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22 mayo 2016

Los inicios de la guerra civil. Actitudes de la militancia nacionalista ante ella

Desde que se tuvieron las primeras noticias del levantamiento militar en África los acontecimientos se precipitaron. Manuel Irujo es el primer dirigente nacionalista que toma partido en favor de la legalidad republicana, pronto querran enmedarle la plana el grupo dirigente. Enterado el día 17 al atardecer, cuando se encontraba en Andoain, de la insurrección militar en Marruecos, se desplazó a San Sebastián para entrevistarse con el gobernador civil Jesús Artola. Este le tranquilizó, dada la según él, irrelevancia del brote insurreccional. Al día siguiente, no obstante, Irujo acude de nuevo junto al también diputado peneuvista José María Lasarte para hacer constar mediante una nota su protesta en nombre de la minoría parlamentaria vasca contra el pronunciamiento militar. Artola hizo que esta nota fuera leída por Radio San Sebastián a lo largo de la jornada, haciendo público el posicionamiento nacionalista. Este no dejaba lugar a dudas:
Sea cualquiera el objetivo perseguido por los sublevados y la asistencia con que cuentan, nosotros, como demócratas, tomamos partido junto a la encarnación legítima de la soberanía popular representada en la República. Nos importa menos el apellido de quienes se han colocado en facción o el de aquéllos que cubran su puesto junto a nosotros en la defensa de la democracia como régimen y de la República como sistema de gobierno. 
Aquel mismo día a la tarde el Euzkadi Buru Batzar se reunía en San Sebastián, acudiendo por Navarra José Aguerre y Jaime Olaortua. El máximo órgano del partido decidió sacar un comunicado planteando la neutralidad del PNV y desautorizando la posición expresada por Irujo y Lasarte. El primero de éstos relató detalladamente estos avatares años más tarde:
La proclama produjo, entre otras reacciones, la de que al oírla, fuera convocado apresuradamente el Euzkadi Buru Batzar, el cual reunido en San Sebastián, acordó una especie de desautorización para la posición fijada por los diputados en la proclama mencionada». Para darla a conocer al público entregó el EBB una nota al director de El Día, sr. Lecároz, el cual,
por la noche, al ir a darla en las cajas, me la enseño(...) En el mismo momento en que tratábamos esto Lecároz y yo en la redaccion de el Dia, comenzaron a sonar fuertes descargas en las calles(...) el propio consejo nacional del PNV al llegar a Bilbao de vuelta de Donosti se encontró con el mismo problema y llevó al diario Euzkadi la declaración solemne en la que se definía la posición  del partido contra el movimiento.

Navarra, en efecto, se podía considerar desde aquella misma tarde en poder de los insurrectos. Aunque no se había declarado el estado de guerra, las únicas autoridades fieles a la República estaban neutralizadas al atardecer. Mientras el comandante de la Guardia Civil, Rodríguez Medel, había sido asesinado por sus propios subordinados, el Gobernador Civil,Menor Poblador, había sido obligado a abandonar la provincia por orden de Mola. Las primeras disposiciones del gobernador interino, Modesto Font, fueron las de poner en libertad a los presos gubernativos y la clausura y registro de todos los centros del Frente Popular. En la madrugada del día 19, a las 6 de la mañana, una Compañía del Batallón América 23 proclamaba la ley marcial mientras colocaba por las paredes el bando del
General Mola, impreso aquella misma noche en los talleres de Diario de Navarra. El pronunciamiento militar había sido un éxito, pero además, a partir de las horas inmediatas, iba a contar con el concurso de miles de voluntarios, principalmente requetés que afluyeron a la capital navarra.

 La agresividad hacia las organizaciones de izquierdas y nacionalista no se hizo esperar. El primer local asaltado fue el de Izquierda Republicana situado en la Plaza del Castillo, tomado por los falangistas encabezados por Garcia-Serrano padre. Al día siguiente estos mismos se apoderaban del batzoki nacionalista y destrozaban la maquinaria de La Voz de Navarra.
 Allí mismo era detenido el presidente del Napar Buru Batzar y director del órgano nacionalista José Aguerre.No era el primer nacionalista en ser detenido pues la noche del 18 al 19 de julio las detenciones de correligionarios habían comenzado en Estella. El alcalde Fortunato Aguirre, el solidario Juan Alzugara y, el jefe de la policía municipal y varios izquierdistas habían sido detenidos y encarcelados.

