y libres, empecemos por no intervenir con nuestros medios autonómicos en la política del centro. Esa ha sido la equivocación lamentable de Cataluña.

Al margen de la estricta polémica y delimitación del papel jugado por el Nacionalismo, esta corriente realizó también su balance de los acontecimientos de octubre a través de diferentes artículos y colaboraciones. la mayoría de los análisis llevaban a los lectores nacionalistas a una muy dura descalificación y severa condena de la insurrección de octubre.De esta forma, al mismo tiempo que se comparaba en los términos más negativos y alarmistas 'el levantamiento asturiano con la Comuna de París, se reclamaba justicia para los inductores a fin de que no pudiera darse una nueva revolución.
Con similares orientaciones se manifestaron los portavoces de STV Mientras que parte de ellos se encaminaron a esclarecer cuál era el papel jugado por los solidarios y su organización" en determinados puntos calientes» durante la insurrección de octubre (Mondragón, Hernani, Vizcaya, etc.), otros aprovecharon para combatir sin reservas la génesis, Orientación y desarrollo de la movilización izquierdista.

Si la actitud de los solidarios hacia ésta en algunos lugares, entre ellos determinados enclaves navarros, había podido dar lugar a equivocos, el balance establecido por la dirección de este sindicato era tan esclarecedor como radicalmente contrario. La descalificación del movimiento huelguístico era total. Por su carácter político y no sindical, por sus mediaciones y formas de lucha totalmente desproporcionadas, por su esterilidad práctica... Todos estos elementos le conferían al análisis hecho por los solidarios un carácter marcadamente catastrofista que, amén de desligarlos totalmente de las movilizaciones pasadas, pretendía incidir con sus elementos de juicio sobre las bases de las organizaciones izquierdistas, y en particular sobre la afiliación ugetista.

La abortada huelga insurreccional de octubre, con sus fuertes secuelas represivas, se convertía en el elemento disuasorio al que los solidarios contraponían su modelo teórico y práctica sindical. Frente al impulso de la lucha de clases y de las movilizaciones radicales por parte de UGT, ellos contraponían un sindicalismo que bajo las etiquetas de cristiano y vasco englobaba una práctica posibilista, negociadora y alejada de cualquier planteamiento revolucionario.

No se contentaron con esto los solidarios. A las críticas planteadas a las direcciones socialista y ugetista añadieron propuestas directas a las bases obreras socialistas para que se sumaran a las filas de STV. Si la actitud de este sindicato en las jornadas de octubre había podido ser pasiva, o cuando menos contemporizadora con el movimiento revolucionario, las semanas posteriores al mismo, y siempre basándonos en los artículos balance que lo comentaron profusamente, fueron de un desmarcamiento nítido y de una fuerte agresividad propagandística hacia las organizaciones obreras izquierdistas.

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