06 mayo 2016

La confusión en la izquierda



En España, y no sólo, las clases dominantes a través de las fuerzas políticas que son su expresión de clase, y mediante actuaciones concretas, se han dedicado en las últimas décadas a debilitar y a romper de forma consciente todos los grandes sistemas y subsistemas que permiten la vida de las personas y la reproducción de la sociedad. El desempleo y la pobreza creados por estas actuaciones han llevado a una situación de terrible desigualdad e injusticia social que se ha justificado como consecuencia de una crisis económica, cuando en realidad la crisis no ha sido más que un instrumento de actuación, la forma aparente de manifestarse el proceso de transformación que se está operando sobre la sociedad española.

   La emigración, la urbanización de la población, la destrucción del tejido industrial, las reformas educativas, la destrucción de la cultura a través de la televisión, la radio y la prensa escrita, el desempleo y la pobreza han conducido a la degradación de los valores del trabajo, a la destrucción de los vínculos familiares y sociales y a una situación de regresión social de grandes grupos de población que ha dejado de sentirse parte de la sociedad. La masiva exclusión social conlleva el aislamiento y la pérdida de los conceptos de unidad y solidaridad. La persona, en su degradación social se aísla, se atomiza, siguiendo los parámetros del modelo antropológico individualista en el que ha sido educada y que ha acabado asumiendo como único valido tras la cuasi desaparición del modelo antropológico solidario y comunitario.

   Y es en este momento donde hay que tener en cuenta todo lo dicho hasta ahora sobre la conciencia de clase, la necesidad del partido, la hegemonía y la expresión de las necesidades de las clases populares. Sobre los  modelos de comunismo articulados alrededor de modelos antropológicos diferentes y de conceptos diferentes de solidaridad. Sobre la unidad y el cisma, estrechamente vinculados con la existencia de los dos modelos de comunismo y de la cultura de la solidaridad. Sobre la manipulación de la historia y la deconstrucción del Estado, la nación política y España. Sobre la desaparición de la URSS y su estrecha relación con la crisis de la izquierda y con la situación actual de crisis sistémica generalizada.
Nuestra conciencia social se encuentra en una situación catastrófica a la que ha contribuido de forma determinante la falta de elaboración teórica de la izquierda que ha llevado a una situación en extremo peligrosa que ahora se manifiesta con toda su crudeza. Mientras las clases populares se han encontrado unidas por los modelos de solidaridad tradicional y/o de clase, esa idea de unidad no ha pasado más allá de la conciencia o sentimiento de clase popular; pero no ha terminado de proyectarse en una solidaridad-unidad en torno a la Nación.
España no ha sido del todo percibida como un proyecto de construcción nacional por las clases populares. Más bien todo lo contrario, la idea de España ha sido y es percibida por las clases populares como la expresión de los intereses de las clases dominantes. Algo similar ocurre con el Estado. Por un lado, la falta de un modelo sólido y contundente de Estado en la izquierda, sin veleidades anarco-liberales, se mezcla con la percepción extendida entre las clases populares, donde el Estado se asocia precisamente al expolio de las clases populares que en las últimas décadas ha sido realizado por las clases dominantes desde el Estado y en nombre de España.