Es en este contexto de represión y de desaparición de las estructuras partidarias, muy distinto al que se vivía en San Sebastián o Bilbao, donde que situar la pluralidad de respuestasde los militantes del PNV.

 Los dirigentes del PNV, a pesar de la extraordinaria presión que suponía el masivo alzamiento militar y popular que se estaba viviendo en Navarra, intentaron mantenerse en una postura neutral. La última nota que como Napar Buru Batzar harían pública, aunque tomaba distancias respecto al gobierno republicano y a sus correligionarios que habían decidido apoyarlo, ni animaba ni llamaba a secundar ningún tipo de rebelión contra él. Su texto, reproducido en el golpista Diario de Navarra, había sido entregado el 20 de julio al nuevo gobernador civil. Decía así:
El Partido Nacionalista Vasco de Navarra hace pública declaración de que, dada su ideología fervientemente católica y fuerista, no se ha unido ni se une al Gobierno en la lucha actual, declinando en sus autores toda responsabilidad que se derive de la declaración de adhesión al Gobierno aparecida en la prensa, sobre la que podemos asegurar no ha sido tomada por la Autoridad suprema del Partido. Pamplona, 20 de julio de 1936. Napar Buru Batzar

Los dirigentes nacionalistas navarros que redactaron esta nota se ajustaban, de forma matizada, a la que posiblemente había sido la postura tomada por el Euzkadi Buru Batzar en su reunión de San Sebastián. Es decir, la de mantener la neutralidad entre contendientes, que entonces, tarde del 18 de julio, aún se presumían «ajenos» al país. Juan Ajuriaguerra, en su testimonio a Fraser explicaba esta preferencia nacionalista:
En las útimas elecciones habíamos luchado solos, sin unirnos a ningún bloque de derechas o izquierdas. Las derechas nos habían atacado violentamente y la izquierda no parecía tener ninguna prisa en presentar nuestro Estatuto de autonomía ante las Cortes. Estábamos completamente solos ( ... ) Tenía la esperanza de escuchar una noticia que nos ahorrase tener que tomar una decisión; que uno u otro bando ya hubiese ganado la partida. ( ... ) Promulgamos una declaración dando nuestro apoyo al gobierno republicano. Tomamos esa decisión sin mucho entusiasmo, pero convencidos de haber elegido el bando más favorable para los intereses del pueblo vasco; convencidos también de que de habernos decidido por el otro bando, nuestra base se nos habría opuesto.

En Navarra, como es obvio, los acontecimientos del 18 y 19 de julio eliminaron uno de los dos polos de la disyuntiva que en otras zonas del País Vasco —como Guipúzcoa y Vizcaya— y del Estado, se podía plantear a quienes como el PNV no coincidían ni con el Frente Popular ni estaban de acuerdo con el alzamiento antirrepublicano.

Sin embargo,  la mayoría de la militancia nacionalista estaba recorrida por las mismas dudas que Ajuriaguerra, Arana y otros dirigentes jelkides lo ponen de manifiesto testimonios recientemente aparecidos a la luz pero coetáneos de los hechos. Fermín Irigaray Larreko, así describía en su diario la actitud de los nacionalistas:
 Desde que empezó la guerra, la gente se ha posicionado en dos bandos. En Navarra la mayoría, con el bloque de derechas y con los monárquicos, diciendo que es por la religión, por los curas, los frailes... por un gobierno de orden. ( ... ) En el otro lado no es fácil saber quiénes están. Al menos la mayor parte o todos los dirigentes izquierdistas; los que han huído y los que han muerto, sus amigos y familiares. Los que están o son miembros de los partidos izquierdista-socialista-comunistas. Hay también quienes no están ni en un lado ni en otro. Es el caso de los nacionalistas, que están en contra de la guerra. Yo creo que entre los católicos también habrá quienes digan A peste, fame et bello Liberanos Domine y quien profese el amor sin mirar a quien. Pero ésos están callados; ¡Quién puede hablar así cuando todos los demás están armados y cegados por el odio!

No obstante, en el contexto de una rebelión tan masivamente seguida como la que se dio en Navarra, la neutralidad iba ser imposible de mantener. Desprovistos de todo nexo organizativo, los militantes del PNV estuvieron condenados a aceptar o rechazar individualmente la realidad del alzamiento armado derechista.

