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02 junio 2016

Origenes del socialismo arabe (I)


 Al terminar la Primera Guerra Mundial, cuandó se derrumba el Imperio otomano, y Gran Bretaña inaugura el hogar judío de Palestina, la revuelta árabe se abre paso desde la península arábiga hasta Damasco; pero de Egipto hasta Marruecos las potencias europeas conservan su influencia colonial. La conmoción de la guerra, el ecó de la Revolución Rusa, la influencia del ejemplo kemalista turco, se prolongan hasta 1925-1926 con la guerra del Rif y la sublevación de Siria. Son los comienzos del arabismo y de la afirmación, en general mezclada con ella de los nacionalismos en base al Estado territorial. Las aspiraciones socialistas, así como el comunismo naciente se ven obligados a dar contestación a estos problemas nacionales que se plantean aún de manera difusa. Enseguida se produce una cierta recesión, aunque la guerrilla antitaliana en Tripolitania dura hasta 1931, y el ejército francés prosigue su avance en Marruecos hasta 1934. En esta pausa, que se prolonga de 1926 a 1934, los nacionalismos se configuran, y el comunismo queda encerrado en estrechos círculos militantes.
Desde 1935 hasta la Segunda Guerra Mundial, las perspectivas socialistas están siempre en litigio con las corrientes nacionalistas, tanto más cuanto la influencia de la ideología fascista presiona fuertemente y el mundo árabe se muestra sensible a la fórmula mussoliniana de las «naciones proletarias». A lo largo de la guerra, la convergencia patriótica asegura al comunismo, dado su antifascismo, una relativa promoción en Siria, Líbano, e Irak, y una  presencia simple en Egipto. Por el contrario; en el Magreb aparecen discrepancias, y en Palestina la situación se hace insostenible, a pesar dé su heroísmo militante. Como no se han encontrado Soluciones nacionales —entonces era imposible, bien a causa de la presencia colonial o por el carácter artificioso de los repartos territoriales—los nacionalismos están exacerbados. El socialismo debe situarse frente a un idealismo forzado que compense las difíciles y fragmentarias realizaciones nacionales con aspiraciones de comunidad global.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, el conjunto del mundo árabe está sometido a la tutela colonial, pero ésta es muy desigual ya que oscila del mandato internacional en Oriente a la administración directa en Argelia; y más aún que por el estatuto jurídico, que permite incluso una independencia formal: Irak en 1930, Egipto en 1922 y 1936.

   La condición obrera y las ideas sociales se ven influidas por tres hechos importantes: el reparto artificial de los pueblos y de los Estados, la instalación judía en Palestina, y la importancia de una sociedad colonial. Sólo Egipto parece haber adquirido una sólida base nacional, mientras que el Líbano es absolutamente artificioso por la composición de sus comunidades. Los partidos comunistas, al igual que los partidos nacionalistas, oscilarán en su organización entre Siria, Palestina y Líbano, Transjordania e Irak, según confíen o no en la posibilidad de formar una sola nación árabe; los militantes nacionalistas y socialistas, incluso sus líderes, pasan de una nacionalidad a la otra. Estos cambios, sin embargo, son menos frecuentes a partir de 1939. Otra consecuencia de los enfrentamientos, de las acciones represivas y de los recortes que siguieron a la Primera Guerra Mundial, es la llegada al mundo del trabajo, o al exilio político, de poblaciones o grupos de desplazamiento, privados de sus ilusiones nacionales, como los refugiados armenios (unos treinta mil) en Siria, en el Líbano y en otras partes, o como la presencia kurda principalmente en Irák tras la derrota del Kurdistán. En estos medios aparecen los primeros candidatos al trabajo industrial fuera de las tradiciones artesanales o corporativas, y una inteligentsia politizada que ofrece, aunque en número reducido reserva de nacionalistas o de revolucionarios profesionales. Estas excepcionales predisposiciones son tantó más importantes cuanto que aparecen en un mundo marcado por la falta de desarrollo industrial, y en el que dominan el analfabetismo, es decir en el que la mayoría sigue encerrada  en las distintas formas de la cultura oral.

Sin hablar de la herida moral que abre en el conjunto árabe y musulmán la llegada de inmigrantes judíos, la cual suscita un doble problema de índole social análogo al provocado por cualquier movimiento colonial de población, como ocurría en aquellas mismas fechas con la colonización francesa en el Magreb y la italiana en Libia. El problema agrario surge del desarrollo de la propiedad rural judía que produce una discriminación de los campesinos y pastores árabes; el otro aspecto es el de la segregación en el trabajo. Tanto en Argelia como en Tunicia antes de 1914 —aunque 1a rivalidad persista entre las dos guerras—conflictos laborales surgidos de la competencia en empleo y de las desigualdades salariales, eran vividos con una «guerra de razas»; los obreros defendían el trabajo europeo, e incluso al francés frente al italiano. En Palestina el trabajo judío marginó al trabajo árabe y esta barrera setransmite al sindicalismo, y sitúa la cuestión nacional en centro mismo del movimiento obrero; Estos enfrentamientos llevan a la división del empleo y a la jerarquización social de sociedades coloniales que se superponen a las sociedades colonizadas, como ocurre en el Magreb.