Las últimas generaciones de españoles han dejado de creer en el Estado y no esperan nada de él. Han pasado a tener una actitud negativa ante todos los vínculos sociales y prefieren actuar por su cuenta, de forma atomizada. Han roto sus vínculos sociales y su cultura de la solidaridad. Ya no perciben la necesidad de grupos amplios organizados que coordinen y agrupen la defensa de intereses colectivos, de clase. Entienden la lucha en la corta distancia, en el día a día sin proyección histórica. Han perdido la idea de la resistencia, de la lucha en el largo periodo temporal.
Con tan fuerte diferenciación social, amplios grupos dejan de sentir su pertenencia a la nación política. Dejan de percibirla como un todo, como una unidad. El vínculo de la persona con su clase, con el resto de la sociedad, se rompe y queda el último hito, el vínculo con la nación política. Después viene el sentimiento de vergüenza por pertenecer a la nación política y más tarde viene el colapso social y nacional, es decir la Nación fallida y por ende el Estado fallido. Aunque no nos demos cuenta, estamos a un paso de todo esto.
 ¿de qué hablamos cuando hablamos de unidad?
Es evidente que cuando durante estos meses se ha hablado de unidad, se ha entendido esta como una táctica política en la coyuntura histórica concreta, como la posibilidad histórica de arrebatar el poder político a las clases dominantes españolas y con ello hacerse con el control del Estado y de la Nación. Sin embargo, el bochornoso espectáculo que se está dando, dista mucho de mostrar la mejor cara de la izquierda. Y no tanto por el dislate que supone el enfrentamiento y la lucha personal, sino por la falta de preparación y maduración teórica con que la izquierda ha abordado todo este proceso. Al final, de la práctica concreta en el día a día, todo parece resumirse a una cuestión en extremo coyuntural: ir juntos o separados en una candidatura municipal, autonómica o nacional. Da la impresión de que no hemos aprendido nada de nuestra historia.
Situación por otro lado entendible dado el abandono del debate teórico durante largos años. No se ha sido capaz de teorizar y entender la evolución de los acontecimientos de los que se ha sido protagonista directo. Y los hechos, tozudos ellos, se han presentado con la  apariencia de imprevistos. Es decir, la historia nos ha pifiado una vez más a contrapié. Ahora ya no tiene remedio. Habrá que hacer un gran esfuerzo para tratar de salir del momento histórico de la mejor manera posible.

La familia, el clan, la tribu, la sociedad, el Estado, la Nación, la solidaridad, la conciencia social o la memoria histórica son estructuras reales y conceptos teóricos susceptibles de ser creados, consolidados, reproducidos, desmontados o destruidos. Todo depende de nuestra actividad, de nuestro trabajo como seres humanos. El científico y filósofo ruso Viadimir Vernadskii dijo que el Hombre se había convertido en uno de los principales agentes geológicos que actúa sobre la biosfera y el filósofo Nikolai Fiodorov dijo que el Hombre, con su trabajo, era el medio por el que Dios completaba la obra de la creación poniendo la naturaleza al servicio del Bien. De esas fuentes se nutrió el bolchevismo cuando emprendió su obra transformadora de naturaleza cósmica. ¿Dónde está la contundencia geológica de la izquierda española? ¿Dónde está ese proyecto ambicioso de transformación cósmica? La izquierda en España hace tiempo que dejó de ser contundente y ambiciosa en sus objetivos de transformación social, y en consecuencia ha dejado de cumplir precisamente con su principal función, la de crear, transformar, consolidar y reproducir la sociedad, el Estado, la Nación y el mundo conocido desde sus propios principios teóricos y desde su propia praxis histórica.

¿Cuál es el modelo antropológico de la sociedad española en la actualidad? ¿Cuál es la cultura de la solidaridad dominante en la sociedad española? Y descendiendo un poco más a lo concreto, ¿cuál es la cultura de la solidaridad y por ende la idea de unidad que tienen las nuevas generaciones que se articulan alrededor de la izquierda en cualquiera de sus manifestaciones? ¿Cómo se conjuga la solidaridad y la unidad con las ideas de ruptura de la nación política? ¿Quién será el sujeto gestor de la solidaridad y de la unidad, el cantón de Cartagena o el Estado español republicano y unitario?
El principal problema hoy día no es la lucha o la movilización ciudadana. Tampoco lo es la configuración de una candidatura municipal, autonómica o nacional. El principal problema con el que se enfrenta la izquierda es la reelaboración de una matriz cognitiva que lleve implícita la elaboración de una cultura de la solidaridad y de la unidad que cohesione al nuevo sujeto histórico que se está gestando y que nos permita entender las relaciones y conexiones solidarias en el largo periodo histórico y en un mundo cada vez más complejo. Proceso desde luego nada fácil, pero no por ello menos urgente y necesario.



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