 Significativo es el distinto proceder que adoptaron las familias Aranzadi e Irujo, representativas de los núcleos más antiguos y, sin duda, de mayor impronta en el nacionalismo vasco en Navarra hasta la llegada del conflicto de 1936.
Manuel Irujo, como ya hemos visto, es el primer dirigente nacionalista que tomó partido por la legalidad republicana. Sus hermanos Pello Mari y Andrés salieron el mismo día 18, al mediodía, de Estella, para reunirse con él en San Sebastián. Pello Mari participaría como vocal del Comisarido de Orden Público en Guipúzcoa en representación de ANV. Cuando realizaba tareas de información fue detenido frente a Pasajes el 13 de septiembre de 1936. Encarcelado en Pamplona, fue condenado a muerte el 27 de febrero de 1937 «por estar en contra del Movimiento Nacional».Tras el indulto y la revisión de su proceso en 1942, salió de la prisión, desterrado para Cuenca el 1 de abril de 1943. Tras actuar en clandestinidad desde 1944 hasta 1946, en Madrid junto a Koldo Mitxelena, Bernabé Orbegozo, Ander Arzelus, etc. salió al exilio. Estuvo como agregado cultural de la República española en Sofía y finalmente marchó a Argentina, donde permaneció hasta 1975.
Por su parte, Andrés sucedio a Teodoro Hernandorena en el cargo de Comisario de Gobernación en San Sebastián. Desde septiembre de 1936 hasta 1938 permaneció como secretario particular de su hermano Manuel, a la sazón ministro de Justicia y sin cartera de la República. En 1939 se exilió en Francia. En junio de 1940 marchó a Argentina codirigiendo la editorial Ekin y, aunque volvió en los veranos de 1978 y 1992, murió en Buenos Aires el 29 de septiembre de 1993.

El resto de la familia fue detenida en Estella y Pamplona en días inmediatos al alzamiento, permaneciendo encarcelados hasta sus canjes en la primavera de 1937 y diciembre de 1938, marchando al exilio. 139 Sus propiedades serían decomisadas y puestas en pública subasta, siendo su propia casa tomada y convertida por los militares en sede del juzgado militar.
Pero tal como hemos adelantado, no había que ir muy lejos para encontrar en el seno del Partido Nacionalista en Navarra posturas discrepantes y contrapuestas al apoyo a la legalidad republicana. Si en todas las provincias vascas la duda y la discusión había sido el tono dominante en el seno del partido a la hora de adoptar una postura u otra, en Navarra y Alava el inmediato y rotundo éxito de la movilización derechista las había convertido en discrepancia y oposición abierta a nivel de dirigentes y de militantes.

Así, inversamente equiparable a la clara posición de los Irujo, se dio la de los Aranzadi, personajes tan cualificados y significativos como ellos en la historia y en el desarrollo del Partido Nacionalista Vasco en Navarra y con quienes tenían directa vinculación familiar. Al inicial desmarque respecto a la postura del PNV del que podía ser considerado patriarca político y familiar de esta familia, Manuel Aranzadi,(Amén de ser el primogénito de Estanislao Aranzadi, él había sido la personalidad política más relevante del Nacionalismo Vasco en Navarra hasta la llegada de la II República. Fundador del primer Centro Vasco de Pamplona en 1909, Secretario de «Euzko Etxea» en 1913, Diputado a Cortes y portavoz de la minoría nacionalista en 1918, continuaría como tal hasta 1923. Participó en la asamblea municipalista de 1918, donde fue el portavoz de los planteamientos nacionalistas ante las reivindicaciones autonómicas. Aunque se hallaba alejado de la política activa y de las actividades partidarias, por su notorio y cualificado pasado político, sus puntos de vista debían ser referencia importante para la militancia nacionalista. En carta a Aguerre, el 20 de julio, dejaba manifiesto su desacuerdo con la proclama de Irujo y Lasarte y su voluntad de darse de baja del Partido Nacionalista si se confirmaba el apoyo de éste al Frente Popular.)hubo que sumar su participación en las patrullas ciudadanas y la marcha al frente como requetés de sus dos hijos varones, Estanislao y Manuel, y de su hermano Jesús.  El primero era uno de los más significados militantes de la organización de Pamplona y del grupo «Jostari». Jesús, por su parte, había integrado el Napar del periodo 1933-35 y continuaba vinculado a las actividades partidarias. La actuación de éstos y de algún otro significado militante nacionalista en la guerra, como Miguel Javier Urmeneta, ha sido comentada favorablemente por autores derechistas como Jaime del Burgo y Rafael García Serrano.

