06 mayo 2016

La Urss y el Islam

«Musulmanes de Rusia cuyas mezquitas y casas de piedra han sido destruidas, cuyas costumbres y creencias han sido escarnecidas por los zares, apoyad la revolución! » ¿Quiénes son estos musulmanes a los que Lenin y Stalin hicieran tan dramático llamamiento el 17 de noviembre de 1917?. Eran entonces cerca de dieciséis millones de ciudadanos de un imperio que acababa de hundirse, es decir, la décima parte de la población de Rusia. Eran ciudadanos de segunda categoría, calificados de inorodstsys(desplazados), con derechos políticos restringidos. Sunnitas, en su mayoría, mezclados a los chiitas del Cáucaso y en las fronteras de Afganistán, estos musulmanes vivían aglutinados en torno a sus instituciones y costumbres. Para los bolcheviques no fueron, en principio, más que una fuerza de apoyo para la revolución. Cuando la revolución triunfó, Lenin se imaginó que un amplío movimiento revolucionario iba a conmover el oriente musulmán y hacer añicos el imperialismo todavía poderoso en la zona. La agitada situación en Turquía e Irán justificaban sus esperanzas.
Monumento a los 26 comisarios de Baku
Por eso era necesario utilizar a los musulmanes del territorio soviético como aliados y como ejemplo. Por esta razón, abren las puertas del Partido Comunista a los musulmanes entre 1918 y 1921 y aceptaron el ascenso de un comunismo nacional musulmán, en el que se mezclaban indistintamente las ideas de liberación nacional, de renovación islámica y de marxismo.
El Tartaro, sultán Galiev, teoriza entonces esta adaptación del ideal marxista a la realidad musulmana. En el norte de Irán, el Ejército rojo apoya la República Socialista Soviética de Ghilan, presidida por un mullah comunista, Mirza Kütchik Jan.
Pero muy pronto, desde el, congreso de Bakú, en septiembre de 1920, los bolcheviques descubren cuán peligrosa era esa asociación entre comunismo e Islam. Sus propios musulmanes se le iban de las manos. O bien pretendían conquistar el Partido Comunista desde dentro, como fue el caso del sultán Galiev, o bien combatían abiertamente el comunismo, como los basmachis (salteadores con los pies descalzos), que organizaron en Asia central una guerrilla que se prolongó hasta finales de la década de los años veinte. Fue la ruptura.
Boltxes protegiendo a mujeres del islam

En 1921, los bolcheviques renuncian a intentar utilizar el Islam y encarnizadamente tratan de extirparlo de la conciencia de los individuos y de sus formas de vida. Pero como son conscientes de qué manera tan profunda impregna el Islam el universo social de estos fieles, los bolcheviques se mostraron prudentes. Comenzaron por destruir sus instituciones, confiscando las waqts (fundaciones piadosas que les daban independencia económica). suprimiendo los tribunales islámicos y prohibiendo la enseñanza religiosa,
En 1928 desapareció cualquier prudencia y el Estado soviético se lanzó contra el Islam.
El ayuno, la limosna, la peregrinación fueron prohibidos; los mullahs denunciados por parásitos, inmorales y por actividades contrarrevolucionarias; los creyentes tuvieron que ocultar sus convicciones, las mezquitas fueron cerradas. El Islam parecía muerto. 
La guerra, los éxitos del Ejército alemán y la deserción de los musulmanes en el Cáucaso impusieron a Stalin la necesidad de hacer concesiones tanto a los musulmanes como a los fieles de las demás religiones. Las mezquitas volvieron a ser abiertas y el poder soviético reconoció la autoridad del mufti de Tachkent. Pero estas concesiones parecieron de corto alcance. A las mezquitas sólo fueron los viejos. Carentes de educación religiosa, los jóvenes no sabían nada del Islam. Además, las lenguas habladas en Asia central o en el Cáucaso, que antaño eran escritas en árabe, fueron despojadas de su alfabeto tradicional en beneficio, primero, del alfabeto latino (finales de los años veinte); luego, del cirílico (1939-1940). ¿Qué queda entonces de esos musulmanes incapaces de leer el Corán?
En 1956 hubo un nuevo giro radical en la política musulmana de la URSS. Kruchev, como antes Lenin, juzgó que el mundo exterior musulmán ofrecía a su país extraordinarias posibilidades de acción.  Kruchev abrió las puertas del Islam soviético, que ofreció como ejemplo de coexistencia entre Islam y comunismo.
Durante años, mes tras mes, delegaciones llegadas del Oriente Próximo, de Africa, del Tercer Mundo visitaron, en Asia central, las universidades y sistemas de irrigación, pero también las mezquitas y el centro espiritual de Tachkent, donde el muftí les explicaba que se puede ser comunista sin dejar de ser musulmán, que el Islam puede ocupar un lugar en el mundo moderno.
Para favorecer esta política, el poder puso sordina a su propaganda exterior, deja al muftí de ojos ante toda manifestación de particularismo por parte de sus musulmanes.
Promovidos al rango de aliados políticos, puestos en contacto constante con sus correligionarios del extranjero, exhibidos como ejemplo de progreso intelectual y material, los musulmanes de la URSS sacaron de esta situación -no hay que extrañarse por ello- un orgullo y una fuerza nueva.
Sin duda, el poder soviético reitera de buena gana que el Islam, en cuanto religión, no es ya practicado más que por apenas tres millones de fieles ancianos y escasamente educados. Pero, al mismo tiempo, para su propaganda exterior, deja al mufti de Tachkent decir, a través de las ondas, a sus hermanos del Oriente Próximo, de Africa, que la URSS era también un país del Islam, que contaba con cincuenta millones de musulmanes. ¿Dónde está la verdad en este doble discurso?

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