   En realidad, en el Líbano, al igual que en Egipto, y en otras zonas concretas, además de la separación interna, indígena por tanto, entre religión musulmana, cristiana o judía, existen también grupos total o parcialmente extraños por la ambivalencia de status que son continuación de las antiguas colonias protegidas o resultan de una dispersión semicolonial en el sector comercial y financiero. Esta presencia cristiana o judía reivindica, al tiempo que unos derechos adquiridos en el país, una nacionalidad extranjera: griega, italiana con frecuencia, británica, francesa, etc.
Oran paysages.jpg
Oran , 3 siglos fue española.
 En la diversidad ideológica de estos medios cosmopolitas o estrechamente cerrados en comunidades, las ideas socialistas pueden abrirse paso, pero al margen de las masas locales. En el Magreb, en Libia con la llegada de emigrantes italianos, en Marruecos por un cambio de la mano de obra procedente del Oranesado argelino, y por la entrada de españoles tanto como de franceses, se instala una población colonial que pesa sobre el movimiento obrero y que eventualmente lo forma en su totalidad. De este modo se repite el fenómeno «pequeño-blanco» que tiene gran importancia en Tunicia donde el número de trabajadores italianos iguala al de trabajadores franceses, y en Argelia, pese a una mayor diversidad de orígenes. Otro hecho discriminatorio: la función pública y los empleos semipúblicos, por ejemplo los municipales, son casi siempre ocupados por franceses. El sindicalismo de los funcionarios adquiere así enorme importancia, y arrastra al sindicalismo obrero, orientando su acción hacia la defensa del status colonial. Otra tensión en la situación colonial aparece, pues los funcionarios, los empleados asalariados, los obreros, los  pequeños colonos, se enfrentan a los grandes propietarios agrícolas y a las poderosas familias del mundo de los negocios coloniales que tienen la prerrogativa del poder en el país y la influencia política en la metrópoli. Los «pequeños-blancos» se consideran anticolonialistas y se integran en los partidos avanzados. A la inversa, para los indígenas colonizados, la salida social es remplazar a todos los extranjeros que ocupan los puestos: así el reformismo sindical y el nacionalismo de sustitución son paralelos e incompatibles.

Los tres socialismos
Hay tres ejes de referencia: el socialismo colonial, el socialismo de las minorías, y la tendencia socializante, algunas veces el socialismo estricto, postulado por el joven nacionalismo local. El socialismo colonial tiene la ventaja de la antigüedad; está presente en el Magreb a través de las federaciones socialistas que se habían constituido antes de 1914 en Tunicia y en Argelia pór la adhesión de obreros europeos, pero sus ideas llegaron mucho más alla con la difusión de la Tercera Internacional. Este socialismo por lo general fue anarquizante al principio y siguió siendo algunos puntos como en los núcleos anarquistas italianos de Tunicia, y pronto en los españoles de Marruecos y también en Argelia quedaron huellas de la Vieja presencia anarquista. Pero esta, tendencia se integró en el movimiento obrero, se transformó en sindicalismo revolucionario  particularmente con la sindicación de los trabajadores portuarios, y, en las grandes ciudades, de los tranviarios para acabar con la de los ferroviarios. Ésta es la vertiente obrera de este socialismo que procede de Europa occidental y que difiere poco del socialismo.

Armenios en Siria.
Al mismo tiempo se propagó, también amplianiamente una ideología socialista difusa por, medio de una prensa muy diversa y de sus campañas propagandísticás,que toma cuerpo en un humanismo defensor de los pobres, de los pequeños colonos, de los explotados y de las víctimas indígenas incluso de la colonización. Esta postura a la vez caritativa y racionalista proporciona los valores del primer viraje socialista de los nacionalistas del Magreb, y repercute en Oriente, Egipto y Siria. Este socialismo que se deçlara universal y fraternal desconoce el problema nacional, trata la nación con indiferencia, y hasta se convierte fácilmente en antinacionalista, lo que no le impide ser asimilador invocando la promoción igualitaria a través de la escuela y del sindicato. Al competir con los pequeños-blancos y luego, por temor a la afirmación árabe, cae fácilmente un nacionalismo exacerbado, francés o italiano según los casos, encerrándose eventualmente en la estrechez de una visión política totalmente europea. En Palestina, entre la emigración judía, este solipsismo es muy fuerte y las ideas socialistas que vienen también de la Segunda Internacional, o de las tendencias socialistas de Europa central y oriental, se ven prisioneras, salvo rupturas, de perspectivas políticas de la patria-Israel, y cada una de las organizaciones socialistas impulsa la formación de partidos exclusivamente judíos, que, por fusión, forman las actuales organizaciones políticas del Estado de Israel. En el Magreb, a partir de 1914, se impone dentro del socialismo la orientación universalizante que reclama los derechos del hombre, y preconiza la «fraternidad de las razas». Este socialismo colonial se encuentra directamente cuestionado por el comunismo, que se pronuncia por la independencia de las colonias; pero su influencia se mantiene, y el antifascismo, no sin ambigüedades, asumirá la «fraternidad de las razas».