Su opción en los primeros días del alzamiento en favor de éste pudo venir marcada por las especiales circunstancias de la capital navarra. Urmeneta en sus memorias así lo daba a entender:
Estábamos deseando marcharnos de aquella Pamplona, donde se fusilaba gente, se echaban discursos aquí o allí y se detenían a otros. Un Catedrático estaba escondido en la esfera del reloj público de la Estación de Autobuses. Otro estaba ya mal enterrado en la cuesta de San Cristóbal o en el Perdón. 
Pero su actuación posterior corroboró el apoyo al bando insurgente y su cómoda ubicación en el mismo. Mientras Estanislao Aranzadi terminaba la contienda como Auditor de guerra, Miguel Javier Urmeneta la terminaba como Capitán provisional de Infantería.
Similar heterogeneidad de posturas se dio entre las bases nacionalistas navarras. Aunque los testimonios sobre este aspecto difieren, tanto los franquistas como los nacionalistas convienen en señalar la mayoritaria incorporación al bando franquista de los jóvenes nacionalistas.

Aunque aún estamos a falta de un pormenorizado estudio del Gobierno, ejército y milicias vascas, sí se puede señalar la existencia de un, sin duda minoritario,  grupo de militantes jelkides navarros que prefirieron apostar por defender el ideal nacionalista vasco dentro de la legalidad republicana o bien escapar del nuevo régimen imperante en Navarra marchando al exilio.






2 comentarios:

Inasito dijo...

Fueron muchos los navarros que no pudieron escapar y se tuvieron que incorporar de modo forzoso al bando franquista para eludir la prisión o la muerte. Según han referido numerosos testigos, una de las consignas más utilizadas por aquellos días era la de "¡Al frente o al fuerte! (de San Cristóbal)". Tanto carlistas como falangistas reclutaron para sus milicias de forma forzosa a muchas personas conocidas por su filiación nacionalista, socialista, anarquista o comunista, pero fueron los falangistas -carentes de implantación y base social en una Navarra en la que el carlismo era la fuerza casi hegemónica de la derecha- los que recurrieron de forma sistemática a este procedimiento para "engordar" las filas de sus unidades militares y tratar de compensar de este manera su inferioridad numérica respecto al requeté. Muchos republicanos navarros aceptaron -aunque fuera de mala gana- esta oportunidad que se les ofrecía pues rechazarla hubiera supuesto una muerte casi segura o -en el mejor de los casos- una cautividad de final incierto. La prensa republicana de la época refleja cómo en más de una ocasión estos "voluntarios" aprovecharon su destino en la primera línea del frente para pasarse a las filas republicanas, aunque también hay que tener en cuenta que otros muchos no lo hicieron debido a que sus familiares eran rehenes "de facto" de los facciosos en sus pueblos de origen.

Inasito dijo...

Fueron muchos los navarros que no pudieron escapar y se tuvieron que incorporar de modo forzoso al bando franquista para eludir la prisión o la muerte. Según han referido numerosos testigos, una de las consignas más utilizadas por aquellos días era la de "¡Al frente o al fuerte! (de San Cristóbal)". Tanto carlistas como falangistas reclutaron para sus milicias de forma forzosa a muchas personas conocidas por su filiación nacionalista, socialista, anarquista o comunista, pero fueron los falangistas -carentes de implantación y base social en una Navarra en la que el carlismo era la fuerza casi hegemónica de la derecha- los que recurrieron de forma sistemática a este procedimiento para "engordar" las filas de sus unidades militares y tratar de compensar de este manera su inferioridad numérica respecto al requeté. Muchos republicanos navarros aceptaron -aunque fuera de mala gana- esta oportunidad que se les ofrecía pues rechazarla hubiera supuesto una muerte casi segura o -en el mejor de los casos- una cautividad de final incierto. La prensa republicana de la época refleja cómo en más de una ocasión estos "voluntarios" aprovecharon su destino en la primera línea del frente para pasarse a las filas republicanas, aunque también hay que tener en cuenta que otros muchos no lo hicieron debido a que sus familiares eran rehenes "de facto" de los facciosos en sus pueblos de origen.