El socialismo de minorías se encuentra íntimamente ligado a la aparición del comunismo y es contemporáneo de las perturbaciones de los años veinte. Nace de la disponibilidad para el trabajo industrial de las poblaciones desplazadas, como en el caso armenio, pero es un fenómeno general, pues corresponde también a otras necesidades sociales y psicológicas: como las que tiene todo sector minoritario de definirse con relación a la sociedad dominante. La adhesión al marxismo es voluntaria e intensa, tanto más cuanto este movimiento es en gran medida intelectual; cualquier sector intermedio o marginado produce una inteligentsia. Sería abusivo creer en una correspondencia total entre socialismo marxista y situación minoritaria; existen sencillamente privilegiadas condiciones de adopción. Resulta difícil calcular la parte que corresponde a las originalidades religiosas en esta receptividad. No es perfectamente evidente en los musulmanes chiítas, numerosos en Irak, ni tampoco en los musulmanes ibaditas de Tunicia ó de Argelia; parece más evidente entre los coptos cristianos de Egipto —aunque no comprenda más que algunos individuos -, al igual que en la inclinación hacia la izquierda de una importante parte de la población drusa; pero en general es más, visible entre los judíos autóctonos del mundo árabe.-El fenómeno es especialmente claro en África del norte, pues, como para los musulmanes, interviene el efecto de la promoción social que implica la asimilación, y que conlleva la camaradería del sindicato o del partido, él valor de la experiencia de las masas, y eventualmente las funciones de dirección. El ejemplo de las cabilas, como el de los habitantes del sur de Tunicia o de Marruecos, no es exactamente igual, pues se basa más en las consecuencias de las migraciones laborales y de emigración. En Cabilia conviene añadir un fuerte impacto de la escuela francesa y, con bastante frecuencia, del paso como reclutas por el ejército francés. Esta peculiar implantación del socialismo corre el riesgo de acarrearle dificultades de inserción o reticencias e incomprensiones ante los problemas nacionales, pero esto no es tan grave, pues este socialismo rara vez se considera minoritario.

Durante los años veinte también, en los movimientos que se llaman jóvenes (Jóvenes Árabes, Jóvenes Sirios, Jóvenes Argelinos, etc.), aparecen tendencias socialistas que se mezclan con el nacionalismo. Estos jóvenes son, efecto, tan sensibles al despertar del renacimiento árabe como a la llamada de la liberación social que observan en la Revolución soviética, así como también al movimiento de ruptura religiosa que encuentran en la emancipación turca kemalista. El movimiento tiene un doble cariz: uno que mira hacia el pasado árabe, e incluso hacia el Islam original y otro que mira hacia Occidente y en menor grado hacia la Rusia soviética, que son considerados los centros del progreso material e intelectual y de la libertad política. Estos jóvenes se hacen eco de las denuncias y las proclamas socialistas, e incluso de las ilusiones de un triunfo proletario. Su vocabulario político gira alrededor del término República, y de una república social.

Esta inclinación hacia un socialismo que garantice la promoción nacional no sólo es típica de la generación de 1920; es también observable entre los jóvenes intelectuales de los años treinta, y se repetirá siempre ya que los estudios les llevan a Beirut, encrucijada de las ideas occidentales, o a París, y a veces a Londres. Los futuros líderes nacionalistas estudian política en el barrio Latino, donde tienen una fase juvenil socialista o comunista. En particular, el comunismo les ofrece un modelo de práctica política y las enseñanzas versarán sobre el centralismo del partido, el control de las organizaciones de masas empezando por los sindicatos, hasta las formas de movilización popular y una fraseología revolucionaria que denuncia la explotación. Nacido de las fidelidades socialistas, este socialismo es eminentemente reversible, y se convierte en puro nacionalismo.


1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Menudo panfleto comunista! Desde luego no es aplicable a Siria e Irak:
https://adversariometapolitico.wordpress.com/2016/06/10/partido-baas-algunas-reflexiones/
https://adversariometapolitico.wordpress.com/2015/08/19/el-baasismo-o-socialismo-nacional-arabe/